CAPÍTULO 4
Zander
D efinitivamente no esperaba que, en mi primer día trabajando con mi nueva compañera, recibiera una amenaza de dicha compañera.
Los Ángeles puede llegar a ser impredecible, pero no sabía hasta qué punto.
Suelto un suspiro mientras observo que no haya ni una mota de polvo.
Me pasé toda la tarde de ayer limpiando.
Siento que, en vez de Vera, van a entrar mis padres, alguien que se haya burlado de mí en el instituto, mis mayores haters y un comité de expertos en limpieza para valorar si he hecho un buen trabajo.
Y aun así no tengo claro que todo ese grupo de personas juntas sea más intimidante que Vera Scheidegger.
De vuelta a mi casa desde la oficina de Robert, decidí llamar a Nolan y contarle todo el encuentro.
Si no podía consolarme, por lo menos escucharía mis lloriqueos.
Por suerte, resulta que él había llamado a Harper y la actriz se pasó una hora al teléfono diciéndole lo increíble que es trabajar con Vera.
Que es un amor de persona y que solo tienes que escarbar un poco.
Espero que ese poco no signifique que tenga que comprar una excavadora industrial.
No recuerdo estar tan nervioso ni en mi primer examen de universidad, aunque probablemente eso fuera porque ya tenía asimilado que iba a suspender.
He intentado leer algunas páginas web sobre escritura creativa y sobre cómo optimizar el tiempo.
Yo me distraigo con una mosca, mientras que Vera no dejaría de escribir aunque alguien le pusiera una pistola en la cabeza.
Cuando suena el timbre me miro en el espejo antes de abrir.
Llevo unas bermudas grises y una de mis camisetas favoritas: es azul oscuro y tiene el logo de NALS .
Desde luego, estoy un poco más presentable.
Mantengo una sonrisa cuando abro la puerta y me encuentro a Vera.
Ella me mira de arriba abajo, así que la imito.
Trae su pelo castaño oscuro perfectamente recogido en una coleta alta y sus labios de color rojo sangre.
—Vaya, si sabes peinarte y todo.
«Gran forma de romper el hielo, Scheidegger».
Me limito a dejarla pasar al apartamento moviéndome a la derecha. Mientras, ella observa todo con curiosidad.
—Bien, ¿por dónde empezamos? —Intento mostrarme entusiasmado.
Sus ojos marrones me escudriñan.
—¿Por qué vives en este piso? No me extrañó que vivieras en North Hollywood, conozco a muchos guionistas que prefieren vivir aquí, pero sé que te pagan lo suficientemente bien en NALS como para mudarte a una casa más grande.
—Bueno, es una larga historia…
Una que ni siquiera me deja comenzar.
—Entonces no me interesa.
—De nada me sirve tener mucho espacio si después voy a sentarme en un rincón de la casa a escribir y ver series. —Ella se queda completamente callada y decido que tengo que destensar el ambiente—. ¿Quieres que te dé un tour?
—No hace falta. Mi plan es que no tardemos mucho en escribir el guion, así que no creo que…
Ignoro lo que me dice por el simple hecho de que mi bloqueo no se lo va a poner fácil a su ingenio.
Creo que al menos debería saber dónde está el baño.
Mientras le enseño diversos rincones de la casa, desde la cocina al comedor que apenas utilizo, simplemente se queda ahí, mirándome.
Iba a mostrarle el trastero, pero la veo poco comunicativa.
—Espera en el sofá, voy a por agua.
Al volver al salón, me siento a su lado. Ha dejado unos papeles sobre la mesa, los miro con curiosidad y espero a que ella me cuente de qué se trata:
—Tenemos que centrarnos en la película. Voy a ser muy honesta: tenemos estilos demasiado opuestos y no creo que puedan cohesionarse, así que…
—No concuerdo.
—¿Disculpa?
—¿Por qué crees que las películas con gran tensión o tragedias no pueden tener romance? Creo que a todas tus películas se les podría añadir perfectamente.
—¿Has visto alguna de mis películas, Shay?
—No, pero estoy seguro de que hay personajes en tus películas casados o en pareja o enamorados de alguien con quien no pueden estar; es prácticamente imposible no…
—¿Crees que tienes derecho a juzgar lo que se supone que se podría ver en mis películas o no?
Yo no he visto ninguna de las tuyas, pero no me hace falta para saber que son completamente incompatibles.
Dios, ¿crees que la gente no habla? ¡No escribes guiones en condiciones!
¡Prefieres improvisar a partir de premisas vagas!
—¡Solo busco la autenticidad delante de la cámara!
—Ah, no sabía que así se llamaba a no saber hacer tu trabajo, ¡qué interesante!
—Oye, me estás juzgando sin conocerme de nada. —Me mira exasperada, como si no se pudiera creer que no me hubiera dado cuenta antes.
—Vale, vale… —Toma una gran bocanada de aire—. ¿Cómo es tu proceso de escritura?
—Ah… Pues…
—Por favor, dime que tienes uno.
A pesar de ser tan seria, es increíble lo expresiva que puede llegar a ser. Por ejemplo, ahora mismo sus cejas levantadas y sus ojos demasiado abiertos me dejan saber que está muy cerca de tener un infarto.
