Más que una película CAPÍTULO 6 #3
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CAPÍTULO 6 #3

—A que hay que enseñarte a apreciar este maravilloso género.

Harper suelta un gritito de emoción y dice que va a hacer palomitas.

Nolan la sigue a la cocina. Escucho cómo la rubia le pregunta algo sobre si tiene algo de alcohol, que necesita relajarse un poco.

Vera me mira con rencor, como si me fuera a cortar la cabeza por haber sugerido tal cosa.

A pesar de que horas antes ya le había advertido de que lo haría.

La llevo hasta el sótano, donde Nolan tiene una especie de guarida en la que suele venir a protegerse o esconderse de sus hermanos.

Tiene un sofá tan grande que parece una cama y una pantalla enorme.

Con todo el equipo de sonido necesario para que parezca que de verdad estamos en una sala de cine.

Yo, sin pedir permiso, cojo el portátil de Nolan y me meto en mi correo electrónico. Si vamos a hacer esto, hagámoslo bien, con PowerPoint incluido. Harper y Nolan bajan con varios cuencos de palomitas, y patatas, y bebidas varias.

Nolan le pregunta a Vera cómo conoció a Harper, pero es esta última la que acaba contestando.

Al parecer a Vera no le cayó nada bien la hija de Banks cuando se conocieron en las audiciones de El último baile .

Y le dejó claro que si obtenía el papel en el rodaje la trataría como a una más.

Lo único que le pidió para su prueba fue que llorara.

Descubro entonces que es lo único que Vera siempre les pide a sus actores para concederles un papel.

Necesita estar segura de que pueden darle todo el dramatismo y dolor que suele tratar en sus películas.

Al parecer Harper se hartó de llorar y Scheidegger ni se inmutó.

No me extraña que la llamen directora de hielo. O de acero.

—¿Qué se supone que vamos a hacer? —pregunta Vera cuando su amiga termina de contar la historia.

Yo carraspeo y muestro el power point en la pantalla.

Por la cara que pone Vera, asumo que ella ve completamente innecesario que haya incluido una introducción, una definición y una descripción de comedia romántica que en total ocupan diez diapositivas.

Al menos no se queja en voz alta. Hablo de ventajas, que son muchas, e inconvenientes, que no hay ninguno.

Incluso hablo de algún estudio científico que defiende los beneficios de estas películas (aunque admito que no he contrastado ninguno).

Cuando termina la presentación, ni siquiera se esfuerza en ocultar el suspiro de alivio que suelta.

—Vale. ¿Ya está?

—Claro que no. Ahora viene la mejor parte, vamos a ver alguna comedia romántica.

—Por favor, dime que no vas a elegirla tú —me dice completamente seria.

—¿Qué inconveniente tendrías si la eligiera yo? —Finjo ofenderme.

—Elegirías la más cursi.

—Punto para Vera —susurra Nolan antes de beber del vaso.

Empezamos una pequeña disputa por qué película ver.

Harper prefiere una nueva que salió hace poco; Nolan, alguna un poco más antigua, de los 90 o los 2000, que suelen ser sus favoritas; Vera preferiría no ver ninguna, pero al menos en vez de eso ha dicho que pongamos lo que nos dé la gana, que todas son iguales.

A mí nadie me pide mi opinión, y, antes de que sigamos discutiendo y al final no veamos ninguna película (como pasa en las mejores familias), ponemos la que ha sugerido Harper.

La película trata sobre una chica que acaba de cortar con su novio y se va de viaje a Grecia con sus amigas.

Allí se lía con un chico al que acaba de conocer y pierde el contacto con él.

Al parecer, después de ese viaje vuelve con su ex, pero un año después vuelve a cortar con el mismo ex a pesar de seguir enamorada de él.

Cuando va a recoger sus cosas a la casa de ese tío, se encuentra al chico con el que se acostó en Grecia, quien ahora va a compartir piso con él.

La premisa me sonaba, y, como sospechaba, está basada en un libro que leí hace un tiempo.

