CAPÍTULO 6
Zander
N unca había visto el Hermosa Beach Pier tan vacío, supongo que porque nunca había estado aquí tan temprano.
Vera está asomada a la barandilla de madera del muelle, parece que ver las olas colisionar a pocos metros de sus pies la calma.
La intranquilidad nos arrolla a los dos: nadie fue capaz de sacar ninguna idea de nuestra visita a Echo Park.
He recopilado momentos que se verían increíbles en cámara, pero no tenemos hilo conductor. Y eso me aterra.
Dejo que el olor a sal y madera del muelle de Hermosa me inunde las fosas nasales mientras observo cómo el océano se une con el cielo.
Vera me sigue mirando con cara de pocos amigos.
Supongo que tiene que ver con que su pacífica rutina nocturna se va a ver interrumpida por pasar la noche en casa de Nolan.
Al final la convencí. O la obligué. No lo tengo muy claro.
—Venga, esto no es lo que quería enseñarte.
No hemos venido aquí por el muelle. Cuando ayer mencioné el observatorio, me recordó otros escenarios que aparecen en mi película de terror favorita: La La Land .
Lloré durante horas después de verla. He decidido traerla a otro escenario que aparece en ella: The Lighthouse Cafe, que está a escasos minutos del muelle.
Allí es donde Sebastian le enseña a Mia cómo funciona de verdad el jazz (aunque la escena interior no se grabó aquí, por cierto).
Caminamos hasta el pequeño bar de ladrillo, que tiene varias mesas de madera fuera y el nombre del establecimiento en luces de neón, solo que al ser por la mañana no están encendidas.
Vera lo mira con curiosidad. El nombre es lo único que le suena.
Es normal, en la película la fachada que sale no es esta, sino la trasera, en la que se ven tres puertas, un muro de ladrillo, el contenedor y el nombre del café pintado sobre la superficie rojiza.
Me adelanto y me sumerjo dentro. No hay mucha gente: un hombre contándole sus desamores a un camarero y unos cuantos turistas.
Pido una mesa mientras Vera observa con atención lo que la rodea.
El interior parece ser casi completamente de madera: suelo, paredes y mobiliario.
La barra del bar ocupa casi toda la estancia y las mesas están distribuidas uniformemente; excepto delante del escenario, que está justo en frente de la barra.
Hay una distancia prudencial entre la pequeña plataforma, ahora llena de instrumentos pero sin músicos, y las mesas del local. Es más, delante de él no hay mesas, solo las sillas altas de la barra que los amantes de la música suelen girar 180 grados para no perder de vista lo que ocurre.
Vera y yo nos sentamos en una de las mesas del fondo. Ella pide un café, y yo, un zumo de frutas. Yo prefiero tomar un burrito especial de desayuno y ella unas tostadas con aguacate. Ambos, sin ningún tipo de miramientos, juzgamos la comanda del otro.
—Bueno, ¿vas a empezar o voy a tener que sacarte las palabras a cuentagotas?
La verdad es que no sé si quiero conocer los métodos de tortura de Vera Scheidegger, al menos no en estas circunstancias.
Obviamente, se refiere a las ideas que prometí leer ayer.
—Leí tus ideas anoche, tumbado en mi cama, acurrucado y…
—Al grano, Shay —me reprende.
—Vale, vale. La idea sobre la chica con amnesia cuyo novio muere y ella se convierte en la principal sospechosa me gustó, pero es demasiado cliché… Y el resto, bueno…
—Son una mierda. Te parecen una mierda —resume.
—Yo no he dicho eso.
—Pero lo piensas. —No soy capaz de contradecirla—. Te parecen una mierda igual que a mí me parecen una mierda las sinopsis de tus películas.
—Bueno, creo que podría buscar otra palabra más acertada…
—¿Por qué te molesta decir que es una mierda? ¿Tienes algún trauma infantil o algo así?
Ambos nos callamos cuando nos traen las bebidas.
—No es eso… Intento apreciar el trabajo de los demás, aunque no sea para mí… Cosa que quizás tú deberías empezar a…
—No me voy a enfadar porque pienses que las ideas son una bazofia —me interrumpe—. He escuchado mil cosas peores, te lo aseguro.
Yo bufo y ella me observa con interés.
—Creo que puedo ganarte en eso.
—Soy una mujer dirigiendo, es imposible que me superes en esto.
—Soy un hombre en un género «para mujeres», ¿crees que alguien me ha tomado en serio alguna vez? —Espero a que depositen los platos de comida en la mesa antes de seguir hablando—. Ni siquiera tú me tomas en serio, y trabajas conmigo.
Ambos hacemos una pequeña pausa para degustar el desayuno. No sé ella, pero yo estoy famélico. Y el burrito está buenísimo.
—Un productor se empeñó en que era imposible que a mí se me hubiera ocurrido la idea para La pieza.
Se empeñó en que no tenía la suficiente experiencia, cuando venía de que me nominaran a múltiples categorías en los Oscar —habla tapándose un poco la boca porque aún está masticando un trozo de tostada—.
