4 Cass
cKN
CASS
Adrenalina.
Conmoción.
Miedo.
Atracción.
Asombro.
Hazme el bendito favor. Es demasiado.
Estoy muy agradecida con el “Cabrón de Ojos Azules” por salvarme.
Pero, sinceramente, es un poco grosero por su parte hacerme pasar por tantas emociones a la vez.
Una chica tiene sus límites, ¿sabes? Los circuitos emocionales tienen una capacidad máxima, y los míos están, sin duda, sobrecargados.
En cualquier momento voy a implosionar y convertirme en un charco de baba balbuceante, y la culpa será del C.O.A.
Toda esta noche ha estado maldita desde el principio, la verdad. Desde el milisegundo en que paré delante de Khaza, debería haber sabido que estaba destinado a acabar así.
No paro de saltar de una sartén a otra que, de alguna manera, está aún más caliente. Ahora, por fin, he dado con el corazón de la llama.
Supongo que debería haberme dado cuenta de que las partes más calientes del fuego siempre arden de color azul.
Alzo la vista de nuevo y me doy cuenta de que la mano sigue esperándome. Hay un poco de sangre manchada en la yema del dedo. Mientras la observo, brota y cae al suelo.
Trago saliva y alargo la mano para cogerla.
¿Qué otra cosa voy a hacer? ¿Quedarme aquí sentada en un charco de agua estancada del callejón y esperar a que aparezca el próximo horror? No, gracias. Ya he tenido suficiente material para pesadillas por esta noche.
Su agarre es tan firme, cálido y tranquilizador que casi me dan ganas de llorar. Eso es molesto. Yo no lloro. Ya no. Lloré durante mucho tiempo tras el funeral de Giana, y luego decidí que ya había terminado con esa función corporal en particular.
Las lágrimas son para quienes aún no han aceptado que el mundo es una picadora de carne y que todos estamos esperando nuestro turno. Yo lo acepté hace mucho tiempo.
Pero, Dios mío, qué cálida es su mano.
Me ayuda a ponerme en pie. Mi rodilla grita de dolor. Cuando miro hacia abajo, veo que la piel está desgarrada. La suciedad negra se mezcla con la sangre roja. Es extrañamente bonito, ver esos colores sobre mi piel desnuda.
—¿Puedes caminar? —pregunta C.O.A.
—Sí —declaro, aunque mi rodilla se niega rotundamente.
Levanto la barbilla bien alta y doy un paso. Buen trabajo, Cass. Es casi como si llevaras haciendo esto desde el día en que naciste.
Entonces, sin más preámbulos, la pierna se me dobla por completo, los ligamentos lanzan una señal de “Código Rojo” y el suelo se me echa encima.
Estoy a punto de añadir “lesión cerebral traumática” a la creciente lista de “logros” de esta noche cuando un brazo me rodea la cintura y me saca del abismo.
—Eso es lo que pensaba —murmura C.O.A.
No me ayuda a volver a ponerme en pie. En lugar de eso, alarga la mano libre por detrás de mí y arrastra un trozo de cartón aplastado que estaba apoyado contra el contenedor.
Lo dobla una vez para dejar al descubierto una zona limpia, lo coloca sobre un trozo de hormigón seco y me deja sentada sobre él con suavidad.
—Ya está —dice—. Siéntate. Quédate ahí.
—¿Siempre le hablas a las mujeres como si fueran perros? —jadeo, aunque acepto el asiento con gratitud.
—Solo a las desobedientes —replica él.
Se deja caer a mi lado sobre el cartón, con la espalda apoyada contra la pared de ladrillo del callejón, las largas piernas estiradas delante de él y los tobillos cruzados.
A pesar de su bonito traje, ni siquiera echa un vistazo a la suciedad en la que está sentado.
O bien este hombre no tiene ningún respeto por lo que supongo que es un traje muy caro, o bien ha dejado de preocuparse tanto por las cosas materiales que ni siquiera se da cuenta. Debe de ser estupendo ser tan rico.
Nos quedamos sentados en silencio un momento mientras intento reorientarme para saber qué es arriba y qué es abajo. Al fondo del callejón, uno de los tres amigos gime. Me quedo paralizada, pero el que ha gemido no se mueve ni vuelve a hacer ruido, más allá de ese único y lastimero gemido.
—Bueno —digo una vez que he recuperado un poco el equilibrio—. ¿Y ahora qué?
C.O.A. echa la cabeza hacia atrás, apoyándola contra el contenedor, y me mira de reojo. Es imposible descifrar esos ojos de color océano con tan poca luz. —Depende —dice.
—¿De qué?
—De si ya has terminado de hacer locuras por esta noche o de si debería despejar mi agenda.
En contra de mi mejor juicio, me echo a reír. —Si hay algo que he aprendido sobre mí misma en mis treinta años en este planeta, es que soy una fuente inagotable de malas decisiones.
Me escruta durante un instante. Se me enrojecen las mejillas bajo el calor de su mirada.
Tiene esa forma de mirar, tranquila y sin pestañear, que me hace sentir como una mariposa clavada en la pared de algún espeluznante entomólogo.
—Estás llevando el intento de violación notablemente bien —observa.
Me río de nuevo. —¿“Llevándolo bien”? No.
“Desconectándome”, quizá —Chasqueo los dedos delante de sus ojos y luego delante de los míos—.
¿Eres siquiera real? ¿Lo soy yo? ¿Es real algo de esto?