—Como no es difícil que alguien se enamore de ti, encima se enamoran dos, tócate las narices —susurra Vera cuando no llevamos ni treinta minutos de película.

Esbozo una sonrisa y la miro de lado. De izquierda a derecha estamos Nolan, yo, Vera y Harper.

Todos prestando atención a la pantalla, Scheidegger quizás fingiendo que lo hace.

A medida que va avanzando la película tengo que decir que, a pesar de lo adictiva que es, no le hace justicia al libro. Lo que es una pena.

Cuando la película acaba, seguimos todos en silencio. Al final es Harper quien acaba rompiendo el hielo:

—La protagonista y yo dimos algunas clases de actuación juntas. —Yo asiento.

—No la había visto, ha estado bien para pasar el rato —aporta Nolan, y me mira a mí para que diga mi opinión.

—El libro es cien veces mejor. —Meto la mano en el cuenco de palomitas, pero ya se han acabado.

—Pensaba que eras analfabeto. —Pongo los ojos en blanco. Nolan ahoga una risa. Será capullo.

—Anda, Vera. Vamos a subir nosotros ahora a por algo de helado. —Ella no me lleva la contraria y me sigue escaleras arriba. Hemos aprovechado para coger los platos utilizados y dejarlos en el lavavajillas.

Ella me mira con curiosidad mientras lleno el aparato.

—¿Qué? —acabo preguntando.

—Creo que lo de encontrarme una comedia romántica favorita se te va a complicar un poco. —Yo sonrío.

—Me gustan las cosas complicadas. Y las personas complejas. —Ella me arquea una ceja, incrédula. Después la mirada se transforma en otra cosa, interés.

—¿Qué es lo que más te gusta de las comedias románticas? —Sonrío al pensarlo.

—La confesión o el gran gesto. A veces es lo mismo.

Es cuando uno de los dos personajes tiene ilusión por algo en concreto por muy estúpido o grande que pueda llegar a ser, y el otro personaje lo hace para demostrarle que está completa y perdidamente enamorado de él…

Esa confesión que empieza con esa lista de situaciones o características que tiene esa persona, que a cualquier otro le parecerían irritantes o inconvenientes, pero que a él, a él le parecen increíbles.

Porque para él, esa persona es increíble.

Ese momento en el que toda la tensión se rompe porque…

porque existen muchas otras personas en el mundo, pero ninguna es como esa —lo digo todo mirándola a los ojos.

—Tenemos que hablar.

—No me gusta el instalove.

Ella parpadea confusa.

—¿Qué?

—¿Qué? —No me puedo creer que haya dicho eso en voz alta—. Nada, me refiero a que, si hay amor en la película, no puede surgir de la nada. —Ella me mira aún confundida.

—Creo que deberíamos empezar a desarrollar una de las ideas. Aunque encontremos alguna otra cosa en el último momento…

—Sí, no quieres llegar a la noche de antes y no tener nada. —Ella asiente—. En ese caso, ¿nos centramos en nuestra chica con amnesia?

—Depende, ¿vas a incluir que tenga algún tipo de romance con el detective que dirige el caso? —Por la mueca que dibuja intuyo que no es algo que le haga demasiada gracia.

—Bueno, si te parece mejor, podemos hacer que se enamore del asesino, así metes a alguien mal de la cabeza como en todas tus historias, ¿no?

—Imbécil. A mí tampoco me entusiasma demasiado la historia, pero algo tendremos que entregar.

Me dirijo hacia el congelador y saco varias tarrinas de helado, pero la última se la tiendo a ella directamente.

Veo cómo su expresión cambia un poco. Por primera vez desde que la conozco, no sé leerla bien. Aunque me encantaría hacerlo. Ella toma con cuidado la tarrina de menta y chocolate de la heladería Portrow que he ido a buscar esta mañana después de dejarla en casa.

—Nunca se sabe, ¿no? Quizás vivas una comedia romántica que te sepa tan bien como ese dichoso helado.

Cuando bajamos al sótano, sigo intentando descifrar el destello que he visto en sus ojos.