Matar a Aquila (Matar a Aquila 1) Capítulo 21 #3
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Capítulo 21 #3

—No suelo odiar a la gente, pero con él hago una excepción. Pero escúchame, Zoey.

Un muelle del sofá crujió, pero Zoey no miró a Sascha. No podía. El muslo de él se apretó contra el suyo.

—Tu padre pone a la gente en peligro. Es lo que hace. Pero nadie más debería sufrir por sus decisiones. Nuestros caminos se cruzaron por casualidad en Francia, pero cuando te vi y te reconocí, no pude dejarte allí.

Zoey luchó por contener el temblor de su labio inferior.

—Siento lo que hizo.

La mano de Sascha se posó en su antebrazo, y su pulgar empezó a trazar círculos en el interior de su muñeca.

—Mírame.

Zoey apenas lo oyó. No podía mirar a Sascha sin que la culpa le abrasara las entrañas. Negó con la cabeza, incrédula. ¿Cómo había podido Maxwell hacer algo así? ¿Cómo había podido usar—

Sus pensamientos se interrumpieron en seco cuando sintió que la mano libre de Sascha le tomaba la barbilla con suavidad pero firmeza y le giraba la cabeza hacia él.

Zoey se quedó paralizada. Su rostro estaba a solo centímetros del suyo.

Lo miró fijamente a los ojos, incapaz de apartar la mirada.

Atrapada en ella como un ciervo deslumbrado por los faros.

De inmediato, aquel impulso salvaje y frenético de besarlo volvió a despertar.

Sería tan fácil inclinarse hacia delante y...

Zoey tragó saliva y luchó por apartar ese pensamiento, pero no se iba, y solo pudo rezar para que Sascha no notara lo desbocado de su corazón.

La otra mano de él seguía en su muñeca, el pulgar trazando esos pequeños patrones insistentes que le incendiaban la piel.

Era imposible que no sintiera su pulso martilleándole en las venas.

—Lo que pasó entre Maxwell y yo es asunto nuestro. No tienes por qué cargar con esa culpa, y no quiero oírte disculparte en su nombre. Solo por haberlo pensado, ya demuestras más nobleza de la que él podría soñar jamás.

Zoey volvió a respirar cuando Sascha se echó hacia atrás.

Sus manos se apartaron y dejaron rastros de calor en su piel.

De repente, había espacio entre ellos de nuevo.

Ella soltó una risita y apartó la mirada mientras reajustaba el agarre de su taza de café.

Había olvidado que la sostenía. ¿Cómo no se le había caído?

Se aclaró la garganta.

—Necesito preguntarte algo: ¿has sido tan amable conmigo porque conoces a mi padre?

—¿Qué? No —resopló Sascha. Sus ojos azules se abrieron de par en par y una sonrisa sorprendida se dibujó en su boca—. He sido amable contigo porque me caes bien. Disfruto de tu compañía. Vamos, lo sabrías de sobra si no fuera así.

Zoey se rio, desconcertada, y clavó la mirada en su taza de café para evitar los ojos de Sascha. Notaba la sangre agolpándosele en las orejas. Hizo una mueca al volver a mirarlo.

—¿Por qué no me hablaste de Maxwell antes? —preguntó.

Sascha se detuvo un momento y, por un instante, pareció avergonzado.

—Francamente, Zoey, no quería sacarlo a relucir. Sé que desconfiabas de mí cuando llegaste, y pensé que contarte esto podría alterarte aún más. Tampoco es algo de lo que hable a la ligera. Normalmente intento fingir que nunca ocurrió. ¿Me perdonas?

Zoey le sonrió. No pudo evitarlo. Sascha parecía tan vulnerable. Tan humano.

—Supongo que podré perdonarte a su debido tiempo —sonrió—. ¿Otro café?

—Por favor —respondió él, y le tendió la taza—. Debería quedar algo de descafeinado.

—Ah, sí, la guerra personal contra la cafeína continúa —respondió ella mientras se levantaba—. ¿Seguro que no quieres algo más fuerte después de pasar toda la noche en vela?

Sascha se rio.

—Gracias por la oferta, pero no soporto la cafeína. Me hace temblar. Siempre me ha pasado.

Zoey negó con la cabeza y fue a la cocina para rellenar la taza de Sascha.

—¿Le pongo algo?

—Solo, gracias —respondió Sascha.

Zoey resopló y volvió al sofá con la taza llena.

—Qué asco. No sé cómo puedes beberlo así. A mí me sentaría fatal.

—Está claro que no tienes un paladar tan refinado como el mío —respondió Sascha.

—¿Querrás decir tan estropeado como el tuyo? —sonrió ella mientras le devolvía la taza.

—Sigue burlándote —dijo él con una sonrisa. Se acomodó y apoyó los pies en la mesa de centro—. Ya verás adónde te lleva.

Zoey se rio suavemente y se recostó contra el brazo del sofá para estirar la espalda.

Suspiró satisfecha al oír crujir las articulaciones.

Con el rabillo del ojo, apenas alcanzó a ver cómo los dedos de Sascha se tensaban alrededor de la taza, como si estuviera incómodo.

Inclinó la cabeza para preguntarle qué estaba pensando, pero él se encogió de hombros y se inclinó hacia delante.

—¿Cómo va esa herida?

—Mucho mejor. Ya casi no me duele. Creo que está casi curada.

Sascha emitió un murmullo pensativo mientras sacaba el cajón grande con el material de primeros auxilios de debajo de la mesa de centro.

—Creo que ya es hora de quitarte esos vendajes definitivamente.

Zoey se miró el muslo y frunció los labios, luego dejó la taza de café en la mesa.

—¿Sabes? Creo que tienes razón.