Matar a un rico (Colomba y Dante 4) Capítulo 2
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Capítulo 2

El cadáver de Martínez está tendido boca abajo en el suelo de la sauna.

Su brazo izquierdo, recubierto de ampollas de quemaduras, se estira hacia la puerta de cristal, en el desesperado intento por alcanzarla.

Sobre la mano lleva aún el guante protector: al arrastrarse ha perdido el otro y los calcetines.

Tiene llagas y ampollas negruzcas por todo el cuerpo, y los tatuajes tribales que lucía en brazos y piernas están ahora cuarteados, evidenciando en qué zona falta por completo la piel.

Colomba Caselli recorre las imágenes del muerto en la tableta y las compara con la realidad de la criosauna vacía que tiene delante.

Es una mujer de pelo corto y negro, iris de un verde que cambia según la luz y el humor, hombros anchos de nadadora, pómulos altos vagamente orientales.

Se acerca ya a los cuarenta años, pero solo se le nota alrededor de los ojos.

Se agacha para ver mejor, mordiéndose el labio inferior por la concentración.

Hay un amplio charco de sangre seca que se extiende en una estela hasta el cilindro metálico del centro.

El cilindro está manchado con otras estelas color rojo oscuro.

Mientras mira, Colomba tiene cuidado de no tocar el cristal del cubo con la cara y de no respirar encima.

Aunque ya se han hecho los exámenes de la policía científica, las viejas costumbres siguen vigentes.

Han pasado dos días desde la muerte de Martínez y se ha hablado mucho del tema. Las acciones de sus empresas han subido y bajado en bolsa, en la red se desempolvan sus goles en los Mundiales y los viejos anuncios en los que aún era solo un embajador de la empresa de suplementos.

Colomba sigue estudiando la sauna. Con esas huellas rojas parece una sala de torturas hipertecnológica.

—¿Qué dice el forense? —pregunta.

—Infarto por frío, más o menos —dice Donatella Sermonti, mientras guarda su tableta en el maletín de piel.

Tiene unos sesenta años, lleva un traje chaqueta color azul acero y es la directora del DIS, el Departamento de Información para la Seguridad: responde directamente ante el Gobierno y coordina las actividades de las agencias de los servicios secretos.

Colomba se levanta y se limpia las manos en los vaqueros.

—Estos trastos suelen ser seguros. ¿Qué ha pasado?

—Ella había utilizado uno en el nuevo gimnasio y el intenso frío le resultó extrañamente tolerable.

Le trajo a la memoria una sensación que experimentaba siendo niña, cuando empapada de sudor abría la puerta de la nevera en verano. Era así. Agradablemente molesto.

Sermonti señala la base de la sauna: se ha levantado un panel que deja ver el perfil de dos bombonas grandes y achaparradas, y marañas de hilos y cables.

—Durante el tratamiento, se nebulizan cinco litros de nitrógeno líquido en el cilindro.

Al evaporarse, el nitrógeno baja la temperatura a ciento treinta grados bajo cero durante tres minutos.

Estas bombonas contenían unos doscientos litros antes de que el señor Martínez entrara en la sauna.

Y ahora están vacías —dice. Tiene un acento de la zona norte de Nápoles, el de la buena burguesía partenopea.

—¿Martínez lo recibió todo de golpe?

—Y a alta presión. El nitrógeno salió con tanta rapidez que las boquillas se hicieron añicos. Cuando el señor Martínez pulsó el botón de emergencia, el cilindro debería de haber subido automáticamente, pero no ocurrió así, de modo que salió por arriba...

—Ahí es donde se hirió —dice Colomba, mientras sigue mirando las manchas en el metal.

—El cilindro estaba helado, la piel se le quedó pegada —sonríe apenada—, una muerte horrible, aunque fue rápida. Los técnicos que han examinado la criosauna dicen que la unidad de control se estropeó. Creen que hubo una subida de tensión, porque el procesador y la memoria están quemados.

—¿Hay rastros de manipulación?

—De momento no los han encontrado.

—Si alguien saboteó la sauna, podría haber entrado incluso hace un mes. O quizá ni siquiera tuvo la necesidad de entrar. —Colomba señala el símbolo del wifi en una placa de la sauna—. Está conectada a la red.

—En teoría solo para un diagnóstico a distancia. Pero con la memoria quemada, es imposible saber si se produjo un acceso.

—¿Tampoco en el servidor?

—Martínez utilizaba la conexión vía satélite y siempre la encriptaba. La privacidad es un arma de doble filo.

Colomba piensa lo mismo y asiente. Sermonti le cae bien, de un modo instintivo, aunque sea la primera vez que la ve. Valora su estilo, su forma de actuar, la confianza en sí misma que demuestra.

La subdirectora la llamó la noche anterior para que se reuniera con ella en Milán.

No le explicó de qué se trataba, pero Colomba partió de todos modos con el Frecciarossa desde Roma Termini al día siguiente, después del amanecer.

Sin pensárselo demasiado. Como cuando tu amigo deportista llama al interfono de casa para ir al gimnasio y tú encuentras una excusa para despegarte del sillón.

Aunque Colomba hace incluso demasiado deporte y nunca había hablado antes con Sermonti.

Sin embargo conocía su carrera, de jefa de Antiterrorismo a prefecta.

Esperaba tener que aclarar algo de su pasado con ella, como ya le había ocurrido con otros agentes de los servicios secretos; en cambio, mientras estaba en el tren, recibió un mensaje para que se reunieran en la Jungla Urbana.

—Quiero que vea una cosa —le dijo, mientras la esperaba en la entrada con los hombres de su escolta.

—¿Hay algo más que le interese? —pregunta ahora Sermonti.

