Matar a un rico (Colomba y Dante 4) Capítulo 7
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Capítulo 7

Colomba se reúne con Dante en el estacionamiento donde se está recargando el coche. Está apoyado en el capó, lleva un sombrero de fieltro claro para protegerse del sol y gafas redondas oscuras a lo Drácula de Coppola. Y fuma, naturalmente.

—¿Cómo te ha ido?

—Martínez era un gilipollas y mucha gente lo quería muerto, pero nadie en particular.

—¿Te lo ha dicho así el hermano?

—No, pero era algo que se percibía. ¿Está cargado el coche?

—Listo para ponerse en marcha.

Llegan a la Jungla Urbana, aparcan en la calle de al lado y, durante el camino, Colomba lo va poniendo al corriente sobre el encuentro con Glenn.

—Si hay una válvula rota, eso lo cambia todo —dice Dante mientras se baja—.

Una centralita de mando se puede volar por control remoto, pero una electroválvula se cierra cuando falla la corriente.

Para sabotearla, tiene que haber entrado alguien en el apartamento.

Y si entró, tiene que haber dejado señales, aunque tus excompañeros no las encontraran o no las buscaran.

Se acercan a los rascacielos y Dante los mira por primera vez desde cerca.

—¿Qué te parece? —pregunta Colomba.

Dante hace una mueca irónica.

—Completamente aislado. Sin nombres en los timbres, cristales tintados, vigilantes con chaleco en el exterior.

Si eres una persona normal, ni siquiera puedes mirar dentro.

—Dos chiquillas rubísimas de unos catorce años salen por una de las puertas charlando entre ellas en inglés.

En el exterior las espera un sedán oscuro con chófer que se aleja de allí en cuanto ellas montan—. Sus coetáneos van en ciclomotor.

—Has vivido durante años en un hotel de lujo, ahora no nos des lecciones a los demás.

—Pero yo no pagaba —dice—. Antaño, lo característico de Milán era una riqueza discreta, la de unos barrios donde convivían juntos jefes y obreros..., y ahora se hacen estos monumentos al dinero.

—Sí, sí —le corta Colomba, a la que no le apetecen ese tipo de sermones—. Nos vemos más tarde. No te pongas a hacer sentadas de protesta mientras me esperas.

Llama por el interfono al único nombre del panel donde pone recepción, la encuadran en la pantalla y la puerta acristalada se desliza para dejarla pasar.

Desde el interior, el cristal es transparente y ofrece una vista de trescientos sesenta grados de la vegetación circundante.

También se ve a Dante, que camina por allí mirando hacia arriba, mientras sujeta su sombrero de fieltro para evitar que se lo lleve el viento.

El despacho del director está detrás del mostrador, la dejan pasar cuando enseña su identificación de la Crown.

Vincenzi tiene un porte sereno y un afeitado perfecto.

Está sentado tras un escritorio blanco como el resto del mobiliario.

Por detrás de él, unos banderines de los carabineros y su calendario colgado con un cordelito rojo.

—El señor Martínez me avisó de su llegada, pero creo que ya la vi por aquí hace unos días. Con otra señora.

Sermonti.

—Sí, hice una inspección inicial. Enhorabuena por su memoria.

—Es parte de mi trabajo controlar todo lo que ocurre.

—¿Ya ha hablado usted con la policía?

—Brevemente con el señor juez. Puedo repetirle lo que le dije. No hubo denuncias de extraños ni allanamientos en el edificio, ni antes ni después de la muerte del señor Martínez. No es que tal cosa resulte importante, dado que se trató de un accidente.

—¿Comprobaron las grabaciones de las cámaras de vigilancia?

—Las grabaciones se borran al cabo de veinticuatro horas, como exige la ley sobre protección de la intimidad.

Por tanto, pudimos comprobar las inmediatamente anteriores y posteriores a la muerte del señor Martínez, pero sin resultados que sean dignos de destacar.

—Le entrega un sobre—. Aquí están las llaves magnéticas del apartamento y los códigos de los sistemas de alarma.

