Más que una película CAPÍTULO 8 #2
33%

CAPÍTULO 8 #2

Es un edificio de ladrillo con un aspecto bastante moderno.

Por el cartel que hay en la entrada, las plantas superiores parecen ser oficinas; mientras que en la planta baja, a la que hay que acceder por la puerta del garaje, es donde se encuentra nuestra futura amiga tarotista.

Intento vislumbrar algo a través de una pequeña ranura de la puerta, sin embargo, no soy capaz de ver nada.

Cuando me alejo para ver la imagen completa, me choco con Vera.

Lleva caminando de un lado a otro unos diez minutos.

—No me puedo creer que me vayas a obligar a hacer esto.

—La última vez que comprobé tenías voluntad propia.

—Es verdad, me voy de aquí.

La agarro suavemente del brazo.

—Es la última cosa que te pido. Por favor. Quédate.

Vera se suelta de un tirón.

—¿En serio crees que va a funcionar? Solo te sacará los cuartos, ¡no nos dará una fórmula infalible! Solo es una estafadora.

—Bueno, es posible, pero estamos lo suficientemente desesperados como para intentarlo.

Sin mayor discusión, me acerco al telefonillo del edificio. Hay una plaquita al lado del botón que indica el nombre de la tarotista: Isis Calogero. Cojo aire antes de llamar. Vera se asoma, está situada justo detrás de mí, pero marcando la distancia.

Pasan unos cinco segundos y no recibimos ningún tipo de contestación. Vuelvo a presionar el telefonillo. Y nada.

—Te lo he dicho —me dice Vera con retintín—, es mejor que nos vayamos.

Y en aquel momento, como si de una película se tratase, se abre automáticamente la puerta del garaje. Yo me adelanto con curiosidad, mientras Scheidegger me sigue de cerca, un tanto a regañadientes.

El garaje huele a gasolina y a cerrado, lo que hace una combinación interesante. Paseo mi mirada por el lugar, y veo justo en frente una puerta metálica que tiene un pequeño cartel de madera con el nombre de la tarotista.

Antes de que mis nudillos toquen el metal, la puerta se abre de golpe, desvelando a una mujer que podría ser perfectamente mi madre.

Tiene el pelo castaño, repleto de canas y recogido en un moño.

Unos labios finos que dibujan una sonrisa curiosa.

Lleva un conjunto de dos piezas con el mismo estampado, lleno de colores tropicales.

Aunque si hay algo que probablemente vaya a recordar de su apariencia es que tiene los dos ojos marrones, pero en uno de ellos hay una franja azul.

—Pasad, me encantan las sorpresas…

Nos deja entrar y ella se escabulle en la habitación. Vera me coge del brazo y aprovecha para susurrarme al oído.

—¿Ves? Si fuera adivina de verdad, sabría que íbamos a venir.

Pongo los ojos en blanco y sigo a la tarotista.

Es una pequeña habitación. Hay otra puerta, esta de madera, pero algo me dice que no veremos lo que sea que haya tras ella.

El suelo es una gran alfombra que parece ser una enorme carta de tarot (aunque no sabría decir cuál).

Las paredes están cubiertas de papel pintado, de color verde oscuro y lleno de dibujos de mariposas bastante realistas.

Da un poco de mal rollo. En el centro de la habitación encontramos una mesa diminuta de bordes dorados.

Al principio pienso que es de cristal normal y corriente, pero al asomarme me doy cuenta de que es un espejo.

Isis ha tomado asiento en un gran sillón que hay en frente de la mesa, así que a Vera y a mí nos toca sentarnos en los pequeños pufs rojo sangre que se encuentran delante de ella.

—Bien, no tenéis cita previa, así que… Contadme. Os vais a casar, supongo, ¿no?

A Vera le da un ataque de tos al escuchar eso y yo solo le dedico una pequeña mirada antes de dirigirme a la tarotista.

—No, no tiene nada que ver. O sea, no nos vamos a casar.

—No somos pareja —puntualiza Vera cuando se recupera de su ataque de tos.

—Ah, vale. Bueno, creo que deberíais pensarlo de todas formas, tenéis unas auras muy… —hace una pequeña pausa— complementarias.

Decido cambiar de tema antes de que Vera diga algo que haga que nos echen a los dos de aquí.

—Venimos porque estamos perdidos. —La mujer me mira con curiosidad—. Creativamente. Tenemos que sacar adelante un proyecto juntos…

—De acuerdo, ¿os han leído las cartas alguna vez antes? —Ambos negamos—. Bien, os enseñaré rápidamente en qué consiste.

No sé de dónde la saca, porque no la he visto cogerla en ningún momento, pero pone una baraja de cartas sobre la mesa.

Nos da una explicación rápida. Hay setenta y ocho cartas, divididas entre los arcanos menores y los arcanos mayores.

Los menores son cincuenta y seis cartas, catorce por cada uno de los cuatro palos.

Van desde el número uno al número diez, sota, caballo, rey y reina.

Luego, están las otras veintidós cartas restantes, que se conocen como los arcanos mayores.

Nos recomienda hacer una lectura rápida, así que nos centramos en los últimos.

—Tenéis que pensar en la pregunta que queráis hacer, supongo que relacionada con el proyecto que tenéis. Vais a cortar el mazo con la mano derecha haciendo tres pilas. Podéis formular la pregunta en voz alta o no. Y de cada mazo seleccionaréis una carta.

»La primera carta, la que está a la izquierda, será lo que tenéis en contra. La tercera, que es la que está a la derecha, es lo que tenéis a favor. Y la segunda, que es la que se encuentra en medio, es el resultado final.

—Vale, creo que lo pillamos.

—Tampoco es una ingeniería mecánica. —Se mete conmigo Vera.

