CAPÍTULO 19
Vera
A bro una de las escenas que nos falta por escribir.
Zander se coloca detrás de mí. Estoy sentada en mi silla de siempre, al lado de la ventana del comedor.
Siento los dedos algo agarrotados, así que los hago crujir antes de tocar el teclado.
Cierro los ojos durante unos segundos para visualizar la escena.
Solo que, cuando pienso en Amelia y Liam, esta vez no veo a Harper y Nolan, sino a nosotros.
Enciendo mi teléfono y pongo una playlist muy concreta. Shay la curiosea un poco antes de volver toda la atención sobre mí.
—¿Qué estás haciendo?
—¿No querías que te contara una historia?
Él arquea una ceja.
—Sabes que los dos podemos jugar a esto, ¿no? Que te haya dado cierta ventaja no significa que puedas hacer todo lo que quieras.
—No sé de qué me estás hablando…
—Vera, has subido a mi piso, has cogido mi portátil, has abierto el guion, y te vas a poner a escribir una escena de sexo… ¿Pensando en mí? ¿Y quieres que me quede quieto en la otra esquina de la mesa?
Levanto la mirada de la pantalla.
—También puedes sentarte a mi lado.
Me encojo de hombros como si no pasara nada.
Como si no tuviera el corazón a mil y las palabras fluyeran a un ritmo casi frenético, porque tengo tan clara la imagen en mi cabeza que no me hace falta esforzarme para plasmarla.
Zander coloca la silla tan pegada a la mía que nuestras rodillas se rozan.
Y él aprovecha para acariciar mi muslo con su pulgar.
Cierro los ojos como si el contacto me electrizara.
«Vera, céntrate, joder…».
—¿Has hecho esto antes? —Arqueo una ceja, mirándole incrédula—. Me imagino que exactamente esto no —se explica—, me refería a escribir alguna escena de sexo explícito.
—Oh, sí. No hay ninguna en mis películas; pero siempre me lo sugieren. Así que las he llegado a escribir como ejercicio por si se daba la situación perfecta.
—¿Es esta la situación perfecta?
—No sé, tú mismo dijiste que el sexo era una muy buena forma de romper la tensión, ¿no?
—Capulla —me insulta. No puedo evitar sonreír. Por primera vez en una situación así con él, siento que tengo el control.
—¿Sabes cómo estaba cuando me escribiste para hablar de esa escena?
—¿Cómo?
—Desnuda. En la bañera. Sumida en agua, jabón excesivamente caro y…
—No hace falta que sigas hablando. —Aprieta un poco más mi muslo—. Me puedo hacer una idea perfectamente.
—Ah, ¿sí? —Me hago la tonta mientras sigo escribiendo.
—Vera, no somos dos críos… Ya te he desnudado suficientes veces en mi cabeza. Si me vas a pintar una imagen distinta, no me la describas. Enséñamela.
Creo que acabo de perder las riendas de la situación.
Me ha durado, no sé, ¿un minuto y medio?
Ignoro sus palabras y trato de centrarme en la escena.
En describir cómo quiero los planos de forma escueta, dónde quiero que estén las manos de Amelia, de Liam.
Lo que quiero que refleje la mirada de cada uno.
—Cambia eso —me pide Zander.
Aparta con delicadeza mis manos del teclado y coloca las suyas en su lugar. Está reescribiendo la descripción que he hecho de los movimientos de él. Detalla el camino que recorren los labios de Liam por el cuerpo de Amelia.
—La desea. La desea tanto que ahora que la tiene entre sus brazos no va a soltarla hasta que disfrute de cada centímetro de su piel.
No habla de Amelia.
Vuelvo a hacer oídos sordos a sus palabras, aunque no puedo ignorar el calor que me recorre el cuerpo de abajo arriba. Tomo una gran bocanada de aire y la sonrisa ladeada de Zander se asoma por el reflejo de la pantalla.
Sigo escribiendo. Se conocen desde hace años, quieren romper la rutina, pero al mismo tiempo conocen cada rincón del cuerpo del otro. Saben cómo provocar un suspiro o un gemido con un simple gesto.
Shay va complementando mi borrador con algunas descripciones y retazos de diálogo con una fluidez envidiable.
—Se te da bastante bien —comento.
Su mirada me arde la piel.
—Esto son solo palabras, se me da mejor improvisar.
Odio que tenga este efecto sobre mí.
Odio cómo me hace retener aire en los pulmones.
Odio no ser capaz de odiarlo en absoluto.
Da igual. Puedo con esto. Solo tengo que centrarme en el guion. Me centraré en eso y cuando haya terminado me despediré y volveré a casa. No hay más. Fácil y sencillo.
—Vera —me llama—. La escena está genial, pero… Te he pedido que me contaras una historia, no que la escribieses.
Frunzo el ceño.
—¿A qué te referías entonces?
—¿En quién piensas, Vera?
—En nadie. O sea, en Amelia y Liam.
—Pensabas en ti y en mí.
