Matar a Aquila (Matar a Aquila 1) Capítulo 24
69%

Capítulo 24

R ona tragó saliva. Era la primera vez que entraba en el despacho de Charity.

No podía evitar sentirse como un insecto bajo el microscopio.

O como si estuviera en una sesión de terapia de lo más incómoda.

Maxwell estaba sentado ante el escritorio de Charity, con ella detrás, una mano sobre su hombro.

A Rona le daban náuseas verlo. Se suponía que Maxwell no debía tener conexiones humanas.

Los dedos índice y corazón le descansaban sobre la pantalla negra del teléfono de Rona.

Rona miró a Flynn, a su lado, que parecía tan tenso como se sentía ella.

—Entonces —dijo Rona, rompiendo el silencio—. Es Zoey, ¿verdad? ¿No es alguien haciéndose pasar por ella?

—Flynn, ¿dijiste que no encontraste interferencias en el mensaje de voz? —preguntó Maxwell.

Flynn negó con la cabeza.

—Busqué todo lo que se me ocurrió. Por lo que puedo decir, esa es Zoey.

—Y todavía está con Sarajevo —dijo Charity. Prácticamente escupió la última palabra.

—Pero él la mantiene viva por ahora —dijo Maxwell—. ¿No hay forma de que rastrees el origen de la llamada, Flynn?

—No lo creo. Por el número en sí puedo saber que es alemán, pero parece que el teléfono fue destruido después de la llamada.

—Se le da demasiado bien estar un paso adelante —suspiró Maxwell—. Sigue investigando. Avísame de lo que encuentres.

—Sí, señor.

—¿Puedo recuperar mi teléfono ahora? —preguntó Rona.

Maxwell no respondió, simplemente le tendió el teléfono mientras se giraba hacia Charity.

Rona tuvo que contenerse para no arrancárselo de las manos.

Si no se lo hubiera quitado cuando llegó la llamada, podría haber hablado con Zoey.

Podría haber averiguado dónde estaba. Podría haberla traído a casa.

Rona respiró hondo para calmarse y salió del despacho, resistiendo el impulso de dar un portazo.

—¿Estás bien? —preguntó Flynn, poniéndose a su altura mientras caminaban hacia las escaleras.

—No. No lo entiendo —suspiró Rona—. ¿Por qué no me dejó hablar con ella? ¿Por qué él no habló con ella?

Flynn suspiró.

—Rona, no sé mucho sobre Sarajevo, pero por lo que he leído en su expediente, es...

bastante malvado. Tiene una lista de asesinatos kilométrica en su haber.

Políticos, ejecutivos, gente corriente. No discrimina, y no hay forma de saber qué podría haberle estado haciendo a Zoey al otro lado de esa llamada.

Podría haber estado torturándola. Era más seguro no contestar.

—No digas esas cosas —espetó Rona. Al instante le vinieron a la cabeza las imágenes de Zoey recibiendo golpes y patadas, y se estremeció sin poder evitarlo. La tortura no era descartable.

—Lo siento. Pero es la realidad —respondió Flynn—. Solo nos queda confiar en que Maxwell tome las decisiones correctas por ahora.

—¿Por ahora? —resopló Rona—. Siempre lo ha hecho.

—Si te sirve de consuelo, es igual en el trabajo.

—Qué bien saber que nunca cambia —suspiró Rona, doblando la esquina al final de las escaleras hacia la sala de estar.

A pesar de todo, Rona esbozó una media sonrisa. Hailee ya estaba allí, encaramada en una de las sillas con cara de no haber roto un plato.

—¿Cuándo entraste aquí? —preguntó Rona, apoyándose en el marco de la puerta.

Hailee se puso de pie de un salto.

—¿Qué dijo? ¿Era realmente Zoey?

—¿Cómo supiste que Zoey llamó? —preguntó Rona.

—Escuché a través de la puerta de la cocina. Maxwell arrancándote el teléfono de las manos y todos vosotros saliendo disparados escaleras arriba no fue precisamente discreto.

Rona vaciló y luego asintió.

—Era Zoey. Pero no sé qué piensa hacer ahora. No creo que podamos localizarla por la llamada.

—Disculpa, Rona —dijo Simon, pasando por detrás de ella con tres tazas en las manos mientras salía de la cocina.

—Entonces, ¿no hay manera de averiguar nada más sobre Zoey? ¿Aparte de que está viva? —preguntó Hailee.

—No —suspiró Rona, pasándose una mano por la cara—. Estoy tan harta de esto.

Captó la mirada que intercambiaron Simon y Flynn. Al menos Flynn tuvo la decencia de parecer un poco avergonzado.

—¿Qué es lo que no me estáis contando vosotros dos? —preguntó Rona, con la paciencia al límite.

—Nada que podamos decir ahora mismo, Rona. Lo siento —dijo Simon, ofreciéndole una taza de té.

Rona cogió la taza, tentada de tirársela a Simon a la cara. En lugar de eso, negó con la cabeza y se dejó caer junto a Hailee. Su hermana menor miraba el té en silencio, como si pudiera leer en él las respuestas.

