CAPÍTULO 23
Zander
-V ale, recapitulemos.
Me centro en la voz de Vera, ignorando cómo los altavoces nos dan la bienvenida al Aeropuerto Internacional O’Hare.
Por fin en Chicago. Las personas van de un lado a otro, marchándose o llegando.
Mi vértigo me impide disfrutar de los trayectos en avión.
Siempre elijo el asiento más alejado de la ventana.
Esta vez no he necesitado quedarme dormido, sino que he pasado todo el tiempo hablando con ella.
Hemos entregado el guion, pero seguimos sin estar completamente seguros de la escena que cierra la película y no descarto que tengamos que modificarla.
—Tu madre es ama de casa, tu padre es profesor de Economía en una de las universidades de Chicago. En la UIC, ¿no?
—Efectivamente.
—Vale. A tu madre le encantan las telenovelas y los cotilleos, tu padre en cuanto aparecen los Chicago Bulls en televisión no vive para otra cosa.
—Mira qué rápido lo has pillado.
Me sonríe.
—Tu padre siempre lleva con él chicles de menta, no le gustan mucho tus películas, pero adora las mías. Tu madre…
—Vera —la interrumpo. Ella sale de su trance y me mira a los ojos—. Son solo unos días de desconexión. Por favor, solo quiero que descanses.
Parece que mis palabras calan en ella. Cojo sus maletas mientras Vera menciona algo sobre el cambio de hora.
Pasamos por varias partes del inmenso aeropuerto hasta que veo el letrero de «Llegadas» y a mis padres justo debajo.
Vera se queda unos pasos atrás mientras yo me acerco a abrazarlos.
Mi madre como siempre parece a punto de echarse a llorar solo de verme en persona. Mi padre me sonríe afable.
No tardan en desviar la mirada a mi acompañante.
—Papá, mamá… Esta es Vera Scheidegger.
Mi padre se adelanta. El muy capullo hasta se ha afeitado en condiciones. Cosa que nunca hace. O al menos no por mí.
—Encantando, Scheidegger. —Le tiende la mano—. Soy un fanático de tus películas. Guerras silenciosas me pareció sublime.
Ella le sonríe.
—Podéis llamarme Vera, no os preocupéis.
Mi madre la saluda con dos besos y se presenta.
—Yo soy Eve, y mi marido es Bruce… Nuestra casa es muy humilde, pero te aseguro que es muy cómoda. ¡Y os dejaremos trabajar todo lo que necesitéis!
—El ritmo de Hollywood tiene que ser muy frenético —comenta mi padre.
Entre conversaciones del cambio de temperatura de Los Ángeles a Chicago y algunas preguntas sobre el vuelo y sobre la película que estamos escribiendo, vamos al aparcamiento.
Mi padre no puede evitar querer hacer de guía de su ciudad natal, así que toma algún que otro desvío, con el objetivo de enseñarle a Vera algunos de los lugares más emblemáticos.
Le prometo a Scheidegger que mañana la llevaré a State Street para ver el desfile de Acción de Gracias.
Mi madre nos sugiere que, aunque haga frío, podríamos ir al Navy Pier, un muelle muy parecido al de Santa Mónica en el que también hay una feria con atracciones o a visitar el lago Míchigan.
Veo el letrero del barrio Pilsen donde he vivido la mayor parte de mi vida.
Nuestra casa es de dos plantas, de estilo italiano, con fachada azul cielo.
Hay una pequeña escalera a la entrada y vegetación a los lados que la separan del resto de propiedades.
El sol asoma entre las nubes cuando llegamos.
La vecina está cotilleando asomada a la ventana, y uno de sus gatos se acerca al ver a Vera.
Mientras ella lo acaricia, o al menos lo intenta, mi madre se coloca a mi lado.
Por su mirada ya sé lo que va a preguntarme.
—Es mi compañera de trabajo y mi amiga. Ambos estamos muy liados y ha venido porque no podemos perder tiempo. Tenemos la fecha de entrega a la vuelta de la esquina, y en la última reunión los productores nos han pedido varios cambios.
—No miras a tus amigas así, pero no diré nada.
Mi madre se acerca acto seguido a ella, creo que ha decidido que quiere ser quien le enseñe la casa.
Lo que le he dicho no es del todo mentira. Algunos cambios sí tenemos que hacer. Pero sobre todo soy yo quien tiene que ponerse con el guion de NALS.
Mi padre me empieza a hablar de la temporada de la NBA, que empezó hace algo más de un mes.
Cuando entramos en casa mi madre y Vera están en la planta de arriba.
Espero que termine el tour . Solo subo cuando oigo que ha empezado a deshacer la maleta.
Me quedo observándola desde el marco de la puerta, se nota que han limpiado a fondo la habitación de invitados, porque normalmente parece un trastero.
Ella me ve en el reflejo de la ventana y se gira.
—¿Qué te ha parecido la casa?
—Que tu habitación siga estando llena de pósteres de tus películas favoritas en la adolescencia me ha parecido muy curioso.
Yo me río y me siento en la cama, observándola colocar todo.
—¿Tu casa de la infancia es muy diferente?
