Matar a un rico (Colomba y Dante 4) Capítulo 6
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Capítulo 6

Colomba intenta rechazar la oferta de Dante porque se está moviendo en un mundo nuevo y con referentes que aún no ha comprendido del todo, y Dante es cualquier cosa menos discreto y diplomático.

Pasa de ser un refinado caballero a Mr. Bean sin solución de continuidad.

Pero cede porque sabe que puede ayudarla de verdad.

Así que salen juntos a la mañana siguiente, conduciendo ella el Tesla de Dante con la capota bajada y el estruendo de la autopista, que hace muy difícil hablar.

Se detienen a menudo, porque él tiene que mantener el nivel de nicotina y de cafeína en sangre y no puede hacerlo con el viento en la cara.

Aprovecha para mirar en la tableta las fotos y los documentos que Sermonti le envió a Colomba.

Fuma mientras mira a los clientes de los restaurantes de las estaciones de servicio que entran y salen, como quien mira a las hormigas encima del pan, y bebe café de un termo que se preparó antes de salir, porque antes que beberse uno hecho ahí, servido quizá en un vaso de papel, se cortaría las venas.

En Milán, Colomba se reúne con el hermano de Martínez en el vestíbulo del Ambrogio, un hotel de lujo cerca del Duomo. Para la ocasión se ha puesto un traje de chaqueta, el único que descubrió que aún conservaba en su armario, y un par de zapatos de tacón que se ha cambiado en el coche.

Con una barba cortada con la precisión del láser y ojos claros, Glenn se parece a las fotos de su hermano, con unos diez años menos.

Sale a su encuentro seguido a distancia y discretamente por dos guardaespaldas.

Elegantes y musculosos, recuerdan mucho a la persona que protegen, que está igualmente en forma, aunque más relajado.

Glenn le estrecha la mano, está serio y afectado por el luto, pero logra esbozar una media sonrisa.

—Detective Caselli, mucho gusto. ¿Inglés o francés? —dice en un italiano forzado.

Detective Caselli le suena rarísimo.

— English is fine .

Glenn se pasa al inglés. Lo habla bien, aunque con la inevitable erre arrastrada francesa.

—Vayamos a un sitio más tranquilo, aquí ya han conseguido entrar un par de periodistas.

Lo sigue hacia un lado del salón, con los dos guardaespaldas siempre por detrás, donde un camarero de librea abre la puerta a una salita con una pared recubierta por estanterías de madera llenas de volúmenes antiguos.

Los guardaespaldas entran para comprobar el lugar; acto seguido, salen y se quedan ante la puerta.

Glenn y Colomba se sientan en dos pequeños sofás, el uno frente a la otra.

—Conozco la Crown, han trabajado para nosotros, aunque nunca he tenido nada que ver directamente con las investigaciones, los contactos con su agencia siempre han sido cosa del departamento jurídico.

Así que discúlpeme si le parezco un poco grosero.

¿Por qué su agencia le encargó el trabajo a usted en vez de a uno de sus colegas, con los que hemos colaborado en el pasado?

—Porque la ley no permite operar a las agencias extranjeras en suelo italiano. Considéreme una especie de filial a nivel local. Lamento que esto le haga sentir incómodo.

Glenn niega con la cabeza.

—No, no me incomoda. He leído su currículum, me parece que usted está más que cualificada.

Era solo una curiosidad; como le he dicho, yo nunca me he encargado directamente de estas cosas.

—Suelta un suspiro, espontáneo—. En la actualidad, estoy ocupado con muchas cosas de las que nunca hubiera pensado que tendría que hacerme cargo.

Colomba está acostumbrada a interrogar a sospechosos y ayudar a testigos, no tiene ni idea de cómo tratar a un cliente .

—Solo para orientarme, ¿de qué se ocupa usted en la empresa de su hermano?

—Tengo una participación en acciones, pero no tenía ninguna función hasta... hasta que murió Jesús. Se necesitaba un director pro tempore y los consejeros querían que fuera alguien de la familia. Aunque no tengo intención de quedarme.

—¿Es un trabajo que no le gusta?

—Simplemente, no es el mío. Yo tengo una empresa inmobiliaria. Estamos especializados en la compraventa y restauración de viviendas antiguas.

—Sé que ya ha hablado usted con la dirección de mi agencia —dice Colomba—. Pero ¿puedo preguntarle por qué cree que es necesario seguir investigando la muerte de su hermano?

