Capítulo 5
Hermanos y hermanas en la búsqueda de la verdadera verdad, la que está siempre desnuda y siempre en libertad provisional.
¿Habéis leído en los periódicos que las seis personas más ricas del mundo ganan lo mismo que la mitad más pobre del mundo? Estoy seguro de que pensabais que eso no iba con vosotros. No vivimos allí, faltaría más. No ganamos un dólar al mes, faltaría más.
Pero esas seis personas, y sus amigos, y los amigos de sus amigos, también son vuestros dueños.
Olvidaos de lo que os enseñaron en Geografía sobre las fronteras, las naciones.
.. Solo hay una gran nación y se llama Dolaronia y los que la gobiernan son los más ricos del mundo.
Los veinte primeros tienen el poder absoluto.
Ellos son los que mandan. Sobre todas las cosas. La economía, las guerras...
Todos vosotros tenéis en casa o utilizáis algún servicio prestado por ellos. Internet, medicinas, armas.
Todo.
¿Creéis que habéis elegido a vuestros representantes en algún parlamento?
Os equivocáis. Los enviaron ellos para ofrecer una apariencia de democracia.
Pero la democracia no existe en Dolaronia.
Y después de esos veinte, hay otros cien más, menos ricos que los primeros.
Son los duques, los príncipes y los condes de Dolaronia.
Es muy probable que tengáis en vuestra casa algo de todos ellos, quizá en el frigorífico. Aunque no sean tan poderosos como los precedentes, aún pueden hundir la economía de un país, si se ponen a ello. O hacer que estalle una guerra. O meter a Gran Bretaña en Europa, o volver a sacarla de allí.
Después de ellos hay unos cuantos miles menos ricos, luego otros cuantos más, menos ricos, y así sucesivamente. Se va bajando. Y a medida que se baja, se gana cada vez menos y se es cada vez menos importante.
¿Sabes dónde os encontráis vosotros? Unos trescientos millones de pisos más abajo.
Por delante de vosotros, colocados en fila india según los ingresos, hay unos tres mil multimillonarios y trescientos millones de millonarios.
Estáis muy lejos de las cimas de Dolaronia, tan lejos que nunca llegaréis hasta allí.
Imaginaos un edificio con una altura de un millón de kilómetros, es decir, unas tres veces de aquí a la Luna.
Las decisiones se toman en la cumbre, y vosotros estáis ahí abajo.
Un millón de kilómetros más abajo. Y, lamento decirlo, en el gran diseño de las cosas, no importáis lo más mínimo.
Si os ponéis a gritar, en el mejor de los casos molestaréis a vuestro dentista, que vive en el apartamento de arriba.
Porque a medida que se va bajando en ese edificio, el aire empeora, la comida empeora, la perspectiva de vida, la esperanza de vida se acortan cada vez más.
Y vosotros, amigos míos, estáis trescientos millones de pisos más abajo.
Y no resulta un gran consuelo saber que para quienes están en el apartamento mil millones, los que ganan un dólar al mes de los que hablábamos al principio, vosotros estáis en el cielo.
Pero os voy a dar una buena noticia, se ha liberado una plaza en el apartamento cuatrocientos cincuenta, donde se está francamente bien.
El anterior propietario del apartamento ha decidido dejarnos a la tierna edad de cuarenta y nueve años, según se dice debido a una indisposición.
Algo que resulta raro, teniendo en cuenta que era alguien al que le preocupaba mucho su salud desde que empezó a ganar dinero con el balón.
Ironías del destino, lo encontraron precisamente en lo alto de un rascacielos, y debe de haber algo que no cuadra, porque desde entonces todo han sido idas y venidas de policías, jueces y abogados.
Era el rey del hielo, tal vez alguien... lo dejó frío.
De todos modos, celebradlo. Ahora tenéis una oportunidad más de conseguirlo.
Buena escalada.
Vuestro A. Train
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