—¿Estás bien? —preguntó Rona.

—Ojalá supiéramos cuándo va a volver a casa.

A Rona se le encogió el corazón. Hailee tenía los ojos enrojecidos y llorosos.

—La tendremos en casa pronto —respondió Rona—. Te lo prometo.

—Llevas semanas diciendo lo mismo —murmuró Hailee.

Una oleada de rabia inesperada le recorrió las venas a Rona.

—No es mi culpa que todavía no esté en casa. ¡Por Dios! No puedo hacer nada para ayudar, y no sé cómo hacerlo. Si pudiera hacer algo, lo haría.

El silencio resonó más fuerte que los gritos. Rona respiró hondo para calmarse. Hailee se encogió y volvió a clavar la vista en la taza que tenía entre las manos. Flynn y Simon se habían quedado callados.

Maxwell carraspeó desde el pie de las escaleras. Rona se volvió, sin saber si sentirse aliviada o indignada de que hubiera bajado. Se levantó, desesperada por hacer algo , aunque fuera tan simple como ponerse de pie.

—De hecho, Rona —dijo Maxwell—, hay algo que puedes hacer.

—¿Qué es? —preguntó, dando unos pasos hacia él.

Había algo en su voz. Algo astuto y calculador. Pero recuperar a Zoey importaba más que el mal humor de su padre.

—Ven conmigo —dijo él, ajustándose la corbata aflojada.

~ ~ ~ ~ ~ ~

Apática. Zoey sabía que había estado más callada de lo habitual desde su llamada a Rona esa tarde.

Pero no había esperado esa repentina oleada de hastío que la asfixiaba.

No había salido de su habitación desde que habían regresado.

No había querido. Casi no podía. La luz de la luna entraba a raudales por la ventana, y los árboles plateados se mecían suavemente.

Pero Zoey les dio la espalda y se quedó mirando hacia la puerta.

Su oportunidad de hablar con Rona se había esfumado, y no volvería.

Parte de ella quería intentar marcar de nuevo el número de Rona en el teléfono desechable que Sascha le había dado al llegar, pero el código de marcación internacional era tan largo que no había tenido ocasión de memorizarlo.

Además, sería una violación enorme de la confianza de Sascha.

Algo que no se atrevía a hacer, aunque hubiera sabido el número.

Eso no impedía que siguiera queriendo hablar con Rona, aunque solo fuera para escuchar su voz, y de alguna manera, todo se había desmoronado ante sus ojos.

No podía evitar sentirse agradecida con Sascha por haberle dado espacio.

Él había llamado a la puerta antes para preguntarle qué quería cenar, pero...

Zoey tragó saliva. No podía comer. No después de esto.

Una oleada de gratitud hacia Sascha le inundó el pecho.

No había insistido. Solo le había dicho que le dejaría algo en la nevera.

El estómago le gruñó con insistencia, y Zoey respiró hondo y se incorporó. Debería comer algo, de verdad. Pero ¿cómo iba a hacerlo sintiéndose así? Aplastada. Devastada. ¿Rona siquiera recibiría su mensaje de voz? ¿O simplemente lo borraría? Había estado tan cerca.

La luz de la luna temblaba sobre la puerta de su dormitorio, y Zoey miró por encima del hombro. Con el rabillo del ojo, vislumbró las estrellas lejanas.

Estrellas.

Las mismas estrellas sobre las cabezas de Rona y Hailee.

La comida podía esperar. Necesitaba salir. Ya. Se levantó, se puso unos calcetines, abrió la puerta en silencio y bajó las escaleras de puntillas.

El aire fresco de la noche la hizo tiritar, y Zoey se ciñó la camisa sobre los hombros.

Incluso a través de los calcetines, las baldosas del patio se sentían como hielo bajo los pies.

¿Quién le había dado permiso al verano para hacer tanto frío?

Aunque, en el fondo, daba igual. Alzó la cabeza y recorrió con la mirada el cielo resplandeciente.

Estrellas del Norte. Así había llamado Sascha a Hailee y Rona.

Sus Estrellas del Norte. Entonces, ¿dónde estaba la Estrella del Norte?

¿Cuál era? Dejó escapar el aire entre los dientes.

Todas parecían iguales. Parpadeó rápidamente mientras unas lágrimas repentinas y desesperadas le escocían en los ojos.

Entonces vio Aquila. Suspendida en el cielo nocturno, justo sobre el horizonte.

La constelación de Sascha. Se obligó a respirar hondo y asintió para sí misma, con la mirada fija en Aquila mientras se recomponía.

Si podía encontrar Aquila, podía encontrar la Estrella del Norte.

Alzó la vista del horizonte hacia las estrellas.

Se sentó en el borde del muro del patio y sus ojos se posaron en Orión.

Así que podía encontrar al menos dos constelaciones. Pero ¿dónde estaba la Estrella del Norte? Tragó saliva mientras sus ojos saltaban de un diminuto punto de luz a otro.

—Me preguntaba si te encontraría aquí.

