Más que una película CAPÍTULO 1 #3
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CAPÍTULO 1 #3

Supongo que eso también es algo que tenemos en común Zander y yo, ambos contamos con actores predilectos.

Harper es la mía (por razones que no vienen a cuento) y Nolan es el de Zander.

Harper solo hace películas con un gran impacto emocional.

Nolan solo hace comedia. Creo recordar que Harper me ha hablado alguna vez sobre Harlow, aunque lo hiciera tan borracha que quizás quien no se acuerde es ella.

Puede que sean amigos, pero como actores son incompatibles.

Son de mundos opuestos, al igual que Zander y yo.

No habría manera de que trabajáramos todos juntos.

—Vera, dime, la última vez que viniste confesaste que estabas trabajando en un nuevo proyecto junto con Steven Banks, un nuevo proyecto que no tiene nada que ver con el que acabas de presentar y que promete ser el más íntimo de tu carrera hasta ahora… ¿Qué podemos esperar de él?

«Bueno, para contestar a esa pregunta primero debería pasar de la primera página, que aún sigue en blanco».

Que dijera eso había sido idea de Robert. Sabía que tenía un proyecto más personal y decidió jugar esa baza para hacerme ver como una persona más humana. Más alcanzable. Ese proyecto nunca deja mi cabeza, y aun así no soy capaz de ponerme a escribirlo.

—La verdad es que es una de esas historias que siempre han estado dentro de mí. Solo necesitaba una voz muy concreta que me ha costado bastante encontrar. Pero sí, definitivamente cuando vea la luz se verá expuesto un retazo de mí que nunca he compartido.

—Dios, Vera, ¿qué han hecho con mi chica dura e insensible? —«Estoy aquí intentando evitar cargos por asesinato».

—Tengo una fibra muy sensible, solo que sale poco a la luz. —Esta vez soy yo la que ríe un poco. Por supuesto, risa falsa.

—¿Te veremos esta vez soltar alguna lagrimilla en los Oscar? —Quizás, si gano el Oscar a mejor dirección. Pero no he llorado en años y dudo que mi cuerpo decida hacerlo delante de miles de personas.

—Aún no sabemos nada de las nominaciones… ¿Quién sabe? Quizás os dé alguna sorpresa. —Al fin y al cabo, estamos en septiembre y hasta enero, como muy pronto, no sabré nada sobre si mi película tendrá alguna nominación o no.

Las preguntas se suceden. Jugamos a adivinar algunas películas según la colorimetría de los pósters (la verdad es que mi vena competitiva le pega una paliza y eso le viene muy bien a mi ego). Y cuando la entrevista termina, me despido de Donnell prometiendo no tardar mucho en volver.

Me alejo de todas las cámaras, y la misma chica de antes se acerca a quitarme el micrófono. Robert se acerca a mí también, está con su teléfono en la mano y me enseña que soy tendencia en Twitter. Dejo escapar un suspiro, cada vez que vengo siento que estoy entrando en un matadero.

—¿Qué dicen? —Señalo con la cabeza su teléfono. La chica se ha vuelto a alejar y yo aprovecho para recolocarme el escote del vestido. No se me escapa que a Robert se le han ido los ojos.

—En general, a la gente le han encantado tus respuestas, varios comentarios de que te ves genial con ese vestido negro. Deberías sacarte alguna foto más para subir en redes, aparte de las que te pasaré mañana. —Asiento.

—¿Algo más?

—Nada. Te he notado más natural, menos rígida…

Te queda mucho que mejorar, pero has esquivado muy bien la pregunta sobre tu sexualidad…

Oh, mira, ya puedes hacerte fotos con Joe.

—Veo que hay otro chico de realización indicándome que vuelva al plató y Joe se ha levantado de la silla para que nos hagamos una foto juntos.

Poso como siempre: una media sonrisa con mis labios rojo oscuro.

Robert sigue al teléfono, quizás sea para algún otro proyecto que vaya a producir mientras yo me pongo con el siguiente.

Se supone que solo es mi productor, pero, por contrato, controla toda mi carrera.

