CAPÍTULO 12
Zander
A hora que sé cómo pronunciar su apellido no voy a soltarlo. Ambos nos miramos fijamente, quizás por demasiado tiempo. Parece que tenemos la misma pregunta en mente, pero ella se me adelanta.
—¿En qué piensas?
—En que estoy tan ocupado contigo que no tengo tiempo ni para ir a una cita… —Pongo un tono trágico solo para vislumbrar su sonrisa.
Ambos sabemos que no estaba pensando en eso. Pero ella no me presiona. Y yo no le sonsaco nada.
—Si quisieras ir a una cita, sacarías tiempo para ir a una.
«Pero prefiero pasar mi tiempo contigo».
—Supongo que tienes razón.
Ella tiene que marcharse para escribir con tranquilidad y yo debería aprovechar para hacer exactamente lo mismo. Sin embargo, cuando ya ha recogido sus cosas me mira desde el umbral de la puerta. Como si todavía tuviésemos una conversación pendiente.
Creo que tenemos más que eso, de hecho.
—¿Qué pasa? —pregunto al ver que no dice nada.
—¿Quién te enseñó a jugar al billar?
No pensaba que fuera a fijarse en eso.
—Es una larga historia… —confieso. El corazón no se me encoge, ni me pone nervioso hablar de ello.
Es raro sentirse por primera vez así.
—Debería gustarte mucho jugar para tener una mesa así.
—Fue de las pocas cosas que no quería dejar atrás en Chicago.
Ella asiente.
—La próxima vez no me lo pongas tan fácil —bromea con una sonrisa casi felina.
—No sé de qué me estás hablando.
—Eres zurdo, Shay. Has jugado con la mano derecha.
Tenía que haber supuesto que sería lo suficientemente observadora como para darse cuenta de eso.
—No viene mal un reto de vez en cuando, ¿no?
Vera me regala esa cara de exasperación a la que prácticamente ya me he acostumbrado.
—Por favor, Shay, me hubieras dado lo que quería aunque hubiera metido más o menos bolas que tú.
No la contradigo porque no quiero mentirle mientras la miro a los ojos.
—Si te habías dado cuenta… ¿por qué no has dicho nada hasta ahora?
—Porque quería ver hasta dónde podía llegar.
«Cuéntame entonces, Vera. ¿Hasta dónde puedes llegar?».
Nunca me han quedado bien las pajaritas.
Dejemos varias cosas claras: primera de todas, no me gusta llevar traje, no es cómodo llevar una camisa que te enclaustra todo el día, y si a eso le sumas llevar un puñetero lazo en el cuello…
A ver, que yo defiendo ciertos fetiches y puedo entender que dé morbo lo de ahogarse, pero no con una pajarita.
Segunda, solo he aceptado ir al cumpleaños de Steven Banks por el compromiso con Robert. Y supongo que me servirá para conocer un entorno nuevo. Tengo la sensación de que Scheidegger y yo conocemos caras distintas de Hollywood.
Tercera, resulta que a esa fiesta va Erin Dawn, quien fue protagonista de una de mis películas y una de las actrices principales de NALS , la que, al irse, me rompió el guion de las siguientes.
Y dado que sigo sin saber qué rumbo tomar en la última temporada, no descarto rogarle de rodillas después de dos copas que vuelva.
Cuarta, no he visto a Vera desde el día del billar.
—¿De verdad no te importa tener esa cita? —La voz de Nolan me saca del trance.
—En otra época me hubieras dado el número de la chica a los veinte minutos, ¿estás perdiendo facultades? ¿Has olvidado tus funciones como mejor amigo? —me burlo de él.
—Más bien, no creo que estés muy centrado en citas. Y estás ignorando deliberadamente que la tía que quiere presentarte mi hermana se parece bastante a Vera.
Yo pongo los ojos en blanco. Está un poquito pesado con ese tema.
Volvemos a estar en su casa, esta vez en su habitación, que resulta ser más grande que mi piso.
Nolan y yo llevamos trajes bastante parecidos: el suyo es de un azul claro que resalta sus ojos y el mío es negro.
Su camisa es de color crema y la mía de un blanco tan puro que me da miedo mancharla solo con mirarla.
Lo único que tengo claro es que me voy a quitar la pajarita en cuanto pueda.
—Tampoco te queda mal —me dice al verme forcejeando con ella.
—Claro, es que este es tu uniforme de los sábados, ¿no? Por eso estás tan acostumbrado… —Un cojín me golpea la cara mientras Nolan se peina frente al espejo. No se me escapa su mirada esquiva—. ¿Todo bien?
—Sí, sí, es solo que Beck ha conocido a una tía, lleva unos pocos meses y quiere pedirle matrimonio… Ya sabes cómo es.
De hecho, sí, conozco de sobra al gemelo de Nolan.
Antes de que pueda ahondar en el tema, Linda entra en la habitación como si fuese un huracán.
Lleva un vestido verde botella de tirantes tan largo que parece estar a punto de pisarlo mientras anda.
Tanto Nolan como yo silbamos al verla, y ella, por nuestra actitud, da varias vueltas sobre sí misma y un minipaseo de modelo para enseñarnos sus tacones dorados y las joyas que se ha puesto de la misma tonalidad.
