Capítulo 23 #2
La emoción y el miedo parecían ir de la mano, de algún modo.
Zoey inspiró hondo y exhaló despacio. A las afueras de Linz, Austria.
Allí era donde Sascha había decidido hacer la llamada.
A poco más de dos horas y media del piso franco.
El corazón le latía un poco más deprisa.
Apretó los labios y se estrujó las manos sobre el regazo para que no le temblaran.
Rona. Pronto. Iba a hablar con Rona. Al otro lado de la ventanilla, la luz del atardecer se filtraba entre un denso bosque de pinos oscuros mientras avanzaban por la carretera.
Volvió a inspirar con fuerza. Quizá solo estaba dándole demasiadas vueltas a todo. Hiperconsciente.
Ojos. Notaba unos ojos clavados en ella. Zoey se volvió y pilló a Sascha observándola.
—Deberías estar mirando la carretera, ¿sabes? —dijo, recostándose en el asiento.
—Es difícil cuando estás vibrando en el asiento —se rio Sascha—. ¿Emocionada?
Zoey soltó una risa y volvió la vista al parabrisas, contemplando el paisaje que pasaba. —Sí, solo un poco.
—Puedo quedarme a tu lado o esperarte en el coche. Tú decides.
—Gracias —respondió Zoey. Volvió a apretar los labios—. Sascha, ¿y si pasa algo? ¿Y si alguien me reconoce? ¿O a ti?
—No lo harán.
—¿Cómo lo sabes?
—No haremos la llamada cerca de nadie. No entraremos en la ciudad. No correría ese tipo de riesgo. Al menos no en este caso.
—Corriste un riesgo al ayudarme.
Sascha la miró de reojo, con expresión indescifrable. —Ese fue un riesgo calculado.
Zoey negó con la cabeza y se rio. —Menos mal que se te dan mejor las mates que a mí.
Sascha soltó una risita y desvió el coche de la carretera principal hacia un apartadero vacío junto a un mirador.
Más allá de una estrecha franja de árboles, Zoey apenas distinguía un río, con montañas alzándose imponentes en la otra orilla.
Le lanzó una mirada nerviosa a Sascha. ¿Era aquí?
Por alguna razón, había esperado algo un poco más ...
espectacular. Quizá un edificio resguardado.
Un lugar secreto apartado de la carretera.
Aquello era tan... normal. Su instinto le decía que precisamente por eso lo había elegido Sascha.
Zoey se giró y se estiró hacia el asiento trasero para coger el teléfono desechable que Sascha había comprado antes. Todavía estaba en su caja, sin abrir. Una mano se cerró alrededor de su muñeca y la detuvo antes de que pudiera cogerlo. Se volvió hacia Sascha.
—¿Qué? —preguntó ella.
—No lo toques sin guantes —dijo él en tono serio—. Si alguien encuentra ese teléfono, no quiero que tus huellas estén en él.
Zoey se recostó en el asiento.
—¿Qué probabilidades hay de que alguien lo encuentre?
—Nunca se sabe. Es mejor pecar de precavido. Toma.
Zoey vaciló cuando Sascha le tendió un par de guantes de cuero negro.
—¿No es esto un poco excesivo?
Él la miró de forma extraña, con la cabeza ladeada.
—Creo que es la precaución justa. Si alguien encuentra ese teléfono con las huellas de los dos, no tardarán en atar cabos.
Zoey asintió al ver la seriedad en sus ojos.
—De acuerdo.
—Gracias.
Sascha se estiró hacia el asiento trasero, cogió el teléfono y lo encendió. Zoey lo observó mientras se concentraba un momento, a la espera de que el teléfono se conectara a una red.
—¿Y tú no te pones guantes? —preguntó ella mientras se los ponía. Le quedaban grandes. Tenían que ser de Sascha.
—No. Si el teléfono solo tiene mis huellas, no es tan grave. A estas alturas, seguro que hay cientos de teléfonos en el Danubio con mis huellas.
—¿Tienes por costumbre tirar teléfonos a los ríos?
Sascha soltó una risita pero no respondió. Entonces Zoey se dio cuenta de que él le estaba tendiendo algo. Un trozo de papel. Números. Tragó saliva. El número de teléfono de Rona. Tenía que serlo.
—Zoey.
—¿Sí? —preguntó Zoey, apretando el número de teléfono de Rona en su mano enguantada.
—Solo tenemos una oportunidad. Si esta llamada no conecta, no podemos volver a intentarlo. ¿Lo entiendes?
Zoey tragó saliva y asintió.
—¿Y si no contesta?
Sascha levantó la vista de la pantalla.
—Deja un mensaje corto, y cuando digo corto , me refiero a corto. Por la seguridad de los dos, no le digas dónde estás, no le digas cómo llegaste aquí, no le digas dónde nos alojamos y, por lo que más quieras, no menciones mi nombre.
