CAPÍTULO 18 #2
—No sabía que podías oler a otra cosa que no fuera a caramelos de limón.
—Muy graciosa. —Al menos me ha recordado que debería coger algunos para el trayecto hasta el teatro.
Decidimos coger un taxi hasta allí. Le he escrito a Erin para desearle suerte, ya que no podré verla antes de que empiece la función.
—No sabía que íbamos al Pantages Theatre, hace siglos que no voy.
Me asomo a curiosear la pantalla de su teléfono. Está mirando información sobre la obra, bueno, al menos uno de los dos no irá completamente a ciegas.
—¿Te gusta el teatro?
—Prefiero el cine, pero no me disgusta. —Veo cómo la pantalla de su móvil se apaga mientras sus ojos se trasladan hasta los míos—. Me gusta consumir arte. Me siento productiva, siempre puedo sacar una idea o inspirarme para algún proyecto.
Yo suelto una risa que le hace arquear una ceja. Hago un gesto para que no le dé importancia. Sin ningún éxito. Obviamente, iba a insistir.
—¿Qué pasa?
—Que parece que solo haces cosas si te sirven para algo. Si el capitalismo fuera una persona, serías tú.
—¿Por qué dices eso?
—¿Cuándo fue la última vez que descansaste? O, mejor dicho, ¿cuándo fue la última vez que hiciste algo simplemente porque querías y no como un medio para un fin?
Abre la boca y la cierra al instante. Acabo de caer que probablemente lo único así que haya hecho en una buena temporada fuera besarme.
—Me refiero a que… cuando ves una película o una serie eso también es trabajo para ti, y apuesto a que solo haces ejercicio porque te lo autoimpusiste para salir de tu casa. ¿Cuándo fue la última vez que, no sé, perdiste el tiempo?
El rubor va extendiéndose por su rostro mientras habla.
—Yo, bueno, a ver… No lo sé. —Acaba confesando—. Supongo que cuando vivía en Cloveland. Con Elizabeth y Molly, íbamos adonde fuera juntas. A hacer senderismo a algún lago de la zona, a algún karaoke…
Mi expresión se ilumina.
—Estoy deseando saber cuál es la canción predilecta de Vera Scheidegger para dejarse la garganta.
—No sé para qué te cuento nada…
—¿Echas de menos ver a tus amigas a menudo?
—Seguimos manteniendo el contacto, pero lo de vernos es más complicado. Yo siempre estoy trabajando. Ellas tienen sus vidas estructuradas también… Y no quiero volver a casa, así que eso complica más las cosas.
Por suerte para Vera y por desgracia para mi curiosidad, nuestro trayecto ha llegado a su fin. Bajamos del taxi y delante de nosotros encontramos un enorme edificio que ha acogido generaciones de artistas entre bastidores y butacas.
El vestíbulo es impresionante. Hay varias televisiones mostrando algunas de las obras y musicales que ha acogido en la última temporada.
Despiertan más mi curiosidad la enorme lámpara de araña y las estatuas de tamaño real que nos rodean.
Nos paramos delante de las imponentes escaleras recubiertas de terciopelo rojo que nos llevarán hasta el patio de butacas.
Vera lo llama art déco, a lo que yo respondo que ni con un grado de arquitectura sería capaz de diferenciarlo del art nouveau.
Mientras subimos, ella empieza a explicarme que el art déco es simétrico, se basa en líneas, en figuras geométricas; mientras que el nouveau es más ágil y fluido, lleno de curvas.
Me quedo tan embobado escuchándola que casi me como un escalón, y a ella le da un ataque de risa.
Vera se adelanta a buscar nuestros asientos, y yo intento buscar un baño.
Al salir, reconozco cuáles son nuestros asientos por la figura de Vera.
Está hablando con una periodista. Al parecer piensa escribir una reseña sobre la obra y Scheidegger ha accedido a contarle su opinión después para complementarla.
Miro a mi alrededor con curiosidad, Erin tenía miedo de que no hubiera nadie y, aunque el teatro no está lleno, cuenta con una multitud bastante prometedora.
Estamos tan cerca del escenario que los propios focos también nos iluminan un poco.
Cuando la obra empieza creo que podría oír una aguja caer al suelo.
Una obra sobre las diferentes formas de lidiar con la muerte, en la que cada personaje representa una diferente.
La narradora de la historia es Erin, que interpreta al personaje que ha fallecido.
