Más que una película CAPÍTULO 22 #2
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CAPÍTULO 22 #2

No sé a qué se refieren, mentiría si dijera que no muero por saberlo. Ni Nolan ni yo hemos bebido en esta ronda. Shay tiene el relevo y se pasa varios segundos pensando algo.

—Yo nunca he escrito algo violento, psicológicamente hablando.

Resoplo y bebo. Soy la única que lo hace. Harper se salta el turno porque no se le ocurre nada, así que sigue Nolan:

—Yo nunca me he emborrachado tanto como para no recordar nada a la mañana siguiente.

Harper y Zander beben.

—Creo que mi peor borrachera fue esa que cogí contigo y con tu hermano Beck de vacaciones. Me pasé toda la noche confundiéndoos porque ibais vestidos igual —comenta Zander mientras Nolan niega con la cabeza, como si se acabase de percatar de que su amigo es todo un caso.

En mi opinión ha tardado mucho en darse cuenta. Casi me voy a reír cuando Harper habla:

—A mí nunca me han ofrecido hacer un trío.

Ella solo me mira a mí. Será hija de…

Bebo sin decir nada.

—Esto es un giro que no esperaba —dice Nolan en voz alta.

—Dije que no.

—Estábamos en Italia por un rodaje —narra Harper—.

Fue por la noche, acabamos en una especie de fiesta en el hotel, dos chicos italianos comenzaron a hablar con Vera para ofrecérselo, pero ella no se enteraba de nada de lo que decían.

Al final acabaron liándose entre ellos, y después cada uno besó a Vera para hacerle ver lo que querían.

Se ríe al terminar. Sabe perfectamente lo mucho que odio esa anécdota, sabe las ganas que me dan de salir corriendo cada vez que lo menciona; no puedo creer que…

Mis pensamientos se cortan de golpe cuando noto que Zander entrelaza mi mano con la suya y la coloca sobre mi muslo. Y sé que en otra época la hubiera soltado, pero ahora me aferro a ella.

Siento la mirada de Harper sobre nuestras manos. Zander toma mi turno al ver que yo no soy capaz de pronunciar palabra:

—Yo nunca he salido con alguien por publicidad. Salir a tomar algo, no necesariamente fingir una relación.

Harper y Nolan beben.

—Yo nunca he dirigido una película —intercede Nolan.

Zander llena mi vaso y el suyo. Brindamos juntos antes de beber. La sonrisa me dura bastante poco.

—Yo nunca he dicho algo hiriente por la satisfacción de hacerle daño a la otra persona.

Cuando Harper habla ninguno se mueve. Mi garganta se cierra.

No debería sentirme mal. Yo nunca lo he hecho. Sí, estaba enfadada y me pasé. Pero me duele que ella piense que fue a propósito, que soy así de cruel. Que una de las pocas personas a las que considero mi amiga me vea capaz de hacer daño solo porque esa es la clase de persona que soy.

Ella estalla en una carcajada que roza lo cruel.

—Sabía que eras una borde, pero lo de mentirosa es nuevo. —No me levanta la voz. No necesita hacerlo.

Yo tampoco lo necesité la otra noche.

—Bebe —dice Zander. Por un momento temo que me lo esté diciendo a mí. Pero sus ojos están sobre Harper—. Ya has dicho algo hiriente por el simple placer de hacer daño. Si alguien tiene que beber, eres tú.

—Creo que es mejor que lo dejemos —comenta Nolan levantándose, a ver si así todos seguimos su ejemplo. Sin embargo, Harper tiene otros planes.

—Una última ronda —le pide, haciendo que se siente de nuevo.

Esto ya no parece un simple juego para pasar el rato, sino la ruleta rusa, con Harper sujetando la pistola.

—Yo nunca he huido de mi ciudad natal porque mi pareja me dejara.

Frunzo el ceño. Eso no va por mí.

Espera…

Eso no va por mí.

Oh, no.

Mi mirada se posa sobre Zander, que está mirando el vaso.

Me sobrecoge el dolor que encuentro en sus ojos.

No tengo ni idea de qué habla Harper, pero parece que le han reabierto varias heridas de golpe.

Traga saliva y se dirige a tomar el trago, yo utilizo mi mano para pararlo.

No tenemos que seguir jugando a esto, no tiene sentido.

Él me mira durante unos segundos, creo que nunca he deseado tanto que alguien me diga qué está pensando.

—Qué aburrido…

La sangre me hierve por dentro al escucharla.

—¿Qué cojones, Harper?

—Eh, no tienes ningún derecho a hablarme así.

—¿Y tú tienes derecho a sacar algo del pasado de Zander por la puta cara? Si estás enfadada conmigo, págalo conmigo.

Shay deja mi mano con cuidado y se levanta en silencio, parece ajeno a nuestra conversación.

Apenas musita un «buenas noches» antes de salir de allí.

Nos quedamos en silencio durante unos segundos, como si estuviésemos asimilando lo que acaba de ocurrir.

Busco alguna explicación en Nolan. Al principio evita mi mirada y después se limita a negar con la cabeza.

Yo me levanto como un resorte, dispuesta a seguirlo. Escucho la voz de Harper:

—¿Desde cuándo te importa tanto Zander?

—No lo metas a él en esto. —Sueno más dura de lo que pretendo.

Harper no se achanta. Se dirige a mí como si fuera un reto.

—¿Por qué, Vera?

Me giro para responderle.

—Porque no hay persona que lo merezca más.

Cuando ya estoy en el pasillo, me pregunta a dónde voy, aunque ambas lo sepamos. Me precipito escaleras abajo a toda prisa. Atravieso la casa evitando chocarme con alguien. Al salir al porche lo veo caminando por la acera de enfrente y grito su nombre para que pare.

Por suerte, lo hace.

No freno la marcha hasta que estoy a su lado. Siento el corazón latiendo en mis oídos. Empezamos a atravesar la calle, alejándonos lo suficiente de la casa como para no escuchar la música que viene desde dentro.

—Espero que no te haya molestado que te defienda. —Mi voz es apenas un susurro.

—No te disculpes. Me gusta cuando defiendes a las personas que te importan.

Estoy deseando corregirle. Decirle que lo he hecho no solo porque lo aprecie o me importe, sino porque lo quiero.

Sin embargo, las palabras se me atragantan en mi garganta. Tengo tanto miedo de decirlas en voz alta que vuelven a mi pecho y buscan un sitio en el que ser enterradas. Zander malinterpreta mi mirada, me coloca ambas manos sobre los hombros.

—Me gusta cuando sacas las garras, Vera. En serio.

—¿Incluso cuando te las saco a ti? —Él sonríe un poco.

—Incluso cuando me las sacas a mí. Sobre todo, cuando me las sacas a mí.

Al fundirnos en un abrazo, siento su corazón algo acelerado. Aún tengo el sabor amargo de lo que ha pasado pegado a mi paladar.

—¿Quieres hablar de ello? —Mi voz es apenas un susurro. Solo recibo una pequeña negación con la cabeza.

—Es una larga historia y…

—Está bien —me apresuro a interrumpirle—, no pasa nada.

Seguimos andando hacia su coche, en silencio. Zander parece estar muy lejos de aquí. Por suerte mi voz no tarda en traerle de vuelta:

—¿Puedo decir una locura?

Me aferro al brillo que nace en sus ojos.

—Adoro las locuras.

«Tú y yo, Vera».

—Me encantaría ir a Chicago contigo, Zander.