Matar a Aquila (Matar a Aquila 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

R ona empujó la puerta trasera de Morceau. Allí era donde Zoey había dicho que la esperaría. Pero el patio estaba vacío. ¿Dónde se había metido? Más allá del patio había una verja y luego un callejón sin salida. No tenía adónde haber ido, salvo volver a la calle principal. ¿Lo habría hecho?

Rona se apoyó en la pared y sacó el móvil para llamar a Zoey; hizo una mueca al ver el aviso de batería baja. ¿Y si se había alejado? ¿Y si estaba esperando al final del callejón, ya en la calle principal? Merecía la pena intentarlo.

Rona empujó la verja del callejón sin apartar el móvil de la oreja.

Una pantalla se iluminó en el suelo. Se le cayó el alma a los pies y se quedó paralizada; el tono de llamada se volvió un zumbido sordo en su oído.

Reconoció ese teléfono. Reconoció ese nombre en la pantalla.

El móvil de Zoey. Su propio nombre de contacto.

No. Zoey nunca iba a ninguna parte sin su móvil.

Esto no estaba bien. Esto no podía estar bien.

—¿Zoey? —llamó Rona, sobresaltada por el temblor de su propia voz—. Zoey, ¿estás aquí fuera?

No hubo respuesta, solo el revoloteo de unas bolsas de basura.

A Rona se le escapó un gemido ahogado. Zoey nunca hacía esto.

Siempre estaba donde decía que estaría. ¿Qué debía hacer?

¿A quién debía llamar? Zoey era su persona de referencia cuando las cosas salían mal.

Su padre casi nunca contestaba el teléfono, ni siquiera cuando lo necesitaban, y Hailee no podría ayudar de ninguna manera.

Un sollozo se le atragantó en la garganta.

¿Qué debía hacer? ¿Llamar a la policía? ¿A emergencias?

¿Había pasado algo horrible? ¿Era esto siquiera una emergencia?

Rona inspiró hondo, con un estremecimiento, y recogió el móvil de Zoey del suelo.

Se dio la vuelta y echó a correr hacia la entrada del callejón.

La desesperación le oprimía el pecho. La calle estaba vacía.

Nadie. Ningún coche. Y desde luego, ni rastro de Zoey.

Ninguna señal de ella por ninguna parte.

Rona ahogó un grito al ver las finas grietas que surcaban la pantalla del móvil de Zoey.

Zoey jamás habría dejado que se le estropeara.

Daba igual lo borracha que estuviera. Jamás .

—¡Zoey! —gritó Rona con la garganta atenazada por el miedo.

Sin respuesta. Nada. ¿A quién llamaba? Inspiró con un estremecimiento y pulsó Maxwell Blackmore en su lista de contactos.

—Vamos, Maxwell —susurró Rona; el nombre de pila de su padre se le escapó sin pensar. Ella, Zoey y Hailee siempre habían llamado a Maxwell por su nombre. «Papá» siempre les había parecido demasiado íntimo.

La llamada saltó directamente al buzón de voz.

Rona dejó escapar un gemido ahogado y volvió a marcar.

Sonó dos veces. Buzón de voz.

—Por favor, por favor —gimió Rona mientras pulsaba su número por tercera vez. Sonó una vez, dos veces—. Vamos. Coge el teléfono, maldito inútil de...

—¿Inútil de qué, Rona? —preguntó Maxwell con voz ronca y somnolienta.

A Rona se le cortó la respiración. Se llevó un nudillo a la boca. Bajo el cansancio evidente, percibía una ira cuidadosamente contenida.

—¿Tienes idea de qué hora es? —preguntó él. Su tono no había cambiado, ni su inflexión, pero había algo terriblemente gélido en sus palabras.

—M-Maxwell —dijo Rona, y se le encogió el corazón cuando la voz se le quebró—. Le ha pasado algo a Zoey. Necesito ayuda. Estábamos en una discoteca y no la encuentro. Ha pasado algo malo, lo sé. Su móvil... tengo su móvil. Se le cayó. No sé...

Se oyó un ruido al otro lado del teléfono y Maxwell gruñó en voz baja.

—Vete a casa, Rona.