—Porque tengo la sensación de que las autoridades francesas e italianas ya están convencidas de que se trató de un accidente, mientras que yo estoy convencido de todo lo contrario.

Colomba no se esperaba una respuesta tan tajante.

—¿Cree pues que lo mataron?

—Estoy seguro de ello. Conozco muy bien el trabajo de mi hermano.

Y sé que la sauna donde lo encontraron no pudo estropearse hasta el punto de matarlo.

Se llama Opále. Está montada a mano, cada componente ha sido comprobado, testado y verificado.

La empresa de Jesús solo vendía las Opále a clientes muy pero que muy selectos: un poco como ocurre con los Ferrari, que con el dinero no basta.

No se puede estropear y, sin duda alguna, no puede tener un defecto de fábrica.

Aunque los peritos están convencidos de lo contrario.

—¿Han completado ya sus exámenes?

—No, solo acaban de empezar. Pero los técnicos de la empresa están allí presentes en calidad de asesores y les he pedido que me mantengan informado.

No podrían hacerlo, y Colomba se muerde la lengua para no decirlo. Ahora es una detective.

—¿Qué han encontrado?

—Una válvula que regulaba la salida de nitrógeno parece defectuosa, pero como le decía hace un momento, es imposible que lo esté.

—¿Y usted cómo se lo explica?

—Solo con un sabotaje. Todas las válvulas han sido probadas más de una vez. Pedí a la policía que revisara el apartamento de mi hermano en busca de señales de allanamiento, y me dijeron que no habían encontrado nada, pero de alguna manera debe de haber ocurrido.

—Señor Martínez..., hasta los neumáticos de los Rolls-Royce pichan.

—Pero no pierden el tubo de escape por la carretera, si no hay alguien que lo desenrosque. Y, además, mi hermano no estaba tranquilo. —Glenn se levanta y abre un pequeño mueble que revela botellas de licor y vino helado—. ¿Quiere tomar algo?

—No, gracias. ¿Qué quiere decir con que no estaba tranquilo ?

Glenn regresa con una lata de té frío que se bebe directamente.

—Que estaba preocupado. Cenamos juntos antes de que viniera a Italia y lo noté.

—¿Le preguntó por qué?

—Mi hermano y yo no nos hacíamos muchas confidencias, sobre todo delante de nuestra madre.

—¿Era una cena familiar?

—Sí, nos reuníamos a menudo.

—¿Era la primera vez que lo veía preocupado?

Glenn niega con la cabeza mientras sonríe.

—No, no. Jez no tenía un carácter fácil, pero cuando estaba a punto de venir a Italia solía estar de buen humor. Aquí no tenía negocios, venía porque le gustaba. En aquel momento no me pareció extraño, pero después de su muerte... me volvió a la cabeza.

Colomba no le dice que después de un acontecimiento traumático es fácil inventarse las cosas. Es un cliente, no un testigo ni un sospechoso, debe tratarlo bien. Y, de todos modos, lo comprobará.

—¿Sabe lo que estuvo haciendo en Milán?

—Solo sé que cenó con un grupo de amigos. Según Marie, no tenía otras actividades programadas. Es su asistente personal.

—¿Han examinado ya su teléfono móvil y su ordenador?

En un caso como ese, la policía difícilmente se los incauta a la víctima.

—Nuestros técnicos. No hay nada interesante, solo asuntos de empresa.

Cuando chateaba o enviaba correos electrónicos a sus amigos lo hacía con el móvil, y en ese no conseguimos mirar, porque está encriptado.

Sin la contraseña ni el acceso biométrico no hay nada que hacer.

Ni siquiera el fabricante puede hacer nada. Ofrecen privacidad total.

—¿Protegen también las llamadas?

—Sí. Todas las llamadas se redirigían automáticamente a través de un sistema que borraba todos los datos sensibles. Imposible saber a quién llamó o qué llamadas recibió.

—¿Quién podía tener interés en matar a su hermano?

—Jesús era una persona de mucho éxito. Exfutbolista, multimillonario.

.. Es algo que atrae odios y envidias. Pero no tengo sospechas concretas, de lo contrario se las habría comunicado a la policía.

La mayoría de los conocidos de Jesús y la totalidad de sus colaboradores directos están en Francia y en los Estados Unidos, y de ellos se ocuparán sus colegas de la agencia.

A mí lo que me interesa es que usted se ocupe de lo que ocurrió cuando vino a Italia, y que nos dé indicaciones acerca de quién pudo entrar en el apartamento de la Jungla para sabotear la Opále, si es posible.

