Más que una película CAPÍTULO 11 #2
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CAPÍTULO 11 #2

Lo peor es que tiene razón. Lo imito con voz chillona por lo bajo e ignoro cómo se ríe mientras intento meter otra bola.

Aunque la dejo muy cerca, no consigo mi objetivo.

Suelto algún que otro improperio. Él tiene más suerte que yo y mete otra.

Esta vez parece tomarse más tiempo para decidir la escena, tiene la mirada fija en la pizarra.

—La última discusión que tiene que aparecer en pantalla es la primera que tienen. Necesitamos mostrar al público que…

—Qué pasa cuando dejas las cosas pasar, cuando dejas pasar los problemas sin afrontarlos nunca.

Zander asiente. Por lo menos en eso sí estamos de acuerdo.

Vuelve a ser mi turno y esta vez no tengo problema en meter la bola que había dejado a tiro antes.

—Quiero mantener todos los paralelismos.

No pongas esa cara. Sé que no son fáciles de grabar, pero quiero que la ruptura los lleve a los mismos sitios, solo que en diferentes momentos.

Así que no se encuentran el uno con el otro, sino con sus versiones pasadas y los recuerdos que han formado allí.

—Me acerco a la pizarra y señalo dichas escenas.

Acepta mi propuesta mientras vuelve a colocar el palo en posición. Esta vez es él quien no es capaz de meter la bola. A mí no me cuesta hacerlo.

—Solo una escena familiar.

—Vera… —empieza a protestar.

Me lo replanteo durante unos segundos y, mientras rodeo mi elección, matizo mi propuesta:

—La misma escena familiar, pero desde los dos puntos de vista.

Parece entender lo que le pido.

—¿Acción de Gracias?

Yo asiento.

Continuamos con la dinámica, escena a escena, hasta que solo queda la bola negra. La posición es complicada, pero consigue hacerla rebotar en una de las paredes y cae con gracia en el agujero correspondiente.

—Cuéntame, ¿cuál es tu última petición? —le pregunto directamente.

—Una escena a la que tú no le ves mucho sentido. —Frunzo el ceño al escucharle—. Quiero una escena en la que, antes de empezar a salir, la tensión entre ellos sea palpable.

—No. No es necesaria y sabes que hay otras escenas que aportan más. Ya has elegido la escena del primer beso. Esto ya es pasarse.

Se coloca a mi lado, mientras recupera las bolas de las troneras. Coge con lentitud el palo que todavía descansaba entre mis dedos. Me roza la piel y pasa detrás de mí para empezar a colocarlas. ¿Qué está haciendo?

—No solo tenemos que demostrarle al público que se quisieron, sino que ese amor que encontraron era uno de esos que no se va a repetir dos veces… Necesitamos que la química salga de la pantalla.

Me mira mientras devuelve todo a su sitio.

—De la química ya se encargarán Harper y Nolan…

—Sí, pero… la tensión tenemos que crearla nosotros, ¿no?

Vuelve a pasar por detrás de mí, esta vez rozando con una mano la parte baja de mi espalda.

Yo no puedo evitar estremecerme de arriba abajo.

—¿Y por qué antes de que empiecen a salir?

—¿Nunca has mirado a alguien o compartido espacio con esa persona y has pensado: «Puedo perder el control de esto muy rápido, pero eso no me hace quererlo menos, quizás incluso me hace quererlo más»?

Sí. Claro que sí. Trago saliva solo de planteármelo.

—No suelo ceder a esos impulsos…

—Es que ahí está la clave, Vera. Tenemos que mostrar que no es un impulso o un capricho. Tenemos que demostrar que es algo…

—Inevitable. Algo que por mucho que intentes ignorar, va a pasar de todas formas, ¿no?

Él coloca la sábana sobre el billar y me sonríe. Otro tipo de sonrisa que no había visto antes y que dispara mi nerviosismo. ¿Qué cojones me pasa? Cuando deslizo la mirada a sus labios casi estoy segura de que me estoy volviendo loca.