Un escalofrío terrible recorrió a Rona, como si la hubieran sumergido en agua helada.

—¿Qué? ¿Y Zoey?

—Vete a casa. Llegaré por la mañana.

—¿Llamo a la policía? Hay que llamar a la policía cuando alguien desaparece.

—No. Llegaré por la mañana.

—Pero ¿y si alguien se la ha llevado? ¿Y si está herida? ¿Y si...?

—Coge un taxi y vete a casa. Ya voy de camino.

—Maxwell, tengo miedo. No sé dónde está. Esto no es propio de Zoey.

—Puede que se haya ido a casa. O que se haya ido con alguien.

—¡No haría eso sin decírmelo! —gritó Rona con la voz temblándole sin control—. Por favor. No sé qué hacer.

—Ya te he dicho lo que tienes que hacer. ¿Has llamado al taxi?

—No. Estaba hablando contigo.

—Pues cuelga y llama a un taxi —dijo Maxwell—. Llegaré por la mañana.

—Maxwell...

La línea pitó tres veces y Rona se apartó el móvil de la oreja. Llamada finalizada .

Rona se secó las lágrimas que le escocían en los ojos y se mordió un nudillo con fuerza. Sin pensar, fue pasando pantallas en el móvil y llamó a un taxi. Vete a casa. Espera. Siéntate y espera. No llames a la policía. Espera hasta la mañana.

Iba en contra de todo lo que Rona quería hacer.

De todo lo que pensaba que debía hacer. Y sin embargo, esperó, sola, en el bordillo, a que llegara el taxi.

El tiempo transcurrió en una extraña neblina.

Un segundo estaba al teléfono con la central de taxis.

Al siguiente, el taxi simplemente estaba allí , como un ser de otro mundo.

Todo parecía lento, entrecortado, mientras Rona se metía en el taxi y echaba un último vistazo calle arriba y calle abajo en busca de Zoey.

Nada. Zoey no haría esto. Zoey nunca la habría dejado sola si la situación hubiera sido al revés.

Pero no sabía qué más hacer, así que cerró la puerta del taxi y le dio al conductor su dirección con una voz que no parecía la suya.

~ ~ ~ ~ ~ ~

La mañana llegó lentamente. Gris. Como un manto de desesperación.

Rona levantó la cabeza y miró por la ventana del salón hacia el jardín trasero.

Estaba lloviendo. Una lluvia implacable y neblinosa, de esas que se instalan durante días y calan hasta los huesos.

Pero esta lluvia parecía más fría. Más lúgubre de lo habitual.

Una manifestación de lo que había sucedido la noche anterior.

Con la barbilla apoyada en la mano, Rona tragó saliva y respiró hondo.

Habían sido las peores horas de su vida.

Sin tregua. Su única esperanza era la inminente llegada de su padre con, confiaba, un plan para encontrar a Zoey.

Apenas había dormido en toda la noche, solo unos minutos de vez en cuando.

Le ardían los ojos. Notaba las mejillas tirantes y resecas por la sal de tantas lágrimas.

El teléfono de Zoey llevaba toda la noche inerte sobre la mesa.

Ni una sola notificación. Nada. Como si hubiera desaparecido de la faz de la tierra.

De una cosa estaba segura Rona. Si Zoey hubiera podido volver a casa, ya estaría allí. Como mínimo, habría llamado. Habría cogido un taxi. Habría hecho algo .

Rona se inclinó hacia delante y se apretó los ojos con las palmas de las manos. ¿Qué le iba a decir a Hailee? ¿Dónde estaba Maxwell? Había dicho que estaría allí por la mañana. Entonces, ¿dónde estaba?

Una taza de té frío reposaba en la mesa de centro, frente a ella. No podía bebérselo. Tenía el estómago revuelto. Debería haber llamado a la policía. Debería haber hecho algo.

Agarró la taza, se levantó y volvió a la cocina. Más por hacer algo que por otra cosa. Empujó la puerta y se quedó paralizada. Hailee ya estaba despierta, sirviéndose una taza de té. Rona permaneció inmóvil mientras Hailee se volvía a medias y la miraba de arriba abajo.

