Capítulo 22
Q uizás no era nada. Pura inquietud. Quizás era enfrentarse a la realidad de lo que había quedado al descubierto bajo las vendas: un amasijo de piel enrojecida y apenas cicatrizada.
En cualquier caso, Zoey no podía dormir.
No podía relajarse. No conseguía quitarse de la cabeza la imagen de aquella cicatriz nueva y reluciente que le cruzaba el muslo.
Sin las vendas se sentía desnuda, de algún modo.
Se había acostumbrado a ellas. Habían sido una barrera protectora contra lo que había debajo.
Respiró hondo y se dio la vuelta para quedar boca arriba, con la mirada perdida en el techo, deseando tener su móvil para navegar sin rumbo hasta quedarse dormida.
Un podcast. Un vídeo. Lo que fuera. Pero no tenía su móvil.
Solo las sombras de los árboles bañados por la luna danzando en la pared.
Bostezó, con el cansancio acechando en los márgenes de su conciencia, pero cada vez que cerraba los ojos, cualquier atisbo de sueño se desvanecía, dejando solo frustración.
Respiró hondo de nuevo, cogió otra almohada y se tapó la cara, intentando obligarse a dormir.
Por un instante se preguntó si quizás con más oscuridad dormiría mejor. Una esperanza vana.
Los rostros de Rona y Hailee bailaron tras sus párpados cerrados, y el sueño se negó a llegar.
Suspiró con fuerza, se quitó la almohada de la cabeza y se quedó mirando el techo un momento más.
Los árboles bañados por la luna se inclinaban y mecían suavemente.
Parecían burlarse de ella, de algún modo.
El mundo en paz, dormido, y ella seguía despierta, sin parar de dar vueltas.
Zoey negó con la cabeza y se levantó de la cama sin ningún plan.
Cogió el móvil y encendió la linterna, sin querer encender las luces del techo.
Quizás poner la televisión ayudaría. Pero eso probablemente despertaría a Sascha. No sabía si tenía el sueño ligero o pesado. Ligero, apostaría.
¿Quizás una taza de té? Una bebida que sabía a hogar.
Pero también una bebida con casi tanta cafeína como el café.
Probablemente no era la mejor idea para volver a dormirse.
Pero la haría sentirse un poco más cerca de Hailee y Rona.
Sabría a hogar . Una especie de certeza se asentó en su pecho. Eso era lo que quería.
Procurando que sus pasos, aún irregulares, fueran ligeros, Zoey abrió despacio la puerta de su dormitorio. No la cerró tras de sí. Por si acaso el propio cierre hacía ruido. Se dirigió hacia las escaleras.
La casa estaba a oscuras. El único movimiento, un zumbido eléctrico bajo, que en realidad no era movimiento en absoluto.
Más bien un ruido de fondo constante que daba esa impresión.
Zoey bajó las escaleras agarrada a la barandilla.
Al llegar abajo, miró hacia el dormitorio de Sascha.
No se veía luz bajo la puerta. De pronto se alegró de haber decidido no poner ninguna película ni encender las luces.
Le habría fastidiado molestarlo. Dios, qué diferente era todo.
Si estuviera en casa, le daría igual despertar a Hailee o a Rona.
Pero Sascha no era Hailee ni Rona. Era... especial. A falta de otra palabra.
¿El hervidor lo despertaría? Zoey resopló para sus adentros.
Era un ruido tan bajo... Apenas más fuerte que el zumbido del frigorífico.
Rodeó la barra de la cocina y encendió el hervidor, intentando conformarse con esperar los pocos minutos que tardaría.
Unos pocos minutos. Solo unos pocos minutos.
Y aun así no conseguía estarse quieta. Ni siquiera durante esos pocos minutos.
Tenía demasiada energía nerviosa recorriéndole el cuerpo.
Los árboles bañados por la luna la llamaban a través de la puerta acristalada del patio, y Zoey se volvió hacia ellos; su vaivén resultaba cautivador aquí abajo, cuando arriba solo le había resultado irritante.
Dejó el móvil en la encimera, cruzó el salón a oscuras hasta la puerta del patio y miró hacia fuera.
Zoey sonrió y respiró despacio. No recordaba haber visto nunca tantas estrellas.
Abrió la puerta y salió con la mirada clavada en lo alto.
Miles de soles distantes y titilantes, incrustados en el cielo nocturno, le guiñaron un ojo.
Zoey sonrió para sí; una parte diminuta e infantil de ella no pudo evitar encontrar aquello mágico.
Entrecerró los ojos ligeramente, esforzándose por ver más.
Por un segundo creyó distinguir el contorno difuso de la Vía Láctea, pero parpadeó y la imagen desapareció.
Toda su inquietud y tensión se disiparon.
Solo quedaban ella, la luna y las estrellas.
Con la mirada en lo alto, se acomodó en el murete del patio.
¿Podrían Rona y Hailee ver esas mismas estrellas?
¿Esos mismos patrones en la oscuridad? Otra cosa a la que ojalá hubiera prestado más atención.
¿Cómo iba a saber que algún día querría saber de estrellas?
