Más que una película CAPÍTULO 16 #2
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CAPÍTULO 16 #2

—Hola. —La saludo con una sonrisa. Ella me mira de arriba abajo, nunca me había sentido tan juzgado. Se levanta lentamente y nos saludamos con dos besos—. ¿Te gusta este restaurante?

—Los defendí de una demanda y me debían un favor. Así que lo que pidamos corre de su cuenta.

—Oh, espero que la demanda no tuviera nada que ver con medidas sanitarias… —bromeo. Ella hace una mueca de disgusto. Bien empezamos—. Trabajas para un bufete, ¿no?

Ella asiente e intento seguir haciendo preguntas sobre su trabajo incluso cuando me pierdo en los tecnicismos.

No hay mayor placer que escuchar a alguien hablar de lo que le apasiona y ver esa llama en los ojos de la otra persona.

Pero Noelle tiene los ojos tan apagados que estoy haciendo el mayor de mis esfuerzos para mantenerme concentrado.

Una camarera se acerca para ver si ya sabemos qué tomar y empiezo a sentirme terriblemente incómodo.

La manera en la que trata a los trabajadores, como si fuera superior a ellos, me molesta.

Intento justificarla en mi cabeza. Quizás haya tenido un mal día y lo esté pagando con la camarera sin querer.

—El servicio siempre me pone nerviosa… —comenta hastiada—. ¿Qué hay de ti? Trabajas con el hermano de Stacy, ¿verdad?

Yo asiento.

—Sí, he sido director de muchos de los proyectos en los que ha trabajado Nolan.

La forma en la que me examina me pone nervioso.

—Ya veo… La verdad es que no entiendo tu trabajo muy bien. Te sientas a dar órdenes, ni siquiera necesitas un grado universitario y te aplauden por contar una historia que ya hemos escuchado mil veces. Es un poco absurdo, ¿no?

—¿Disculpa?

—Tampoco te ofendas.

Toma un sorbo de vino, ni siquiera sé qué decir.

—Ser director y guionista, que es lo que yo soy, es mucho más que sentarse en una silla y dar órdenes. Y créeme, no es nada sencillo llegar a esa posición, de hecho…

—Perdona que lo dude. —Se empieza a reír como si lo que yo hubiera dicho fuera una tontería. Ni siquiera sé cómo reaccionar—. He visto tus películas.

—Ah. —¿Por qué siento que es lo peor que podía decirme?

—Y discúlpame, pero quiero ser sincera: me parecen bastante mediocres, me sorprende que seas conocido. No sé, no has hecho nada excepcional.

—Noelle, ¿a qué viene esto?

—Solo quería ser sincera antes de que pasara algo entre nosotros.

Bebe otro trago de vino y sospecho que, como siga así, no va a poder ni sostenerse.

—Sigo sin entender…

—Mira, Zander Shay. Eres guapo. Eres atractivo.

Eres el tío al que todas nos gustaría llevar a casa, porque eres el caballero que tratará genial a nuestras madres y que también nos lo hará pasar genial en la cama —remarca cada palabra como si quisiera que nunca me olvidara de esto—.

Tienes encanto y por alguna razón a tus productores eso les ha gustado, pero lo de director no es lo tuyo.

Quería dejarte clara mi opinión sobre ti antes de acostarme contigo.

¿Cuándo he dicho yo que vaya a tener sexo con ella?

—Voy al baño un momento.

Su opinión no debería importarme. Pero hay una razón por la que cuando quiero leer reseñas o valoraciones siempre pido que las filtren por mí.

E intento evitar cualquier publicación en la que aparezca mi nombre.

Me afectan mucho más de lo que nunca estaré dispuesto a admitir.

Me importan mucho más de lo que nunca se lo he confesado a nadie.

Ni siquiera a Nolan. Me lavo la cara e intento ignorar mi reflejo.

No quiero volver ahí fuera. Desde luego esta se acaba de convertir en la peor cita de la historia.

Me pregunto si podré saltar por la ventana del baño.

Respiro hondo y me repito que soy un adulto responsable que va a salir de aquí, se va a despedir y se va a marchar.

Aunque llevo en la misma posición cinco minutos.

Soy muchas cosas, pero no un adulto responsable.

Pasan varios tonos hasta que Vera me coge el teléfono.

—Más te vale tener todo el guion completo para haberme molestado a esta hora.

Sonrío porque me descuelga, pero frunzo el ceño cuando escucho su voz.

—¿Estabas dormida?

—¡Claro que estaba dormida!

—Vera, no son ni las diez de la noche.