—Pareces medio muerta. ¿Dónde está Zoey? ¿Tiene demasiada resaca para levantarse? —preguntó Hailee entre risas mientras dejaba la tetera en la encimera.

A Rona se le cayó la taza y la porcelana se hizo añicos contra el suelo de baldosas. Esquivando los fragmentos, cruzó la cocina y estrechó a Hailee en un abrazo tembloroso.

—¿Ro? —preguntó Hailee apartándose para mirarla a los ojos—. ¿Estás bien?

Rona negó con la cabeza y abrió los ojos, sin haberse dado cuenta de que los había cerrado.

—Hailee, yo... anoche pasó algo.

—Venga, cuéntamelo. Me vas a preocupar más si no lo haces —dijo Hailee, zafándose del abrazo de Rona.

Rona respiró hondo mientras retrocedía un paso y se llevaba la mano a la boca.

¿Cómo se lo decía? ¿Cómo le contaba a Hailee que su hermana mayor había desaparecido ?

Que no estaba. Que no había rastro de ella.

Se le llenaron los ojos de lágrimas y apartó la mirada de Hailee, negando con la cabeza mientras las dejaba correr.

Desesperada por hacer algo con las manos, Rona se dio la vuelta, cogió frenéticamente papel de cocina y se puso a limpiar los restos de la taza rota.

—¿Ro?

Con las manos temblorosas, Rona tiró los fragmentos de cerámica a la basura.

—Es Zoey. Está...

Rona se interrumpió al oír que se abría la puerta principal, se dio la vuelta y salió corriendo de la cocina hacia el vestíbulo.

Zoey. Zoey. Zoey.

Que sea Zoey.

Pero no era Zoey.

Quien cerraba la puerta principal era Maxwell Blackmore.

Llevaba el pelo negro revuelto, como si hubiera conducido con las ventanillas bajadas.

Un arañazo rojo e intenso le recorría la sien hasta perderse en el nacimiento del pelo.

Incluso desde el otro lado del vestíbulo, Rona distinguía lo inyectados en sangre que tenía los ojos grises.

Sus miradas se cruzaron y a Rona se le secó la boca mientras él respiraba con dificultad.

A pesar de la distancia, no pudo evitar retroceder un paso.

Maxwell no era un hombre corpulento —a estas alturas Rona apenas le sacaba unos centímetros— pero había algo terriblemente imponente en él. Esa mañana en particular.

—Rona, pero qué... —Hailee se calló al pasar junto a Rona—. H-hola, Maxwell. Creía que no volvías hasta la semana que viene.

—No tenía previsto volver —respondió él, dejando la funda del portátil junto a la puerta. Se irguió, se quitó la chaqueta y señaló hacia el salón—. Prepáranos un té, Hailee, y luego ven a sentarte. Tú también querrás oír esto.

Rona tragó saliva con dificultad e intentó serenarse.

Se sentía mal. No quería té. Quería un abrazo, pero sabía que era mejor no pedirlo.

Bajó la mirada y caminó hacia el salón, conteniendo las lágrimas que pugnaban por salir.

No debía, no debía llorar delante de Maxwell.

Al dejarse caer de nuevo en el sofá donde había estado antes, la mirada se le fue a la alfombra beige.

Beige. Le vino a la cabeza el recuerdo de Zoey derramando café sobre ella a principios de año.

Recordaba bien el terror de Zoey. Si Maxwell se hubiera enterado, Rona estaba segura de que se habría puesto furioso.

Las alfombras eran nuevas entonces, recién puestas.

¿Por qué estaba pensando en eso ahora ? Ahora que su hermana había desaparecido.

Y sin embargo ahí estaba, pensando en café sobre alfombras claras.

Una taza de té humeante aterrizó en la mesa frente a ella, y Rona notó que el sofá se hundía cuando Hailee se sentó a su lado. La confusión de su hermana era casi palpable, inundaba la habitación. Rona por fin alzó la vista hacia su padre.

—¿Qué pasó, Rona? —preguntó Maxwell con una taza de té en la mano y la otra apoyada en la repisa de la chimenea.

Rona abrió la boca y las palabras volvieron a atascársele en la garganta. Por el rabillo del ojo captó la mirada desesperada de Hailee, con los ojos como platos. Rona apretó los labios y tragó con fuerza.