Robert no le quitó la razón. Me pidió incluso que lo entendiera, que a fin de cuentas soy demasiado joven.
Camuflan su machismo con condescendencia.
Y eso sin mencionar el tono paternalista que Steven siempre utiliza conmigo.
Me quedo mirándola pasmado. Reprimo la pregunta antes de que salga por mis labios. Linda me avisó de que no husmeara demasiado sobre Robert, y menos con Vera.
—Sobre mí escriben artículos estúpidos cada dos semanas.
Sobre qué tipo de ropa interior llevo. Sobre con quién salgo o dejo de salir.
Twitter está lleno de personas sexualizándome cada vez que me pongo un traje…
Joder, hay fanfics sobre Nolan y yo. Durante una época todo mi equipo pensaba que estábamos saliendo.
Vera se queda en silencio durante unos segundos.
—Lo sé. —Inclino un poco la cabeza hacia la derecha, mostrando confusión—. Lo de los fanfics … Te estuve investigando. De todas maneras, no puedo culpar a nadie por creer que estáis saliendo, en las entrevistas siempre se os ve muy… compenetrados.
—Oh, venga ya. Solo tenemos un bonito bromance .
—No me hace falta conocer a Nolan para saber que sois la clase de amigos que os besaríais borrachos en un bar.
—No puedo evitar que se me escape una sonrisa.
Ni confirmo ni desmiento que eso haya pasado—.
¿Eso es lo peor que te han dicho? Por favor, no me hagas reír.
«Oh, pobre Zander, Hollywood lo adora y ha tenido que ponerse gafas de sol porque los flashes de las cámaras lo persiguen» —se burla.
Yo niego con la cabeza.
—Creo que ya sabes que dejé la carrera, ¿no?
—Ella asiente—. Coincidimos durante un semestre, todo el mundo hablaba de ti…
Tenía mucha ilusión por aprender cine. Siempre había sido un poco friki al respecto.
Me gustaba ver una película y diseccionar los planos.
Me leía todas las biografías de mis directores y guionistas favoritos…
Pero empezaron las clases y no era lo que esperaba.
—¿A qué te refieres?
—Nunca me cuesta hacer amigos, conocí a un montón de gente y me llevaba bien con todos.
Bueno, casi todos. Creo que te puedes imaginar que mis compañeros más cinéfilos se burlaban de mí por cualquier razón que pudieran encontrar.
Porque me gustara el romance, tuviera como referente a Nora Ephron o mencionara alguna película de animación.
Pensé que podría aguantar la situación, pero fue escalando.
»Algunos profesores empezaron a reír algunas de esas bromas cuando intentaba participar en clase.
Uno de los que más admiraba cogió uno de mis guiones como ejemplo para leerlo delante de toda la clase y demostrar que yo jamás vería mi nombre en pantalla.
Esos comentarios, no verles sentido ni propósito a algunas clases, sentir que mi idea del cine no tenía cabida, fueron drenándome.
Dejé la carrera y me volví a Chicago. Solo me alegro de ir a la universidad porque gracias a ello conocí a un amigo por el cual acabé trabajando en NALS .
»En resumen, fue lento, pero consiguieron drenarme. En ese momento no encontré ningún buen motivo para querer escribir cine. Mataron mis ganas. Y me fui de Los Ángeles pensando que nunca serviría para esto. Que mi sueño sería solo eso, un sueño.
Ella se queda callada durante unos segundos. Aunque parece saber exactamente qué decir.
—Pero estás aquí.
Yo sonrío. Ya queda muy poco del chico inseguro que solía ser. Confío más en lo que hago, aunque, eso sí, sigo evitando leer críticas para no hundirme.
—Sí, estoy aquí. Contigo, además.
Pone los ojos en blanco al escuchar esto último.
—La universidad también fue una mierda para mí —me confiesa—.
Todo el mundo hablaba de mí como la protegida de Steven Banks.
Un profesor intentó ridiculizarme en algunas de mis primeras clases e incluso dio una entrevista para un periódico hablando mal de mí.
En cuanto Steven se enteró, consiguió que lo despidieran. Después de eso, todos hablaban.
—¿De qué?
Vera casi se ríe.
—Eres un poco ingenuo, ¿eh? La gente no pensaba que Steven había visto talento en mí.
Pensaban que había visto a una chica joven, medianamente atractiva, a la que podía ilusionar con un futuro brillante mientras se la follaba todas las noches.
A veces entraba a clase y había una foto de una modelo en bikini a la que le habían puesto mi cara y un titular de «La zorra de Banks».
Nunca ninguno de mis compañeros ni de mis profesores llegó a pensar que podía haber suscitado el interés del director por alguna razón que no fuera física.
No tenía ni puta idea de que había pasado por eso. Me quedo en silencio, sin saber muy bien qué decir.
—¿Steven Banks no hizo nada por ayudarte?