CAPÍTULO 24 #2
Quiero contarle algo más. Por supuesto, su nombre sale automáticamente.
—Zander te caería bien, es la clase de tío al que convertirías en tu mejor amigo.
Te aliarías con él para hacerme rabiar… —Tardo un segundo en retener las lágrimas—.
Te echo muchísimo de menos… Seguro que te meterías conmigo por ser cursi, pero ten algo de piedad, por favor.
Me queda una vida entera arrepintiéndome por todas las cosas que nunca te dije y por todos los «te quiero» que tendría que haberte dicho en voz alta…
Supongo que solo eso: te quiero. Quería decírtelo. Gracias, Theo.
No soporto seguir mirando la tumba, así que me levanto para marcharme. Cuando estoy en la entrada del cementerio, me quedo petrificada.
He visto a mi madre en sueños en estos últimos años.
Siempre la imagen congelada que tenía del día antes de marcharme: una mujer muy parecida a mí, con el pelo un poco más claro.
Pero nunca con los ojos tan hundidos y marcados por ojeras, con manchas del sol en la piel, sujetando un nuevo ramo de flores.
Abro la boca y la vuelvo a cerrar. No sé qué decir.
Por un segundo temo que me haya vuelto loca y sea una alucinación.
—Mamá.
Pasa por mi lado sin dirigirme una sola mirada y cambia el ramo de flores en silencio. La observo. No sé si marcharme o quedarme.
—No te crie para que fueras como tu padre, aun así, te marchaste igual que él… ¿Tan mal lo hice como madre para no haber recibido ni una llamada en años?
—No fue todo culpa tuya, mamá.
La culpa en mi familia no es algo que alguien posea, es como una niebla que se desdibuja entre varias personas.
—¿Entonces por qué me hiciste pensar que lo era?
De repente vuelvo a tener nueve años, con la cabeza gacha, escuchando a mi madre gritarme.
—No vi los Oscar cuando te nominaron por el corto.
Pero sí los vi cuando te nominaron por El último baile .
Me senté frente al televisor con el teléfono al lado.
Esperaba que ganaras todas las categorías, me quedaba embobada cada vez que la cámara te enfocaba…
Pensé en cómo nunca había visto ese brillo en tus ojos y cómo hubiera dado cualquier cosa por alguna vez ser el motivo de tal emoción…
Lo feliz que estaba de que Los Ángeles te hubiera regalado eso…
Pero también esperaba tu llamada, también esperaba una simple mención en tu discurso de aceptación.
Esperé a que me llamaras. A que te acordaras de mí.
No lo hiciste, Vera. Sé que no fui la mejor madre…
—Papá te destrozó. Pero también a mí y a Theo.
Hacías todo lo que te decía, estabas a su completa y absoluta merced.
Incluso cuando se fue eras todo lo que él quería que fueses, te daba igual cómo pudiera afectarnos.
Me era imposible aceptar que papá se había ido si estaba con alguien que me recordaba constantemente que no habíamos sido suficientes para él, y que por eso se había marchado.
—¡Yo no hacía eso! —me espeta.
—¡Lo hacías todo el tiempo! «Vera, si hubieras sido más cariñosa papá no se hubiera ido», «Vera, si hubieras sido más abierta como tu hermano papá te hubiera entendido mejor y no se habría marchado», «Vera, si tan solo hubieras sido un poco más apegada…
». Joder, él te gritaba, te intimidaba, vi todos esos besos que no querías darle, pero al final siempre cedías…
Cuando se fue eras libre y decidiste darle justo lo que quería: arruinarte la vida.
Las lágrimas no se arremolinan en mis ojos porque ya no me quedan. Ni siquiera para dar luto a la niña que una vez fui y que perdí por el camino.
—Necesitaba pasar página y no podía hacerlo con alguien que pasaba sus tardes pendiente de la puerta por si papá volvía… —Tomo aire—. Es cierto, tienes razón. Pude haberte llamado. Me he centrado tanto en Scheidegger que he olvidado la existencia de Vera Addams.
Trago saliva.
—Addams o Scheidegger, sigues siendo mi hija.
Su voz sigue sonando dolida, y yo, sin querer, reabro la herida.
—Pero cada vez que me miras a mí lo ves a él, ¿qué puedo hacer yo contra eso?
La misma mirada que mi padre. Los mismos ojos que mi madre evitaba unos días y anhelaba otros. Los que amaba. Los que odiaba. Los que le recordaban que se había ido.
—Por eso no quiero que vuelvas a casa. —La frase no debe dolerme porque yo tampoco quiero volver a casa.
Sin embargo, tiene un raro efecto que ni siquiera sé cómo interpretar—.
Solo quería una llamada. Me dejasteis sola.
Tu padre se marchó, tu hermano se marchó, y tú huiste de mí.
Tu dolor no hace que el mío desaparezca.
—¡Necesitaba tiempo!
—Eso era lo que más miedo me daba de ti, no importaba cuántas veces lo intentara. Entre tu hermano y tú, siempre fuiste la más difícil de querer, porque no te dejabas. No me devolvías ese amor.
Aquello me deja sin aliento.
No puedo escuchar esto.
—Que no quisiera de la misma manera que Theo no significa que no lo hiciera.
—No se abandona a quien se quiere.
Marca cada sílaba como si quisiera que las recordara por el resto de mi vida.
—Pero sí a quien te hace daño, y en este caso tú eras ambas. Sí que te echo de menos, y sé que podría haber hecho las cosas mejor…
—No eres mejor que yo. Si hubieras estado en mi situación, tú hubieras hecho lo mismo. Quizás no era el mejor matrimonio del mundo, pero era mi matrimonio. Era mi vida.
Veo mis gestos en los suyos. Retrocede varios pasos, vuelve a ignorar mi presencia y se sube al coche para marcharse.
Esto no es una película. Es la vida real. En la vida real no hay un guion ni un director que les señale a los personajes que tienen que quedarse en una posición exacta escuchando lo que dice otro. En la vida real puedes marcharte del plano, nadie va a pararte.
Vuelvo a mirar la tumba de Theo desde lejos. Él siempre evitaba que nos peleáramos. Espero unos minutos sin moverme. No quiero encontrarme a mi madre en los aparcamientos, así que le doy el suficiente tiempo para que se marche.
La cabeza me da vueltas. ¿Cuál es la diferencia entre mi madre y yo? Ella dependía de mi padre, yo de Banks y de Robert. Tiene razón: no soy mejor que ella, ambas le hemos vendido nuestra existencia a hombres que solo nos ven como algo que pueden usar.
Cuando vuelvo a sentarme en el coche, sus palabras aún flotan a mi alrededor. Intento alejarlas porque en el fondo me aterra que sean verdad. Me aterra la posibilidad de que, en realidad, nunca he sido capaz de amar. O de ser amada.
Decido coger mi teléfono, sellando la sentencia de lo único que me queda.