CAPÍTULO 11
Vera
- ¿ P refieres el azul o el verde?
Levanto la cabeza de mi teléfono para observar a Harper.
—Creo que el rosa te favorece más que cualquiera de esos dos.
Ella duda, pero se acerca a la chica que nos está atendiendo para pedirle ese color.
Nunca la acompaño a comprarse nada de ropa.
No es una situación que disfrute especialmente, aunque admito que las cinco copas de champán que me han dado entre una tienda y otra están haciendo el proceso mucho más ameno.
En general, tampoco suelo venir a Rodeo Drive a comprar nada, prefiero gastar mi dinero desde la comodidad de mi sofá.
Estamos en un probador enorme que tiene una pequeña plataforma en la que Harper se ha subido para verse reflejada en los espejos que cubren toda la habitación.
Yo estoy sentada en un enorme sofá de terciopelo rojo, delante de ella.
En cuanto hemos llegado, las dependientas han corrido para atender a Harper.
Es cliente fiel y, literalmente en frente, hay un escaparate con su cara para una campaña que hizo hace unos meses. En mí, ni siquiera han reparado.
—¿Te pasa algo? Te noto distraída.
Por inercia busco sus ojos al escuchar eso.
—Solo trabajo.
Tengo la voz clavada de Zander en la sien, como vuelva a decirme algo sobre la magia del primer beso voy a potar.
Lo único que hago con él es discutir sobre nuestras diferencias respecto al peso de las escenas: la primera cena familiar, la vuelta de Amelia a casa, la primera reconciliación…
Tenemos tantas ideas que debemos decidir con cuáles quedarnos, establecer un orden de prioridades, y está claro que no compartimos la misma visión.
Supongo que por eso miro el teléfono, para ver si tengo aunque sea algún mensaje suyo sin leer.
Intento centrarme en Harper, que casi se tropieza con su propio pie mientras se quita la ropa.
Quedamos a las diez de la mañana y, al saludarla, ya olía a alcohol.
Tampoco puedo ignorar que no se separa de su petaca.
Es la primera vez desde que la conozco que no es capaz de disimular lo mucho que está bebiendo.
O, peor, no es capaz de disimular que quiere seguir bebiendo más; aprovecha cada vez que una dependienta le da la espalda para dar un trago.
La chica vuelve a entrar para dejar el vestido y desaparece a la misma velocidad.
Harper intenta ponérselo mientras maldice a todo su árbol genealógico por no ser capaz de subirse la cremallera.
Me levanto y la ayudo, tocando solo la tela y no a ella.
No quería venir y, sin embargo, no he sido capaz de decirle que no.
El vestido le queda genial, pero no puedo seguir haciéndome la tonta.
—¿Desde qué hora llevas bebiendo?
—¿Qué más da?
Esta es la versión de ella con la que más difícil es discutir. Suele negar el problema hasta que no le doy más opción que aceptarlo. Aunque me da la espalda, veo su cara reflejada en uno de los espejos.
—A mí me importa.
—Solo estoy bebiendo un poco más de lo normal. Lo del otro día fue un accidente. Y no te preocupes, mi padre se encargará de que no salga a la luz. No arruinaré tu reputación.
—¿Crees que eso es lo que me preocupa? Harper, eres mi amiga.
—Yo… No sé… No puedo dormir, así que me levanto y bebo. Tampoco es para tanto.
Me subo a la plataforma con ella para que me mire.
—Harper, empieza a ser para tanto en el momento en que no puedes salir de casa sin alcohol.
Es un problema en el momento en que es la única salida que ves cuando te encuentras mal…
Incluso si crees que puedes manejarlo… No es normal que mires una botella de alcohol y pienses «Es mi única forma de sentirme bien».
—Ni siquiera pienso eso. Me sale en automático… Hay veces que ni siquiera me acuerdo de por qué tengo un vaso de whisky en la mano. —Evita mi mirada a toda costa.
Finge que está bien, pero su voz empieza a quebrarse y sé que está intentando no romper a llorar.
—No pasa nada. No te juzgo. —A pesar de que ella es más alta que yo, encuentro la forma de acurrucarla en mi pecho—. Ninguna de tus malas decisiones mide tu valor como persona para mí. Si pudiese hacer que dejases de recurrir al alcohol para sentirte bien lo haría… Pero no puedo hacer eso por ti.
—Le diré a Vincent que tire todas las botellas. Empezaré de cero otra vez —promete—. En el rodaje nadie lo notará.
He perdido la cuenta de las veces que he escuchado algo parecido. Sé que lo último siempre lo ha cumplido, pero esta vez se siente distinto.
—Y podrías ir a una nueva clínica.
—Mi padre odia esos lugares, ya lo sabes.
Ella se sienta en la plataforma, dándome la espalda.
—Sé que no es excusa, pero últimamente he tenido varias peleas con mis padres, y con el mundo en general…
Las redes sociales son terribles… En Nueva York me pasé muchísimo.
Apenas recuerdo lo que pasó. Confundo unos días con otros y tengo espacios en blanco…
Siempre me digo que va a ser solo una copa, que necesito desinhibirme un poco, que me ayudará a relajarme…
Pero una copa ya no me hace nada, así que son dos, o tres…
Y de repente me he terminado cuatro botellas y Vincent me está metiendo en un coche.