Los guía de una forma u otra por todo el escenario, influyendo en cada una de sus acciones.
Casi no puedo separar la mirada de ella, bueno, no podría si hubiera venido solo.
Pero mis ojos escapan hacia Vera cada cierto tiempo, no sé qué está pensando, parece completamente enfrascada en la historia y la forma en la que parece estar sintiéndola me hace querer colarme debajo de su piel hasta experimentar lo mismo.
Cuando la obra llega a su fin, tengo la piel de gallina y vuelvo a girarme hacia Vera mientras las luces se encienden.
Los aplausos rompen. Está llorando. No una lágrima o dos.
Tiene dos ríos salados recorriendo sus mejillas.
Mientras aplaude incluso parece algo perdida, casi sin aliento.
Se me encoge el corazón al verla así. Por impulso, cuando la sala comienza a vaciarse le cojo la mano y tiro de ella hasta el exterior.
Comenzamos a caminar por la acera sin destino aparente. Ella no me suelta. Tampoco ha intentado secarse las lágrimas. Pasamos unos cinco minutos en silencio. Intento soltar algún comentario estúpido para hacerla reír, pero de repente me he quedado completamente en blanco.
—Creo que por eso huyo del amor. De cualquier tipo de amor. Por la pérdida.
He intentado no mirarla mientras andábamos porque no quería abrumarla, pero ahora me es imposible no hacerlo.
—¿Cómo fue? Lo que tuviste en el instituto, ¿qué pasó?
Siento que mi pregunta corta su tren de pensamiento, parecía estar a punto de confesarme algo distinto.
—No sé si te has percatado, pero, aunque no es un secreto que soy bisexual, no hay nada en internet sobre parejas o exparejas mías, solo los rumores sobre Harper.
Bueno, pues en el instituto me gustaba una compañera de clase, Lexy.
No sé qué tenía, era muy superficial e iba de guay.
Éramos muy diferentes de la peor manera posible.
No tipo «somos superdistintas pero encajamos», sino en plan «somos una bomba de relojería». Al menos era guapa.
—No sé yo si fiarme mucho del criterio de la Vera de diecisiete años. —Consigo que sonría un poco.
Se seca las lágrimas con cuidado de no estropearse el maquillaje.
—Puedes hacerlo, puedes buscarla. Fue la protagonista de mi primer corto.
—¿En serio?
—Sí. No sé si lo habrás visto. Lo hice por diversión, en realidad; siempre había querido ser directora y contar historias, pero no me consideraba lo suficientemente buena.
Así que, si alguien preguntaba, era solo una afición más.
Escribí el guion, lo grabé y lo dirigí. Una cruda despedida de un sitio que lleva ahogándote años.
Lexy lo protagonizó solo porque se lo pedí y porque, bueno, no era mala actriz.
Del grupo de teatro era de las más decentes…
—¿Y qué pasó?
Ella hace una mueca.
—Lo nuestro estaba condenado al fracaso, pero el corto no.
Se volvió viral. No sé, lo subimos a YouTube y de repente tenía un correo de Steven Banks pidiendo hablar conmigo por teléfono.
Después un billete de avión a Los Ángeles y una conversación en un restaurante asquerosamente caro.
Me aseguró que, si era capaz de hacer otro corto así de bueno, se encargaría de llevarme a Hollywood.
—Espera, pensaba que solo había un corto —comento confundido.
—Solo hubo uno que pudiera presentar a los Oscar —me explica—.
Mi primer corto con Lexy sigue en internet, pero quedó eclipsado por el segundo.
En el primero había hablado de la cruda realidad de marcharse, en este la condena es quedarse en el mismo sitio…
Trata sobre lo que les pasa a las mentes brillantes que se quedan encerradas en sitios en los que no pueden crecer.
—Gesticula con emoción. Ya no hay rastro de melancolía en sus ojos húmedos—.
Esta vez no conté con Lexy, ni siquiera se lo dije.
»Steven lo financió todo. Fichó a una actriz profesional, muy joven y bastante desconocida, pero que hizo un trabajo impecable. Elizabeth y Molly me ayudaron con todo lo que pudieron…
—Lexy se enfadó —asumo.
—En cuanto Banks cumplió su promesa y me ofreció un billete de ida a Los Ángeles, perdió la cabeza.
Aprovechó que tenía que dar un discurso en la graduación para sacarme del armario delante de todo el mundo, incluida mi madre.
