CAPÍTULO 9 #2
Unos diez minutos después estamos subiéndonos a una cabina de un color amarillo chillón.
Nos colocan el cinturón y, aunque todavía no nos hemos movido, Zander se agarra al palo central del cubículo, que imita ser el soporte de una sombrilla.
Delante de nosotros nos encontramos con una pareja que parece en pleno proceso de reconciliación de una pelea.
—¿Esto sube muy rápido? —me pregunta Zander estirando un poco el cuello de su camiseta.
—Eh, no lo sé —admito.
—¿Y cuántos metros de altura son?
—Creo que veintiséis.
—¡¿Veintiséis?! —me sobresalto ante su exclamación.
—¿Todo bien? —me preocupo. Él asiente con vigor y le resta importancia con la mano.
Me alegro de que lo haga porque la noria ha empezado a moverse para seguir montando a gente, así que no creo que haya vuelta atrás.
—Bueno, tendremos unas bonitas vistas de Los Ángeles… —comento.
Al menos eso espero, porque la pareja de delante ha empezado a liarse y, la verdad, preferiría ver otra cosa.
—Sí, sí. Eso seguro. —No lo veo muy convencido. Más que nada porque ha cerrado los ojos con fuerza y dudo que vaya a querer abrirlos.
Mientras él aún se sujeta al palo vamos subiendo poco a poco.
Fijo mi vista en la costa de la ciudad de Los Ángeles, desde aquí se puede ver entera: los pisos casi a primera línea de playa, personas diminutas paseando por el muelle, veo también cómo algunos comercios empiezan a cerrar y otros encienden las luces neón de la fachada.
Cuando me giro para observar el océano, me encuentro con el mejor atardecer que haya visto nunca.
Los rosas y morados de un pronto anochecer se funden con el sol en el horizonte que aún no se quiere despedir.
Las olas acarician la arena y los bañistas se funden con su espuma.
Cuando noto cómo Zander empieza a hiperventilar, me olvido de las vistas.
—Lo siento, no sabía que…
—No me gustan las alturas. Siempre que vuelo a Chicago, duermo todo el viaje… No te preocupes, soy yo el que pensaba que lo tendría más controlado, esto no es nada… —Su cara cambia radicalmente cuando se da cuenta de que estamos en el punto más alto de la noria—. Joder. Joder. Joder…
—Mírame —le ordeno—. Mírame solo a mí.
Él parece obedecerme y se queda embobado viéndome los ojos.
—¿Cuánto duraba esto?
—Unos quince minutos. Ahora empezaremos a descender y ya está.
O no. Porque la noria decide pararse mágicamente.
Creo que, al principio, Zander y yo esperamos que haya sido una parada para observar la panorámica y ya está.
Sin embargo, después de unos minutos, la noria no se mueve.
Nada. Yo también comienzo a ponerme nerviosa cuando empiezo a escuchar a la pareja del otro cubículo discutir otra vez.
—¿Esto es normal? —me pregunta Zander, que aún no ha apartado su mirada de mis ojos.
—Eh… Sí… —miento—. Seguro que sí.
—¿Estáis todos bien? —Al escuchar una voz que viene desde abajo, me separo un poco de Zander, para asomarme.
Es un hombre que lleva el uniforme del parque y un megáfono en la mano. Mierda.
—¡Hemos tenido un problema con la noria! ¡Que no cunda el pánico! ¡Están viniendo a solucionarlo! ¡Por favor, que nadie se haga pis encima!
—¿¡Qué!? —exclama Zander.
Vuelvo a dedicarle toda mi atención.
—No pasa nada. No pasa nada. Van a sacarnos de aquí cuanto antes y ya está, Zander.
—¡Estamos en la parte más alta de la noria! —Yo titubeo antes de contestar.
—Lo sé, lo sé. Pero pasará rápido. Tú solo mírame a mí.
—Vera, amor mío, mirarte a los ojos me pone incluso un poco más nervioso. —No es el momento ideal. Pero no puedo evitar sonrojarme al escuchar eso. ¿Por qué ha dicho eso?
Espera.
—¿Cómo me has llamado?
—¡Es un decir! —Zander comienza a hiperventilar y a mí, que nunca he sabido consolar ni tranquilizar a alguien bien en mi vida, me toca aprender de golpe.
—Vale, vale. Dime qué hago. ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo te distraigo? Lo que sea.
Él ha cerrado los ojos otra vez y yo aprieto el agarre a su mano con fuerza. Como si me diera a mí más miedo soltarle a él que al revés.
—Cuéntame una historia.
¿En serio? ¿De todas las cosas que podría pedirme va a tirar por ahí?
—Vale, en El último baile , tenemos a Theo que…
—¡No! Eso no. Otra cosa.
Intento pensar con rapidez.
—En una de mis películas favoritas el protagonista…
—¡Vera! ¡Improvisa! Parece que estás leyendo un guion mentalmente.
Le aprieto la mano un poco angustiada.
—¡No sé improvisar!
—¡Tú háblame de lo que quieras! Yo qué sé, háblame de…
—¡Estaban completamente enamorados! No me preguntes cómo lo sé, simplemente lo sé. Eran de esas personas que las ves y dices… se van a casar. Ellos son la razón por la que un vínculo así se tuvo que crear, para dar una definición a lo que ellos tenían.
