CAPÍTULO 15
Vera
L as náuseas me vuelven de golpe.
—Vera, ¿me estás escuchando? Te he preguntado que qué te ha dicho Robert. —Su insistencia no me cabrea, simplemente le digo lo mismo que le he dicho a Linda.
—Estaba presionándome por el guion.
—Dices que confías en mí, pero… no te tiembla el pulso para mentirme.
Que me cace tan rápido me desestabiliza.
—Prefiero no hablarlo con nadie, solo necesitaba alejarme un poco. —Esa respuesta parece convencerle más—. Pronto tendremos que volver o alguien nos echará en falta.
—¿No podemos tener una noche tranquila? —se queja.
—No tienes pinta de que te gusten las noches tranquilas… —comento. El silencio que se instala entre nosotros me hace reparar en que él no lo ha interpretado como yo pretendía—. No así, imbécil.
Estalla en una carcajada, luego me observa de arriba abajo. Voy a protestar cuando veo que se fija en mi pierna derecha, que está temblando.
—¿Qué te calma? Dado que ahora no podemos fugarnos a El Matador.
«¿Cómo puedes acordarte de eso?».
—Normalmente hablar de cine —confieso colocando una mano en mi rodilla para parar el temblor.
—De acuerdo, cuéntame. Háblame de algo sobre tus películas que nadie sepa pero que siempre has querido contar.
—¿A qué te refieres?
—No sé, un dato curioso, un guiño. Algo que hayas escondido a propósito… A mí me gusta buscarle manías concretas a cada uno de mis personajes y hay veces que yo mismo he acabado imitando alguna sin darme cuenta.
—¿Como comer caramelos de limón? Tienes la papelera de tu cocina llena.
—¿Has espiado mi papelera, Vera? —Se ríe—. Anda, cuéntame —vuelve a insistirme.
—Me gusta conectar las historias que escribo.
La tumba de un personaje de El último baile aparece en La pieza.
Y en Guerras silenciosas, en el instituto al que acaban yendo, hay panfletos con el logo de la empresa que empieza financiando a la protagonista de La pieza … No es algo que nadie sepa, pero…
—Te gusta hacerlo de todas formas… ¿Has pensado en alguna referencia para Cómo decir adiós?
—Sí, la cafetería del inicio. Quiero utilizar la misma ubicación que empleamos en El último baile , ya se lo he comentado a Robert.
Él asiente.
—Haremos una buena película.
Le sonrío y observo el jardín. Ya se han encendido todas las luces. El lugar parece incluso mágico a pesar de estar lleno de gente completamente podrida por dentro.
—Zander, creo que sí extraño algo de quién era antes.
—¿Qué? —pregunta con curiosidad.
—Solía tener mis ideales más claros… Solía pelear más por lo que quería y no me paralizaba la idea de tener problemas con mis superiores.
En el instituto me enfrentaba sin temblar a los gilipollas que se metían con Molly, o con los profesores que no hacían nada al respecto…
Tenías razón, hubo una época en la que las consecuencias no me hubieran importado lo más mínimo.
—Ojalá te hubiera conocido entonces.
Le dedico una sonrisa, aunque algo se me encoge por dentro.
—Ojalá —corroboro—. Aunque ese Zander tenía que ser un insoportable que se regodeaba de tener a muchas tías detrás.
—Pero ¿quién te crees que soy? Nunca fui popular en el instituto.
—¿No?
—Era uno más del montón. No fui rey del baile ni nada, solo un tío un poco raro que se llevaba bien con los del club de teatro y se encargó de grabar y hablar con todos los alumnos del curso para el anuario. Era más bien un pringado.
—Un pringado con suerte.
—He tenido mis épocas, sí… Pero siempre he sido un poco un pringado con suerte. Aunque esta noche no tengo mucha.
—¿Por qué piensas eso?
—Porque si la tuviera estaría en el sitio más grasiento de todo Los Ángeles comiéndome una hamburguesa triple. ¿Es que solo nos van a alimentar con canapés?
Suelto una carcajada y me levanto con cuidado de la escalera.
—Deberíamos volver. Alguien empezará a buscarnos, o Nolan se preguntará dónde está su príncipe azul.
—Bah, el azul le queda mejor a él. —Pongo los ojos en blanco—. Pero sí, volvamos. —Coge mi mano y me la estrecha dos veces antes de comenzar a bajar la escalera.
Observo mis dedos, estirándolos como si quisiera aferrarme al contacto que ya se ha cortado.
—¿¡Te ha cogido la mano!?
Tengo que bajarle el volumen a la llamada para que la voz de Elizabeth no me taladre el cráneo.
Acabo de llegar a casa de la fiesta, no he podido hablar mucho con Zander después del momento en la escalera. He entrado corriendo en mi casa con el único objetivo de coger una tableta de chocolate, llamar a mis amigas y meterme en la bañera.
Tenía que haber supuesto que este hecho para ellas, tratándose de mí, sería algo histórico y razón suficiente para volver a ser adolescentes de catorce años gritando en una fiesta de pijamas.
—No solo le ha cogido de la mano —puntualiza Molly—. ¡Se la ha apretado dos veces! En el lenguaje de Taylor Swift eso es un «Te quiero».
Casi me atraganto con el chocolate.
—Taylor Swift no tiene nada que ver con esto.
—Ella tiene que ver con todo —me discute Elizabeth.
Les cuento el resto de la noche, pero obviamente se quedan pilladas en esa parte:
—No me puedo creer que hayas hecho el movimiento de mano del señor Darcy.
