Más que una película CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

—¿En qué sentido? —pregunta manteniéndome la mirada. Sus ojos marrones me escudriñan.

—Sé que serás el productor principal, pero no te quiero encima de nosotros.

Ni cerca de nadie del equipo, ni de Zander Shay, ni de ningún actor o actriz.

Serás informado de todas las decisiones que tomemos, pero no estarás durante las grabaciones y tampoco en el montaje, ni en ninguna parte de nuestro proceso creativo.

—Vaya, que en resumen quieres perderme de vista… No te conviene una enemistad conmigo, Vera.

Mentiría si dijera que no hemos tenido esta conversación más de una vez.

Robert piensa que esto es un capricho de niña celosa que no quiere ver a su hombre tonteando con otras, probablemente mi vida sería más sencilla si mi productor no pensara que me he pillado de él.

No parece entender que solo lo quiero lejos de mí.

—No es enemistad, es mantener una relación profesional. No hay necesidad de que estés ahí, así que no estarás.

—Y tú firmarás. Sin ninguna pega. Y tampoco le harás la vida imposible a Shay. —Me recuerda.

—De acuerdo. —Acabo cediendo.

—Trato. —Me tiende su mano y yo se la estrecho, sintiendo el sabor dulce de una pequeña victoria en mis labios.

Un sabor que no me dura absolutamente nada.

Entramos de nuevo en el despacho de Robert, Zander está despatarrado en el asiento con una posición muy poco sana para su espalda mientras mira algo en su teléfono.

Espero que esté mirando dónde comprar un peine.

Al ver que llegamos, su mirada abandona su móvil y nos dedica una sonrisa a ambos.

«Míralo, parece no haber roto un plato en su vida y yo tengo ganas de romperle toda la vajilla en la cabeza».

Robert hace como si la conversación que acabamos de tener no hubiera existido.

Se sienta en su maravilloso sillón de cuero sobre el cual podría hablar durante horas y nos tiende una copia del contrato a cada uno.

Cojo los papeles y comienzo a leer. No me moveré de aquí hasta que lea cada cláusula, por pequeña que sea.

No hay nada raro en el contrato, pero Zander rompe el silencio y me hace buscar el contacto visual de Robert:

—¿Y sobre qué querías que escribiésemos? Me has mencionado antes un libro, ¿no?

—¡Sí! —comenta Robert con entusiasmo—.

Veréis, ya sabéis cómo de frenética es esta industria y, seré franco, vais a tener que trabajar a contrarreloj…

Pero como seréis dos no tendréis problema…

—Él se empieza a reír como si fuera una broma graciosa.

Ni Zander ni yo le continuamos la gracia—.

Bueno, he pensado que podíais adaptar un libro que os parezca bien a ambos para facilitar las cosas.

—¿Qué? Robert, ya sabes que yo solo trabajo con ideas originales mías.

Parece que está a punto de contradecirme, cuando Zander carraspea y habla:

—La verdad es que yo también. Prefiero trabajar sobre una idea propia que tener a muchos lectores enfadados por haber transformado una obra en otra cosa.

Robert lo sopesa durante unos segundos.

—Está bien, en ese caso, necesitaré la idea resumida, el argumento, una sinopsis, biblia de personajes, puntos principales que hagan atractiva la historia, plot twists y, por supuesto, el final —Echa un vistazo rápido al calendario—. Tenéis una semana.

—¡¿Qué?! —Zander y yo hablamos a la vez y la mirada de Robert se pasea de uno a otro sin saber a quién mantenerle el contacto visual.

—Quince días. —Le propongo yo.

—Vera, en serio confío en que…

—Quince días. —Vuelvo a insistir.

—Vera, cielo —«Lo voy a matar»—, creo que es mejor que…

—¡Quince días!

Zander vuelve a carraspear antes de intervenir:

—¿Y si lo dejamos en diez días? —Robert y yo lo miramos a la vez.

Robert asiente, parece contento con la idea de tener un punto medio. Así que yo cedo también.

—En ese caso, no os quiero entretener mucho más… Solo os recomiendo, como productor que ya ha trabajado con varios directores en la misma película, que, antes de escribir nada, intentéis conoceros un poco… —Ni de puta coña.

Zander asiente con la cabeza. Yo no muevo ni un músculo.

Robert nos comenta alguna cosa más, aunque en realidad todo lo que menciona lo dice para que Shay lo sepa. Es la primera vez que él trabaja para el estudio Banks y con la productora que está unida a él, pero yo llevo trabajando con ambos desde los dieciocho. Nada me sorprende ya.

También menciona algo sobre que, si necesitamos inspiración, podemos pasarnos por algunos de los sets de grabación, y que así yo puedo presentarle a algunas personas que probablemente estén involucradas en el proyecto, ya sea en la etapa de rodaje o en la etapa de postproducción.

