CAPÍTULO 6 #2
—Bueno, movió algunos hilos. Pero le traía sin cuidado lo que pudieran elucubrar sobre mí.
No le afectaba a él. Mi experiencia me ha dejado claro que si un hombre ejerce poder sobre alguien a quien los demás consideran inferior, estos encontrarán la forma de culpabilizar a la víctima…
El acoso directo paró, los rumores y susurros no.
Me siento estúpido de haber pensado que su experiencia universitaria fue mejor que la mía.
—¿Cómo lo aguantaste?
—Igual que sigo aguantándolo… —Parece que está a punto de decir algo más, pero se arrepiente en el último segundo—. Terminé la carrera y El último baile fue mi trabajo de fin de grado.
—¿Te marcaste un Spielberg?
Ella frunce el ceño.
—Me sorprende que sepas que La lista de Schindler fue su trabajo final.
Me encojo de hombros con una sonrisa.
—No se parece en nada a lo que tú has pasado, pero cuando se estrenó la quinta temporada de NALS , que fue la primera que escribía sin ninguna ayuda de otros guionistas, le di un enfoque más realista; sobre todo al tema del romance universitario y quise incluir algunas escenas de Hunter, el personaje principal, investigando sobre su sexualidad.
Mis productores nunca me habían negado nada, pero me dijeron que eso enfadaría a algunos padres.
—¿Y qué hicieron? ¿Cedieron? ¿Te censuraron?
—Las reduje. A una charla en concreto entre Hunter e Isabella. En la que él se sincera. Cuando se emitió, al día siguiente «Zander maricón» era trending topic en todas las redes sociales. Nunca he recibido tantas amenazas de muerte como esa semana. Hasta me vandalizaron el coche.
—Joder —masculla.
—Sí, fue raro. Hay gente que odió esa temporada y otras muchas personas que se engancharon a la serie cuando esa escena se hizo viral.
También cambié algunas dinámicas. Le di más peso a los personajes femeninos.
Me parecía que podía hacer que el romance no fuera tóxico y mantenerlo divertido.
Y si había algo tóxico, mostrarlo como tal…
—Leo su expresión en apenas segundos—. No me crees —concluyo.
—No soy nadie para juzgar, nunca he visto nada tuyo… Pero en mi experiencia muy pocos hombres sabéis retratar bien a las mujeres. Y el romance es demasiado idealista.
—¿Por qué odias el amor?
Ella pone los ojos en blanco, como si yo hubiese malinterpretado toda la situación.
—No lo odio. —Mira su reloj y le hace un gesto a la camarera para que traiga la cuenta—. Pero para alguien como yo, amar a otra persona solo sería un obstáculo para conseguir mis sueños. Una distracción.
Creo que he formulado la pregunta incorrecta, pero no puedo evitar darle vueltas a su respuesta.
Es curioso que lo que ella percibe como un obstáculo, yo lo perciba como un fenómeno tan único que no puedes dejar pasar una vez que ocurre.
Aunque ya me cuesta recordar cuándo fue la última vez que me sentí así.
Trago saliva y pagamos los desayunos.
Vamos de vuelta al coche. Ese mismo que tuve que comprar después de que encontrara completamente destrozado el otro.
Tengo que confesar que a este en concreto le he cogido bastante cariño.
Y adoro que sea de un color verde oscuro.
Aunque Vera me haya dicho que le parece un poco hortera en cuanto lo ha visto.
Voy a dejarla en casa, sé que vive por West Hollywood y eso no está muy lejos de Beverly Hills, así que iré directamente a la casa de Nolan desde allí. Cuando ya estamos en carretera de nuevo, es cuando decido retomar la conversación.
—Vale, no odias el amor, pero sí las comedias románticas, ¿no? —Veo cómo asiente por uno de los espejos—. ¿Por qué?
—Porque crean expectativas altísimas y completamente imposibles de cumplir. Hacen que el amor parezca mil veces mejor de lo que es.
Aprovecho el semáforo en rojo para mirarla.
—Por eso la gente ama las comedias románticas, Vera.
—Pero son predecibles. Desde el principio ya sabes que van a terminar los dos juntos. ¿Para qué voy a pasar una hora y media de mi vida viendo cómo una chica que lleva enamorada de su mejor amigo desde que tiene memoria acaba juntándose con él en los dos últimos minutos de película?
—¡Esa es la gracia! —Vuelvo a mirar al frente, pues el semáforo está en verde. Ya me lo ha hecho saber el claxon del coche de atrás.
—¿Por qué?
—Vera, ¿cuál es tu helado favorito?
Dejo que lo piense durante unos segundos mientras paro en otro semáforo.
—Menta con chocolate de la heladería Portrow.
—¿Y por qué lo sabes? —No la dejo contestar—.
Porque lo has tomado mil veces, y te encanta a pesar de que esas mil veces haya tenido exactamente el mismo sabor que las novecientas noventa y nueve anteriores.
Lo mismo pasa con las comedias románticas.
Vives la historia de dos personas que están completamente enamoradas y que a pesar de las circunstancias adversas a las que se enfrentan acaban juntos.
Tienen el final que merecen y además el espectador siempre tiene el poder de pensar qué pasa después de la película.
