Más que una película CAPÍTULO 23 #2
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CAPÍTULO 23 #2

De todas las propuestas de mi madre, decido llevarla al lago Míchigan.

En parte porque no quiero acercarme a otro parque de atracciones en una temporada.

Nunca había visto a Vera tan abrigada y ahora mismo, entre el abrigo y el gorro que le cubre hasta las orejas, parece un muñeco de nieve andante.

Disfrutamos de las vistas, de un pequeño crucero por el lago y de ver en la distancia el skyline de Chicago.

—¿Alguna vez realmente pensaste en quedarte a vivir aquí?

«Sí. Una vez».

—Es una ciudad preciosa… Llegué a planteármelo, pero… mi sitio ya no estaba aquí.

Ella asiente.

Decido llevarla después a The Loop , que es el centro de la ciudad, para verla embobada mirando edificios que rozan las nubes.

Empieza a llover mientras estamos allí, y acabamos refugiándonos bajo un pequeño soportal de cristal.

El pelo de Vera se ha mojado lo suficiente como para que pueda coger un resfriado, así que la acurruco entre mis brazos hasta que el chaparrón se reduce a llovizna.

Nos dirigimos a casa a toda prisa, antes de que vuelva a apretar.

Ayudo a mi madre a preparar la cena mientras Vera se ducha.

Cuando baja ya está la mesa puesta y lo mira todo con curiosidad.

Mi madre aprovecha para hablar de cotilleos de Hollywood, Vera se encarga de afirmar o desmentir los que puede.

La veo hablar tan libremente en la mesa que ni siquiera siento que pueda referirme a ella con su apellido artístico.

Vera ha tomado todo el poder de la narrativa, su apariencia fría y calculadora se ha quedado en Los Ángeles.

Como preveía, la sobremesa se basa en mis padres enseñando fotos mías de pequeño, y Vera riendo por algunas de mis caras.

Al subir a la parte de arriba para prepararnos para dormir, aprovecho para llamar a Nolan.

Su Acción de Gracias va a ser una odisea.

Sé que se está peleando con Beck porque quiere que Nolan le pague toda su boda, y mi amigo por primera vez se ha negado a hacer algo así.

Su cena desde luego va a ser más movida que la mía.

Por lo que me cuenta, de momento está manteniendo la calma.

Ha pasado casi todo el día con Leyla, porque tenía un campeonato de baile.

Cuando corto la llamada veo a Vera asomada a la puerta de mi habitación. La miro con curiosidad. Ella parece no encontrar las palabras adecuadas. O quizás, más bien, es que no es capaz de decirlas en voz alta.

—Ven aquí. —Le hago un gesto y ella se sienta encima de mi regazo, frente al escritorio y con mi portátil. Le abro un documento en blanco—. Escríbelo. Yo lo leeré.

Duda por unos segundos, pero al final me toma la palabra. Tarda un poco en elegir lo que quiere decir exactamente. Yo me asomo por encima de su hombro para ver lo que ha escrito.

«Este es el primer lugar en el que estoy en mucho tiempo en el que me siento como en casa. Gracias».

Yo solo beso su hombro y ella musita una despedida antes de irse a dormir. Mi vista se queda clavada en la puerta de la habitación. Quizás durante demasiado tiempo.

Al día siguiente, tras el desayuno, ponemos rumbo a State Street.

Compruebo que Vera va lo suficientemente abrigada, no quiero que pille un catarro.

He buscado una esquina estratégica en la que pueda disfrutar de todo el desfile.

Solo la he dejado sola durante unos momentos para llevarle un chocolate caliente de un puesto ambulante.

Me ha puesto una mueca al recibirlo, es una chica más de salado.

Pero no protesta cuando el líquido caliente llega a su garganta.

Me habría gustado que hubiera conocido a alguno de los amigos que todavía conservo, pero casi todos están con sus familias estos días. Y los que no, en fin… Ese tema saldría. Oigo una voz algo alejada y, cuando me giro para ver quién es, Vera imita mi movimiento:

—¿Zander? —La voz suena un poco rota.

Ella está viendo a una mujer que tiene la edad de mis padres, con el ceño fruncido y una mirada dolida. Yo estoy viendo a la madre de Maya.

—Señora Lincoln, ¿cómo está? —pregunto por cortesía.

—Ya sabes cómo estoy. —Suena claramente a la defensiva—. ¿Quién es?

—Una compañera de trabajo —se adelanta Vera. Yo asiento.

La señora Lincoln se va sin decirnos absolutamente nada.

La música del pasacalles cada vez suena más fuerte.

Observo cómo se marcha. Vera me mira a mí, confundida.

Me pregunta qué ocurre, pero le digo que mejor lo hablamos después.

La veo dudar un poco, aunque acaba asintiendo.

Disfruto del espectáculo, no dejo de mirar hacia atrás.

Por si mi mirada vuelve a encontrarse con la suya.

Volvemos a casa y ayudamos a mi madre con la cena.

Ha cocinado para un regimiento. En realidad, somos once.

También he aprovechado esta mañana para contarle a Vera cómo es el resto de mi familia.

