CAPÍTULO 9
Vera
S teven Banks tiene una cala privada al oeste de Malibú.
Cuando Harper y yo queremos hablar en intimidad, siempre venimos aquí.
Su chófer y su nuevo guardaespaldas se quedan en el coche y nosotras podemos tumbarnos en una toalla enorme, observar el mar o intentar ponernos morenas.
No sé de qué quiere hablar, pero ha traído una petaca que ya debe de estar medio vacía. Eso no es buena señal.
—Tengo que pedirte consejo. —No puedo evitar tragar saliva. Oh, no.
—¿Sobre qué?
Sin decir nada, se incorpora y, tras sacar el móvil de su bolsa de playa fucsia, me enseña una conversación.
Yo suspiro y, mientras ella vuelve a recostarse, empiezo a leer.
Ha discutido con su padre. Agarro el teléfono con tanta fuerza que casi tengo ganas de tirarlo al agua.
Si algo he aprendido en los últimos años con ella, es que si Harper discute solo con su madre se apoyará en su padre e ignorará la existencia de su progenitora hasta que la tormenta pase.
Sin embargo, cuando la discusión incluye a su padre, bueno, no es capaz de dejarlo pasar.
Adora a Steven Banks. Supongo que es normal, porque es su padre.
Yo también lo he llegado a adorar. Antes de conocerlo a fondo, claro.
Para Harper, él es la mejor persona del mundo.
Y para el resto, todo es un debate entre lo bueno que es su arte y los rumores sobre lo deleznable que puede llegar a ser.
No estoy leyendo la conversación que ha tenido con él, sino cómo Harper le ha narrado la discusión a su representante.
Cuando deslizo la mirada fuera de la pantalla, mi amiga está secándose las lágrimas con cuidado.
Observo sus ojos manchados de negro porque se le ha corrido un poco el maquillaje.
Supongo que por eso hemos venido aquí, para que nadie la viera llorar.
—A ver si me he enterado bien. Entonces, ¿Steven ha aceptado un acuerdo para que salgas semidesnuda en una portada sin consultártelo?
Siento mi sangre arder, pero intento mostrarme todo lo serena que puedo. Harper le da otro sorbo a la petaca.
—Deja de beber —le pido. Resignada, vuelve a guardar el whisky—. ¿Qué quieres hacer? ¿Perdonarlo? —le pregunto en apenas un susurro.
—¿Perdonarlo? Soy yo la que tiene que pedir perdón. ¿Es que no has leído la conversación?
No hay mayor ciego que el que no quiere ver. Vive en una realidad manipulada por su padre.
Creo que esa es una de las razones por las que siempre acabo defendiéndola.
Para cualquier otra persona, esto sería denunciable.
Ya ha tenido otras discusiones similares con su padre: Steven hace algo de este estilo sin su consentimiento, Harper se enfada, sobre todo si se entera borracha, se gritan, se pelean, su padre la convence de que es lo mejor para ella, y al final siempre cede.
No entiendo cómo puede hacerle algo así a su hija.
Podría discutir con Harper e intentar abrirle los ojos, pero Steven también es mi jefe.
Y sé cómo se las gasta. Si se entera de que estoy poniendo a su hija en su contra, me pondrá de patitas en la calle y se asegurará de que no vuelva a trabajar en Los Ángeles.
Además, ya lo he intentado alguna vez, y lo único que he conseguido es que Harper no me hable durante días o que beba hasta no recordar lo que hemos hablado.
Solo quiere que le diga lo que quiere escuchar.
—¿Qué hago, Vera? —Su pregunta vuelve a interrumpir mis pensamientos.
—¿Qué quieres hacer, Harper?
—Solo quiero que me trate bien. Que esté orgulloso.
Tengo ganas de vomitar. Miro hacia el horizonte, intentando buscar algo de calma.
Harper ha vuelto a agarrar la petaca. El olor a alcohol me produce incluso más náuseas.
«Pronto se acabará el contrato. Pronto».
Pero ¿qué haré entonces? ¿Podré escapar o la pesadilla se prolongará?
¿Y si me da tanto miedo irme que no seré capaz de hacerlo?
Mis ojos vuelven a Harper. ¿Cómo no es capaz de verlo? ¿Cómo puede ser tan ajena al monstruo que tiene como padre?
—Estoy segura de que lo arreglarás. —Mi voz suena algo rota, siento que todo lo que digo está envenenado—. Nunca te ha costado reconciliarte con él, ¿no?
Harper asiente y solo se acerca un poco más para acurrucarse. Creo que derrama alguna que otra lágrima sobre mí. Me aferro a ella, a pesar de que solo quiero soltarla y olvidar el apellido Banks para siempre.
Ella se queda en silencio. No se me pasa por alto que su vista se ha desviado hacia mis labios.
Me sorprende la facilidad que tengo de obviarlo.
Desde que hablé con ella en el lago, su recuerdo no ha vuelto a torturarme.
La cara de Zander aparece en mi cabeza. Con esa sonrisa que parece imperturbable y esos mechones desordenados.
—No me puedo creer que hayas ido a una tarotista.
Sí, yo tampoco. Cuando se lo conté por teléfono estuvo media hora riéndose de mí.
—Lo odio —digo refiriéndome a Zander.
—No, qué va. Puede que quieras…, pero no lo haces.