—No sé, simplemente me siento a escribir… Me surge una idea o una escena que me gustaría plasmar y acabo imaginándome toda la película o la serie para llegar hasta ella… Por ejemplo, con Mi error eres tú me imaginé que…
—Déjalo. Ni la he visto ni tengo intención de verla.
—¡Eh! No hables de mi bebé con tanto desdén.
Coge los papeles de la mesa y, con un golpe seco, impactan sobre mi pecho.
Yo los tomo entre mis manos, extrañado por su actitud, y comienzo a leer.
Son sinopsis de películas, bueno, mejor dicho, son ideas plasmadas en palabras separadas por comas y después una pequeña descripción de la trama de una película.
—Son ideas que se me han ocurrido para la película. Elige una y pongámonos a trabajar.
Parpadeo varias veces y mi vista se desliza una y otra vez entre ella y los folios. ¿La he entendido bien?
—Entonces, ¿yo no hago nada?
—¡Eliges cuál hacer! Es un paso importante. —Me pone la mano en la rodilla como si fuera un niño pequeño al que hablarle de cierta forma para convencerlo de hacer algo.
—Vera…
—Mira, no nos vamos a entender, ambos ganamos porque trabajamos con una idea original, que era lo que queríamos, y…
No la dejo seguir hablando. O más bien, la dejo petrificada porque rasgo los folios. Clava la mirada en los trocitos de papel que ahora se distribuyen entre el sofá de pana y el suelo de parqué oscuro.
—¿Qué cojones has hecho?
—Primero, esas ideas se te han ocurrido en una sola noche y ambos estaremos de acuerdo en que podemos hacer algo mejor. Segundo, ¡venga ya! Seguro que tienes una copia. ¡O dos!
—Shay, jamás nos vamos a entender. Somos completamente opuestos. Es mejor que trabajemos por separado y pongamos en común lo justo.
—Háblame de tu proceso creativo o… ¡No! Mejor, hagamos cosas que puedan inspirarnos a los dos.
Los Ángeles es la ciudad de las estrellas, algo tiene que haber aquí que…
—Por su cara, sé que no la estoy convenciendo.
Me acerco un poco más a ella, intentando que me mire a los ojos y se centre únicamente en mis palabras—.
Tenemos diez días, si al octavo día no tenemos película, elijo una de esas ideas. Pero tenemos que intentarlo primero.
Su mirada me dice que la negativa es inminente, así que intento reformular lo dicho:
—¿Qué te parece si probamos tu método y el mío?
Por las mañanas buscamos cosas que puedan inspirarnos y por las tardes trabajamos, cada uno por su lado, intentando desarrollar lo que sea que haya captado nuestra atención antes.
Si vemos que no está funcionando lo de la inspiración, nos centramos en tus propuestas.
Sin decir nada aún, comienza a recoger los trozos de papel y a amontonarlos en la palma de su mano. A mí solo me queda observar la escena en silencio. Cuando tiene todos los trozos, los mira fijamente y suelta un largo suspiro.
—Está bien.
—¿Sí?
—¿Ya quieres que me arrepienta?
Suspiro y cojo los trocitos de papel de entre sus manos; al tocarla, me percato de que tiene la piel incluso más suave de lo que parece de lejos. «¿Qué coño estoy haciendo?». Me levanto para ir a tirarlos a la cocina. Su mirada sigue clavada en mí. Parece que me odia y todo.
—¿Por dónde empezamos, Vera? ¿Qué te inspira?
Espero que esta vez no haya una pausa dramática de un minuto.
—Veamos si en un set de rodaje nos entendemos mejor.
Los estudios Banks no están muy lejos de las oficinas de ejecutivos donde conocí a Robert. Tampoco están muy lejos de donde se graba NALS .
No llevo muy bien que no abra la boca en todo el trayecto.
Me centro en la red de varios carriles, llenas de coches variopintos con maleteros llenos de sueños.
Aún recuerdo cuando llegué a Los Ángeles por primera vez, me sentía Miley Cyrus cantando Party in the USA .
Después me di cuenta de que solo era un adolescente perdido en una ciudad llena de gente excéntrica en la que absolutamente todo se movía por contactos. Me pregunto si a Vera le pasó lo mismo.
Toma el segundo carril a la derecha y entre palmeras veo unos edificios con el característico logo de los estudios Banks: el nombre Steven dentro de una B cursiva enorme.
—Ya estamos llegando, solo tengo que aparcar en mi sitio de siempre… —De hecho, tiene que mostrar unas credenciales para que dejen pasar el coche.
Después de aparcar caminamos intentando evitar el sol, el otoño acaba de empezar, pero aun así el calor sigue haciendo mella. Aquí al menos las temperaturas son suaves todo el año, en Chicago nos movemos más entre extremos.
Vera va delante de mí marcando el ritmo. Saluda a otro guardia de seguridad, aprovechando para preguntar sobre quiénes están grabando hoy. Escucho algunos nombres que me son familiares. Continúa la marcha con rapidez:
—Te conoces los pasillos de memoria…