Saber dónde estaban las constelaciones para poder estar segura, al menos, de que ella y sus hermanas veían los mismos cielos.
Seguro que las vistas del cielo nocturno no podían ser tan diferentes entre Inglaterra y Alemania, ¿no?
Ojalá lo supiera con certeza. Sería agradable, reconfortante, que al menos pudieran compartir el cielo nocturno.
Zoey respiró hondo y vio una estrella fugaz cruzar la oscuridad.
Las echaba de menos. Muchísimo. Se llevó una mano al muslo.
Y no volvería a casa siendo la misma. ¿Qué dirían Hailee y Rona cuando vieran lo que había pasado? No había forma de ocultar la herida.
—¿Zoey?
Se volvió y se le cayó el alma a los pies. Sascha salió y se metió algo en la parte de atrás de la cinturilla. Se detuvo a unos pasos, con la cabeza ladeada.
—Lo siento —dijo ella; la disculpa le salió de la boca antes de poder evitarlo—. Te desperté.
—¿Despertarme? —Sascha sonrió levemente—. Estaba despierto.
—¿Pero tu luz estaba apagada?
—Me gusta la oscuridad —respondió Sascha con un encogimiento de hombros—. ¿Qué haces aquí fuera?
Zoey soltó un resoplido quedo y echó la cabeza hacia atrás para mirar las estrellas.
—Te vas a reír de mí.
—No lo haré. Te lo prometo —dijo Sascha, y se sentó a su lado.
—No paro de pensar en Rona y Hailee. No puedo dormir, y bajé a hacerme un té. Luego salí aquí. Se estaba en paz.
Sascha guardó silencio y Zoey apretó los labios.
Sonaba tan ridículo ahora que lo había dicho en voz alta.
Había pensado en sus hermanas tanto y con tanta intensidad que no podía dormir.
¿A quién en su sano juicio se le ocurriría que el siguiente paso lógico era salir a mirar las estrellas?
Zoey se frotó los pies entre sí y se estremeció; el frío de las baldosas y el frescor de la noche por fin le calaban.
Tendría que haberse puesto unos calcetines.
A su lado, Sascha se levantó sin decir palabra y entró en la casa.
Zoey se volvió para verlo marchar; el metal negro de una pistola destelló justo por encima de la cinturilla mientras caminaba.
¿De verdad se iba? ¿Sin decir nada más? Bueno.
Había prometido no reírse. Zoey tragó saliva y volvió a alzar la vista.
La magia infantil que había visto en el cielo estrellado se esfumó.
De pronto no quería otra cosa que volver arriba y quedarse a oscuras y en silencio, con las mantas tapándole la cabeza para no ver la luna ni las estrellas.
Subió los pies para sentarse con las piernas cruzadas y esperó.
A qué exactamente, no estaba segura. A que pasara el tiempo suficiente, supuso.
A que Sascha no pensara que simplemente lo seguía.
A que él volviera a su dormitorio y ella pudiera escabullirse escaleras arriba.
Una manta le cayó en el regazo y Zoey dio un respingo. Una leve sonrisa se dibujó en sus labios al apartar la vista de las estrellas para mirar a Sascha. Llevaba otra manta en el brazo —Zoey reconoció las mantas del sofá del salón— y una taza naranja en cada mano.
—Tú disfruta de tu cafeína a estas horas. Yo prefiero algo que no me tenga en vela hasta el amanecer —dijo, ofreciéndole una de las tazas.
—Pensaba que habías vuelto a acostarte —dijo Zoey mientras cogía la taza y se hacía a un lado para dejarle sitio.
—Esta noche es demasiado bonita para desperdiciarla —dijo mientras se sentaba a su lado y alzaba la vista—. Y tienes razón. Aquí fuera se está en paz.
Zoey sonrió y se arrebujó en la manta con la taza caliente entre las manos. Se la acercó a la nariz e inspiró; el aroma familiar de hogar le inundó los sentidos. Sopló y dio un pequeño sorbo. Sascha preparaba un té bastante bueno. Algo que ahora agradecía más que nunca.
Poco a poco, Zoey volvió a alzar la vista hacia el cielo.
—¿Son las mismas que en Inglaterra?
—¿Las estrellas? —preguntó Sascha, llevándose la taza a los labios.
Al moverse Sascha, Zoey captó un leve aroma floral y supo que debía de ser su té azul.
—Sí. Pregunta tonta, lo sé, pero nunca me había parado a pensar en las estrellas. Sería bonito si... ya sabes. Me gustaría pensar que al menos parecen iguales.
—Son las mismas —asintió Sascha—. Hay pequeñas diferencias según desde dónde mires, pero los cielos son más o menos idénticos.
Zoey asintió en silencio y exhaló. Los mismos cielos. Al menos podía ver las mismas estrellas que Hailee y Rona. Eso podían compartirlo, aunque estuvieran a cientos de kilómetros. De algún modo, era un alivio. El más mínimo hilo de conexión.
—No puedo dejar de pensar en ellas —dijo, y las palabras le brotaron como agua—. Esta noche es peor que otras.
Sascha rio quedamente.
—Son tu Estrella Polar.
—¿Mi qué? —preguntó Zoey.