Más que una película CAPÍTULO 13
48%

CAPÍTULO 13

Vera

R obert me arrastra con demasiada fuerza.

Estoy segura de que la marca de sus dedos se quedará durante un tiempo cuando me suelte, y tendré que intentar que nadie se percate de ella.

Me suelta abruptamente cuando llegamos a una esquina en la que, aunque seguimos siendo visibles, no hay nadie lo suficientemente cerca como para oírnos.

—¿Pasa algo? —pregunto pasándome la mano por la parte de mi antebrazo en la que antes estaban sus dedos.

—Nada importante, espero… Vera, ¿qué le has dicho a Harper?

Frunzo el ceño.

—¿Sobre qué?

—Ya sabes sobre qué… No para de insistirle a Steven sobre volver a ir a un centro y han tenido una bronca esta mañana en la que ha volado por los aires un jarrón de tres mil pavos…

Él sabe perfectamente que todo lo que ha dicho ha sido por influencia tuya y me ha pedido que te dé un aviso.

—Trago saliva. Sé lo que significan esos avisos.

Sé que realmente son amenazas que no puedo permitirme—.

Tu contrato termina relativamente pronto, firmamos por cinco proyectos: el corto y cuatro películas…

Y la de Shay será la cuarta. Y Banks me ha comentado hoy que quizás no deberíamos renovarte…

Quiero que sepas que yo sí quiero hacerlo, pero depende de él…

Y bueno, Vera, tú sabes que somos la mejor productora a la que aspirarás nunca. Así que… —Deja la frase en el aire.

¿Qué pesa más?, ¿lo mejor para mi carrera o la culpa? Quizás que Steven no quiera renovarme sea lo mejor que me puede pasar. Acabar con el contrato y no mirar atrás. Mantenerme callada, buscar otro estudio. Encontrarán a otra chica a la que aterrorizar.

El patrón volverá a repetirse y yo no habré hecho nada para evitarlo.

Quizás pueda seguir haciendo cine hasta que me trague mi propio silencio.

Tengo ganas de vomitar.

—De acuerdo. —Le doy mi palabra. Robert se masajea la sien, parece estresado—. ¿Qué le habéis dicho a la prensa sobre la ausencia de Harper? Para saber qué contestar si me preguntan.

—Joder, todavía no he hecho que los periodistas entren en la fiesta. Estarán esperando mi orden…

—Les diremos que se encuentra indispuesta y ya está. No le des muchas vueltas. —No le estoy dando soluciones o proponiendo excusas por que lo que él haga me importe lo más mínimo, si no porque no quiero que le pase nada malo a Harper.

—Sí, sí. Eso o que ha tenido que viajar por trabajo.

—No, mejor lo de la indisposición. Ya sabes cómo es la prensa, puede seguir el avión privado de su madre o de su padre y se darán cuenta de que Harper no ha dejado la ciudad.

Se extrañarán y empezarán a investigar más.

Mejor una excusa simple. —Él asiente a mis palabras.

Nunca lo suelo notar tan acelerado en estos ambientes.

—Sí, mejor —responde él—. Perdona, Steven no está teniendo su mejor día hoy y voy detrás de él arreglando cada desperfecto.

—Deberías relajarte —le sugiero.

El problema de ser amable con personas como Robert es que esa palabra no existe en su vocabulario.

Saben lo que es la cordialidad. Lo que es poner una pequeña sonrisa.

Pero en el momento en que dices cualquier cosa que pueda tener el más mínimo doble sentido, no solo lo verán como una oportunidad, sino como una puerta completamente abierta para ellos.

—Debería… ¿Me ayudas? —Su tono se ha vuelto mucho más sugerente y meloso.

Tengo ganas de vomitar. Esto no me trae buenos recuerdos.

—Robert, sabes que yo no…

—Venga ya, Vera. ¿Después de todo el tiempo que llevamos trabajando juntos me vas a decir que nunca lo has querido?

Porque yo te he imaginado en muchas posiciones y…

con mucha menos ropa. —Se ha acercado más de lo que debería a mí y se asegura de que no haya nadie husmeando.

Se acerca a mi oído—. Puede ser rápido… —me susurra.

Rápido y en contra de mi voluntad.

—Robert, apártate. Sabes que, si lo hago, será peor para ambos.

—¿No te cansas de reprimirlo? ¿No te acuerdas de la primera vez que estuviste en mi despacho?

—Robert. —Mi voz suena un poco rota.

—Yo pienso en ese momento a menudo… Llevabas una falda negra. Ya no llevas nada corto… ¿Lo haces para que te pida que vengas así a trabajar?

«Lo hago para evitar que vuelvas a ponerme una puta mano encima».

—Voy a empujarte —le advierto.