Se volvió. Sascha estaba en el umbral, en pijama, con un hombro apoyado en el marco de la puerta. Zoey inspiró bruscamente e intentó esbozar una sonrisa, pero exhaló con un suspiro pesado, dejó caer los hombros y bajó la mirada hacia la hierba húmeda.

—No puedo encontrarla —dijo con una mueca, apretando los dientes—. No sé por qué es tan importante. No lo es. En realidad, no. Estamos viendo las mismas estrellas, y sé que está ahí arriba. Pero...

—Requiere práctica —dijo Sascha en voz baja. Rodeó el extremo del muro del patio y se sentó—. Déjame ayudarte. La Estrella del Norte, ¿verdad?

Zoey asintió y volvió la mirada hacia la noche.

—Quería tanto escuchar sus voces... Poder decirles yo misma que estoy bien.

—Y lo harás pronto, Zoey. Antes de que te des cuenta, estarás de vuelta con ellas. Te lo prometo.

Zoey se detuvo, con los ojos escocidos por una razón diferente ahora. Sorbió por la nariz y se volvió a medias, fingiendo mirar otra zona del cielo. ¿Cómo sabía Sascha siempre qué decir? Las palabras justas para calmar sus miedos y acelerar su corazón de la mejor manera.

Uno de los nudillos de Sascha se posó bajo su barbilla, y Zoey se sonrojó intensamente cuando él le hizo volver la cabeza con suavidad.

—Ahí —dijo, señalando—. ¿La ves?

Zoey negó con la cabeza, buscando desesperadamente con la mirada.

Se le secó la boca cuando Sascha juntó sus mejillas y señaló con un gesto.

El calor recorrió el cuerpo de Zoey, ahuyentando el frío de la noche.

¿Cómo iba a encontrar una estrella cuando Sascha estaba más cerca que nunca?

¿Cuando la barba incipiente de su mandíbula le rozaba la piel?

¿Cuando todos sus pensamientos se cortocircuitaban?

Entonces, a pesar de la cercanía de Sascha, al final de una línea curva de cuatro estrellas, Zoey la vio.

Una estrella más brillante que las demás centelleaba hacia ellos.

La opresión en el pecho de Zoey se alivió. Tragó saliva, y se sintió como si respirara por primera vez en horas.

—Gracias —susurró, y se irguió.

Sascha sonrió.

—Hay un truco, ¿sabes?

—¿Ah, sí? —preguntó Zoey con una sonrisa temblorosa.

—Sí.

Sascha metió la mano en el bolsillo y sacó una pequeña caja negra.

—Esto.

Los pensamientos de Zoey se detuvieron en seco, y soltó una risita nerviosa.

—No creo que las joyas me ayuden a encontrar estrellas.

—¡Ja! En la mayoría de los casos, no.

Sascha le tendió la caja.

—Lo vi cuando estuve en Suiza la semana pasada, y me hizo pensar en nuestra conversación de la otra noche. Iba a dártelo cuando te lleváramos de vuelta a Inglaterra, pero creo que ahora viene igual de bien.

Con las manos temblorosas, Zoey abrió la caja.

Se llevó una mano a la boca mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.

Dentro había una cadena de plata con un sencillo colgante grabado con la figura de la Osa Menor.

En un extremo del diseño, una diminuta gema blanca representaba la Estrella Polar, centelleando bajo la luz de la luna.

—Ahora siempre podrás encontrarla.

—Sascha —murmuró Zoey.

Parpadeó varias veces y alzó la vista al cielo para tomar aire. Cuando estuvo segura de que le saldría la voz sin quebrarse, se volvió hacia él.

—No sé qué decir.

Sascha también alzó la mirada al cielo.

—Sé que no es el collar que perdiste, pero quizá te sirva de consuelo hasta que vuelvas a Inglaterra —dijo en voz baja.

Zoey lo miró en silencio. Apretó la caja entre los dedos, aferrando las estrellas en las manos.

No habría podido apartar la mirada aunque lo hubiera intentado.

Incluso si pudiera ... no quería hacerlo.

La luz de la luna caía desde lo alto, pura y plateada, y Zoey tragó saliva con dificultad.

Sascha posó los ojos en ella y su leve sonrisa se volvió más cálida.

Bajo aquella luz prístina, los ángulos duros y las aristas de su rostro se suavizaron, y sus ojos azules se dulcificaron.

El impulso de besarlo volvió a surgir en el pecho de Zoey.

Algo menos impulsivo y salvaje que semanas atrás.

Latía justo bajo la superficie de su piel, casi abrumador en su insistencia.

En otra vida, en otro mundo, lo habría besado.

Pero no lo hizo.

En cambio, alargó la mano y la posó sobre la de él. Sascha se giró del todo hacia ella, con una expresión indescifrable en los ojos.

—Gracias —dijo, y las palabras le salieron en un susurro.

Sascha giró lentamente la mano y entrelazó los dedos con los de ella. Zoey apenas podía respirar. Le apretó la mano con fuerza, intentando acallar el rugido de la sangre en los oídos.

—No perdamos este —respondió Sascha, con la voz tan baja como la de ella.