Bajo la pantalla del portátil. Shay mantiene su mirada clavada en mí, desnudándome con los ojos. Sin ningún pudor. No oculta que me desea. ¿Qué cambiará si admito que sí quiero esto? Joder, si esta misma noche le he dicho que era mejor dejarlo estar.
Cuanto más me repite mi cabeza que puedo marcharme y fingir que nada ha ocurrido, más ganas tengo de hacer lo contrario.
—No he dejado de pensar en lo que pasó en mi casa.
—¿Entonces? Te acostaste con Harper, aunque trabajabais juntas, ¿cuál es la diferencia?
«Tú».
Decido no contestar a la pregunta.
—Vera, mírame. Imagina que yo soy Liam y tú nuestra querida Amelia. Dame las indicaciones. Muéstrame cómo complacerte.
Su tono se ha vuelto algo más grave al decir eso último, o quizás es que sus palabras tienen la suficiente influencia como para que un escalofrío me recorra la columna.
No es la primera vez que me acuesto con un hombre, pero nunca he sido tan explícita como para decirle a la otra persona lo que quiero. Tampoco es que haya tenido la suficiente confianza en ella como para hacerlo. Su mano, que aún seguía en mi muslo, se mueve sin preámbulos hacia arriba.
—Lo repetiré: muéstrame lo que tengo que hacer. Pareces el tipo de chica al que le gusta dar órdenes. Y yo soy el tipo de chico que no le importa cumplirlas.
Sus labios encuentran los míos a una velocidad envidiable, pero es mi cuerpo el que casi se abalanza sobre el suyo.
Toma mis muslos y me sube a horcajadas sobre él, sin dejar de besarme en ningún momento.
Una de sus manos se posa sin miramientos en mi culo, para sujetarme y acercarme al mismo tiempo.
La otra la utiliza para tirarme levemente del pelo, consiguiendo así que estire el cuello, que no tarda en ocupar con su boca cuando mis labios le parecen insuficientes.
—Voy a llevarte a la cama…
—¿No era yo la que iba a darte las órdenes?
Él suelta una carcajada en el hueco de mi cuello.
—Sí, pero mientras tanto tendré que descubrir qué te estremece por mi cuenta.
Me coge en brazos y me lleva hasta su dormitorio. Me deposita sobre el colchón y yo me muevo un poco asegurándome de que ni se mueve ni hace ruido. Zander dice algo sobre escandalizar a algún vecino, pero estoy más pendiente de cómo se quita la camisa y la deja caer sobre el parqué.
—¿Vas a guiarme o no?
En un movimiento rápido vuelvo a sentarme encima de él, en el borde de la cama. Aprovecha la altura para aflojarme el corpiño lo suficiente como para comenzar a morder y a besar mi escote.
—¿Puedo quitártelo?
Yo asiento sin una sola palabra.
Suelta rápidamente los enganches y la prenda cae al suelo junto con su camisa.
Mientras sus labios se entretienen con uno de mis pezones, una mano se encarga de jugar con el otro, presionándolo en el punto exacto para hacerme suspirar.
Me resulta casi vergonzoso lo fácil que le sale ponerme a cien.
Con la mano libre busca con cuidado la cremallera del top.
Empiezo a ser capaz de reaccionar, lo que no sé si es mejor o peor. Muevo mis caderas hacia delante y en círculos, haciendo que se encuentren con las suyas, una y otra vez. Gruñe por el contacto, supongo que también por la presión que ejerce la tela del pantalón contra su entrepierna.
—Quítatelos —le ordeno.
Él arquea una ceja, pero con una sola mano me aparta y se desnuda completamente. Cuando vuelve a acercarse a mí esta vez soy yo quien está debajo. Busca mis labios y luego recorre mi piel con los suyos mientras me desabrocha los pantalones. Antes de quitármelos, me mira curioso.
—¿Qué gano si adivino el color de tu ropa interior?
—¿Qué quieres?
—Si esto no te basta y quieres follar de nuevo esta noche, me dejarás subirte al billar, abrirte las piernas y hacerlo allí. —La imagen no debería resultarme tan atractiva.
—De acuerdo.
Me sonríe.
—Más te vale que sean negras, Scheidegger.
Mis mejillas se sonrosan algo más cuando Zander descubre mi ropa interior de encaje negro y decide comenzar a besar las zonas en las que se funde con mi piel. Qué tortura. Gruño de nuevo, esta vez clavándole las uñas en los hombros sin ningún tipo de miramientos.
—Quítamelas.
—¿Es que solo sabes ordenarme quitar cosas? —se burla de mí.
Me obedece, pero en vez de usar las manos, decide usar la boca. La espera se me hace interminable. Cuando por fin las siento bajar por mis muslos, suelto un gemido de satisfacción.
—Tócame —le pido. O le ordeno. En este momento no estoy segura de la diferencia.
Él se incorpora, lo bastante para poder obedecer sin perderse ni una sola mueca que pueda llegar a hacer. En cuanto siento uno de sus dedos entre mis piernas, me estremezco.
—Dios, Vera, estás empapada.