Más que una película CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

—¿Sabes esos test para ver qué personaje de películas eres? Pues he hecho uno de tus películas. Y me ha salido el profesor Fletcher. —Me enseña la captura de pantalla que le ha hecho.

—Tiene sentido. Lo maté a los veinte minutos.

En realidad, ninguno de mis personajes encajaría con él. He escrito personas muy diferentes, pero nunca podría escribir alguien como Zander Shay. Nunca llegaría a ese extremo de cursilería.

—¿En qué piensas? —La pregunta me pilla con la guardia baja.

—En que… escribimos cosas muy diferentes.

—¿En eso otra vez? —inquiere como si pudiera ver lo que pasa de verdad por mi cabeza.

—Es imposible que tu proceso creativo sea tan sencillo, aunque escribas lo mismo veinte veces.

—Bueno, mis fanáticos podrán ver lo mismo veinte veces, pero se siguen enganchando como la primera vez, ¿puedes decir tú lo mismo? —Noto la burla en su voz, igual que él nota cómo se quiebra algo en mi expresión.

—Se nota que tenemos públicos distintos… —Me aferro con demasiada fuerza al volante—. A ti te piden que saques al protagonista de la pantalla y a mí me cuestionan si lo que escribo es suficientemente profundo.

Esta vez, veo que es él el que me observa a través del espejo.

—Normalmente, las personas que ven comedias románticas no están buscando profundidad… Y, bueno, lo de sacar personajes de la ficción también lo deseo yo.

—Eres idiota. —Mi insulto solo le amplía la sonrisa.

—Sería una mierda siendo profundo —admite—. En el instituto siempre me pedían que fuera más reflexivo. Que leyera entre líneas. Se me daba fatal buscar simbolismos.

—¿Eres tan malo en literatura como pareces ahora mismo?

—¡Mi profesora me odiaba! —se queja.

—Esa excusa es más cliché que todo lo que has guionizado en tu vida. Y eso ya es difícil. —Otra sonrisa se dibuja en su cara.

—Te prometo que de verdad no podía ni verme…

—Probablemente no te odiaba, te trataría como al resto, y tú que estás acostumbrado a caerle bien a todo el mundo no te lo podías creer… No todas las mujeres van a caer rendidas ante tus encantos. —No sé qué me lleva a añadir esa última frase.

—No hubiera disfrutado de que ninguna profesora se pillara de mí, créeme… Pero sí me gustan las excepciones, Vera.

Aprovecho el semáforo para mirarlo a los ojos.

—A mí me gusta convertirlas en reglas, Shay.

La voz del GPS nos interrumpe, me doy cuenta de que ya estamos llegando.

Por suerte no me cuesta mucho encontrar aparcamiento.

Zander sale del coche para ayudarme a maniobrar.

Después andamos en silencio. Al estar tan cerca de la playa, la brisa marina es un poco más intensa.

Zander se para delante de un restaurante costero con una terraza llena de gente.

El sitio tiene pinta de ser acogedor, todo de madera pintada de colores pasteles y con sombrillas de color amarillo. Hay varias mesas en la terraza colocadas como si fuera una circunferencia dejando el espacio del centro libre.

—¿Por qué este sitio?

—Porque vamos a tener una cita. —Me giro hacia él, completamente confundida—. Bueno, más de una. ¿Sabes lo que son las citas rápidas?

Tiene. Que. Estar. De. Coña.

—¿Te estás quedando conmigo?

—He pensado que conocer a personas nos vendrá bien para inspirarnos, y además así puedes librarte un buen rato de mí… Y no te preocupes, he hecho varias veces esto y nunca me ha reconocido nadie. —Y me lo dice tan tranquilo.

Será imbécil.

Tampoco me da tiempo a protestar, solo me arrastra dentro de la terraza.

Una mujer mayor, con gafas de pasta rosa y una sonrisa de oreja a oreja, nos explica el funcionamiento.

Nos da unas tarjetitas para que nos las coloquemos y así el resto sepa nuestro nombre.

Al parecer nos van a dividir en dos grupos, uno se sienta en una mesa y el otro grupo va rotando.

Las conversaciones con cada persona durarán de dos a diez minutos, según cómo se desarrollen.

Una vez finalizada la cita, en una especie de ficha, escribiremos el nombre de la persona y si queremos volver a quedar con ella o no.

En el caso de que los dos hayan dicho que sí, la empresa facilitará los datos de contacto correspondientes.

A Zander le asignan el grupo que rota, a mí me señalan la mesa en la que tengo que colocarme.

Una chica que parece unos años más joven que yo se sienta delante de mí. Tiene el pelo superplanchado, negro azabache. No puedo evitar fijarme en el séptum que decora su nariz redondeada ni en el eyeliner de dos metros que resalta sus ojos verdes.

Leo la tarjeta con su nombre. Se llama Violet. Le pega. Es mona, pero no es mi tipo.

—Bonitos labios rojos —me dice con una sonrisa. Al hablar descubro que tiene un piercing en la lengua.

—Bonito piercing. —Le devuelvo el cumplido—. ¿Cuántos años tienes? Pareces muy joven.

—Diecinueve.

—¿Y esto no es para mayores de veintiuno?

Ella ríe. Tiene la misma sonrisa que el gato de Cheshire.