¿Estoy atrapada en algún sueño? ¿Me he caído por la madriguera del conejo de Alicia?
Es como lamer un Tootsie Pop para llegar al centro: puede que el mundo nunca lo sepa.
—Me retracto —dice con tono sarcástico—. No lo estás llevando nada bien.
—Desde luego que no —admito—. Pero ¿qué otra cosa podemos hacer las chicas? —Me ajusto el abrigo y lo miro entrecerrando los ojos—. En fin. Basta ya de hablar de mis mecanismos de defensa. No has respondido a mi pregunta: ¿eres real?
Se encoge de hombros. —Ya se verá.
—Bueno, ¿tienes algún nombre, señor Aparición? ¿O debería seguir llamándote “Cabrón de Ojos Azules” en mi cabeza?
—Supongo que me han llamado cosas peores —Arquea una ceja con leve diversión—. Aunque Matvei es un poco más fácil de pronunciar.
—Matvei —repito, probando cómo suena en mi boca—. Yo soy Cassandra. Cass para mis amigos —Le tiendo la mano—. Encantada de conocerte formalmente. Aunque sea en estas circunstancias tan jodidas.
Me mira la mano un instante y luego me la estrecha.
Sus dedos se cierran alrededor de los míos.
Ya son tres veces que me ha tocado esta noche.
Las desgracias nunca vienen solas, o eso solía decir mi madre.
Aunque, pensándolo bien, mi madre también solía decir que Dios tiene un plan para todos, y mira cómo nos ha ido a Giana y a mí.
Intento cambiar el peso del cuerpo mientras retiro la mano y, al hacerlo, siento un pinchazo en la rodilla. Aspiro aire entre los dientes ante el repentino ataque de dolor.
Matvei se da cuenta. Baja la mirada hacia mi pierna. Sin decir palabra, mete la mano en la chaqueta y saca un pañuelo blanco.
Lo dobla en un cuadrado perfecto y lo presiona contra la piel desgarrada de mi rodilla. Es extraño lo suave que es su tacto. Acabo de verlo hacer polvo a tres tipos que daban mucho miedo, pero aquí está, cuidando de mis heridas, con una ternura digna de un beso esquimal.
Hace un segundo estaba bromeando, pero ahora empiezo a preguntarme de verdad si, en realidad, estoy alucinando todo este suceso.
—¿Eres así de amable con todas las damiselas en apuros que rescatas? —le pregunto.
—En realidad, eres la primera de tu clase. Normalmente no me molesto —responde Matvei—. Por lo general, creo que ellas mismas se han buscado el apuro.
—Y, sin embargo, aquí estás. Secándome la rodilla con un pañuelo con monograma como si fueras una especie de caballero victoriano.
—Nadie me había acusado nunca de eso antes.
Echo un vistazo al fondo del callejón, hacia la oscura y siniestra pila de cadáveres que Matvei acaba de apilar tan cortésmente para mí. —Sí, supongo que no.
Siento cómo los tentáculos del miedo empiezan a enroscarse alrededor de mi corazón y mi garganta cuanto más tiempo los miro. Puede que me hubieran asfixiado por completo de no ser por dos ligeros puntos de presión en el lado de mi mandíbula.
—Oye. Oye. Mírame —susurra Matvei mientras me gira la cara hacia él con la yema de dos dedos—. No los mires. Olvídate de ellos.
El contacto visual se prolonga un instante. Sus iris son enormes y azules, como dos lunas alienígenas que nadie más que yo ha visto jamás. Trago saliva, luego aparto la mirada y me libero de su contacto.
—No me molestan —miento descaradamente—. He visto cosas peores.
Eso no es cierto. La tapa del ataúd de Giana estaba cerrada. Pero sin duda he imaginado cosas peores.
Como el caballero que dice no ser, Matvei me deja salirme con la mía con esa flagrante mentira. Sin embargo, no tiene prisa por romper el silencio. Tengo la sensación de que se siente perfectamente cómodo con tensiones extrañas.
—Bueno —digo al cabo de un momento, porque, aunque él pueda sentirse cómodo en los silencios incómodos, yo desde luego que no—: ¿Vienes aquí a menudo?
—No, si puedo evitarlo.
—Entonces, es mi noche de suerte.
Echa un vistazo a mi rodilla pelada. —Yo diría que es justo lo contrario. Pero cada uno con su opinión.
Aprovecho para fijarme en sus nudillos magullados, que tiene apoyados en el regazo. —Sí, quizá no. ¿Y tú? ¿Esta noche te parece buena o mala?
Se encoge de hombros con indiferencia. —Lo de siempre.
Tengo que morderme la mejilla para no sonreír.
Hay algo en la naturalidad que desprende que me vuelve loca y me llena de envidia.
Es como si estuviera hecho de teflón o algo así.
Simplemente va por la vida sin ningún tipo de fricción.
Incluso en medio de esa pelea salvaje, apenas parecía que se estuviera esforzando.
Aquí, conmigo, está perfectamente a gusto, como si esta no fuera ni la primera ni la milésima vez que hace esto.
A veces, Dios tiene sus favoritos; esa era otra de las expresiones favoritas de mi madre. Desde luego que saben acuñar frases en los bosques de Georgia donde ella creció. En el caso de Matvei, diría que no solo es el favorito de Dios, sino su fuente de orgullo.
Porque es guapísimo, obviamente rico, intrépido, fuerte, capaz, perspicaz, inteligente… y la lista sigue y sigue.