—Sois unos zalameros… Bien, no creo que haga falta que te lo diga a ti —dice dirigiéndose a Nolan, pero entonces se gira hacia mí—: pero no me fío de ti, así que escúchame. —Esta vez es Nolan quien empieza a reírse de mí mientras sigue retocándose el pelo.
—Dime, Linda.
—Hoy vamos a estar con la élite de Hollywood. Yo estaré centrada en conocer a algunos productores y estrechar lazos para la carrera de Nolan; por favor, Zander, no la líes.
—¿Por qué piensas que haría tal cosa? —Linda me lanza una mirada acusatoria. Y Nolan se gira solo para copiar el gesto de su mánager—. ¡Lo de la tarta en la fiesta de aniversario de NALS fue un accidente! —me quejo.
—Zander, si alguien te pregunta por una película que no has visto, dices que no has tenido tiempo. —Empieza a darme indicaciones—. Y con cualquier otro proyecto, igual. Supongo que tampoco podrás contar nada de lo que estás haciendo con Vera porque no habéis anunciado la sinopsis públicamente…
—No meteré la pata —prometo.
—¡Oh! Se me olvidaba —típico de Linda, saltar de un tema a otro de la nada—: si alguien habla mal de Steven Banks o de Robert o de cualquier otro productor, vosotros no sabéis nada…
Hay veces que Banks es tan paranoico que paga a gente de su propia empresa para que hable mal de él y vean cómo reacciona el resto.
Joder. Menudo pirado.
—Zander, escúchame. —Vuelve a llamarme la atención—.
Sé amable con todos, pero no des mucha información.
Si la conversación te aburre, pide otra copa y no dejes a nadie nunca a medias.
Siempre recto, no querrás salir encorvado en ninguna foto.
Los canapés suelen estar asquerosos, pero no hagas ninguna mueca al comerte uno.
No me he enterado de la mitad, pero asiento como si hubiera memorizado cada detalle. Espero no empezar la tercera guerra mundial.
—Ah, y estamos en terreno de Steven Banks. Soy la primera que no lo soporta a él ni a ninguno de sus amiguitos…, pero lo último que queremos es tenerlo en nuestra contra.
Inevitablemente recuerdo la única conversación que he tenido con Vera al respecto. No me quiero imaginar todo lo que tiene que aguantar y aún no ha contado a nadie.
—¿Has estado investigando a fondo a la productora? —le pregunta Nolan—. Sé que me dijiste que ibas a mantenerte al margen todo lo posible, pero te conozco.
Linda no es capaz de dejar un tema estar. Ni aunque quiera.
—Bueno, he tenido que pedir algún que otro favor…
Varios ejecutivos de la productora y el estudio tienen múltiples demandas de acoso.
Curiosamente, ninguna llega a juicio, ni siquiera a la prensa…
No sabéis la cantidad de becarias que han salido despavoridas de esos despachos.
Desde luego hay que tener mucho estómago, supongo que Scheidegger lo tiene.
Nolan y yo compartimos una mirada, está claro que hay más que rumores en este asunto.
Linda empieza a meternos prisa para no llegar tarde y, cuando me doy cuenta, estoy en una limusina, escuchando a Nolan hablar con su madre mientras Linda la imita.
Yo intento no reírme. Le pregunto a Vera que si ya ha llegado o está de camino.
Pensaba que no me contestaría, pero me ha dicho que acaba de llegar y que está en la puerta principal, pendiente de que el aparcacoches no estropee su Bentley. Le sonrío a la pantalla.
La mansión de Steven Banks (o al menos esta) es exactamente como me la imaginaba.
Recuerdo que leí en algún artículo hace ya unos años que estaba basada en Xanadú, el palacio en el que residió hasta su muerte Charles Foster Kane, protagonista de Ciudadano Kane .
Seguro que es una de las películas favoritas de Vera.
Es tan grande e imponente como un templo griego, de hecho, tiene columnas corintias a la entrada y una enorme escalera de mármol que se funde a la perfección con algunos ventanales modernos.
Por lo que tengo entendido no entraremos dentro de la casa, toda la celebración será en los kilométricos jardines llenos de arbustos perfectamente cortados, estatuas mitológicas y fuentes que parecen piscinas.
Nolan y yo nos bajamos de la limusina, con Linda delante. Hay unos cuantos fotógrafos a la entrada y, aunque no es un photocall, nos paramos un momento. Por suerte, no hay ningún periodista, así que no tenemos que hablar con nadie.
—Mira —me dice Nolan—. A la derecha, junto a la columna.
Y ahí está Vera.
Por supuesto iba a venir vestida de negro, pero esta vez no lleva uno de sus característicos trajes, sino un vestido de satén largo con escote de barco y una abertura que le llega hasta el muslo.
Está hablando por teléfono, por lo que no se percata de mi mirada.
Lleva el pelo recogido en un moño un poco tirante.
Y aunque no distingo bien su maquillaje desde aquí abajo, sigue llevando su marca personal: unos labios rojos que esta vez combinan con sus zapatos.
Se da la vuelta mientras sigue hablando, mostrando el gran escote que deja al aire la mayor parte de su espalda.
Está guapísima.