—Sí. Esa es la palabra. Inevitable. Puedes llamarlo impulso, pero… no puedes estar toda la vida conteniéndote, ¿verdad?

—¿Crees que puede llegar a consumirte?

Me dedica una sonrisa ladeada.

—Creo que desear algo que puedes tener y al mismo tiempo huir de ello es una forma de tortura.

—A algunos nos preocupan las consecuencias de nuestros actos.

Se encoge de hombros.

—Siempre he pensado que es mejor pedir perdón que permiso.

—Oh, vaya, todo un fuera de serie.

—Venga, ¿de adolescente no hiciste algo que deseabas tanto que ni siquiera pensaste cómo podría acabar?

Yo lo sopeso.

Hemos instaurado una extraña rutina en la que, cada vez que estamos en su piso, acabamos sentados en la mesa del comedor, mirando la ventana mientras charlamos. Aunque es estúpido nos movemos hasta allí como si ese sitio se hubiera convertido en nuestro.

—Supongo que lo más parecido que hice fue venir a Hollywood. Lo deseaba tanto que no lo pensé. No pensé en qué podía salir mal.

—Confiabas mucho en tus habilidades… —me pica y yo pongo los ojos en blanco.

—No. Finjo mi confianza casi todo el tiempo.

—¿En serio?

Asiento mientras miro a través de la ventana.

—Sí, descubrí en mi primer año aquí que nadie confiará en lo que haces a no ser que tú lo hagas primero.

Y nunca se me ha dado muy bien eso Solo he sido capaz de dibujar límites y construir muros lo bastante altos como para que nadie se atreviera a subir.

Nunca ha sido confianza en mí misma, sino distancia del resto.

—Has engañado a Hollywood con aislamiento y superioridad moral.

—¡Yo no me creo moralmente superior!

Él me mira incrédulo.

—Me habrás puesto verde con cualquier persona que se te haya cruzado.

—Bueno, es cierto que el perro de mi vecina sabe perfectamente que con lo de las citas rápidas casi te mato.

Zander suelta una risa.

—¿Y Elizabeth y Molly también?

«Elizabeth y Molly piensan que la cita la tendríamos que haber tenido tú y yo solos». Es raro pensar que conoce detalles de mi vida como esos. Como los nombres de mis mejores amigas, a pesar de solo haberlas mencionado una vez. Los recuerda. Él continúa hablando:

—Te recuerdo que, gracias a que no nos rendimos, encontraste la idea perfecta para la película.

Yo acabo sonriendo.

—Quizás la idea se me ocurrió a mí, pero fue gracias a todos los rincones de Los Ángeles que hemos recorrido juntos. —Compartimos una mirada cómplice.

—¿Quién te iba a decir que ibas a acabar queriendo escribir una historia conmigo? —bromea.

—Bueno, también tengo derecho a cambiar de opinión, ¿no?

—Sí, se llama madurar, Vera.

—Nunca me has llamado por mi apellido. —Es algo que no me llamó la atención al principio, pero nunca se ha dirigido a mí de esa forma—. Ni siquiera el día que nos conocimos, ¿siempre tratas a todos con esas confianzas?

—Más bien es que no sé pronunciarlo. —Suelto una carcajada.

Él me mira como si fuera la primera vez que escucha un sonido así.

—¡No te rías! Es en serio… —me advierte.

—¡Llevamos casi dos meses con esto y no me has dicho nada!

—¡Porque te ibas a reír de mí! —Parece un crío adorable.

—Es Shei-de-guer —pronuncio despacio—. Shei. De. Guer.

—Sheideguer —lo dice del tirón. Nadie podría borrar la sonrisa de triunfo que ahora hay en sus labios.

—¿Este era el deseo que no te veías capaz de cumplir? —Vuel­vo a picarle.

—No. No creo que haya un solo deseo que no pueda cumplir si te incluye, Scheidegger.