—No me cuesta odiar a personas.
Ella se incorpora un poco, marcando una mayor distancia entre nosotras.
—Pero sí a él. Puedes ignorarlo si quieres… Pero eres mi mejor amiga.
—¿Y eso qué significa en este contexto? —Harper suelta una risa. Siempre he considerado que tiene una habilidad increíble para fingir que todo va bien, aunque esté sufriendo.
—Significa que soy la encargada de darme cuenta de esas cosas que tú no quieres ver… Como que Zander empieza a importarte.
Yo niego con la cabeza.
—No me importa… Me importa lo que tengo que crear con él.
Me mira escéptica y ambas sabemos que no hay nada que pueda decirle que vaya a hacerle cambiar de opinión.
—Bueno, de todas formas… Hablé con Nolan por si le sacaba algo de información sobre tu codirector… Y creo que deberías devolverle lo de las citas rápidas y lo del tarot. —Yo arqueo una ceja al escucharla y ver cómo su sonrisa va ampliándose mientras habla.
—A ver, cuéntame tu plan maléfico, diablilla.
Decido llamarle cuando vislumbro a lo lejos la ventana de su apartamento. Por suerte, no tarda mucho en contestar.
—¿Vera?
—¿Estás en tu casa?
—Sí, aquí estoy… Estaba haciendo ejercicio. —Eso cuadra con su respiración agitada.
Espera un momento.
—¿Qué tipo de ejercicio?
—¿Quieres de repente la rutina que sigo?
—Quiero ir a tu casa y asegurarme de que no voy a encontrarme a ninguna tía desnuda.
Eso le hace soltar una carcajada.
—Para que defiendas a capa y espada que lo único que somos es compañeros de trabajo, has hecho un comentario muy poco profesional.
—El asunto es si hay alguna tía en tu habitación.
—¿Sabes que también se puede follar en el sofá? O en la cocina, o contra la pared… Lo digo por si quieres probarlo en algún momento.
«Será capullo».
—Zander, ¿hay alguna tía o no?
—La habrá, dentro de dos minutos… —Frunzo el ceño—. Mira hacia arriba, bonitos vaqueros. No sabía que entre trescientos trajes tendrías una prenda así.
Elevo la vista hacia la ventana que hay en su salón. El muy gilipollas llevará un rato mirándome.
Cuando llego arriba, me abre sin camiseta. Se excusa diciendo que va a la ducha y yo empiezo a abrir todas las ventanas porque apesta a sudor. Tengo un mensaje de Nolan deseándome buena suerte. No sé hasta qué punto esto va a ser divertido para mí, pero creo que al menos pasaremos un buen rato.
Se asoma desde el baño, con solo una toalla alrededor de la cintura.
—¿Y a dónde vamos?
—¿Vas a seguir enseñando músculo o vas a vestirte de una vez?
Él solo suelta otra carcajada y vuelve adentro.
Por fin sale vestido. Tampoco sé por qué me importa haberlo visto semidesnudo. Ni que fuera algo especial, ¿verdad? O sea, hace mucho que no me acuesto con un tío, pero eso no significa que me tenga que poner nerviosa al respecto. ¿Estoy nerviosa?
—¿Nos vamos?
Yo asiento y salimos juntos.
—Vamos al muelle de Santa Mónica, por cierto.
Él frunce el ceño.
—¿Al Pacific Park? ¿Te gustan los parques de atracciones?
—¿Qué pasa? ¿No pueden gustarme? —Le levanto una ceja—. ¿Me estás juzgando?
—No, no. Claro que no. Al muelle de Santa Mónica se ha dicho.
Tardamos casi una hora en llegar y Zander está extrañamente callado.
Incluso repiquetea en el volante un par de veces.
Nos cuesta encontrar aparcamiento y está empezando a anochecer cuando llegamos al muelle.
El parque de atracciones probablemente sea una de las estampas de postal más conocidas de Los Ángeles.
Es bastante pequeño y creo que no llega a tener ni quince atracciones, pero eso no quita que sea bastante emblemático.
Todas las atracciones son de colores vivos, llamativos.
Zander está cruzado de brazos, observando la única montaña rusa con desagrado, mientras yo curioseo los puestos de comida y de golosinas.
Dios, ¿cuándo fue la última vez que comí algodón de azúcar?
El lugar está lleno de niños que parecen ser capaces de contagiar su emoción a cada desconocido.
Eso sí, los gritos mezclados con la música de cada atracción pueden volver loco a cualquiera.
—¿Por qué este sitio?
Me encojo de hombros.
—Hacía mucho que no venía y no habíamos hecho algo así, ¿no?
Zander esboza una mueca. Y yo sigo adentrándome en el parque, caminando por el pasillo principal del muelle y observando las atracciones a mi alrededor. Tampoco tengo planeado subir a todas, de hecho, solo a una. Así que me paro justo en frente de esta cuando la tengo delante.
—¿L-La noria? —tartamudea mi codirector.
Resulta que Harper se enteró de que a Zander le ponen nervioso las alturas. No quería pasarme, pero Nolan me aseguró que, aunque le daría un buen susto, no sufriría. Así que aquí estamos.
Él me mira algo intranquilo, pero cuando me pongo a la cola para subir, no protesta. Solo se queda a mi lado mirando al suelo. Compré las entradas por internet, así que solo tendremos que esperar un poco.