—Qué aburrida, supongo que tendré que esperar a una situación más… adecuada. —Se separa poco a poco y aprovecha para darme un pellizco en la parte del muslo que tengo al descubierto.

Espero que se marche antes de moverme. Respiro con dificultad durante unos minutos. No sé si por el recuerdo de ese día o por lo que acaba de pasar. O por ambos.

Era la primera vez que visitaba las oficinas de Banks.

Ya había conocido a Robert en el set, supervisaba todo lo que hacía y me había invitado a su despacho porque quería discutir las condiciones del primer contrato con ellos.

Iba muy emocionada, observé el rascacielos con mimo y con la sensación de que estaba cumpliendo un sueño.

Él me estaba esperando con una gran sonrisa, me trataba bien.

Lo veía como a un referente porque había producido algunas de mis películas favoritas.

Me enseñó todo el edificio y después me llevó a su despacho.

Me senté en una de las sillas y él, en vez de sentarse en frente, se sentó al lado.

Comenzó a repasar las cláusulas mientras acariciaba mi muslo.

Hasta que en un momento me metió la mano debajo de la falda.

Yo me aparté asustada. Le reproché lo que estaba haciendo.

Él se disculpó, dijo que había malinterpretado las señales. Firmamos.

Pero las burlas, los comentarios y las sugerencias no cesaron.

Odio tenerlo en el set porque sé que va solo para increparme, no porque tenga que estar ahí.

Odio verlo en el set porque sé que irá a por cualquier chica joven de la que pueda aprovecharse, porque las mujeres de la edad de Robert saben cómo se la gastan los hombres como él.

Y siempre que me quedo a solas con él, la tensión y los nervios tardan mucho más que Robert en marcharse.

—¿Vera? ¿Todo bien?

La voz de Linda me sobresalta. Por suerte no soy de lágrima fácil y, aunque sigo algo revuelta, a simple vista no hay nada que pueda delatarme.

—Sí, sí. Robert, que…

—¿Se ha pasado contigo?

La acusación me sorprende. No porque no haya rumores, sino porque nunca nadie me lo ha preguntado directamente.

—No —respondo con rapidez. Mi cara de sorpresa pasa por una de confusión por la acusación.

Linda niega con la cabeza de un lado a otro.

—A mí no tienes que mentirme, cielo. Conozco a Robert desde la universidad… Sé cómo es.

Abro y cierro los ojos varias veces, sorprendida. Supongo que hay bocas que el dinero no puede comprar.

«Sin embargo, él sigue trabajando. El resto sigue encubriéndolo. Y tú también. Tú eres parte del problema».

—De verdad que no ha pasado nada —insisto.

Ella me mira con lástima, como si mis mentiras fueran demasiado patéticas como para hacerlas mínimamente pasar por verdades.

—Vera… No voy a decir nada.

«¿Cómo puedo estar segura yo de eso?».

—Solo hemos tenido una discusión sobre trabajo. Está impacientándose por el guion de la película con Zander.

Al menos eso sí parece tragárselo.

—Sí, Nolan me ha dicho que no ha sido un camino de rosas…

—Somos muy diferentes. —No sé si lo digo como excusa o como hecho irrefutable.

—Bueno, si me preguntas a mí que soy fan de los dos, creo que haréis un buen trabajo. —Le sonrío por el cumplido, aunque no pueda responder también con un «Yo también lo creo»—. Oh, ya ha empezado a entrar la prensa.

Miro hacia la entrada, Robert está acompañando a un grupo de gente que va vestida de blanco. Son los únicos que van completamente de blanco. Lo hacen a propósito para que cualquier invitado sepa a qué se atiene cuando se acerque alguno.

—Debería buscar a Mckeyla Brown para agradecerle el artículo que escribió sobre Guerras silenciosas —comento.

—Y yo a Lauren Irving, es una antigua amiga y siempre está bien tener de tu parte a la prensa. ¿Crees que habrá venido Tommy Gibson?

Pongo los ojos en blanco ante la mención y ella ríe.

Tommy Gibson es un periodista que hace los artículos más demoledores y devastadores sobre cada personaje público que pueda encontrarse.

Los machaca, se abalanza sobre ellos, solo busca sangre y no le importa cómo conseguirla.

Si no hay escándalo, él lo provocará. ¿Lo peor de todo? A día de hoy nadie conoce su rostro.

El primer artículo que escribió sobre mí me dejó claro que parecía odiarme. Siempre son negativos. Ahora los leo cuando quiero leer algo crudo. Aun así, cada vez tiene más enemigos en la industria, creo que es cuestión de tiempo que alguien de arriba le corte el grifo.

—¿Seguro que estás bien? —vuelve a preguntarme Linda.

Yo asiento. Una última confirmación antes de que se marche. Cuando está a la suficiente distancia, suelto el aire que he estado reteniendo.