—¿Le ha pasado algo a Z...? —empezó Hailee.

Maxwell arqueó una ceja. Hailee enmudeció. Rona volvió a mirar a su padre a los ojos. Grises. Fríos y distantes. Zoey los había llamado ojos de lápida una vez. Rona no pudo evitar pensar que la descripción era especialmente acertada aquella mañana.

La historia brotó de la boca de Rona como un torrente.

El club, la pelea, Zoey marchándose furiosa.

Incluso el hecho de que Rona había usado el dinero de Maxwell para pagar la entrada y las copas —no sabía por qué se lo contó, pero sintió la necesidad de hacerlo.

Como si su mente no pudiera dejar ningún detalle sin decir.

No podía mirarlo a los ojos, no del todo.

Así que mantuvo la vista fija en la chimenea apagada.

Incluso con el rabillo del ojo, ni una sola vez vio vacilar la mirada de Maxwell.

Ni una sola vez le brillaron los ojos ni le cambió la expresión. Y eso era casi peor.

Cuando terminó, Rona tenía la mirada clavada de nuevo en el suelo, y las lágrimas que había jurado no derramar le rodaban por las mejillas. Lo único que la anclaba al salón era la mano de Hailee en su hombro.

—Suena casi a karma, la verdad —dijo Maxwell con un leve deje de humor en la voz.

Rona levantó la vista de golpe, la rabia ardiente sustituyendo a su ansiedad desatada.

—¿Cómo puedes decir eso? ¿Cómo te atreves a decir eso? ¡Es mi hermana! Tu hija. Desaparecida como...

—Me robas dinero para ir a una discoteca, emborracharte y hacer Dios sabe qué. Dejas a Hailee sola, cuando te he prohibido expresamente que lo hagas —Maxwell se examinó la mano con aire distraído—. Pero no voy a decir que no me lo esperaba.

—¿Tú... qué?

Rona alternó la mirada entre Maxwell y Hailee con asombro, y su hermana menor se la devolvió, perpleja.

¿Por qué no había explotado? ¿Por qué las ventanas no temblaban en sus marcos con una diatriba típica de Maxwell?

Estaba tranquilo. Demasiado tranquilo. Un nuevo tipo de miedo se le asentó en la garganta.

Ira, eso sí lo había esperado. Pero ¿calma? No sabía cómo reaccionar.

—Es bastante habitual que secuestren a familiares de figuras prominentes y pidan rescate por ellos. Con todos los documentales de crímenes que ves, deberías saberlo, Rona —dijo, con esa voz exasperantemente tranquila.

—Eres contable —dijo Rona.

Maxwell se tocó con cuidado el arañazo de la sien y se miró el pulgar como comprobando si había sangre.

—Un contable prominente . Pero, en cualquier caso, la situación es la misma. Zoey ha desaparecido, y si la han secuestrado quienes sospecho, llamar a la policía hará infinitamente más mal que bien. Podrían incluso entrar en pánico y matarla. ¿Cuánto tardáis en hacer las maletas?

—¿M-Maletas? —preguntó Hailee.

—Maletas. Una bolsa. Venga, chicas, no os he criado para ser tontas. ¿De verdad pensáis quedaros aquí después de que hayan secuestrado a Zoey?

—No entiendo —dijo Rona.

Maxwell sonrió con frialdad.

—Entonces te lo diré de forma que lo entiendas.

Vosotras dos os vais. Ya me han secuestrado a una hija.

No pienso dejar que las otras dos corran la misma suerte.

Dos amigos míos han accedido a acogeros un tiempo.

Llegarán en cosa de media hora. Ahora, preparad vuestras cosas.

Si voy a recuperar a Zoey, no os quiero a las dos estorbando.

—¿Qué? —preguntó Rona.

La mirada de Maxwell se endureció.

—No, quiero decir adónde. ¿Adónde vamos? Es mucho que digerir.

—Gales. Me reuniré con vosotras allí esta noche. Tengo que hacer unas llamadas —se miró el reloj—. Veinticinco minutos. Mejor que os pongáis en marcha.