Máscaras en la sala de juntas (La Bratva Multimillonario 2) 4 Cass #2
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4 Cass #2

Como si pudiera oírme colmándolo de elogios en mi mente, Matvei esboza una sonrisa burlona. —¿Hay algo en tu mente que te apetezca compartir con la clase?

Niego con la cabeza. —No. Nada que valga ni dos céntimos, si es eso lo que me estás preguntando.

—No, supongo que no. Pensé que tus pensamientos valían más bien unos cincuenta mil, más o menos.

Me quedo boquiabierta al darme cuenta de lo que está diciendo. —Espera… un momento. ¿Cómo has…?

—Solo una suposición —dice, esbozando otra sonrisa burlona—. Pero parece que ha sido acertada.

—¿Me estabas espiando? —le pregunto incrédula.

Frunce el ceño. —No puedes decir que alguien te espía cuando anuncias tus intenciones a todo el bar. La gente de ahí siempre está escuchando, Cassandra De verdad que deberías trabajar un poco en bajar el tono de voz.

No sé si enfadarme o impresionarme. Al final, decido no hacer ninguna de las dos. Se me escapa todo el aire de un silbido mientras me desplomo contra la pared del callejón, derrotada, y cierro los ojos, agotada. —Se me da fatal esto, ¿verdad?

—Diría que no es tu fuerte, no.

Vacila de una forma extraña. Abro un ojo de golpe. —¿Qué? ¿Qué pasa?

—Sería mejor para los dos que no preguntara.

—Bueno, ahora sí que has despertado mi curiosidad. Tienes que hacerlo.

—¿Ah, sí? —dice, levantando de nuevo una ceja—. ¿Vas a obligarme?

De repente, se me ocurre, un poco de improviso, que estoy sola en un callejón con un hombre extraño y peligroso. Sí, acaba de rescatarme de otros hombres extraños y peligrosos, pero ¿quién dice que no tenga planes aún más malvados para mí?

Pero no siento la misma sensación de alarma que sentí con la Banda de los Electrodomésticos de allí.

Quiero decir, sí, tengo un montón de alarmas sonando con respecto a este Cabrón de Ojos Azules, la mayoría de ellas situadas de forma aterradora en lo más bajo de mi vientre y/o entre mis piernas, pero no son del tipo que me da ganas de levantarme y salir corriendo.

Al contrario, estas alarmas me suplican que me quede.

Quédate aquí con él todo el tiempo que te lo permita.

…porque es la primera vez que te has sentido a salvo en cuatro años.

—Tengo la sensación de que nadie te obliga a hacer nada que no quieras —digo con sinceridad.

Matvei se detiene, inclina la cabeza para mirarme desde un nuevo ángulo y luego asiente. —Lo hicieron una vez —dice—. Y están intentando volver a hacerlo. Pero ya sabes… No hay burro que se tropiece dos veces con la misma piedra y toda esa mierda.

—Nunca entiendo ese refrán —respondo—. ¿Cómo te vas a tropezar con la misma piedra si ya la dejaste atrás?

Sin embargo, él no le devuelve la broma. De repente, una sombra se cierne sobre sus ojos, como si estuviera recordando cosas que lo han atormentado durante mucho tiempo.

Me dan ganas de preguntarle, con lo entrometida que soy, pero luego me detengo y lo reconsidero. Si acaba de apalear sin piedad a esos tipos en el callejón sin pestañear, ¿qué tipo de trauma podría realmente dejarle huella? Algo me dice que, en realidad, no quiero saberlo.

Así que me trago la pregunta y, por una vez, me meto en mis asuntos.

—Por cierto —digo en su lugar—, la pregunta que no ibas a hacer. Te voy a obligar oficialmente.

Esboza una sonrisa durante medio segundo. Luego se desvanece y su rostro vuelve a adoptar esa expresión distante e impasible. —Si me obligas, supongo que no tengo otra opción, ¿verdad?

—Ninguna en absoluto —asiento con severidad—. Como sin duda habrás notado, soy una mujer muy peligrosa.

—No se puede negar eso —Suspirando, se aparta un mechón de la frente—. De acuerdo, entonces. ¿Para qué buscabas a alguien?

¿Alguna vez has tenido esa sensación en la que sabes, simplemente sabes, que lo primero que salga de tu boca va a ser importante? No en el sentido en que la mayoría de las cosas importan, es decir de forma insignificante y temporal, sino de verdad. Algo permanente.