—Es un poco más grande. Teníamos un jardín trasero enorme que daba a un pequeño bosque… Mi madre siempre tenía que estar pendiente de que no saliera corriendo por ahí.
—Una niña aventurera.
—Un poco inconsciente —admite.
—Cuando no tenías miedo. —Esa frase la detiene—. ¿Qué harías si no tuvieras miedo?
—¿Si no tuviera miedo? —Ella se sienta en la moqueta del suelo, observándome desde abajo.
—Sí, no sé. Creativamente, a mí me encantaría dirigir una película de superhéroes en algún momento o el biopic de algún deportista.
Vera arquea una ceja.
—No se me hubiera ocurrido lo segundo.
—Bueno, he crecido viendo partidos en la televisión con mi padre, mientras él me narraba la historia de cada jugador porque se la sabía de memoria…
—Yo… Si no tuviera miedo… —Se queda callada, como si tuviera muchos pensamientos agolpados dentro de su cabeza.
—No voy a juzgarte digas lo que digas.
—Si no tuviera miedo de dejar de ser relevante, me tomaría un descanso. Si no tuviera miedo de intentar algo nuevo, me gustaría grabar alguna serie. Siempre me han gustado las series de misterio… Quizás podría hacer algo así. Y me encantaría hacer un cortometraje.
—¿Otro corto? —Ella asiente.
—Volver a mis inicios, sí.
—El miedo no va a desaparecer, también es lo que nos hace reaccionar, ¿no? Si no tienes miedo de perder algo, ¿lo has tenido de verdad alguna vez?
—Crees que debería intentarlo, aunque me muera de terror por dentro —resume.
—Creo que, aunque el mundo no merezca ver todas las versiones de ti, Vera, sí mereces encontrar la confianza como para sentirte cómoda explorándolas.
Se queda pensando la última frase y yo me levanto para ayudarla a guardar la ropa en el armario. Podría burlarme de ella por traer tantas cosas para un fin de semana, pero hay previsión de nieve, así que me alegro de que se haya traído todo el arsenal de prendas calentitas.
—Zander, ¿me enseñas lo que llevas de la última temporada de NALS?
—Eso es aprovecharte de mí, señorita —la pico.
—Solo tengo curiosidad por ver si tu forma de hacer guiones ha cambiado desde que empezamos a trabajar juntos.
Está obviando deliberadamente que se muere de ganas por saber cómo va a terminar la serie.
Vamos hasta mi dormitorio y yo saco mi portátil de la bolsa.
Esta vez es ella quien se sienta en la cama, observando toda la habitación con curiosidad.
Las paredes están llenas de pósteres, tengo un pequeño armario lleno de DVD, y otro lleno de CD de música que, por supuesto, también se pone a revisar.
— ¿Bleachers? —me pregunta.
Yo me encojo de hombros.
—Su primer álbum fue mi obsesión por una larga temporada.
Una vez que se ha encendido, le paso el portátil con el documento abierto para que eche un vistazo.
Siempre me ha gustado ver el rostro de alguien cuando lee o está viendo en una película.
Como cuando vimos aquella comedia romántica en casa de Nolan, y mi mirada se deslizaba todo el tiempo a su rostro.
Porque de verdad sentía que el espectáculo estaba en su cara.
—¿Puedes poner el disco? El que era tu favorito. —Se acomoda en la cama para leer las escenas. Sé que está leyéndolas rápidamente porque se muere por saber qué ocurre a continuación.
Me encanta ser la persona que puede provocar eso.
Siempre me ha enorgullecido serlo. Cojo el disco de Strange Desire y lo pongo en el pequeño reproductor.
Sonrío cuando se empiezan a escuchar los primeros acordes de Wild Heart .
Desdoblo una manta para echársela por encima a Vera, que está completamente ensimismada en el caos de frases que he escrito.
Canto en voz baja mientras la observo leer.
Se sobresalta un poco cuando suena otra canción.
— ¿Rollercoaster? —pregunta.
—Sí, ¿la conoces? —Parece no querer entrar en detalles, así que solo asiente y vuelve al documento.
No pasa mucho tiempo cuando se gira hacia mí, enseñándome la pantalla del portátil.
—¿Ya?
—¿Cómo que «Ya»?
—¿No hay más? —pregunta, casi me río por su tono de voz.
—Tengo que escribirlo primero.
—¡Pues ponte!
—¡Serás mandona!
Le desato una risa cuando le lanzo uno de los cojines.
Yo me pongo a escribir, ella saca su portátil y hace lo mismo.
Me lee alguna escena en voz alta cuando decide cambiar algo para consultármelo, de vez en cuando yo también le leo un diálogo sin contexto, lo que provoca que se levante para curiosear la escena.
—Creo que les vas a dar un cierre inolvidable, Zander.
Sonrío.
—Me va a costar mucho decirles adiós, llevo años viviendo con estos personajes. Ocupaban cada rincón… No sería quien soy sin ellos… Tú no estarías aquí sin ellos. —Ella parece meditarlo un segundo.
—Me alegro de su existencia entonces.
Miro por la ventana. Observo cómo el sol se cuela por las rendijas de mi ventana. Vuelvo a buscar sus ojos.
«Yo me alegro de tu existencia todos los días».
—¿Lista para ver Chicago?