—No digas tonterías. Además, hay mejores adaptaciones que la de 2005.
—Vera, vamos a centrarnos —me pide Elizabeth—. La tensión entre vosotros está ahí. Eso es innegable… Ahora bien… ¿Qué quieres hacer tú con ella?
Yo me quedo callada. No tenía que haber cogido chocolate sino vino. Una botella entera.
—No lo sé. Llevo mucho tiempo sin estar con un tío…
—No creo que se te haya olvidado —se encarga de recordarme Molly.
—¡Esa no es la cuestión!
—¿Y cuál es la cuestión, Vera?
Espera un momento. Ya sé qué están intentando hacer.
—¡Estáis intentando que admita algo! ¡Algo que no es cierto porque no siento… eso!
Mi actitud provoca que ambas suelten alguna carcajada.
—Me siento como las musas de Hércules hablando con Meg mientras ella canta No diré que es amor —comenta Elizabeth.
—¡Oh! Zander y Vera podrían disfrazarse de Hércules y Meg para la fiesta de Halloween de Harper.
—Os odio a las dos, que os quede claro. —Me quejo acercándome al altavoz para que me escuchen perfectamente.
—Sabes perfectamente que no nos odias… Igual que Zander sabe que a él tampoco…
—Solo es una situación extraña, pero no es… No es amor, si es eso lo que estáis insinuando.
Ellas se quedan en silencio y las conozco lo suficiente como para saber que estarán escribiéndose entre sí.
—Chicas, ¿habéis apostado algo respecto a esto?
—No, no —niega Elizabeth con ímpetu.
—Con Elizabeth, cuándo te vas a acostar con él; con Dom, vuestra fecha de boda. —Genial, hasta el prometido de Molly está metido en esto. No me lo puedo creer.
—¡Molly! —la riñe mientras yo me llevo una mano a la cara.
—¿Qué? Para vuestra boda tengo un par de sugerencias.
—¿Qué boda? —pregunto hastiada, me están poniendo nerviosa.
—No te preocupes, Vera —interviene Liz—. Los romances lentos son los mejores.
—Sois lo peor, yo no quiero nada serio. No se me dan bien esas cosas y no quiero que si pasa algo entre nosotros sea raro, porque él me importa bastante. —Creo que es la primera vez que lo admito en voz alta—. Es solo que al mismo tiempo no es lo que sentía con Harper y… —Mierda.
—¿Y? —me anima a seguir Molly.
—Eh, Zander me acaba de escribir.
—¡Lee en voz alta! —me gritan las dos.
No sé para qué las llamo. Carraspeo y entro en nuestro chat.
—«Estoy revisando la escaleta —comienzo a leer— y creo que tendríamos que añadir una escena de sexo. ¿Cómo lo ves?».
El grito que escucho, que creo que es de Molly, me deja sorda. Sí, es de Molly, oigo a su novio de fondo quejándose de que casi le ha provocado un infarto.
—Eso es una indirecta como una casa —dice Elizabeth.
—¡Claro que no! Es una pregunta sobre el guion.
Las dos se quejan a la vez, así que no me entero de nada. Aprovecho para contestarle.
—¿Qué le has puesto?
—Que no veo que una escena de sexo sea necesaria…
—Hombre, si es de ti con él, yo no lo veo mal —me comenta Molly.
—¡No ayudáis!
—Ayudamos, pero tú todavía no te has dado cuenta…
—¡Como las musas de Hércules!
Zander me ha contestado y por pura inercia leo el mensaje en alto:
—«Vera, cuando empiezan a tener problemas, la tensión se pronuncia. Y la tensión puede romperse de muchas formas… Te sorprendería saber cuántas parejas follan más cuando están enfadadas».
—¿Qué le vas a decir?
—Que dónde quiere meter exactamente la escena.
—Mejor no hablemos de meter cosas… —dice Elizabeth.
—¿Podemos tener una conversación normal? —pregunto—. Ya habéis visto que no era una indirecta, era una pregunta genuinamente profesional, y no…
Me quedo callada al leer la respuesta de Zander.
—¿Ha contestado? —cotillea Dom.
Espera, ¿Dom? El que faltaba. Elizabeth y yo lo saludamos. Releo el mensaje de Zander.
—Me ha dicho que mejor lo hablemos en persona.
—O a lo mejor hacéis de todo menos hablar…
—Dile que lo ves mañana —me dice Elizabeth—. Por la noche.
—No voy a…
—¡Vera! —me riñen los tres.
—Vale, vale…
Le escribo rápidamente y todos nos quedamos esperando a un nuevo mensaje. Yo intento comerme otra onza de chocolate, hago una mueca de disgusto al darme cuenta de que ya me he acabado la tableta.
—Ya ha contestado —Oigo algunas exclamaciones de expectación—. Ha dicho que no.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Tiene una cita mañana, un favor o algo así para la hermana de Nolan.
Y más gritos por el teléfono, esta vez de decepción.
—¡Qué capullo! —dice Molly apoyada por su prometido.
—Todos son iguales… Tú no, Dom —puntualiza Elizabeth. El susodicho le da las gracias—. Vera, ¿estás bien?
—Claro. —Le digo a Zander que no se preocupe, que buscamos otro hueco. Y que lo pase bien mañana—. ¿Por qué debería importarme?
—Eres incorregible, ¿lo sabías?
—Uh, sigue regalándome los oídos, Liz.
Sí, creo que definitivamente voy a bajar a por la botella de vino.