Los propietarios tienen acceso biométrico, las llaves magnéticas pueden desactivarse y se entregan a los trabajadores.

Y aquí estoy yo, convertida en una trabajadora , piensa Colomba.

—¿Y para la entrada principal del edificio?

—Usted llame, que le abrimos. Siempre estamos aquí.

—No sé si el hermano del señor Martínez le ha mencionado que necesito hablar con los otros inquilinos.

Vincenzi junta las manos con las uñas perfectamente cuidadas.

—Si me deja su número, los que quieran reunirse con usted ya se pondrán en contacto.

—Usted estaba en los carabineros —dice Colomba, mientras su mirada se pasea por los banderines. Uno de los primos , como habría dicho tiempo atrás—. Y sabe que no es así como funcionan las cosas. Será mejor que sea yo quien los llame, ¿puede darme los contactos?

—Desgraciadamente, no.

Colomba se esperaba esa respuesta, vista la actitud.

—Deme pues los nombres, ya me encargaré yo de encontrar los números.

—Tampoco puedo hacer eso. Aquí todos estamos afectados por la muerte del señor Martínez y nos sentimos cerca de su familia. Pero mi trabajo es proteger la reserva de los demás inquilinos.

—¿Y si me limito a llamar a algunas puertas?

—Vendrían a quejarse y yo me vería obligado a alejarla de aquí —dice Vincenzi.

—¿Puedo al menos hablar con el personal?

—Puede hablar conmigo. Tienen órdenes de informarme de cualquier circunstancia fuera de lo común.

Colomba se apoya en el respaldo.

—Seguro que usted sabe cómo hacer que una persona se sienta cómoda...

Vincenzi sonríe levemente.

—Este lugar existe por su reputación, no solo porque sea un monumento a la arquitectura, doctora Caselli. La reputación de un lugar seguro y reservado. Tráigame las llaves cuando haya terminado.

Colomba coge el sobre y sale al exterior soltando espumarajos.

Dante está en los jardines de al lado: entretiene a dos niños de preescolar haciendo juegos de magia con unas monedas.

Se percata de su presencia y concluye el número fingiendo que le salen dos euros por la nariz.

La niñera que ha estado observando sus movimientos aplaude.

Es alta, rubia y probablemente extranjera, Colomba se pregunta si realmente es con los niños con los que Dante quiere quedar bien.

—No entiendo cómo lo haces con una mano y media —le dice cuando la niñera y los niños se alejan.

—Django Reinhardt estaba más o menos como yo y fue uno de los mejores guitarristas del mundo. En comparación con él, yo soy un inepto. Vamos a tomar un helado. Hay una heladería eco aquí cerca, quizá sea buena.

—Vámonos, tengo trabajo.

—Alguien te ha cabreado. Y un helado lo soluciona a medias. Creo que también tienen caramelo salado.

No es del todo cierto que el helado lo solucione, aunque sí un poco. Se lo comen mientras regresan al coche, y Colomba le explica a Dante el infructuoso encuentro con Vincenzi.

—No estoy acostumbrada a que me cierren las puertas en las narices.

—Aquí lo harían incluso si aún fueras de la policía.

—Quizás. Subiré un momento al apartamento a echar un vistazo. Te dejaré aquí para que te luzcas con las niñeras. A lo mejor a una te la camelas.

—No, no, yo también voy. Yo también puedo mirar este Moloch desde dentro.

—¿Hasta el apartamento 25? Explícame cómo piensas llegar. ¿Vas a hacer un esfuerzo y vas a entrar en un ascensor?

—Los ascensores son ataúdes móviles. —Dante abre el maletero del coche, y luego una de sus maletas.

Tiene tres, con un poco de todo dentro, a diferencia de Colomba, que solo lleva una bolsa de deporte con cosas apretadas.

Mientras ella se cambia los tacones por las zapatillas de deporte, Dante se pone en la cara algo que parece una máscara metálica de buceo sujeta a la nuca: Colomba apenas puede verle los ojos tras el cristal oscuro. Es un visor de realidad virtual.

—Con esto puedo intentarlo —dice Dante.