Más que una película CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Vera

A garra mi cintura con ambas manos, pegándome aún más a él.

Siento las costuras de su pantalón marcarse en mi cadera.

Soy incapaz de adivinar cuánto dura el beso.

Solo sé que, cuando ambos tenemos que separarnos para respirar, mantenemos nuestras frentes pegadas, casi con miedo de romper el contacto que aún nos une.

—Vera… —Su voz suena un poco distinta. Aunque quizás solo se haya quedado sin aliento como yo.

—Lo siento, no debería haber…

Antes de que pueda acabar la frase, sus labios vuelven a encontrarse con los míos.

Esta vez mi espalda encuentra uno de los muebles de la cocina, me estremezco al sentir el contraste de temperatura.

Mis manos reaccionan mejor esta segunda vez y, aparte de aferrarme a su cuello, acaricio el pelo que nace en su nuca, disfrutando de enredar mis dedos entre sus mechones.

Cuando nos volvemos a separar, esta vez hay menos espacio que antes; su boca sigue estando a pocos centímetros de la mía.

—Deja de pedir perdón por cosas que estás deseando volver a hacer, Vera. Pierdes toda tu credibilidad.

No sé si es la forma en la que se burla de mí, la tensión del momento o, joder, que simplemente quiero hacerlo.

Así que ahí va otro beso. Igual que los anteriores, a la vez distinto.

No tengo ni puta idea de qué voy a hacer con esto.

Lo único que tengo claro es que ahora mismo no quiero pensar en las consecuencias.

Mientras los besos y las caricias continúan, una de sus manos baja hasta mi muslo, acariciando la zona y apretándola un poco.

Tardo un poco en entender que me está pidiendo que lo rodee con mis piernas.

En un pequeño movimiento, carga conmigo hasta el sofá.

Aún sin hablar seguimos compartiendo respiración y jadeos.

En algún momento me susurra un «¿Puedo?».

Asiento con la cabeza, él recorre mi cuello con sus labios y acaricia mi piel desnuda debajo de la camiseta.

Gruño un poco, no porque no me esté gustando, sino porque también quiero acariciarlo.

La risa que me suelta al lado del oído hace que me recorra un escalofrío de arriba abajo.

Lo único que me hace reaccionar es el sonido de su teléfono.

Él suelta un improperio y saca el móvil del bolsillo de su pantalón.

Me inclino para ver la pantalla. Es un mensaje de Nolan que no se molesta en leer. Yo solo puedo fijarme en la hora que es.

—Creo que alguien no va a ir a las cinco de la mañana a correr. Ni a ningún sitio. —Vuelve a burlarse de mí.

—Cállate.

A pesar de que aún conservo toda mi ropa, me siento desnuda bajo su escrutinio.

Más con él casi encima de mí en el sofá.

Estoy intentando centrarme en este momento para no pensar en cómo me sentiré mañana al despertar.

Sin embargo, veo en sus ojos que esa pregunta ya se ha materializado en su cabeza.

Podría seguir besándolo y actuar como si nada.

Pero tiene razón, ya le he mentido lo suficiente. Y no se lo merece.

—No suelo actuar por impulso… —comienzo.

—No me digas, Sherlock. —Le lanzo un cojín. Él lo alcanza al vuelo, sin necesidad de moverse un ápice—. ¿Y por qué lo has hecho hoy?

—Porque quería hacerlo. —La respuesta me parece tan sencilla que es hasta ofensiva—. ¿Por qué me has correspondido?

—Porque eres tú.

Puedo intentar negarlo; sin embargo, su propia sonrisa ya delata que estoy colorada.

—¿Y ahora qué?

—No sé, Vera. ¿Qué quieres hacer?

Odio pedir ayuda. Odio incluso admitir que puedo llegar a necesitarla.

Y ahora estoy a punto de rogarle a un tío al que decía detestar hace unos meses que me explique qué hacer ahora.

Es estúpido. Ya he besado a otras personas, tuve mi primera relación estando en el instituto…

Sin embargo, solo quiero pedirle ayuda para que esto salga bien.

«¿Y qué se supone que es “esto”?».

Me muerdo el carrillo interno de la mejilla, él pasa su pulgar por la zona para que deje de hacerlo. Es un poco patético sentirme así, sin una idea clara ni una decisión a la que aferrarme.

Se empieza a alejar un poco. No parece propio de él. Zander Shay no es la clase de persona que marca distancia, anhela la cercanía. Sé al instante que lo está haciendo por mí, porque él sabe que no se arrepentirá de esto mañana. Pero no tiene la certeza de que yo pueda decir lo mismo.

—Duerme conmigo. —Él me mira confuso—. Por favor —añado.

—¿Duermes mucho con la gente que besas en tu sofá? —Vuel­ve a intentar bromear.

—No. Pero quiero que duermas conmigo.

«No quiero que te vayas».

El corazón se me encoge al pensar en mis padres.

En todas las noches que mi madre le rogó a mi padre que se quedara.

Él asiente, ayudándome a levantarme del sofá.