Los amantes del helado de menta con chocolate disfrutan del buen helado de menta con chocolate.
Los amantes de las comedias románticas disfrutan de las buenas comedias románticas.
—Vuelvo a acelerar cuando se pone en verde.
Siento que ya he dado mi alegato final, pero Vera es bastante cabezota.
—Pues yo no le veo la gracia.
Ya hemos llegado a su casa. Se queda unos minutos parada en la acera, buscando las llaves en el bolso. No pierdo la oportunidad de bajar la ventanilla:
—Vera —mi voz hace que se gire de nuevo hacia mí—, voy a encontrarte una comedia romántica que ames hasta el punto de que quieras verla cada puta noche. —Vuelvo a posar la mirada en la carretera y me pierdo su expresión cuando ella se gira para dirigirse a casa.
—Así que el resumen es que… No habéis escrito nada, ¿no? —Miro a Nolan exasperado, pero asiento.
Ambos estamos en su cocina, apoyados sobre la gran isla de granito, desahogándonos mutuamente.
Yo no consigo empezar ningún guion y a Nolan cualquier día su propia familia lo va a matar a disgustos.
Carga con todos los problemas de sus hermanos.
Y tiene unos cuantos. Cinco para ser concretos: Stacy, que es la hermana mayor y trabaja en una clínica de rehabilitación para drogodependientes; Beck, el hermano gemelo de Nolan y que no da un palo al agua; Leyla, una bailarina agobiada por compaginar su pasión con los estudios; Remy, que es un friki de cualquier cosa que incluya la palabra ciencia y que acaba de empezar el instituto, y Cece, que adora pintar, aunque no se le da nada bien.
Solo los dos más pequeños están en casa: Remy está arriba viendo un documental sobre el Apolo 11 y Cece está dibujando en el comedor, mientras nosotros la observamos desde la cocina.
Siempre me ha parecido que Nolan no debería cargar con todo el peso de cuidar de sus hermanos; ya bastante tiene con ser quien mantiene a toda la familia.
El ochenta por ciento de los ingresos de Nolan están destinados a gastos familiares: con su dinero se pagó la universidad de Stacy, los caprichos de Beck, todas las clases de baile de Leyla, el telescopio de Remy, los peluches de Cece y también el descapotable de su padre, Finn, y el crucero en el que su madre, Stella, está ahora.
—¡Mira, Zander!, ¿te gusta? —Cece me enseña con emoción un dibujo que…, bueno, no tengo ni puta idea de qué es. Pero es muy colorido.
—Me encanta, Ce. Es precioso. —Vuelve a poner el papel sobre la mesa meneando la cabeza y provocando que su coleta de pelo castaño y rizado se mueva de un lado para otro.
Nolan está contestando unos mensajes y desde su móvil empieza a sonar una alarma estridente.
Cece hace un puchero al escucharla. Ese sonido significa que es hora de dormir.
Nolan se acerca a ella y empiezan un diálogo en el que acaba convenciendo a la pequeña de la casa de que es hora de acostarse de una vez, así que la acompaña al piso de arriba.
Por fin, llaman a la puerta y, como la persona impaciente que soy, me precipito a toda velocidad para abrirla.
Aunque mis ojos se deslizan instantáneamente hasta los de Vera, no puedo evitar fijarme detenidamente en su compañía: la famosa Harper Banks.
Que es igual de despampanante en persona que en la pantalla.
Tiene constitución de modelo: alta incluso sin tacones, piel impoluta sin ningún tipo de marca o grano, y delgada, cumpliendo con los estándares de belleza de la alta costura.
Sus ojos azules me miran con emoción cuando se da cuenta de quién soy y sus labios pintados de un color rosado forman una sonrisa entusiasta:
—¡Oh, por Dios! ¡Zander Shay! Estaba deseando conocerte. —Me da un abrazo que correspondo algo cohibido. Sigue hablando en cuanto se separa un poco—. Soy superfanática de NALS , y Dos noches y media en París es una de mis películas favoritas…
—Me alegro de que te gustara. —Las dejo pasar a ambas.
Nolan se asoma desde la escalera y se acerca a saludar a Harper primero.
—¿Has escrito algo? —le pregunto a Vera, que me mira con cara de pocos amigos.
—Nada. ¿Tú?
—Mejor que no hablemos de trabajo entonces.
Nolan se acerca y se presenta a Vera. No me cuesta leerla. Sé que se ha sorprendido al no encontrar a Nolan como una persona risueña, sino más bien un bloque de hielo, amigable en sus mejores días. Harper se coloca a mi lado, observando la estampa de nuestros mejores amigos interactuando entre sí.
—Zander… —Me giro a mirar a Harper—. ¿Noche de comedias románticas?
No niego ni desmiento que es posible que esta noche haya sido una encerrona a mi querida codirectora.
—Chicos —les llamo la atención—, instauro oficialmente la reunión del comité de comedias románticas. Con Nolan —lo señalo—, un fiel actor de unas cuantas. Harper —hago el mismo gesto que con mi amigo—, amante de otras pocas. Y yo mismo, director de ellas.
—¿Y a qué se debe esta reunión? —pregunta Vera, escéptica.