Más que una película CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Zander

-P ues Vera se ha visto NALS y le ha encantado. —Remarco cada una de las palabras que digo para que mi padre las oiga a la perfección a través del altavoz del teléfono.

¿Que sueno bastante infantil? Por supuesto, pero qué más da. Me hace ilusión.

—Y yo me alegro mucho, hijo… —Se queda unos segundos en silencio—. Tu madre dice que tiene muchas ganas de que vuelvas a casa.

Aparto los ojos de la pantalla del ordenador cuando encuentro el reflejo de mi rostro y una pequeña sonrisa en él.

—Yo también tengo ganas de veros.

Me preguntan por el guion, por Nolan, por Vera.

Mi padre no es capaz de ocultar que le interesa más el partido de fútbol que la conversación.

Y yo tengo la cabeza en otra parte. Nolan me ha contado que nunca había visto tan mal a Harper y, aunque quería preguntarle a Vera directamente, prefiero hacerlo en persona. Hace días que no la veo.

Aunque el guion va muy bien, solo quiero empezar a grabar cuanto antes.

En principio, para pasar la mayoría de horas del día con Vera.

Aún no hemos hablado del beso y empiezo a pensar que no abordaremos el tema hasta que la película sea un proyecto que esté más cerca de su final que de su inicio.

Además, Robert ya nos ha avisado de que el director de localización ha encontrado el sitio perfecto.

Intento no consumirme en mis pensamientos, sumergido completamente en el guion.

En Amelia y Liam. No dejo de añadir detalles o pequeños gestos entre ellos que demuestren su complicidad, escribo tantas escenas de enamorados que casi me duele recordar que acaban rompiendo.

Casi quiero convencer a Vera de cambiar todo solo para darles el típico final feliz, pero sé que esa no es la narrativa que necesitan.

Y en el fondo, esta vez esa no es la historia que me gustaría contar.

El timbre es ensordecedor.

Miro mi reloj, se supone que hemos quedado en una hora.

Tendría que haberme imaginado que, si alguien iba a llegar antes de lo acordado, sin duda es ella. Abro la puerta para encontrarme con su rostro cara a cara.

Joder. Joder .

Está deslumbrante. Lleva un corpiño lencero de color negro con unos pantalones de traje blancos.

Su flequillo como siempre está perfectamente peinado, y esta vez lleva el pelo suelto.

No creo que haga falta que lo recalque, pero lleva sus característicos labios rojos.

No solo es atractiva, tiene presencia. Emana una energía muy concreta que dice «Eh, mírame, no puedes tenerme.

Pero mírame». Y yo ya llevo más de un mes sin saber cómo apartar la vista de ella.

A esta estampa hay que sumarle que son las tres de la tarde y yo sigo en pijama.

—¿Molesto?

—Si vienes a pedirme información sobre cómo termina NALS , puedes intentarlo; pero no soltaré nada. —Consigo romper su seriedad natural.

—Me temo que, para responderme, primero deberías saber cuál es ese final…

Yo de momento me conformo con que estés escribiendo nuestra película.

Robert me ha metido prisa hoy, la fiesta de la empresa es en poco más de un mes, y ya sabes que quieren aprovechar para anunciarla.

Así que necesitamos un primer buen borrador cuanto antes.

—¿Por eso has venido tan pronto?

—Bueno, estoy segura de que solo necesitas diez minutos para arreglarte, así que he pensado que podríamos revisar algunas escenas juntos.

Asiento y la dejo pasar. Se ha metido muy rápidamente en el modo de trabajo. Y sé que, cuando entra ahí, es prácticamente imposible sacarla. Además, yo también estoy inspirado. Habrá que aprovechar.

Como siempre, ponemos en común lo que hemos estado trabajando por separado. Esta vez ordenamos las escenas tal y como aparecerán en pantalla.

—¿De verdad necesitamos meter tantas escenas de romance?

Dejo de mirar la pantalla del portátil para posar mis ojos en ella. Craso error.

«Genial, ahora me toca fingir que no quiero arruinar ese pintalabios».

—¿Tú quieres que el público empatice o no?

El silencio que me ofrece es suficiente respuesta.

—No sé cómo lo haces, la verdad. —Revisa el documento que tenemos compartido. Supongo que está leyendo en diagonal por la velocidad a la que lo hace.

—¿El qué?

—Que de verdad parezca que se quieren.

—No lo parece. Se quieren. De eso se trata, ¿no? De que, si por un casual Amelia y Liam existieran en la vida real, si hubiera dos personas en este planeta con las mismas vivencias y características que ellos, se querrían de esta forma…

—¿Y si eso es un agujero de guion? No dejo de darle vueltas a que, si se quisieran tanto, no importarían las circunstancias, seguirían adelante. Juntos.

Yo niego con la cabeza.

Con todo el cariño, pero a veces hablar de amor con Vera es como hacerlo con una IA a la que no le han computado el significado de esa palabra. Se ha autoconvencido de que es algo que nunca llegará a entender. Como si su manera de contar historias no fuera la forma más pura de amor que conozco.

—¿Me estás escuchando?

Mierda. Sí, el agujero de guion.

—¿Alguna vez has estado en una relación?