Por lo menos, el comentario me deja saber que más o menos mantendré al equipo de siempre, lo que me tranquiliza.

Me despido de Robert con un escueto adiós y salimos del despacho en silencio.

Zander me mira con curiosidad, como si quisiera empezar una conversación.

Una charla que mi cara le deja bastante claro que no quiero tener.

Pero no me queda otra.

Las puertas del ascensor se cierran y yo dejo escapar un suspiro. Tengo que trabajar con un tío que odio desde que escuché su nombre por primera vez. Y con una tía a la que le estoy haciendo ghosting porque no sé qué siento. Genial.

Miro el reflejo de Zander en el espejo del ascensor. Lo he visto en suficientes entrevistas y vídeos en Twitter como para saberme de memoria su apariencia; pero aun así me paro a observarlo.

Es cierto que es más alto de lo que pensaba.

De hecho, a mi lado parece una torre. Tiene una maraña de pelo castaño oscuro que necesita un pequeño corte.

Algunos mechones le caen sobre la frente, mientras que otros están algo levantados, dándole el aspecto de un tío que se acaba de despertar.

Ojos miel, de esos que se ven mucho más claros a la luz y con unas pestañas que yo pagaría por tener.

Su tez es pálida, apostaría lo que fuera a que es de las personas que se pone dos segundos al sol y vuelve a casa de color gamba.

Hay un casi imperceptible rastro de pecas sobre el puente de su nariz recta.

Su boca forma una sonrisa traviesa que parece ser una mueca permanente y…

—Bueno, ¿cómo vamos a organizarnos? —Me ha sacado completamente de mi ensoñación—. Ya sabes, para escribir la película. —«No, para asaltar un banco, no te jode».

—¿En tu casa o en la mía? —pregunto.

—¿Qué? —«Prefiero no imaginarme qué está pensando».

—Tendremos que organizarnos en algún sitio, ¿no?

—Ah, sí, sí. No me importa que sea en mi casa si a ti no te importa venir. —No me molesto en corresponder la mirada que sé que tiene sobre mí.

—De acuerdo. Dame tu teléfono. —Me doy cuenta por la rapidez en la que me lo tiende que he sonado más autoritaria de lo que pretendía.

Ya está desbloqueado, así que me limito a entrar en sus contactos y agregarme—.

Quedamos mañana por la mañana, a las diez estaré en tu casa.

No me gusta que me hagan perder el tiempo, más te vale que optimicemos cada segundo que pasemos juntos.

—¿Es una amenaza?

No distingo si la pregunta va en serio o es broma. De cualquier forma, mi respuesta no le llevará a confusión. Las puertas del ascensor se acaban de abrir.

—Que te quede claro, Shay. Yo no doy advertencias.

—A ver, recapitulemos… Vas a trabajar con Zander Shay en una película que no quieres hacer y vas a tener que volver a ver a Harper después de todo lo que ha pasado antes de lo previsto…

La voz de Elizabeth retumba por mi habitación.

Tengo el móvil en altavoz y me estoy comiendo un helado de menta y chocolate tumbada en la cama mientras hablo con mis dos mejores amigas de la infancia.

Y las únicas personas con las que mantengo el contacto de mi pueblo natal: Elizabeth y Molly.

Amigas desde primaria. Aunque las tres somos bastante diferentes, si tuviera que colocarnos en una línea según cómo de diferentes somos, Molly y yo estaríamos en los extremos, mientras que Elizabeth ocuparía el lugar central.

Lo que dicen es cierto, cumplo con el estereotipo de chica sarcástica, seria y ambiciosa.

La protagonista de las películas de Navidad que es un poco cascarrabias y acaba perdida en un pueblo en mitad de la nada.

Yo, para evitar tal cosa, no salgo de Los Ángeles.

Molly, al contrario, es la persona más agradable y sonriente que puedas encontrarte sobre la faz de la tierra.

Y Eliza está en medio, digamos que ella tiene esa dualidad de poder enamorar o joder a cualquier persona.

A veces, las dos cosas al mismo individuo.

A decir verdad, sigo sin comprender cómo pudimos seguir manteniendo la amistad en el instituto. Elizabeth era la animadora más popular, a Molly le hacían bullying por sobrepeso y yo pasaba literalmente de todo. De alguna forma, supimos permanecer juntas.

—Y también que Robert es gilipollas… —interviene Molly.

—Sí, pero eso no es novedad —apunta Elizabeth.

—La cosa es que —me quejo yo con la boca llena de helado— voy a tener que aguantar a un tío que todo el mundo ama, pero que yo no soporto, durante al menos un puto año. ¿Por qué les cae bien a todos? Solo es un tío heterosexual normativo que sabe ser gracioso todo el tiempo…

—Vera, creo que tú solita has dado con la clave de por qué. —Pongo los ojos en blanco ante el comentario de Elizabeth.