—¿Y qué pasó? —me sigue agarrando la mano con fuerza.
—No lo sé. Creo que ellos tampoco lo saben.
Llevaban juntos media vida. Toda la vida que conocían era la que compartían.
Y, de repente, se acabó. Las cenas ya no tenían sentido.
Ni las citas. Ni los besos. Ni siquiera era costumbre, era seguir anhelando algo que había dejado de pertenecerles.
Aferrarse a algo que empezaba a alejarse a tanta velocidad que les costaba reconocer si alguna vez eso había sido suyo.
—¿Y no lucharon por recuperarlo?
—Sí. Hasta el punto de que ya no sabían cuándo se estaban queriendo y cuándo estaban luchando por quererse… —Suelto una risa agria—. Pero se acabó.
—¿Se acabó?
—Se acabó —confirmo—. Y es muy cruel porque ¿en qué momento dos personas que parecían estar hechas para bailar los mismos pasos pierden de repente la química en escena?
Ahora se reparten sus amigos comunes, tienen conversaciones incómodas con sus padres, se ponen a llorar cuando suena una canción porque pueden escuchar el nombre del otro susurrado en la letra… Joder, ¿por qué?
—¿Por qué cortaron?
—¿Por qué si les dolía se quisieron? —le corrijo—. ¿Por qué siguieron intentándolo?
Y de repente todas las piezas cayeron en el lugar correcto. La noria empezó a descender. Zander soltó un suspiro y abrió los ojos, aliviado durante unos segundos. Mi mirada está complemente perdida. Una prueba irrefutable del huracán que acaba de pasar por mi mente.
—Ya está —le digo.
—¿Ya está el qué?
—La película. No tenemos que reinventar un clásico, tenemos que escribir esto.
—Suelto una risa a pesar de que tengo las mejillas mojadas—.
La historia de una ruptura. Cómo decir adiós .
Tú tienes los momentos de romance que quieres y yo puedo centrarme en la fragilidad humana.
En los momentos de rotura. Una historia de una pareja que se ha amado durante años, pero no contaremos la historia desde ese punto de vista.
Él me mira con atención, pendiente de cada palabra.
—¿Y cómo lo haremos?
—Contaremos la historia desde el final hacia el inicio.
No tenemos por qué contar una historia de amor, sino una de desamor.
Empecemos la historia por el final, por cómo las relaciones se rompen.
—Mientras hablo mis lágrimas hacen que mi voz suene un poco ahogada—.
Yo puedo escribir las partes desgarradoras, las circunstancias que llevan a las pérdidas…
Y tú te encargarás de los destellos de luz, las razones por las que la gente se sigue enamorando, por qué creen que vale la pena.
Yo puedo destruirlos y tú puedes demostrar por qué mereció la pena que su historia se construyera…
—Empezar por el final.
Vuelvo a soltar una carcajada al escucharlo y me llevo la mano a la boca.
Lo tenemos. Joder. Tenemos una idea. Y parece una estupidez, pero siento que estoy volviendo a respirar.
Estaba ahí. Estaba ahí desde el primer día: los actores divorciados del rodaje, la pareja de casados que se hacía fotos en el parque, las novias que estaban empezando en el lago, los padres que peleaban, el tío que hablaba de su exnovia en The Lighthouse Cafe, el vecino de Zander rogándole a su novia que no se marchara…
Nosotros, desesperados por hacer que esto funcionara, llegando a ir a una tarotista. ¿Cómo no lo he pensado antes?
No es solo una idea. Es algo que genuinamente quiero escribir. Algo que me apasiona. Algo por lo que pasarme toda la noche despierta, pensando en ello.
—Eres un genio, Vera. —La voz de Zander es dulce, me coge del mentón para que lo mire a él de verdad, a los ojos.
La noria se vuelve a parar, pero esta vez porque ya estamos abajo.
Ambos salimos casi corriendo de allí. Solo me hace falta volver a pisar la madera del muelle para tirarme sobre él.
Lo abrazo. ¿Qué hago? Él solo me recoge en sus brazos y de la emoción me levanta un poco del suelo.
Yo acabo soltando otra risa en su hombro.
Estoy tan entusiasmada que me dan ganas incluso de saltar. Es ridículo. ¿Quién me iba a decir que al final ansiaría escribir una historia con Zander?
—Vera…
Mi teléfono empieza a vibrar.
Mierda. No me he dado cuenta de que ya ha sonado antes mientras estaba en la noria. Tengo cinco llamadas perdidas de Harper. Joder.
—Tengo que… —Señalo la pantalla y Zander asiente.
Como me temía, Harper está más borracha que una cuba.
Me quedo hablando con ella hasta que su agente Vincent llega para hacerle compañía.
Me envuelve un velo de culpa, de alguna forma siento que tendría que haber estado allí.
Como si pudiera protegerla de sí misma. Como si no hubiera fracasado estrepitosamente antes y no solo con ella.
Basta. No puedo pensar en eso ahora.
Cuando corto la llamada, Zander sigue mirándome, ni siquiera le doy tiempo a preguntar.
—¿Sabes, Shay? Creo que vamos a escribir una película de la hostia.