Matar a Aquila (Matar a Aquila 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

U n pequeño fuego crepitaba y chisporroteaba en la chimenea del salón de The Roost. Rona estaba sentada en uno de los sofás bajos, masajeándose la sien con una mano.

Había deshecho su bolsa en el anexo hacía horas y luego había regresado a la casa principal.

¿Por qué? Ni ella misma estaba muy segura.

Agarraba con fuerza el pingüino rosa con la otra mano.

Suspiró profundamente y recorrió la habitación con la mirada, fijándose en los estampados de tartán, los muebles desparejados y las mantas de lana extendidas sobre sofás y sillones mullidos.

Pinturas y fotografías de las colinas galesas decoraban las paredes.

Era un lugar cálido y acogedor, con zonas de estar dispuestas alrededor de una mesa de centro junto a la chimenea, lo que hacía el ambiente íntimo aún más recogido.

Pero Rona no podía apreciarlo. No hasta que su hermana regresara sana y salva.

¿Cómo era posible que Zoey hubiera desaparecido hacía solo veinticuatro horas?

Era de noche otra vez. ¿Cómo podía ser ya de noche?

Rona se quedó mirando por el gran ventanal.

La oscuridad le devolvía la mirada, como un monstruo al acecho.

¿Habría sentido Zoey ese mismo peligro oscuro la noche anterior?

El tiempo se había escurrido durante las veinticuatro horas que Zoey llevaba desaparecida. Hacer la maleta por la mañana, deshacerla aquí en The Roost. La cena había... ocurrido en algún momento. Ni siquiera recordaba qué había comido. Un día entero desperdiciado.

Rona tragó saliva y apoyó la barbilla en la mano, girándose hacia las llamas anaranjadas.

A ella y a Hailee las habían instalado en el anexo moderno detrás de la casa principal con el pretexto de darles espacio y privacidad.

No sabía adónde había ido Flynn. ¿Había estado en la cena?

No estaba segura. Y lo que era más importante: ¿había comido Zoey desde que cenaron ayer?

¿Quién la tenía? ¿Estaba bien? ¿Le habían hecho daño quienes se la habían llevado?

Una y otra vez se hacía las mismas preguntas; aquel monólogo interior generaba un ruido blanco en su cabeza.

Rona sorbió por la nariz y dejó escapar una risa diminuta y frágil.

¿Cuándo había vuelto a llorar? ¿Pararía alguna vez?

—¿Té? Eso es lo que hacen los británicos cuando están mal, ¿no? ¿Preparar té?

Rona levantó la vista de golpe y se secó las mejillas por lo que parecía la centésima vez. Tenía la piel en carne viva. Simon estaba en el umbral del salón, con un paño de cocina sobre el hombro.

Se rio a su pesar mientras más lágrimas le resbalaban por las mejillas.

—Sí. Un té me vendría genial.

—Oye —dijo Simon, deteniéndose en la puerta cuando ya se giraba para irse—. Estará bien.

—Ojalá pudiera decir que te creo —respondió Rona.

Simon abrió la boca para responder, pero bajó la vista al suelo de madera, asintió y se alejó por el estrecho pasillo.

Hailee se detuvo un momento en el umbral del salón y miró hacia donde se había ido Simon antes de entrar.

—Me preguntaba dónde estabas. Fui a tu habitación en el anexo y... me preocupé al ver que no estabas —dijo, sentándose en el sofá junto a Rona. Miró el pingüino—. Zoey te lo regaló hace unos años, ¿verdad?

Rona asintió y se lo pasó a Hailee.

—Sí. Me lo regaló hace unos seis años.

Hailee cogió el peluche y enseguida se hizo un ovillo a su alrededor, apretándolo contra el pecho mientras acariciaba con el pulgar uno de los zapatitos dorados de las patas.

—¿Te acuerdas del collar con zapatillas de baile que le regalamos a Zoey por su cumpleaños?

—Sí —respondió Rona. Se giró, cogió una manta de lana del respaldo del sofá y las tapó a las dos—. Zapatillas de punta. Cada vez que las miraba, me recordaban lo mucho que a Zoey le encanta bailar. Solo espero que...

Se hizo el silencio y Rona volvió a mirar el fuego. Quería salir de su propia piel.

—No quiero estar sola —dijo Hailee en voz baja—. Quería irme a la cama, pero no quería quedarme en el anexo a oscuras. No sin ti. Aquí hay demasiado silencio.

—Sé a qué te refieres —respondió Rona, subiendo las piernas al sofá—. Pero no creo que pudiera dormir ahora mismo.

Captó movimiento en la puerta y se enderezó de inmediato, con los pies de vuelta en el suelo.

Simon reapareció con tres tazas humeantes.

Rona vio cómo un gesto de confusión le cruzaba el rostro y él vacilaba un instante.

Dejó las tres tazas en la mesa de centro y se apoyó en la pared junto a la chimenea.

—Puedes poner los pies en el sofá si quieres, Rona —dijo—. Aquí no nos preocupamos por esas cosas.

—Oh. Gracias. —Rona se inclinó hacia delante y cogió su taza, pero no volvió a subir los pies—. ¿Alguna novedad?

Simon negó con la cabeza.

—Nada que yo sepa, pero Charity y Flynn llevan toda la tarde encerrados en mi despacho. Encontrarán algo.

—Espero que tengas razón —dijo Rona, cambiando la taza de mano.