Al subir, yo me deslizo hasta el baño y dejo que curiosee mi habitación.

Me asomo al marco de la puerta, sonrío un poco al verlo sujetar una de las estatuillas de los Oscar.

Dios, Elizabeth y Molly van a flipar. Voy a tener que comprarme tapones para los oídos antes de llamarlas.

Me lavo la cara e intento respirar hondo.

Cuando salgo, veo a Zander en bóxers tumbado sobre mi cama.

Ha dejado toda su ropa sobre un pequeño sillón.

Aún juguetea con el premio entre sus manos.

—¿Qué se siente?

—¿Al besarte? —pregunto, haciéndolo reír sin pretenderlo.

—Al ganar tu primer Oscar. Y que fuera el Oscar a mejor película.

—Ah… —Camino hasta la cama y me siento en el borde, observándolo—.

Fue increíble. Había pasado tanto tiempo deseándolo e imaginándomelo que, cuando ocurrió, no me parecía real.

Recuerdo que Robert me dijo que era una de las favoritas y que Steven Banks daba por hecho que ganaría, pero… Yo no quería ir de sobrada.

»Tenía el corazón a mil, estaba ahí esperando a que dijeran el nombre de la ganadora y, cuando dijeron el título, ni siquiera sentía que estuvieran nombrando algo que yo había hecho. Las cámaras sobre mí, todo el equipo, todas las miradas… Recuerdo abrazar a los actores principales primero…

—¿Recuerdas tu discurso? —me pregunta.

—Sí. Empecé diciendo que…

—«He esperado toda mi vida para esto y espero poder pasar el resto de mi vida haciendo esto» —habla por mí—. Eso fue exactamente lo que dijiste.

—Me viste.

—Todo el mundo te vio, Vera. Yo solo era uno más.

—No —niego con la cabeza—, tú me viste .

Tú lo entiendes. —Él asiente y me tiende el trofeo.

Yo lo tomo entre mis manos—. Hablé sobre las oportunidades, los sueños, el rodearte de las personas adecuadas —craso error—…

y sobre los bailes. Incité a la gente a que bailara metafóricamente como en la película.

—Y después volviste a ganar con La pieza .

—Sí, fue… terrible. —Zander me mira confuso—.

La pieza había recibido críticas bastante duras por parte del público.

Les había hecho sentir intimidados, pero sobre todo les había hecho sentir gilipollas.

Había retratado a los personajes más mundanos como seres fácilmente manipulables…

Hay muchas personas que no entendieron el mensaje de la película.

Se enfocaron en Thelma como un personaje horrible y una villana con la que podían empatizar.

—No como una crítica a un sistema que siempre te hace creer que te falta algo. Eso es lo que representa Thelma. —Asien­to—. Pero ¿qué tiene que ver con el Oscar?

—La actriz que hacía de Thelma adulta, Lisa Weiner, acababa de ganar el Oscar a mejor actriz.

Y Robert me miraba de reojo todo el tiempo porque no dejaba de repetirme que, si volvía a ganar, aunque fuera a romper un récord, rozaría un nivel de éxito…

que la industria no suele permitirle a una mujer joven e inexperta.

—Se te iban a echar encima —resume.

—Más bien, pensarían que había gato encerrado.

Pensarían que Banks soborna a miembros de la Academia…

Y, al final de la noche, ganamos. La gente que me vio desde casa pensaba que estaba en shock.

La realidad es que… ¿ganar mejor película dos veces en menos de cuatro años?

¡Uf! No culpo a nadie por sospechar de un amaño.

Estaba acojonada, y eso que no tenía ni idea de la que se me iba a venir encima.

—Entonces, ¿no querías ganar?

—No es eso… Yo… Quiero ganar mejor dirección —explico—.

Es lo que he querido desde pequeña. Y La pieza , con tanta controversia…

No esperaba ese Oscar. Pero mi trabajo como directora…

, de verdad, esperaba llevármelo esa vez.

Y ya estaba nerviosa. Muy nerviosa. Así que cuando perdí la nominación, se me notó.

Se notó mi decepción en cada maldita cámara…

Ni siquiera cuando me entrevistaron después me preguntaron por el Oscar que sí había ganado, sino por el que había perdido.

—Lo siento, Vera.

—No es culpa tuya, es solo que… en esta industria o tienes mucha suerte o te dejas la piel, a veces ambas…

He trabajado con actrices que han recibido mucho menos reconocimiento del que merecen y, cada vez que hablo con ellas, temen que el proyecto en el que están ahora sea el último de su carrera.

Porque siempre hay una chica más joven, con más energía, menos desencantada con la industria.

»Y en mi caso Robert no me deja de repetir que soy igual de reemplazable.

Que habrá un hombre que sea más fácil de vender para él.

Que puede hacer desaparecer mis años de trabajo en un parpadeo…

Sé que podría decir que tengo toda la vida para ganar ese dichoso premio, pero ¿y si no la tengo?

¿Y si no puedo seguir trabajando de esto?

¿Y si ya no soy lo suficientemente novedosa para ellos?