—Bueno —arqueo una ceja—, tuve algo en el instituto. Nada serio.

—Pues la realidad es que nadie te enseña cómo hacerlo bien.

Puedes ver mil series, películas, leer los mejores libros de romance de todos los tiempos, pero amar bien es jodidamente complicado.

Piensas que reaccionarás de una forma a algo en concreto y cuando ocurre te sientes completamente distinto…

Amelia y Liam se quieren —me corrijo—, se aman. Pero no siempre se aman bien.

—¿Entonces qué sentido tiene que rompan? Todas las escenas que he escrito podrían desembocar en una ruptura; sin embargo, cuando leo las tuyas, me parece imposible que se separen.

—Bueno, mejor para el espectador. Lo confundiremos y así estará más pendiente de la historia —resuelvo.

—Zander…

—Amelia y Liam rompen porque tienen una historia larga y tendida.

No hay un motivo específico. Todos sus amigos se preguntarán por qué rompieron, qué los llevó a tal decisión, porque desde fuera pensaban que eran la pareja perfecta.

Pero tus amigos no siempre están presentes cuando la casa que no sabes si querías comprar se te viene encima, cuando temes estar dejando atrás tus sueños…

Y todo eso te hace dudar de si de verdad amas a esa persona. Y créeme, puedes…

—Puedes amarla, compartir tu vida con ella, y que aun así no sea la vida que quieres vivir.

Cuando completa mi frase, dejo escapar un suspiro.

—Aprendes rápido, Scheidegger.

Ella me dedica una sonrisa que no sé cómo interpretar. Parece estar pensando en alguien.

Vuelvo a centrarme en el documento, cambiando algunas cosas de sitio. Su carraspeo vuelve a sacarme de mis pensamientos.

—Zander, respecto a lo del otro día…

—Te dije que te tomaras el tiempo que necesitaras, no tienes que hablarme de eso ahora…

—Creo que es mejor ignorar lo que ha pasado. —Trago saliva al escucharlo, pero asiento—. No quiero que nada personal interfiera con nuestro trabajo…

—De acuerdo.

—¿De acuerdo?

—¿Sé que me estás mintiendo y que quieres más que la noche que tuvimos? Sí. Claro que sí. De lo contrario no me mirarías así… Pareces casi disgustada por que acepte tu decisión. Te dije que podía esperar y puedo seguir haciéndolo. Pero si me vuelves a besar en un impulso, no voy a apartarme.

El silencio que se instala entre nosotros no es incómodo, sí tenso. Lleno de palabras no dichas entre personas que, aunque todavía no tienen historia, podrían tenerla.

Volvemos a centrarnos en mi portátil y en el documento.

Nos falta cerrar el final, no sabemos cómo combinar su propuesta con la mía.

A veces, abrir esas páginas solo para ver cómo las letras bailan sin guardar ningún tipo de coherencia ni de sentido aparente es agotador.

Llevo evitando leer esa parte desde el inicio y veo que es precisamente la que está retocando Vera ahora.

—Mi padre se fue de casa cuando yo era adolescente.

—La confesión me pilla por sorpresa—. Mi madre siguió queriéndolo a pesar de todo…

Creo que también podríamos aprovechar para reflejar en alguna parte que…

a veces queremos a personas que no son buenas para nosotros y que incluso cuando nos hacen daño hay una parte de nosotros que va a seguir aferrándose a…

—A la versión de ellos que hemos romantizado.

Vera asiente.

Me gusta que sepa que puede abrirse conmigo. Me hace sentir bien. Supongo que por eso intento tirar del otro hilo:

—¿Qué ha pasado con Harper?

—Discutí con ella. Es complicado.

—¿Porque la quieres demasiado?

—Vino a mi casa completamente borracha. Intentó besarme, me enfadé y dije cosas que no tendría que haber dicho. Quiero protegerla de sí misma y no sé ni cómo protegerme yo de ella.

Asiento con lentitud.

—Normalmente querer a alguien así complica las cosas.

—¿Lo dices por experiencia?

—Sí, tengo experiencia en amar a gente…

—¿Y lo haces bien?

«¿Quieres descubrirlo?».

—El amor no es automático… —Esta vez son sus ojos los que han buscado los míos—. Por suerte, suele dárseme bien.

—¿Por eso tienes citas con chicas aleatorias a las que no vuelves a ver?

—Capulla.

Ella me dedica una sonrisa por el insulto.

—Deberías ir arreglándote. Se nos va a hacer tarde.

También debería de haberme preocupado al menos por saber qué obra de teatro se supone que voy a ver.

No sé qué esperar del nuevo proyecto de Erin.

La ducha me ayuda a relajarme, y aunque ya he aceptado que no voy a ser capaz de aclarar todo lo que siento, al menos desconectaré.

Aunque no me durará mucho. Mi pensamiento más recurrente está sentado en mi sofá.

Muy a mi pesar, no me queda más remedio que arreglarme. Aprovecho para peinarme un poco y usar el bote de colonia que ya se me había olvidado que tenía. Cuando salgo al salón intento obviar cómo los ojos de Vera parecen atravesarme:

—¿Pasa algo? —pregunto mientras me guardo las llaves de casa y la cartera en los bolsillos.