A su lado, Hailee se inclinó hacia delante y cogió la segunda taza, dio un sorbo lento y se atragantó ruidosamente. Rona se volvió hacia ella con un comentario horrorizado en la punta de la lengua, pero Simon chasqueó la lengua con gesto avergonzado.

—Está horrible, ¿verdad? —preguntó.

—Asqueroso. ¿Qué le has hecho? —preguntó Hailee.

Simon esbozó una sonrisa avergonzada y miró el fuego.

—No sabría decírtelo ni aunque quisiera. Todavía no he pillado el truco de hacer té. Por eso bebo café a todas horas.

Rona le dio un codazo a Hailee en el costado y se volvió hacia Simon.

—Seguro que está bien. Es que Hailee es muy dramática.

—Tú también lo serías si alguien intentara envenenarte —murmuró Hailee, dejando la taza en la mesa.

Rona fulminó a Hailee con la mirada un segundo y luego dio un sorbo a su propio té. Tuvo que contenerse para no toser cuando el sabor le inundó la boca. Había probado agua de fregar con mejor sabor. Aun así, se obligó a tragar e intentó sonreírle a Simon.

—Gracias. Está delicioso —dijo.

Él se rio por lo bajo.

—No tienes que bebértelo si no quieres.

Rona hizo una mueca y dejó la taza en la mesa.

—¿Algo de Maxwell? —preguntó Hailee.

Simon se detuvo un momento. —No. No me ha dicho nada desde que llegó. Aunque puede que le haya dicho algo a Charity. Creo que ha estado durmiendo desde entonces.

—A mí tampoco me ha dicho nada —dijo Charity, apareciendo en el pasillo al pie de las escaleras—. Pero Flynn sí ha encontrado algo, si queréis echarle un vistazo.

—¡Pues claro que queremos! —espetó Hailee, levantándose de un salto—. ¿Qué clase de pregunta es esa?

Rona se estremeció y se levantó tras Hailee. Por el juego de sombras en el rostro de Charity, pudo ver cómo apretaba los labios y la dureza en sus ojos. Con el rabillo del ojo, vio a Simon enderezarse y sintió que la observaba.

—Estamos cansadas. Lo siento —dijo Rona. Miró al suelo y luego a Charity—. Nos encantaría ver lo que habéis encontrado.

Charity emitió un murmullo grave. —Venid conmigo.

Hailee siguió a Charity de inmediato, dejando el pingüino en el sofá. Rona se detuvo, lo recogió y se lo puso bajo el brazo. Dejarlo abandonado en el sofá le parecía... cruel de alguna manera.

—¿Rona? —dijo Simon, tocándole el codo con suavidad.

Rona dio un respingo y se apartó de un salto, con el corazón en un puño. Se recompuso un momento después.

—¿Sí?

—Respóndeme con sinceridad —dijo Simon, con las gafas brillando a la luz del fuego—. ¿Estás bien?

—Estoy bien. Solo un poco nerviosa. Eso es todo —dijo, obligándose a mirarlo a los ojos.

—Vale —dijo él, dando un sorbo pausado a lo que olía a café.

—De verdad, estoy bien —dijo Rona, con la voz quebrándosele en la última sílaba.

—Te creo —asintió Simon.

—No, no me crees.

—Ni por un segundo. Se te da fatal mentir. Escucha, sé que no me conoces y yo no te conozco a ti, pero soy tu padrino. Solo... quiero que sepas que puedes hablar conmigo si lo necesitas. O si quieres. Cuando te pregunto si estás bien, no tienes que mentir. ¿Vale?

Rona abrió la boca para responder, pero las palabras se le atascaron en la garganta y los ojos le escocieron.

Había una expresión en el rostro de Simon.

Algo tan abierto y genuino. No pudo sostenerle la mirada.

Asintió bruscamente y se dio la vuelta, dirigiéndose hacia las escaleras, en cierto modo aliviada de dejar atrás a Simon y la cálida sala de estar.

Cuando llegó a lo alto de las escaleras, se sentía más despejada, con la mente un poco más centrada. Era solo la situación lo que la tenía tan nerviosa. Eso era todo. Miró en ambas direcciones y se dirigió hacia la única habitación del segundo piso con luz encendida.

Un despacho decorado con colores cálidos.

Platos de porcelana colgaban de las paredes, un gran escritorio ocupaba el centro y muebles de madera gastada llenaban el resto del espacio.

¿Es que todo en esta casa estaba diseñado para ser cálido y acogedor?

Era tan diferente de su propia casa. La incomodaba.

Rona entró más en la habitación y cerró la puerta tras de sí.

Flynn, Charity y Hailee estaban agrupados alrededor de un gran ordenador, cuya luz azul proyectaba sombras inquietantes.

Levantaron la vista hacia ella. Flynn esbozó una pequeña sonrisa, se puso de pie y dejó libre la silla del escritorio.

Una comisura de los labios de Rona se elevó mientras intentaba devolverle la sonrisa.

Podría haber sido la sonrisa más débil que había esbozado en su vida.

—¿Qué habéis encontrado? —preguntó, rodeando la esquina del escritorio.

—He estado rastreando las grabaciones de las cámaras de seguridad en los aeropuertos desde que llegamos —dijo Flynn—.

He visto a alguien que coincide con la descripción de Zoey saliendo del Aeropuerto Internacional de Birmingham esta tarde.

Con destino a Francia. Aún no he encontrado exactamente dónde está, pero creo que nos estamos acercando.

—¡Oh, gracias a Dios! —suspiró Rona, dejándose caer en la silla del escritorio—. No tiene su pasaporte. No puede salir del país.