»Sé que nunca te ha gustado que beba tanto y que hemos discutido alguna vez por ello, pero nunca te he gritado o insultado… Últimamente, cuando Vincent me pilla bebiendo, le grito algo horrible o lo alejo de la peor forma posible… Y yo no soy así.
—Harper…
—¿Qué me está pasando, Vera?
—Has empeorado, pero eso no significa que no puedas mejorar. Tienes que intentarlo. Podemos buscar alguna terapia individual o intentar otro proceso de desintoxicación.
Ella asiente. Se seca las lágrimas y vuelve a levantarse.
—Creo que eres la única amiga que me quiere.
De nuevo, no sé qué contestar.
Por suerte o por desgracia, en ese momento entra la dependienta.
—¿Ya han decidido qué van a llevarse?
Harper ha crecido teniendo que mentir a todo el mundo, así que enmascara con rapidez sus emociones.
—¡Sí! —le responde con una enorme sonrisa. Su voz suena fresca, firme. Nadie adivinaría que hace menos de dos minutos estaba llorando—. Creo que me llevo este. Estoy deseando estrenarlo en la fiesta de cumpleaños de mi padre, ¿puede quitármelo, por favor?
Yo decido salir del probador y de la tienda. Prefiero esperarla afuera. Cuando estoy en la calle, el sol de Los Ángeles parece saludarme entre las nubes. Sigue haciendo muy buena temperatura, aunque ya sea otoño. Vuelvo a revisar mi teléfono. Esta vez sí tengo un mensaje que contestar.
«Ya sé cómo resolver nuestras diferencias, Vera».
—¿Quieres que discutamos la prioridad de las escenas con una partida de billar?
Me hago la sorprendida, pero probablemente esto haya sido lo más normal que me ha propuesto desde que lo conocí.
La mayor parte de la habitación que usa como trastero está ocupada por una gran mesa de billar.
Es preciosa, de madera ocre y un paño verde oscuro.
Zander la tenía recubierta por una sábana para que no cogiera polvo, por lo que supongo que no la suele utilizar demasiado.
El resto de la estancia está llena de cajas, como si nunca se hubiera terminado de instalar en el piso.
—¿Has jugado antes al billar?
—Sí, pero ¿cómo va a ayudarnos esto?
—Por cada bola que meta cada uno, elige una escena que tiene que quedarse sí o sí y dónde meterla.
Me giro hacia la pizarra que estamos utilizando.
Están todas las escenas ahí y, aunque sabemos qué queremos mostrarle al público y qué emociones reflejar en cada parte de la película, hay demasiadas, algunas pueden resultar repetitivas y otras, aunque encajan, no sabemos cómo hacer que fluyan entre sí.
Tenemos que elegir lo que es esencial para la historia y lo que es prescindible.
—Vale, ¿quién empieza?
Zander me lanza una moneda. Yo elijo cruz, él cara, y el azar decide que saque yo.
Cojo el taco de billar, probando varias veces hasta que me siento cómoda con él y buscando cuál es la mejor forma de golpear. Cuando doy el primer toque, las bolas se distribuyen por la mesa.
Me quedo con las bolas lisas y Zander con las rayadas. Golpeo la cinco y entra en una de las troneras. Mi codirector está apoyando todo su peso en el taco de billar mirándome inquisitivo. Tiene cierto aire juguetón que no le había visto antes.
—El inicio de la película tiene que ser una escena muy cotidiana. Quiero a Amelia quedando con sus amigas y soltando la bomba de que han roto.
Zander se dirige a la pizarra y rodea la escena para señalar que se queda.
—¿Y para los créditos iniciales?
—El personaje de Nolan, recogiendo sus cosas de la casa, en silencio… Que el público se pregunte desde que aparecen los nombres por qué se está marchando.
Zander asiente. Observa la mesa con cuidado, yo he tirado en absoluto silencio, pero para él parece imposible:
—No parece que seas principiante, ¿tienes un billar también en tu casa? ¿Una habitación parecida a esta?
—No tengo un billar, pero sí un sótano.
—¿Guardas ahí bajo llave todas las ideas que son demasiado malvadas como para ponerlas en películas aún?
—En realidad son justo esas las que escribo. En mi sótano mantengo a todas las exparejas que me han dado problemas.
Él suelta una risita y tira. Mete la bolsa número once sin apenas esfuerzo.
—La escena del primer beso se queda.
Suspiro. Ni de coña.
—No, me niego.
—¡Es mi turno!
Corre a señalar la escena en la pizarra.
—¡Es una escena irrelevante! Tienes muchas otras escenas románticas que funcionarían mejor en pantalla.
—Me da igual. Quiero que los vean torpes y quiero que se acuerden de su primera vez.
—¿Por qué narices estoy jugándome una de las partes más importantes de hacer una película al billar? —Intento no dar mi brazo a torcer.
—Porque confías en mi visión de la historia, tanto como en la tuya. Y no tienes ni idea de romance, así que el primer beso se queda.