—Por mi propia experiencia, os aconsejo hacer una tirada cada uno… Es posible que la respuesta, aunque tengáis la misma pregunta, sea radicalmente distinta. Pero también podéis elegir preguntas diferentes.

Ambos nos miramos, como intentando determinar exactamente qué hacer. Tengo claro cuál va a ser mi pregunta: ¿Se nos va a ocurrir una idea increíble o vamos a tener que seguir adelante con la adaptación? Supongo que la de Vera será algo similar. Sin embargo, parece tener la cabeza en otra parte.

—¿Quién quiere empezar? —Yo levanto la mano como si fuera un crío ofreciéndose como voluntario en clase—. De acuerdo, céntrate en la pregunta.

Sigo con atención y cuidado las instrucciones que nos ha dado antes hasta que tengo las tres cartas seleccionadas boca abajo delante de mí. Repiqueteo la mesa con mis dedos, algo nervioso.

—Bien, vamos a ver cuál es el inconveniente.

—Levanta la carta con sumo cuidado y ambos nos quedamos mirándola—.

Oh, es El Ermitaño y está al derecho. Podemos matizarla con otra carta si queréis, pero básicamente advierte sobre cuidar las acciones.

Si lo aplicamos al campo creativo, y ya que es un inconveniente, puede significar que estáis haciendo algo sin un contenido verdadero.

Carente de significado, lo que provoca que os estanquéis.

No puedo evitar pensar en cómo hemos visitado media ciudad sin ver nada en absoluto.

—Sigamos con la tercera. Uh, La Rueda de la Fortuna.

—¿Significa eso que la suerte está de nuestra parte?

Isis ríe por mi insinuación.

—La carta significa cambio, destino y oportunidad. Podéis interpretarlo como que tenéis algo a vuestro favor que os brindará la capacidad de llegar al final de vuestro problema.

—Muy genérico eso… —se queja Vera.

—¿Vamos con la última?

Ambos asentimos.

Estamos completamente pendientes de la carta y, en mi opinión, ha tardado más en levantarla a propósito. Vera y yo nos quedamos a cuadros cuando vemos de qué carta se trata. Isis suelta una risita.

—Me encanta cuando pasan estas cosas… Como veis, es la carta de Los Enamorados, no tiene por qué hacer referencia exacta al amor en sí, también hace referencia a la elección y la armonía dentro de una relación.

—¿Y qué significa eso como resultado final? —Esta vez es mi codirectora la que pregunta.

—Bueno, seguramente se refiera a un nuevo inicio. Puede que el final de vuestro proyecto os lleve a un nuevo comienzo.

Yo me quedo mirando las tres cartas. Siento que no me ha dicho nada, pero a la vez podría estar pensando en los resultados durante toda la noche. Es una sensación un poco extraña.

—¿Lista? —Ha recogido las cartas tan rápido que ni siquiera me he dado cuenta. Vera asiente a la pregunta y repite el mismo proceso—. ¿Tu pregunta también está relacionada con el proceso creativo? ¿O quieres compartirla?

—Prefiero guardármela para mí.

—En ese caso, te diré lo que significan las cartas, pero no haré ninguna interpretación específica. Te hablaré en general de lo que puede llegar a significar.

Vera asiente.

Yo la miro con curiosidad. «¿Qué escondes en esa pequeña cabeza, Vera?». Isis saca la primera carta y hace una mueca extraña al verla. Es El Emperador.

—Está invertida. Suele significar que no puedes confiar en alguien que está ostentando poder sobre otro, puede ser que ese otro seas tú. Y el inconveniente en tu camino podría ser esa persona en sí. También significa falta de control. Fracaso, incluso.

Intento leer su rostro, pero es un enigma con el que no sé cómo tratar. Sin más preámbulos, Isis levanta la tercera carta:

—El Mago. Al derecho. Está relacionado con la creatividad, la originalidad y la imaginación. Por lo menos, puedes estar segura de que las tendrás de tu lado. Pero también puede marcar el inicio de algo nuevo… Lo que podría complementarse con la carta de los enamorados de tu novio.

—No es mi…

—Vamos a levantar la que falta. —No deja que Vera diga nada al respecto.

Esta vez la espera no se me hace tan larga. Pero trago saliva al ver la carta.

—La Muerte —dice Scheidegger en voz alta.

—Todos siempre ponéis esas caras… —se lamenta Isis—.

¡Pero no es negativo! Al contrario. Significa cambio, transformación y renacimiento.

Puede marcar el final de una era y el inicio de otra.

Que este sea el resultado final tiene bastante sentido, pues puedes interpretar las cartas anteriores como factores que te lleven hasta este cambio.

Ni Vera ni yo parecemos muy convencidos con su explicación. Yo de repente tengo bastantes ganas de salir de ese minúsculo sitio sin luz ni ventilación. Le pagamos en efectivo y nos dirigimos a la salida. Es más tarde de lo que esperaba.

Una vez en el coche, mientras nos encontramos en un atasco, la miro. Me pregunto si en algún momento podré aprender a descifrar todas sus acciones. O si de verdad quiero hacerlo. Quizás podría pasarme toda la vida intentándolo.

Ella también parece distraída mientras conecta su teléfono a los altavoces del coche. No puedo evitar sonreír al escuchar la misma canción que hace horas no sabía reconocer mientras la escuchaba en acústico.

—Lo siento —digo mirando a la carretera—. Por obligarte a hacer algo que no querías. Por segunda vez. En menos de tres días.

—No te preocupes, me lo cobraré. —Tiene la vista perdida en la ventanilla del coche.

—¿Crees que las cartas nos servirán de algo?

—No lo sé. —Se gira un poco hacia mí—. Supongo que no me quedará más remedio que descubrirlo contigo.