Es una encrucijada con dos destinos.

Por un lado, podría inventarme alguna tontería, darle las gracias a este cabrón de ojos azules por haberme rescatado, cojear hasta mi coche y volver a Park Slope. Él se olvidaría de mí por la mañana. Yo me olvidaría de él… con el tiempo.

O podría decirle la verdad.

Y entonces nos veríamos enredados. Atados. Quizá para siempre.

Todavía no tengo claro qué camino voy a tomar cuando abra la boca.

—No te voy a obligar, ya lo sabes —me interrumpe Matvei.

De repente, cualquier decisión que fuera a tomar me parece irrelevante. Frunzo el ceño. —¿Porque no vas a hacerlo o porque no puedes?

La sonrisa que esboza pícara y burlona por igual. —Oh, dikarka, hay muchas cosas que podría obligarte a hacer. Pero esta no la haré —Echa un vistazo a mi mano izquierda, que yace flácida en mi regazo, luego asiente y la señala con la barbilla—. Supongo que tiene algo que ver con eso, ¿no?

Sigo su mirada y veo que se refiere a mi anillo de boda.

No hay palabras para explicar lo mucho que odio esta cosa.

Es un diamante de cuatro quilates con talla esmeralda, flanqueado por dos piedras más pequeñas, engastado en platino.

Raymond lo eligió él mismo. Costó medio millón de dólares, y se aseguró muy bien de que todo el mundo lo supiera.

He pensado en tirarlo por el retrete más veces de las que puedo contar. Pero lo llevo puesto. Todos los putos días de mi vida, lo llevo puesto. Porque eso es lo que hacen las buenas esposas, y a las buenas esposas no les pegan tan a menudo.

Vuelvo a mirar a Matvei. Me observa atentamente, sin pestañear. Alerta. Viendo mucho más de lo que yo jamás pensé que estaba dejando entrever.

Cuando no respondo de inmediato, se levanta, llevándome con él.

Entonces, hace algo que no me esperaba.

Me coge la mano izquierda y me la da la vuelta para que la palma quede hacia arriba. Y con el pulgar y el índice, agarra mi anillo de boda y me lo quita del dedo.

El anillo se suelta. La piel debajo está pálida y ligeramente marcada donde la banda ha estado durante cuatro años. Me siento cinco kilos más ligera.

Pero eso no es todo. Matvei da la vuelta a mi mano para que la palma quede hacia arriba, con los dedos bien abiertos. Coloca el anillo en mi palma abierta y cierra mis dedos a su alrededor. —Nadie puede reclamarte para sí mismo en este mundo, ya lo sabes —dice—. Solo tú puedes elegir entregarte.

Se me hace un nudo en la garganta. Quiero decir algo, preferiblemente algo mordaz, divertido y evasivo, porque eso es lo que suelo hacer. En realidad, esa es mi forma de ser.

Pero no me sale nada. Mi mente es solo ruido blanco.

Miro el anillo que tengo en el puño. Luego lo miro a él.

—Ni siquiera me conoces —susurro.

—No —admite—. No te conozco. ¿No es eso lo que lo hace atractivo?

Su mano se acerca al lado de mi cara. Sus dedos aún están calientes y pegajosos por la sangre seca. La yema de su pulgar descansa sobre mi pómulo, justo encima del lugar donde el corrector oculta la obra de Raymond.

Se acerca un poco más. O quizá soy yo quien lo hace.

Es difícil de decir. La distancia entre nosotros se reduce hasta desaparecer y su cabeza se inclina hacia la mía.

Puedo olerlo: fresco y limpio, como si el verde oscuro tuviera olor, algo que me recuerda a la lluvia sobre los pinos. Mis ojos se cierran solos.

Su aliento es cálido en mi boca. Mi mano, la que sostiene el anillo, descansa sobre su pecho. Puedo sentir los latidos de su corazón a través de la camisa.

Nuestras narices se tocan. Sus labios están ahí mismo. A un centímetro. Menos.

Y entonces…

El aliento de Matvei me roza la cara en un gruñido de sorpresa. Abro los ojos de golpe. Su rostro parece consternado, con los ojos muy abiertos por la sorpresa y la boca apretada en una mueca sombría. —Matvei, ¿qué…? —Su mirada se desvía hacia abajo, y la mía la sigue…

…Es entonces cuando veo el cuchillo que le sobresale de la costilla.