Dijo que era una loca lesbiana que se había enamorado de ella y que no la dejaba en paz…
La cosa escaló tanto que acabé en el despacho del director teniendo que explicar que yo no había acosado a nadie.
Y también tuve que explicarle que era bisexual, no lesbiana.
—¿Y qué ocurrió?
—Que me marché. —Se encoge de hombros—. Eran mis últimos días de instituto, Lexy sabía que con ese discurso se había cargado mi reputación allí. La relación con mi madre se debilitó aún más… Me fui la misma noche de la graduación y tenía muy claro que nunca iba a volver.
—¿Esa es la razón por la que no quieres volver?
—No. No es la razón, es un factor añadido. Tuve que pedirles a Banks y a Robert que se encargaran de evitar que cualquiera de mis antiguos compañeros de clase o vecinos hablaran con la prensa. Por suerte han mantenido su palabra, nunca se ha filtrado nada al respecto.
Vera para de caminar y observa lo que nos rodea. Estábamos paseando por Hollywood Boulevard, pero creo que nos hemos desviado sin darnos cuenta. Mientras Vera intenta descifrar dónde estamos sin mirar ninguna aplicación, yo me fijo en ella.
Toda su vida parece haber sido una huida hacia delante. Como si nunca se hubiese planteado que ya puede dejar de correr. Supongo que en el fondo siente que todo se vendrá abajo si deja de hacerlo.
—Lexy no es la razón por la que no quiero enamorarme.
—¿Y cuál es?
—No importa.
—¿Por qué no? —Sé que tiene la respuesta en su cabeza porque tengo la oportunidad de deleitarme cuando veo cómo se queda atrapada en ella.
—Siempre he pensado que… No tuve un buen ejemplo de lo que es querer a alguien con mis padres y siempre he sentido que el amor es un obstáculo para una mujer con metas tan altas como las mías. Quiero llegar lejos y no sé…
—Exacto, Vera, no lo sabes. No lo has vivido, solo te agarras a la idea de algo que no sabes definir. Cada persona lo vive de forma muy distinta.
—Sigo pensando que no es lo mío… Es como lo que hemos hablado antes de Amelia y Liam. ¿Y si estoy con alguien que es fantástico y aun así no quiero la vida que me ofrece?
—Puedes vivirlo y después opinar —sugiero—. Estás asumiendo que una vida que no conoces es peor que la que tienes, pero…
—¿Hay alguien tan suicida como para enamorarse de mí? —me interrumpe.
«¿Quieres apostar?».
—No creo que quieras escuchar una respuesta sincera. Y yo desde luego no voy a empezar a mentirte.
Mis palabras la hacen reaccionar, veo cómo en apenas unos segundos la naturalidad de la conversación se pierde, dejando en su lugar a una Vera más reservada. Musita algo sobre llamar a un taxi. Yo cojo su mano antes de que saque el teléfono del bolso.
—¿Por qué te haces esto? —Mi acusación vuelve a pillarla por sorpresa.
—¿No se suponía que no ibas a presionarme?
—¡Solo quiero entenderte! —me defiendo—.
No es justo que cierres la puerta con cuatrocientas llaves, te dediques a mirar a través de la mirilla y te convenzas cada día de que no quieres lo que ves.
Pero todos los días te levantas y vuelves a mirarlo.
Vera, no es que no lo desees, es que te aterra anhelarlo casi tanto como tenerlo.
Solo me doy cuenta de que he subido el tono de voz cuando ella lo equipara al mío.
—¿Por qué te molesta tanto que cierre la puerta?
—Porque lo que hay detrás vale la pena, joder. —La franqueza de mi tono la abrasa.
Esta vez no me besa. Pero se queda a centímetros de mis labios. Temblando entre mis brazos. Su mirada va de mis ojos a mis labios en menos de un minuto. Me deleito con tener su rostro tan cerca y juraría que el resto de la calle se ha difuminado con su cercanía.
Sé que no va a besarme y ella sabe que yo no tomaré la iniciativa en esto.
—¿Qué coño hago, Zander?
Joder.
«Quédate conmigo».
«Préndele fuego a todo».
«Mandemos a la mierda a Hollywood».
«Déjame borrarte ese pintalabios».
—Haz lo que mejor se te da: cuéntame una historia, Vera.
Su mirada se oscurece un poco, como si hubiese entendido a qué me refería de golpe.
—Vamos a tu casa.