—Vale. Entendido. Entonces, si contesta, ¿qué puedo decirle? —preguntó Zoey, y se mordió el labio al oír lo cortantes que habían sonado sus palabras.
Si Sascha lo notó, no lo demostró.
—Dile lo importante. Que estás a salvo. Que estás intentando volver con ella y con el resto de tu familia. Si te pregunta dónde estás o con quién, por favor, no le contestes. Si coge la llamada, no puede durar más de tres minutos. Es todo el tiempo que puedo darte sin riesgo. ¿Lo entiendes?
Zoey asintió mientras flexionaba los dedos dentro de los guantes.
—Sí.
—De acuerdo —respondió Sascha, y le puso el teléfono en la mano—. Tendrás mejor cobertura fuera.
Zoey volvió a asentir, incapaz de articular palabra.
Tragó saliva con fuerza y salió del coche mientras respiraba el aire fresco del bosque.
A lo lejos, oyó que Sascha también salía y que la puerta se cerraba con un golpe sordo.
Desbloqueó la pantalla del teléfono con un gesto lento.
Rona. Guantes táctiles, por lo visto. En unos instantes, volvería a oír la voz de Rona.
Le parecía que habían pasado años desde que había hablado con su hermana.
Respiró hondo para calmarse y marcó el número.
El teléfono sonó.
Una vez.
Dos veces.
Zoey apretó la mandíbula, esforzándose por contener las emociones un momento más. Contesta. Contesta. Lo único que quería era oír la voz de su hermana. Solo decirle que estaba viva. Rona prácticamente vivía pegada al teléfono. ¿Dónde estaba?
Tres veces.
Un cuarto tono.
No. Rona tenía que contestar. Tenía que hacerlo.
No había razón para que no lo hiciera. Zoey se pasó el pulgar por el labio inferior, intentando que no le temblara.
Miró por encima del hombro hacia Sascha.
Su cara debía de reflejar lo que sentía.
Él se irguió de inmediato, separándose del coche en el que había estado apoyado.
Un quinto tono.
El inicio del mensaje del buzón de voz.
La emoción le atenazó la garganta. Un dolor real, físico, le ardió en el pecho.
Se cubrió la boca y apenas notó que Sascha le ponía una mano en el hombro.
Había estado tan segura de que Rona contestaría.
Tan segura. El hueco donde antes colgaba su collar se hizo de pronto más evidente.
Zoey apretó los labios con fuerza a la espera del inevitable pitido que le indicaría que dejara un mensaje.
¿Por qué no había contestado Rona? ¿Simplemente no había reconocido el número?
¿Era por eso que no había cogido? ¿Estaba fuera?
¿Estaba... estaba ella también metida en un lío?
Un suave apretón en el hombro la hizo volver la atención hacia Sascha.
—Déjale un mensaje de voz. Al menos sabrá que estás viva.
—¿Podemos intentarlo de nuevo? —preguntó Zoey sin molestarse en ocultar la súplica en su voz.
Sascha negó lentamente con la cabeza.
—No. No podemos arriesgarnos.
—Por favor.
—No, Zoey —dijo él, con voz aún baja y paciente—. Lo siento.
Zoey asintió y agarró el teléfono con ambas manos mientras la señal para dejar un mensaje sonaba nítida en el auricular.
—Rona. Rona, soy Zoey. No tengo mucho tiempo.
Solo quería, necesitaba, llamarte. Estoy...
estoy viva. Y estoy a salvo. Estoy con...
—Zoey se interrumpió cuando la mano de Sascha se le clavó en el hombro como garras de águila—.
Estoy con alguien que me ha estado ayudando.
Que me ha cuidado. Estaré en casa pronto, Ro.
Te lo prometo. Estaré en casa pronto. No sé cuándo.
Pero voy a volver. Os quiero muchísimo a ti y a Hailee.
Por favor, intentad no preocuparos. Volveré en cuanto pueda.
Con la respiración entrecortada, Zoey pulsó el botón de finalizar llamada .
De inmediato, se volvió hacia Sascha. ¿Y ahora qué?
Quería preguntar. Pero no lo hizo. Negó con la cabeza, bajó la mirada y le pasó el teléfono a Sascha sin decir palabra.
Él vaciló un instante antes de cogerlo. Zoey parpadeó para contener las lágrimas y clavó la vista en la lejanía, sin captar ni ver realmente el bosque que iba oscureciéndose.
Detrás de ella hubo un leve movimiento, pero no le prestó atención.
Sascha no había dicho nada al respecto. No veía razón para hacerle caso.
Momentos después se oyó un chapoteo quedo. Aun así, Zoey apenas reparó en él.
Rona no había contestado. Eso era lo único que importaba.
Rona no había contestado. Y Rona no podía devolverle la llamada.
Zoey se cubrió los ojos: una parte de ella quería esconderse, otra quería bloquear los tonos anaranjados y rosados del atardecer que danzaban sobre las copas de los pinos.
Había perdido su única oportunidad de hablar con su hermana. No tendría otra.