CAPÍTULO 12 #2
—O cierras la boca y dejas de babear o mañana vas a ser portada de todos los diarios del corazón —me susurra Nolan, provocando que yo bufe y le insulte entre dientes.
En ese momento Vera corta la llamada y nos ve a los dos.
Baja con cuidado las escaleras y un fotógrafo aprovecha para hacerle algunas fotos.
No le sonríe a la cámara, ni siquiera se gira hacia ella.
Nolan se acerca cuando está en los últimos escalones y le tiende el brazo para ayudarla a bajar.
La conozco lo suficiente como para saber que solo lo toma para no dejar en mal lugar a mi amigo.
—No pensé que te vería con chaqué y pajarita, Zander —admite y me mira de arriba abajo.
—Tengo que confesar que yo tampoco —coincide Nolan.
—Lo que me faltaba es que hicierais equipo para meteros conmigo… —De cerca puedo ver que a Vera le han hecho un ahumado en los párpados que resalta sus ojos—. Te queda muy bien el negro y el rojo.
—Puedes decirle simplemente que está guapísima, Zander —aporta Nolan.
¿Dónde está Linda y por qué no se lo lleva ya?
—Gracias a los dos —responde Vera.
—¿Sabes dónde está Harper? —le pregunta Nolan—. Debería ir a saludarla.
—No ha podido venir, estaba hablando con ella por teléfono… Creo que es mejor que no aparezca esta noche.
Ambos la entendemos sin necesidad de que diga algo más. Sigo pensando que no va a salir bien. Dudo mucho que vaya a estar mágicamente sobria para el rodaje.
—¡Nolan! —Linda se acerca—. Ya pensaba que te había perdido. —Nos sonríe a los tres y se gira hacia Vera para presentarse.
—Linda Watts —le dice Vera.
Es verdad, había olvidado el afán de Vera de investigar a todo el mundo. Seguramente lo hiciera con Nolan. Quizás tenga una ficha policial de cada uno de nosotros.
Dos hombres revisan que estemos en la lista de invitados.
Atravesamos un arco floral y entramos a lo que Vera llama «el jardín principal».
Es una explanada enorme que, tal y como está decorada, parece estar acogiendo una boda, no un cumpleaños.
Hay mesas redondas enormes al fondo y, en esta primera zona, camareros con bandejas llenas de copas de champán y canapés.
Por supuesto todos trajeados. Pasamos por un camino de piedra hasta llegar a la zona de hierba, no sé cómo Scheidegger puede caminar por la tierra con esos tacones.
La decoración es sutil, pero está en todas partes.
Hay arreglos florales de tonos apagados cada metro y medio, y las estatuas se ven rodeadas de luces que todavía no se han encendido.
Observo a todas las personas que se distribuyen por el jardín en diferentes grupos, me esfuerzo por distinguir sus caras, ubicando a cada persona. Me parece distinguir al director que Vera y yo fuimos a visitar; pero en cuanto nos ve mira hacia otro lado. No le culpo.
—Fui al estreno de Guerras silenciosas con Nolan y no tuvimos la oportunidad de hablar contigo, pero fue sencillamente increíble —le comenta Linda.
Recuerdo esa noche. Nolan me llamó a las dos de la mañana porque decía que no se sacaba la película de la cabeza.
Tuve que ponerlo en altavoz y me quedé dormido mientras él seguía hablando.
Empiezan a hablar de la última película de Vera.
Nolan sigue absolutamente fascinado con que el narrador de la película sea un personaje secundario; por su insistencia Vera le habla un poco de cómo se le ocurrió la idea.
Yo la observo a ella, completamente ensimismado con sus palabras.
Linda aprovecha para darme un codazo y burlarse de mí.
Cuando vuelvo a prestar atención a la conversación, están hablando de la primera película de Vera, El último baile .
Linda le comenta que verla le ayudó a lidiar con la muerte de su padre.
Aún no se lo he dicho, pero la vi hace unos días. Y lloré durante una hora.
Un hombre que no conozco llama a Linda y Nolan se marcha con ella. Vera los observa marcharse, creo que su cabeza todavía sigue en la conversación.
—Quién le iba a decir a la Vera de los dieciséis que ibas a cambiar la vida de personas con lo que creas. —Ella me mira con una sonrisa.
—Bueno, esa Vera también creía que la fiesta más grande en la que iba a estar era la de mi graduación. Y aquí estamos.
—¿Sus fiestas de cumpleaños siempre son así?
—Sí, la parte más divertida es que probablemente no lo veas en toda la noche, aunque sea el cumpleañero.
—¿En serio?
—Los directores de cine son un poco excéntricos. Quizás si te dedicaras a eso lo entenderías… —Capulla.
—¿Sí? ¿Y a qué me dedico entonces?
—A incordiar a otros directores.
—Oh, no. Solo a ti.
Ella pone los ojos en blanco.
—También te dedicas a aparecer en el set de NALS en calzoncillos…
—¡Eso fue un accidente! ¿Quién te ha contado eso? —contesto ofendido mientras Vera no para de reírse—. Voy a matar a Nolan en cuanto lo vea.
—Me cae mejor que tú, lo admito —me pica—. Y habla muy bien de mis películas. O al menos parecía muy interesado.
—Nolan se agobia mucho por el trabajo y por el dinero, pero ama actuar. Ama el cine y no conoce otro mundo. Esto siempre ha sido su vida.
—¿Hay algo que tú eches de menos de quien eras antes de Hollywood?
—Bueno, yo aspiraba a ir a una fiesta más grande que la de mi graduación…
—Vera me golpea el hombro cuando ve que me estoy metiendo con ella—, pero creo que echo de menos las cosas más cotidianas.
Jugar a videojuegos en el sótano de mi vecino, ver partidos de baloncesto con mi padre, ir con mi madre al supermercado y disculparme con todo el mundo en la cola porque ella nunca encuentra los cupones… ¿Y tú? ¿Qué echas de menos?
Se toma unos segundos para contestar, lo que me indica que me dará una respuesta mucho más profunda que la mía.
—Es raro porque… Lo único que echo de menos de mí es la versión que nunca existió, pero que sí lo habría hecho en otras circunstancias.
—Quizás todavía puedas ser esa versión.
—Eres un soñador, Zander.
Ambos cogemos una copa de vino blanco de la bandeja de un camarero que pasa cerca de nosotros.
—Y tú te mereces más que tener que ir a programas en los que te hacen preguntas estúpidas y estar con productores que…
Que te ven como si fueras un trozo de carne. O un robot. O ambas cosas.
Habría seguido hablando si no fuera por la dichosa interrupción.
—¡Aquí estáis! ¡Mi nueva mina de oro! —Robert lleva un traje marrón con una pajarita en el mismo tono. Se acerca a nosotros y nos mueve los hombros a ambos, entusiasmado—. Voy a robarte a Vera unos segundos, ¿vale?