Así que, cuando van llegando, es capaz de identificar a todos sin problemas.

Me hago algunas fotos con mis primos, mi padre insiste en que Scheidegger tiene que estar al menos en una.

Fue gracioso, porque hasta ese momento ella no había dicho su apellido y la cámara capturó la expresión sorprendida de algunos de mis familiares, mientras ella posaba a mi lado.

Sé que a Vera no le gusta ser el centro de atención, pero mis tíos le hacen varias preguntas sobre cine por puro desconocimiento, y si está incómoda, lo disimula muy bien. Veo cómo aguanta una mueca cuando uno de ellos le dice lo increíble que le parece la trayectoria de Steven Banks.

Mis primas deciden ponernos el último disco de Taylor Swift y explicarnos cada una de las canciones.

Resulta que Vera lo ha escuchado y cuando le preguntan por su canción favorita nombra Midnight Rain .

Me la apunto para leer la letra luego. Mi prima más pequeña me susurra al oído que como no me case con Vera se va a enfadar.

Yo me atraganto con el vino y me ofrezco voluntario para ir a por el postre para quitarme de en medio.

Mi familia empieza a marcharse poco después. Mis padres insisten en que ellos se encargan de recoger la mesa y fregar la vajilla. Subimos en silencio.

—Coge un abrigo y espérame.

Ella me mira confusa, pero me hace caso.

Cuando vuelvo a salir al pasillo, con dos cervezas y un abridor, eella ya está preparada.

—¿A dónde vamos?

—Al tejado.

Me sorprende que no haya ninguna queja al respecto.

Solo me sigue y la guío con cuidado por la ventana, subiendo por una escalera.

Una vez sentados, le tiendo una de las cervezas, y observamos las luces de Chicago a nuestro alrededor.

Algunas familias todavía siguen cenando, otras se están despidiendo en los jardines, besándose y abrazándose antes de subir a los coches…

—Necesito hablar contigo de algo.

Se gira hacia mí, posando sus ojos curiosos sobre los míos.

—¿He hecho algo malo? —pregunta. La miro confundido.

Niego con la cabeza, ¿por qué habrá pensado eso?

—Es sobre lo que Harper dijo de mi antigua pareja…

—Zander, sea lo que sea que pasara, no…

La interrumpo porque sé que si me permito dudar no seré capaz de contarle la historia.

—Conocí a Maya, mi ex, el mismo día que volví aquí después de abandonar la universidad.

No sabía qué hacer con mi vida. No sabía qué iban a decirme mis padres cuando volviera a casa, si estarían enfadados o decepcionados.

No sabía si estudiar otra cosa. No sabía absolutamente nada, pero en cuanto la vi, supe que quería estar con ella.

Cierro los ojos cuando veo que mis palabras le han sentado como una bofetada.

No sé quién tiene más ganas de llorar ahora mismo.

—Espera a que termine, por favor. Es lo único que te pido.

—De acuerdo.

—Fue todo muy rápido. Ella trabajaba de cajera en un supermercado mientras estudiaba Arquitectura.

Yo buscaba cualquier excusa para ir a verla al trabajo…

Hasta que un día me animé a invitarla a salir.

Fue genial. Fuimos al cine, vimos una comedia romántica y la comentamos al salir. Era su género favorito.

»En unas semanas empezamos a salir oficialmente, después de unos meses nos mudamos a vivir juntos.

Yo trabajaba en una cafetería, había retomado algunas amistades del instituto, conocí a los amigos de Maya y a sus padres…

Era, sin exagerarte, una película. Me despertaba todos los días y sentía que estaba en una comedia.

En aquella época después del fracaso de la universidad, a pesar de que tenía ideas para hacer películas, no escribía nada…

Vivía con ella y ya está. Una persona que vive sin darse cuenta de la luz que tiene porque está demasiado ocupada brillando y disfrutando…

Me pone una mano en el brazo, para pedirme que pare.

Su expresión es una máscara de acero que no puedo descifrar.

—Lo siento. Lo siento mucho, pero necesito que me digas ahora si has vuelto con ella o algo parecido. Te prometo que si lo has hecho no me enfadaré, ni te gritaré, ni reaccionaré mal… ¡Escucharé la historia completa si es lo que quieres! Solo necesito saber si…

La corto.

—Maya murió, Vera.

Veo cómo su compostura se desarma, la noticia es como un balde de agua fría sobre sus hombros. Me centro en cómo el vaho escapa de sus labios mientras continúo:

—Empezó a sentir una molestia. Fue al hospital de urgencias, le insistieron en que no era nada.

Seguía encontrándose mal y volvió a ir. Acabaron diagnosticándole una infección menor.

Pero no lo era… Seguía encontrándose mal, empezó a delirar en medio de la noche y yo volví a llevarla al hospital.

Y nadie hacía nada. Estaba en la sala de urgencias, y no sé, todo parecía más urgente que ella.

»Se estaba desplomando encima de mí… Estaba aterrada, estaba tan asustada, Vera…

Paro de hablar para soltar un sollozo. Necesito seguir. No puedo seguir guardándolo.