Matar a un rico (Colomba y Dante 4) Capítulo 3
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Capítulo 3

Los cinco chicos de la Última Generación se sientan sobre la base de la Fuente de los Cuatro Ríos, levantan los carteles y gritan consignas contra el cambio climático.

Por detrás de ellos, el agua que mana se está volviendo completamente negra mientras el colorante alimentario obstruye los filtros de reciclaje.

Como mínimo durante unas horas permanecerá turbia e insalubre, y los chicos esperan que al menos algunos de los que se agolpan a su alrededor lo vean y entiendan lo que quieren decir.

Una del grupo se ha alejado de la fuente para repartir octavillas, fotocopiadas a escondidas en el colegio, donde explican sus razones en italiano y en inglés.

Se pasea por entre las mesitas de los bares y, pese a la hostilidad de muchas personas, las acaba casi de inmediato.

Intenta darle la última a un tipo vestido de negro en el que se ha fijado desde el principio, sentado con un cóctel delante.

No se ha unido ni a los que gritan insultos ni a los pocos que parecen apoyarlos, ni los ha fotografiado con el móvil como hace todo el mundo.

Se ha limitado a observar con interés, y ella, que estaba observándolo a su vez a él, se ha quedado sorprendida con su aspecto.

Es alto y delgado, viste una chaqueta negra encima de una camiseta de un grupo de rock muerto y enterrado y un panamá calado sobre las gafas oscuras y que hace que se parezca mucho a David Bowie.

O a un vampiro de Crepúsculo , pero de unos cuarenta años y metro noventa, delgado.

Extrañamente, solo lleva un guante, negro, chamuscado por las brasas de los cigarrillos.

El hombre de negro tiene uno a un lado de la boca, que se agita esparciendo ceniza cuando le sonríe.

—No, gracias.

—¿Usted no cree en el cambio climático?

—Creo, vaya si creo. He visto un glaciar milenario del Polo Norte derrumbarse y fundirse delante de mis ojos. Pero no creo en la inteligencia humana, y muchos menos en que nuestra especie deba seguir asolando la Tierra.

La chica se pregunta si el hombre se está burlando de ella, pero parece sincero. No obstante, antes de que pueda responderle, llega uno de los camareros, hecho un basilisco.

—¡No puedes venir a molestar a los clientes! —grita—. Largo de aquí —le ordena.

—A mí no me está molestando —dice el hombre de negro, tajante—. De hecho, me molesta usted, que me está gritando al oído.

El camarero se esperaba más comprensión y se siente decepcionado.

—Disculpe, pero es que ya no aguanto más....

—Mire, le están llamando —dice el hombre de negro, señalando detrás del camarero—. Quieren la cuenta.

El camarero se aleja.

—Gracias —dice la chica.

—Si quieres sentarte a la mesa conmigo, eres bienvenida.

La chica duda. El tipo tiene cierto encanto, pero es demasiado mayor para ella.

—No estoy intentando ligar, solo pretendo que no te detengan.

La chica se da la vuelta. Con el lío de antes no se ha dado cuenta de que las voces de fondo han cambiado, se han vuelto más bajas y graves. Ahí está la policía. Unos diez agentes con cascos y escudos se han acercado a pie, a través de la multitud, y ya están forcejeando con el primer chico.

La chica se queda helada. Cuando se unió a Última Generación, sabía que podía acabar esposada y lo aceptaba.

Ver a sus amigos arrastrados sobre los adoquines por la fuerza pública, sin embargo, es algo que mina seriamente su determinación.

Incapaz de moverse hacia ellos, tampoco es capaz de esconderse.

Mientras se lo piensa, el camarero de antes hace señas, se la señala a la policía.

Dos antidisturbios se separan del grupo y corren hacia ella, con el mismo celo que cabría esperar ante un atraco.

—Me parece que ya es demasiado tarde —dice el hombre de negro. A continuación hace algo que la chica no se esperaba: se levanta y se interpone entre ella y los agentes—. Oigan, la chica no está haciendo nada, no hace falta que...

Los policías lo empujan como si fuera una ramita y aferran a la chica por los brazos.

—Muévete —dice uno de ellos.

El hombre de negro vuelve a interponerse entre ellos.

—¿Se puede saber por qué están tan nerviosos? Está repartiendo folletos, no pegándole fuego al bar.

Uno de los dos policías le lanza un porrazo a la frente.

El hombre de negro cae de espaldas sobre la mesita y derriba la copa de cóctel y el servilletero.

El camarero grita desesperado por los daños, llegan más policías que también aferran al hombre de negro, que ha perdido el sombrero y las gafas.

El hombre de negro mantiene la calma hasta que se da cuenta de que a empujones lo están llevando hacia el furgón blindado situado en una esquina de la plaza, donde han ido cargando uno a uno a los otros chicos a base de patadas y bofetadas.

Entonces empieza a zafarse y casi consigue liberarse, tan frenético y escurridizo resulta, pero llegan otros agentes de refuerzo y lo levantan.

Están a punto de arrojarlo al furgón blindado.

El hombre de negro tan solo puede ver el oscuro agujero que está a punto de tragárselo.

Ni el furgón blindado, ni a los policías, ni a los chicos su alrededor.

.., ni siquiera sabe que está en Roma. Solo ve un agujero donde están a punto de encerrarlo, sin luz ni aire.

—¡No! —grita—. ¡No! ¡No! ¡No!

—No te preocupes, no van a hacerte nada —dice la chica, preocupada por él.

Pero él no la oye. Tiene una mirada enajenada.

Se apuntala con los pies contra la puerta del furgón blindado, se resiste como un muelle humano.

Los policías lo sacan a porrazos y lo lanzan dentro como un fardo.

Cae de espaldas en el interior del furgón atestado de jóvenes, quienes enseguida se inclinan para ayudarlo a levantarse.

Pero el hombre de negro no repara en ellos.

Está viendo algo invisible para los demás, algo aterrador.

El último policía sube a bordo y cierra la puerta con un ruido sordo.

El vehículo blindado se pone en marcha, se mueve a paso de tortuga entre los coches.

Suena la sirena. El hombre de negro se acurruca, se aferra las rodillas con sus delgados brazos, mientras sigue viendo su película privada.

Ya no está con ellos. Ya no es un adulto.

Es un niño asustado que contempla el horror.

—Eh, a este hay que llevarlo al hospital —dice uno. En ese mismo instante, un inspector con una perilla a lo Italo Balbo lo mira directamente a la cara y se da un manotazo en el casco. —¡No me jodas! ¿Pero es que sois gilipollas o qué? —les dice a los demás—. ¿No sabéis quién es este?

—No... —responde un agente.

—Os acordáis de quién era el Padre, ¿verdad? El que secuestraba a niños. ¿O ni siquiera eso os lo han enseñado?

—Sí, claro... —dice el otro.

—Pues bien, este era uno de ellos. Y cuando creció, lo encontró e hizo que una compañera nuestra lo matara. Y no solo hizo eso.

El más joven sigue mirando al tipo acurrucado.

—¿No será por casualidad Dante Torre?

—Muy bien.

—Oh, coño.

Sacan a Dante Torre del furgón blindado en la primera plaza con que se topan y lo dejan en un banco.

Es allí donde lo encuentra Colomba una hora más tarde. Lo abraza y espera a que deje de temblar.