—¿Y? Me despierto a las cinco y media de la mañana.

—¿Qué coño haces a esa hora?

—Correr.

—¿A las cinco de la mañana?

—¿Qué te pasa?

—A ver, monstruo mañanero…

—Te voy a colgar.

—¿Crees que mi trabajo es una mierda?

Apenas se toma unos segundos para contestar y el hecho de que no tenga que ni pensarlo me anima.

—No. No es una mierda, Zander. Eres muy bueno en lo que haces, no necesito ver el guion completo para saber que vamos a hacer una película increíble en parte porque tú estás en ella…

Tus escenas puede que no sean muy detalladas y que me tenga que pelear contigo porque se te da de pena describir los planos; pero consigues que gente que no cree en el amor o que siempre lo ha considerado algo solo para los demás quiera enamorarse. Eso no lo hace cualquiera.

»Puede que las películas que haces no sean para todo el mundo, las mías tampoco lo son, ¿y qué más da?

Alguien ha vuelto a creer que puede empezar de cero tarde, tirar la casa por la ventana o arriesgarse con esa chica a la que consideran inalcanzable por ti.

Por lo que haces. Pero mejor no me preguntes mañana, no vaya a ser que cambie de opinión.

Suelto una risita.

—Vera, gracias. Necesitaba escucharlo.

—De nada —musita medio dormida—. ¿Tú no tenías una cita?

—Sí, aunque está siendo una mierda. Estoy escondido en el baño.

—Vaya, lo siento. —Aunque no parece sentirlo lo más mínimo—. Cuelga. Lo único que necesito escuchar es mi alarma mañana.

Estoy a punto de cortar la llamada con una sonrisa, sin embargo, cuando me meto la mano en el bolsillo, mi expresión cambia por completo.

—¡Mierda! —exclamo.

Me he dejado las llaves en casa.

—¿Qué pasa?

—¿Me acoges esta noche en tu casa?

Vera suelta un gemido y yo tengo que contener otra risa.

—¿Te ha llevado tu cita al casino y lo has perdido todo jugando al póker?

—No, es que te has llevado mi corazón y creo que no podré aguantar una noche más sin oírlo latir.

La escucho fingir una arcada.

—Te has dejado las llaves en casa, ¿no?

—Efectivamente, Sherlock. Nolan tiene una copia, pero está ocupado esta noche. Piensa que así podemos tener esta fascinante conversación cara a cara.

—Este Sherlock va a asesinar a Watson. Como no llegues en quince minutos duermes en el felpudo.

Salgo del baño con una amplia sonrisa, como si mi cita no hubiera destrozado mis años de trabajo con cuatro frases. Me dirijo hacia nuestra mesa para coger la chaqueta, ella frunce el ceño al verme.

—¿Nos vamos?

—Tú haz lo que quieras, yo me voy con alguien que me aprecia un poco más que una bruja que ni siquiera sabría distinguir un plano contrapicado de uno picado y que critica mi trabajo como si supiera en qué consiste.

—No es mi intención avergonzarla, tan solo desahogarme.

Aunque se lo merece un poco—. La próxima vez que tengas una cita intenta llegar a la segunda copa sin insultar la trayectoria profesional de la otra persona.

O mejor, deja de tener citas con personas a las que no vas a apreciar ni lo más mínimo y así nadie perderá el tiempo.

Ojalá todo lo que has dicho te haya servido al menos para sentirte mejor contigo misma.

Solo espero que recuerdes que, si necesitas hacer algo así para sentirte superior a alguien, eres una mierda de persona.

Me giro y no miro atrás.

Aparco en la calle de Vera, pero en el extremo más alejado de su casa, así que tardo unos minutos en llegar.

Aprovecho para revisar algunos mensajes y notificaciones.

Una de ellas me hace arquear la ceja; estoy todavía leyéndola cuando, al llamar a la puerta, me abre al instante.

No hay rastro de la directora fría, Vera Scheidegger.

Sola hay una chica de veintipocos que tiene el pelo alborotado y cara de pocos amigos porque un idiota la ha sacado de la cama.

Lleva un pijama gris corto de tirantes, parece haber venido directamente de la cama porque ni siquiera lleva zapatillas.

—Hola, casera por un día.

La miro por unos segundos y esbozo una sonrisa cuando me regala un corte de manga.

—Que sepas que vas a dormir en el sofá… Y tienes algo de comida en la cocina si no has cenado nada. —Yo asiento y me deslizo hasta allí.

Es la primera vez que paso del vestíbulo, me guía por un pasillo en el que hay una vitrina con varios premios y trofeos: distingo varios Globos de Oro y Critic’s Choice .