Colomba niega con la cabeza. Es la primera escena de un crimen que examina en más de dos años, no lo echaba de menos en absoluto.

—¿Por qué me ha hecho venir hasta aquí, doctora? —pregunta.

—Vayamos a hablar a la terraza —responde Sermonti—. Que nos dé un poco el aire.

Atraviesan de nuevo el apartamento, al que Colomba solo dedicó un vistazo al entrar, confusa por la situación.

Es enorme, tiene dos niveles, una sala de cine, cuatro dormitorios y un jacuzzi en la terraza, con una máquina de olas.

Los muebles están hechos a medida y hay obras de arte pop en las paredes.

Warhol, Lichtenstein, cositas así. A saber quién las heredará ahora.

Hay también una sala de música, con un amplificador que pesa una tonelada y que parece una sonda alienígena.

En passant , Sermonti le ha dicho que cuesta más de un millón de euros.

Ella es melómana, le encanta la música clásica y sabe de lo que habla.

Le ha dicho que por primera vez en su vida ha tenido ganas de robar algo.

Pero que si lo encendiese en su casa, se vendrían abajo las paredes.

Sermonti abre la puertaventana y le hace señas para que salga.

—La vista no está nada mal.

Colomba la sigue. Más allá de las plantas que rodean la terraza y dan nombre a la Jungla Urbana, se ve el cielo violentamente azul de Milán, y la parte de ciudad que se extiende hasta las agujas del Duomo iluminadas por el sol de junio a través de la plaza y el parque de diseño.

Se apoyan en la balaustrada, entre dos plantas de hoja perenne; les llega desde abajo el sonido del tráfico lejano y los ecos de las risas que ascienden como si fueran chispas.

—En su opinión, ¿cómo cree que se desarrollará la investigación? —pregunta Sermonti.

Colomba se cuestiona si la está poniendo a prueba por algo que no sabe, o si se trata de su forma habitual de conversar.

—Actualmente se considera un hecho accidental, ¿verdad?

—Por ahora, sí. El juez de instrucción realizará hoy las diligencias previas, luego desmontarán la sauna y la llevarán al laboratorio.

—Si aparece algo extraño, se abrirá una investigación por asesinato o por homicidio imprudente; de lo contrario seguirá siendo un accidente —dice Colomba.

—¿Cuánto tiempo se suele tardar en determinarlo?

—Semanas, como mínimo.

Sermonti sonríe, Colomba se da cuenta de que eso es lo que esperaba oír.

—Por eso la he hecho venir, doctora Caselli. Si ha sido un asesinato, queremos saberlo lo antes posible. Y nos gustaría que fuera usted la que se ocupara de ello.

A Colomba no la coge por sorpresa del todo, aunque un poco sí. Se queda unos instantes escuchando a los chicos que salen de la escuela y se arremolinan en la plaza de abajo, piando alegremente.

—Yo ya no estoy en la policía.

Sermonti hace una mueca irónica. Su pelo en casquete, blanco como la nieve, brilla al sol como si fuera alambre.

—No lo ignoraba.

—Y no renuncié para cambiar de uniforme, doctora. Sobreviví a dos atentados y a una cuchillada en el estómago. Creo que ya he entregado bastante sangre a la patria.

—No la estoy alistando. Me gustaría que se ocupara usted del caso de forma independiente.

La familia ha contratado a una gran agencia privada francesa, y necesitan a alguien en Italia para hacer el trabajo.

Tengo la oportunidad de proponer su nombre: usted trabajaría para ellos y para sus clientes, y, en calidad de tal, averiguaría si fue asesinado o no.

Y podrá, con discreción, mantenernos informados de sus progresos.

—¿Por qué les interesa Martínez?

Sermonti se encoge de hombros con elegancia.

—Cuando un hombre factura como un pequeño Estado entra, naturalmente, en nuestra esfera de intereses. Sobre todo si hace negocios incluso con países difíciles como China.

—Tienen ustedes un montón de agentes...

—No con su experiencia y su especialización en investigaciones de asesinato. Mi oficina valoró mucho su trabajo con el Padre.

En cuanto oye nombrar al Padre, Colomba siempre siente una pequeña opresión en el pecho.

—No creo ser la persona adecuada, doctora.

—¿Está demasiado ocupada? —dice Sermonti, irónica.

—Estoy pensando en abrir un bar.

Sermonti sonríe.

—No la creo. Echa de menos su trabajo.

—¿Me está leyendo la mente, doctora?

—No, pero la he visto manos a la obra allí dentro, mientras estudiaba la escena del crimen. Lo echa de menos, vaya si lo echa de menos.

Colomba ve fragmentos de sus agotadoras carreras por el Tíber, del gimnasio, de las noches que pasa leyendo para no pararse a pensar en lo inútil que se siente. Pero sabe que volver sería un error.

—No quiero volver a primera línea, doctora.

—En primera línea se encuentra la policía, Caselli, y nosotras ya no estamos en la policía.

—Sermonti se sopla un vilano que ha volado hasta su manga—.

Hagamos una cosa: vamos a almorzar y hablamos del resto.

Hay un sitio aquí cerca, ya he hecho una reserva.

Cocina milanesa. Sé que le gusta la carne, preparan un ossobuco fantástico.

Colomba no sabe qué decir. Vuelven a entrar. El ascensor se abre directamente en el salón, uno de los agentes de escolta lo mantiene abierto para ellas. Sermonti entra, Colomba duda un momento.

—¡Vamos, Caselli! ¿No es capaz de ver que se encuentra delante de una buena oferta? Súbase a bordo.

Colomba suspira. Esto no le va a gustar nada a Dante , piensa mientras se mete en la cabina cromada.