Más que una película CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Vera

S iempre he tenido problemas de ira. Cuando era pequeña, mis padres preferían dejarme sola hasta que se me pasara a lidiar conmigo en ese estado.

Creo que, si le diera la oportunidad, Robert haría lo mismo, pero ahora no le queda más remedio que guiarme por el laberinto de pasillos.

Mientras tanto, me clavo las uñas en las palmas de las manos para evitar que «accidentalmente» mi querido productor reciba un golpe.

Seguimos caminando hasta encontrar una sala vacía, un despacho de alguien que seguramente está teletrabajando hoy.

Es como la versión cutre del de Robert: más pequeño, peores vistas y peor luz, un escritorio con dos asientos y un ordenador de sobremesa.

Bueno, al menos aquí podré gritarle con tranquilidad.

—Pero a ti, Robert… ¿A ti qué cojones te pasa? —Me mira con desaprobación, como si ya hubiésemos pasado por esta etapa antes.

—Antes de que digas cualquier estupidez por el calor del momento, déjame que te explique.

—Me cruzo de brazos delante de él, intentando parecer dura a pesar de que me saque una cabeza—.

Iba a decírtelo después de la entrevista…

Después de tu broma me vino la inspiración divina…

Pero dijiste que preferías irte a casa en vez de cenar…

¿Y esa excusa de mierda?

—¡Y qué! Pudiste haberme llamado, un correo, un mensaje… ¡Algo!

Me hace un gesto para que nos sentemos, pero permanezco de pie. Se pone la mano en el pecho antes de hablar. Aquí viene el comentario condescendiente:

—Tienes razón, culpa mía. —No siente ningún tipo de remordimiento. Para mi mala suerte, la gilipollez no ha menguado con el aumento de canas—. Aun así, no veo el problema, nunca me has dicho que no quisieras trabajar con otro director.

Y si no hay un no, para él ya hay un sí. Aplicable a demasiados contextos desagradables.

—¿Con otro director? ¡Me has traído a mi puta némesis! ¿Quieres una película con Harper y Nolan? Pues que la escriba el incompetente que está sentado en tu despacho. —Robert me mira como si fuera una niña con un berrinche.

—Precisamente porque es tu némesis, Vera… Él ya ha aceptado. Hazte a la idea de que lo único que te queda es firmar el contrato. Te recuerdo que puedes negociar, pero no rechazar los proyectos que te ofrezca.

Cierro los ojos por el impacto. Es cierto, estoy atada por el dichoso contrato que firmé hace años y sus malditas cláusulas abusivas.

«Si firmas, al menos esto será lo último a lo que estés obligada por contrato a hacer para ellos».

—Robert, no lo entiendo. ¿Por qué esto de la nada? Se suponía que iba a centrarme en escribir la película personal que llevas años pidiéndome…

—Bueno, pues ahora quiero que trabajes con Zander Shay…

Por si se te ha olvidado, soy yo quien decide lo que tú escribes o no, Vera…

Mira, ¿quieres que sea honesto? Guerras silenciosas no está a la altura de tus otros proyectos y en menos de un año nadie se acordará de ella.

—Siento el comentario como un puñetazo en la boca.

—¿Qué dices? Es un taquillazo.

—No al nivel de los anteriores. Esperaba más dinero, mejores críticas.

Se suponía que este era el rumbo que querías tomar en tu carrera, ¿no?

Hacer más terror psicológico. Pero ¿y si no funciona?

¿De qué me sirve si no funciona? El último baile fue muy bien con la crítica y el público, La pieza fue mejor con la crítica que con el público…

Pero está última no está funcionando tan bien con ninguno de los dos…

No sé si te estás encontrando o te estás perdiendo.

Trago saliva en un penoso intento de bajar el nudo que se ha formado en mi garganta. Prefiero cualquier otra cosa a que me vea indefensa o afectada por sus palabras.

—Podrías haberme dicho esto hace días. —Mi voz suena desinteresada y eso le irrita.

—Seamos claros, no eres especial, Vera. Tengo a un montón de directores noveles que podrían darme también un taquillazo o dos.

Y tengo a un montón de guionistas hombres que escriben guiones muy parecidos a los tuyos, siendo la única diferencia que tú eres mujer.

¿Sabes por qué estás tú aquí y no ellos?

Porque eres un mejor producto que vender, porque quiero que seas una directora rentable a largo plazo.

Llevas cuatro años y medio de carrera y no puedo dejar que sea lo único a lo que aspires.

¿Es que no lo ves? ¡Solo quiero lo mejor para ti!

—¿Lo mejor para mí? ¡Me has metido en otro proyecto sin mi consentimiento!

Enfadada, intento alejarme un poco de él. La conversación ha ido escalando y estoy demasiado cerca de su rostro. En el momento que intento retroceder, siento cómo me agarra con fuerza el brazo derecho para inmovilizarme.

—Vera, aún queda para las nominaciones de los Oscar, pero… ¿Y si no estás? ¿Y si no es el público lo único que se te resiste? ¿Y si es a la Academia a la que no podemos encantar? No creo que Guerras silenciosas se lleve el Oscar que ambos esperamos que te lleves. Dudo que esté nominada.