—Bueno —ahora interviene Molly—, me vas a decir que soy superficial.

O que no estoy entendiendo que Zander Shay tiene fama solo por suerte y no por trabajo duro.

O que la forma en la que crea cine te parece lamentable porque solo hace romance e improvisa escenas cuando para ti es impensable, pero…

—Por alguna razón no es capaz de terminar la frase y Elizabeth se adelanta.

—Que si está bueno, Vera. Que si está tan bueno en la vida real como se le ve en la pantalla.

Clavo la cuchara en el helado y suelto un gruñido de frustración.

—¿En serio? ¿Vosotras también habéis caído en los encantos de Shay? ¡Es un tío! —Escondo mi cabeza en uno de mis cojines.

—A ver, Vera, es que tenemos ojos… Y, además, como no lo conocemos podemos fantasear con que es el hombre perfecto —dice Elizabeth.

—Si me va a mentir un hombre, que me mienta él a dos centímetros de mis labios —comenta Molly. Escucho algo de ruido, probablemente esté en la cafetería que ahora regenta.

—¿De qué labios estamos hablando exactamente?

—¡Elizabeth! —la riñe Molly de inmediato.

Me tapo la cara de vergüenza. No puede ser que yo haya venido a desahogarme y ahora tenga que escuchar a mis mejores amigas babeando por Shay.

Me vine a Los Ángeles de forma muy abrupta. Temí al principio no ser capaz de mantener la amistad con ellas, especialmente porque tenía claro que no iba a volver a ese sitio. Pero ellas me lo han puesto muy fácil llamándome insistentemente cada vez que llevo una semana sin dar señales de vida.

—Bueno, Vera —vuelve a empezar Elizabeth—, ¿está tan bueno?

Yo me quedo callada, mordiéndome la lengua. Negándome a contestar.

—Ese silencio —interviene la otra— significa que está incluso más bueno. —Yo gruño como respuesta y ellas ríen.

—Da igual que sea atractivo, ¿vale? El tío es irritante. No le puede caer bien a todo el mundo, es imposible…

—De hecho, no le cae bien a todo el mundo porque tú lo odias, Vera —comenta Elizabeth—. Es más, lo odias sin haber compartido ni una sola palabra con él. Eso tiene mucho mérito. —El comentario hace que Molly suelte una de esas carcajadas contagiosas que me hacen dibujar una sonrisa.

—Sois unas capullas… —me quejo.

—Vale, pero si te acabas acostando con él, queremos todos los detalles. —Bufo al escuchar a la pelirroja.

—Antes vuelvo a Cloveland voluntariamente.

Dejo la tarrina en la mesilla de noche porque a este paso voy a acabarme el helado yo sola.

—Bueno, Vera. Ahora en serio, no lo conoces… Puedes odiarlo porque sí, pero vas a tener que aguantarlo, así que por favor no cometas un homicidio…

—Los voy a tirar al Pacífico a los dos. A Shay y a Robert.

—Pero antes que nos firme un autógrafo Nolan Harlow —me pide Molly.

Es verdad, se me olvidaba. Si hay alguna persona a la que mis amigas amen más que a Shay, es a Nolan.

—Veré qué puedo hacer —acabo gruñendo otra vez.

No hay ni diez segundos de silencio cuando me llega otra pregunta de Elizabeth.

—¿Qué vas a hacer con Harper?

Me giro, acercándome más a la mesilla. Tengo la cabeza aún recostada en la almohada y abrazo el cojín con fuerza.

—No lo sé, esperaba que cuando nos viéramos hubiera pasado el suficiente tiempo como para saber cómo lidiar con ello, pero ahora…

—Ahora tendrás que improvisar —contesta Elizabeth.

—Uhhh, la actividad favorita de Zander Shay. —Por lo menos Molly me hace esbozar una sonrisa.

Por suerte me dejan cambiar de tema. Elizabeth nos cuenta cómo le va en su nuevo puesto, pues la acaban de ascender en la aerolínea para la que trabaja.

Molly nos narra sus tranquilos días en la cafetería.

Las dos tienen relaciones estables, Elizabeth con alguien que también es de la compañía y Molly con el que fue rey del baile en el instituto (pensaba que era un tremendo capullo, pero la adora y llevan siendo amigos desde que eran unos críos).

Noto que la llamada está llegando a su fin cuando Molly dice que tiene que ir yendo a casa, que ya está cerrando la cafetería. Sin embargo, antes de despedirse, me hace otra pregunta:

—Fuera de lo que sea trabajar con Shay, ¿tienes alguna idea para la película?

La sensación de vértigo me inunda. No solo no tengo hilo para seguir, sino que he debido de perder todas las agujas y tirar la máquina de coser por la ventana. En resumen, no sé qué cojones voy a hacer ahora.