—Bueno, me han hecho un favor… —Un favor ilegal—. ¿Cuántos tienes tú?

—Veinticuatro.

—Oh, joder. Pensaba que eras mayor.

Pongo los ojos en blanco.

—Sí, es que estoy muy amargada —admito.

Un camarero se acerca con un surtido de bebidas. Yo cojo una copa de un líquido anaranjado que espero que sea un Aperol Spritz. Ella se decanta por una bebida un poco más espesa que tiene un color amarillo pastel. Tomo un sorbo y sonrío al ver que, efectivamente, es lo que esperaba.

—¿Estudias o trabajas? —me pregunta.

—Trabajo en el mundo del cine.

—Oh, mola —me dice mientras sorbe de la pajita—. Yo trabajo como camarera en un bar muy poco recomendable.

—¿Eres de esas que tiene un trabajo de mierda mientras va de audición en audición?

—Sí, soy un cliché andante, lo admito. —Suspira.

La mayoría de gente que conozco de Hollywood han estado en la misma situación; siempre hablan de lo cansado que es tener que compaginar una vida que no quieres llevar con perseguir la vida que quieres.

Llegar tan exhausto a tu casa que empiezas a cuestionarte si de verdad merece la pena.

Ella carraspea, creo que mientras pensaba ha dicho algo que no he oído bien.

La insto a volver a hablar con un gesto:

—¿Algún consejo, ya que trabajas en la industria?

«Si el contrato es tan bueno que no te lo puedes creer, probablemente no sea nada bueno».

Abro la boca, pero la vuelvo a cerrar. Por alguna razón siento la mirada de Zander juzgándome, aunque él ahora mismo no está en mi campo de visión. Me diría algo sobre que no debería ser brutalmente honesta. Que tuviera algo de tacto.

—¿Tienes el contacto de alguien que trabaje en la industria?

—Bueno, si marcas la casilla del sí, tendré el tuyo.

Hay que admitirlo: esa ha sido buena.

—Te recomendaría que te quitaras los piercings.

Los directores de casting prefieren ver a los actores en bruto.

Prepárate monólogos de teatro aparte de las escenas que puedan llegar a pedirte; te encontrarás audiciones en las que te pedirán que improvises…

Investiga siempre a quien te va a hacer la audición, seguro que tiene una película o monólogo favorito.

—Eres buena, ¿en qué películas has trabajado?

—Trabajo para el estudio Banks.

Ella hace una mueca de asco. Comprensible.

—Odio a Steven Banks. Se propasó con mi hermana mayor y después la despidió como si fuera…

—Como si fuera una mierda. Como si no fuera una persona.

Violet me mira con pena. Dios, no debería mirarme con pena.

Se me revuelve el estómago de la culpa. ¿Cómo puedo considerarme mejor que ellos si sigo trabajando a su lado?

Si sé lo que han hecho. Si los he visto hablar con desdén, ridiculizando a todas sus compañeras.

Y no he hecho nada. He pensado muchas veces en hacerlo, pero…

no he sido capaz. Mi testimonio no valdría nada frente a la palabra de Steven Banks.

Y él es capaz de quitarme lo único que tengo: mi carrera.

Me pregunto si así se sentía mi madre diciendo a mi hermano cada noche que iba a dejar a nuestro padre para fingir por la mañana que esa conversación nunca se había dado.

¿De qué coño sirve que me compadezca por lo que ha sufrido una chica si soy parte del problema?

¿De qué coño me sirve si no tengo ni puta idea de cómo salir?

Suena una campanita que indica que el tiempo ha acabado. Hay que moverse. Veo por el rabillo del ojo que Violet marca la casilla del sí; yo, por no meterme en más líos, marco la del no.

Esta vez es un tío el que se sienta. Debe de tener uno o dos años más que yo.

Tiene una sonrisa preciosa y el pelo rapado.

Lleva una camisa hawaiana que me parece una horterada.

Empieza preguntándome por cuáles son mis aficiones, él me habla sobre el surf y sobre las mejores playas donde ha surfeado.

Resulta que es socorrista. Pensaba que la conversación iba a tomar otro rumbo.

Sin embargo, empieza a hablarme de su ex, quien era su mejor amiga y con quien pensaba que iba a durar para toda la vida.

Nos marcan el final del tiempo cuando me estaba explicando que no sabía lo que decirle a la gente que le preguntaba por la ruptura, porque ni él mismo tenía idea de cómo se han desgastado hasta romper.

Mi única relación no duró tanto como para entender bien cómo se siente, pero mientras marco la casilla del no y veo cómo se aleja, deseo que pueda superarlo.

—No eres muy mi tipo, la verdad.

La voz que ya me es demasiado familiar me sobresalta.

Dejo de mirar al chico que se ha marchado para prestarle atención al que tengo en frente.

El mismo que ha sido mi copiloto hasta aquí.

El codirector al que no soporto. Y la persona que más me ha sacado de mis casillas en menos tiempo de todo Los Ángeles.

Tiene una sonrisa de oreja a oreja y se ha dejado caer en el asiento con una actitud casi soberbia.

—Eres gilipollas. —Me sale automático.

—¿Así le hablas a tus citas, Vera? —Él se inclina sobre la mesa, como si quisiera susurrarme.