Necesitamos testigos y pruebas para obligar a las autoridades a tratar este caso como un asesinato.

—Tiene razón, pero necesito tener una visión más amplia. ¿Qué clase de empresario era su hermano?

Esta vez Glenn duda.

—Un visionario, que en algunos aspectos era despiadado y cínico en sus decisiones, aunque siempre con total rectitud.

No hacía que les partieran las piernas a sus competidores, pero para los negocios no tenía un corazón blando.

Construyó un imperio; un corazón blando habría representado para él un obstáculo.

Pero, déjeme decirle una cosa: a ese nivel no se mata por asuntos de negocios.

Las grandes empresas, ya se sabe, sobreviven a sus fundadores. Mire Apple.

—¿Ha tenido problemas con maridos o mujeres celosas?

—Se separó el año pasado. Sus... aventuras desde entonces siempre han carecido de consecuencias. Modelos, sobre todo.

—Me gustaría hablar con su exesposa.

—Vendrá a Italia para acompañar... los restos mortales de mi hermano, cuando nos los devuelvan las autoridades. —Glenn hace un esfuerzo para que le salgan las palabras, se da la vuelta y se sorbe la nariz—. Perdone.

—No se preocupe.

Glenn se toma unos segundos, luego vuelve a hablar con ojos húmedos.

—Son los remordimientos lo que más duele.

Colomba agudiza el oído.

—¿Qué clase de remordimientos?

—Él veía las cosas a su manera, y las hacía a su manera, a menudo sin escuchar a nadie.

Podía ser... cortante cuando quería, sobre todo con la gente que más lo quería.

—Se seca los ojos, se aclara la voz—. Mantenerme alejado de él me pareció la elección más apropiada en su momento, pero ahora solo soy capaz de pensar en lo excepcional que era.

Se interesaba por todo, leía de todo. Mientras aún jugaba al fútbol se licenció en Historia del arte, y cuando dejó de jugar invirtió todo su dinero en una empresa que luchaba por mantener en pie, y que acabó convertida en un coloso.

¿Sabe que colaboraba con Space X para la misión a Marte?

Estaba proyectando la comida para los astronautas.

Colomba no está muy impresionada. El espacio es algo lejano y frío.

—Lo siento. Mire, tendré que hablar con sus colaboradores y sus amigos presentes en la cena que tuvo en Italia.

—Intentaré hacerle llegar todos los números que necesita, si me permite sus datos personales de contacto haré que Marie se lo envíe todo en unas horas.

Colomba hurga en su bolso, no lleva ni bolígrafo ni cuaderno.

—Lo siento, si me da con qué, se lo anotaré todo. Por desgracia, ayer mismo me quedé sin tarjetas de visita —añade. En realidad aún le quedan algunas, pero las pocas que hay en el fondo del bolso llevan todas escritas las palabras subcomisaria de policía.

—No se preocupe. —Glenn llama a uno de los guardaespaldas, que se acerca con una tableta. Ligeramente incómoda por el papelón poco profesional que ha hecho, Colomba lo teclea todo.

—Por lo que se refiere a los colaboradores de mi hermano, los que vinieron aquí con él se quedarán en Italia mientras sea necesario —dice Glenn—.

En este mismo hotel encontrará a Marie. Ahora mismo, por desgracia, está planificando el transporte del cuerpo de mi hermano, pero creo que a partir de esta noche estará disponible.

—Gracias. El juez no ha considerado oportuno escuchar a sus vecinos aquí en Milán, ya que de momento lo está planteando como un accidente, pero a mí me gustaría hacerlo —dice Colomba.

Glenn asiente.

—Usted ya no es policía y, por suerte, piensa de manera diferente.

Colomba se dice que Glenn le está haciendo un cumplido, no está metiendo el dedo en la llaga.

—Sí, por suerte.

—No se preocupe. He avisado al director de la Jungla Urbana de que un detective de la Crown iba a investigar el caso y prometió ayudar. Se llama Vincenzi.

—¿Hay un director, como en un hotel?

—Se encarga de la seguridad y de los problemas técnicos y logísticos.

Está esperándola en su oficina y también le dará las llaves y los códigos para acceder al apartamento.

Puede entrar cuando quiera, sin problema alguno.

Ayer nos llevamos las obras de arte, pero el resto lo dejamos como estaba, tal vez pueda servirle de ayuda.

—Gracias. Volveré a echar un vistazo.

—Le doy mi número personal, llámame sea de día o de noche. Quiero que se le haga justicia a mi hermano.