Sé que está exagerando y sé que solo está utilizando esto como otra medida de manipulación.

Quiere machacar la confianza que tengo en mí misma para que ceda, pero ha jugado la mano ganadora y ambos lo sabemos.

Esas nominaciones me roban el sueño. Y, bueno, ¿a quién quiero engañar?

Puedo negarme a todo lo que quiera, él puede obligarme a todo lo que quiera. Ya hemos estado aquí antes.

—A ti no te importa que yo me lleve ese premio o no… Eres un… —Me interrumpe y casi tengo que darle las gracias porque cualquier cosa que hubiera dicho habría provocado que saliera del edificio flanqueada por dos guardias de seguridad.

—Deja de hacerte la víctima. Es terriblemente molesto.

—Así que soy yo quien se hace la víctima mientras tú te encargas de hacerte el héroe, ¿no? Es así como siempre ha funcionado… No sé cómo puede sorprenderme si… —Me tira del brazo, acercándome más a él.

—Ten cuidado de cómo terminas esa frase. Te lo voy a repetir porque siento que no lo has pillado: eres reemplazable. No eres Zander Shay, no tienes al público enamorado. No eres la reina de las entrevistas. La crítica te aclama, pero los críticos se pueden comprar.

—¿Qué quieres decir con eso? —pregunto al fin.

—Que no hace falta que te sabotees tú misma con el proyecto con Shay.

Que si no aceptas y firmas el contrato me encargaré de romper el nuestro, cualquiera que hayas firmado con esta productora, y sobornaré a cualquier crítico que se me presente para hundirte la carrera y devolverte al pueblo de mierda del que no deberías haber salido.

—A medida que habla su tono de voz se incrementa.

Al final de la frase me sobresalto, él me suelta de forma abrupta y toma una respiración para tranquilizarse—.

Vera, lo siento. Nadie se merece que le hable así, ¿vale?

Solo estoy nervioso, tú mejor que nadie sabes lo que se siente, tienes un montón de personas a tu cargo y necesitas que todo lo que hagas sea un éxito para poder continuar…

De verdad que creo que este contrato es perfecto, tendrías el mejor presupuesto con el que nunca has podido contar, y creo que Zander puede ser una buena influencia para ti.

—¿Una buena influencia? ¿Crees que soy la típica chica con mala conducta que necesita a alguien que la devuelva al camino?

—No lo saques todo de contexto… Me refiero a que Zander tiene lo que a ti te falta y tú tienes lo que a él le falta.

Siempre te hemos rogado que escribas algo romántico y siempre has dicho que no tenías ningún proyecto en el que poder encajar una historia romántica.

Estoy seguro de que juntos podréis encontrar uno.

Y para que te quedes tranquila, ya he hablado con Steven Banks para que retrase la entrega del borrador de tu proyecto superpersonal.

—Robert coge mi mentón con su mano para que lo mire—.

¿Sabes lo bueno de que trabajéis tantas estrellas juntas en una misma película?

«Le voy a cortar la puta mano».

—¿El qué?

—Que vuestros nombres venden lo suficiente como para que la película sea una mierda. Aprovecha la oportunidad y deja de preocuparte.

Que deje de preocuparme, claro. No hay frase que odie más que esa. También me dirá que no va a pasar nada por descansar, mientras da por sentado mi trabajo. Me pedirá que no le dé vueltas, mientras me da miles de razones para dárselas.

—Quieres que escriba una bazofia. —Arqueo una ceja y él por fin me suelta la barbilla.

—Quiero volver ahí dentro y asegurarme de que vas a firmar el condenado contrato.

Lo primero que tuve que aprender cuando empecé a trabajar para Robert es que una sola persona no marca la diferencia.

Sobre todo, cuando tienes a alguien más poderoso que tú delante.

Porque ellos, que son quienes realmente pueden hacer algo al respecto, no se arriesgarán a perder una pizca de autoridad por una situación que no los atañe personalmente.

Sobornarán y mentirán hasta que de todos los crímenes que hayan podido cometer solo queden murmullos.

Siento que mi cercanía a él me hace igual de culpable.

Mi única opción es callar, obedecer y esperar.

Debería estar acostumbrada ya. Firmaré intentando ocultar mis temblores; sabiendo que tengo al diablo en frente y que hacer tal garabato es tan sentencia de muerte como no hacerlo.

Pero primero intentaré negociar. Robert debe de intuir lo que pretendo decir antes de que lo haga, porque me interrumpe:

—No, no voy a darte más control que a Shay, y no, no puedes dejarlo de lado bajo ningún concepto. La gente tiene que llegar a la sala de cine y ver que la película es de los dos. No que grita tu nombre y hemos añadido el apellido de Shay dos horas antes de estrenar.

Si las miradas pudieran matar, yo me estaría haciendo un selfie junto a su tumba.

—En ese caso, firmaré sin poner ninguna pega más, con una condición… Que no te entrometas en nada. Al menos, no directamente.