No me da tiempo a preguntarle dónde tiene sus Oscar, cuando entramos en la cocina.

La idea que me había hecho de su casa resulta ser bastante acertada: todos los muebles son de un color tan saturado que dañan un poco a la vista.

Combinan bien con los electrodomésticos plateados que están tan impolutos que parece que nadie cocina aquí.

Las paredes están revestidas de unos azulejos oscuros que imitan la forma de ladrillos.

En el centro de la habitación, hay una gran isla de cocina cuadrada. Scheidegger se sienta en uno de los taburetes alrededor de ella. Yo curioseo lo que me ha dejado para comer: es algo de pescado con puré de patatas. Me observa con curiosidad. Tomo el asiento delante de ella y empiezo a comer.

—¿Tan mal ha ido la cita?

—Ha sido catastrófica. Me ha dicho que soy un inútil como director —resumo.

—Guau, una mujer que sabe cómo conquistar a un hombre.

Al menos su comentario me hace sonreír.

—¿Sabes, Vera? Eres bastante graciosa.

—Nunca me lo habían dicho.

—No creo que te hayas visto en una situación con alguien así.

—¿Con un tío que se deja las llaves en casa y se esconde en el baño durante una cita? La verdad es que no tenía el placer.

—Oye, ¿qué te pasa conmigo?

—¿Contigo? —pregunta—. No me pasa nada.

—Parece molestarte que haya tenido una cita —le comento mientras como.

—¿Por qué iba a molestarme?

—No lo sé, eso me gustaría que me explicases.

—Solo estoy irritada porque me has sacado de la cama.

Decido no contestar y continuar comiendo. Al terminar, todo en silencio, recojo las cosas. No se me pasa por alto que no ha dejado de mirarme en ningún momento.

—Puedes irte a dormir ya si quieres. Yo me apaño.

—Estoy bien.

—Das algunas señales un poco confusas.

Termino de fregar y la miro, se ha levantado y ahora está apoyando la espalda en uno de los muebles del fondo.

—No doy señales, a secas.

—Ah, ¿no? Vera, ¿qué has escrito hoy? —Mi pregunta la pilla desprevenida—.

Porque tenía el móvil en silencio y cuando estaba llegando me he dado cuenta de que tenía una nueva entrada en el documento compartido del guion que ponía algo así como «Escena en la que Amelia se enfada porque Liam tiene una cita por una apuesta mientras estaban dándose un tiempo».

—¡Simplemente tus circunstancias me han inspirado! —se defiende.

—¿Por qué te molesta? —Doy unos pasos hasta ella. Vera no retrocede, pero se cruza de brazos, estableciendo más distancia entre nosotros.

—¡No me molesta!

—Deja de mentirme. Hiciste lo mismo con lo de Robert.

—¡Lo de Robert es diferente!

—Ah, así que admites que sí me estás mintiendo ahora…

Creo que la estoy desesperando.

—¡No he dicho eso!

—Lo has dado a entender.

—¡Entiendes lo que te da la gana!

—Bueno, lo siento, será un fallo de nacimiento —bromeo.

—¿Puedes tomarte algo en serio por una vez en tu vida? —me espeta.

—¿Puedes intentar no mentirme o no ocultarme información?

—¡Solo fue una vez!

—Y todavía no me dices por qué te molesta que haya salido con Noelle.

—¿Noelle? ¿En serio? ¿Como Papá Noel?

Pongo los ojos en blanco.

—¡Deja de cambiar de tema! —me quejo.

—¿Estarías tú molesto si yo hubiese tenido una cita?

—Pues no. No me debes nada. No soy quién para exigirte nada… —Trago saliva—. Pero estaba llegando a tu casa y no dejaba de pensar: «Ojalá la cita de hoy hubiera sido con Vera». Así que sí. Si tú hubieses salido con alguien, yo me hubiese pasado toda la noche deseando ser esa puta persona.

La confesión me sale tan natural que hasta yo me sorprendo.

Vera empieza a alejarse. Mierda. Mierda.

Acabo de cagarla. Observo cómo se marcha a la puerta de la cocina e intento ordenar mis pensamientos para encontrar algo coherente con lo que paliar la situación.

Tarda pocos segundos en dar media vuelta y precipitarse hacia mí.

Se tira a mis labios.

Vera Scheidegger me está besando.

En su cocina.

A las once de la noche.

Hago lo que cualquiera que ha estado admirando sus labios durante semanas haría: la pego aún más a mí y le devuelvo el beso.