Me hace un gesto de que me espera en el coche.

Al terminar evito a todo el mundo con el que me cruzo, atravieso a paso rápido el edificio hasta llegar al parking.

Me monto en el asiento trasero de la derecha porque él siempre va en el de la izquierda.

Sigue hablando por teléfono, pero al escuchar su tono me doy cuenta de que no es trabajo.

Seguro que está hablando con alguna chica joven a la que intenta engatusar.

Lo observo de reojo, elige sus palabras con cuidado.

Desde luego tiene décadas de experiencia en aprovecharse de jóvenes inocentes.

«Y yo sigo aquí, con él».

Entro en mis redes intentando buscar algo que me entretenga, es decir, algo que pueda hacerme daño, pero definitivamente no es el día para autosabotearme.

Algunos tweets mencionan a Zander, respecto a mi comentario sobre el romance en el cine.

Me molesta que hablen de él como un guionista impresionante cuando todo el mundo en la industria sabe que la mayoría de las veces les pide a sus actores que simplemente improvisen.

Me quema por dentro que el título universitario que me saqué mientras empezaba a dirigir películas se quede obsoleto por un carisma que viene de cuna y que yo nunca podré adquirir.

Me llega un mensaje de Harper. Sé que está en Nueva York estos días porque su madre tiene un desfile de moda.

Tengo muchos mensajes suyos sin leer. Me pregunta si estaré libre dentro de unas semanas, cuando vuelva.

Una invitación bastante explícita a su casa que aceptaría si no llevara evitándola desde el estreno de Guerras silenciosas .

Tengo un espacio en mi estómago reservado para la culpa que siento al respecto.

Escudriño la notificación hasta que desaparece.

Estaba sobria en el estreno, pero ¿lo seguirá estando ahora?

—Vera, ¿cenamos juntos? Por los viejos tiempos. —Viejos tiempos. Cuando era una becaria a la que arrastraba de un lado para otro.

—Estoy muy cansada, Robert. Solo dile al conductor que me deje en casa.

Cuando llego dejo los tacones en la puerta y voy a por alguna botella de vino que alguien cuyo nombre he olvidado me regaló por alguna razón.

Intento ponerme a escribir inmediatamente.

Debería centrarme en ese proyecto personal.

A veces siento que si fuera capaz de tratarlo como algo insignificante todo sería más fácil, pero si le quitara significado probablemente me dolería más en vez de menos.

Quizás no sea el momento. Quizás nunca lo encuentre. Quizás debería dejarlo para mañana.

Resulta que tras varios días durante los cuales lo único que he hecho ha sido tragarme película tras película y escribir y borrar lo mismo mil veces, creo que puedo declarar con solemnidad que se me ha olvidado cómo escribir un puto guion.

Me recuerdo que este es el último proyecto que firmé con la productora.

El quinto. El contrato acaba con esto. El pensamiento es alentador, pero no inspirador.

Ha pasado una semana desde la entrevista, y sigo igual de bloqueada que esa noche.

Me han saltado algunos recordatorios en el teléfono de algunos eventos y alguna entrevista más a los que tengo que asistir en las próximas semanas, pero se supone que hoy no tengo nada.

Por eso, cuando Robert empieza a acribillarme con llamadas al ver que no le contesto la primera, empiezo a pensar que me he olvidado de algo.

Al fin le devuelvo la llamada mientras observo el escritorio de mi portátil. Estoy releyendo algunas ideas antiguas que puedan servirme para plantear algún proyecto nuevo, me sumerjo tanto en la tarea que ni siquiera me doy cuenta de que Robert ya ha descolgado.

—¿Cuánto tiempo tardas en llegar hasta mi oficina? —Ladeo la cabeza mientras mantengo el teléfono pegado a mi oreja. ¿Qué narices?

—¿Para qué quieres que vaya ahora?

—Hemos tenido una idea que te va a encantar. ¿Puedes estar aquí en media hora? —«¿Con el tráfico de Los Ángeles? Claro, ahora mismo cojo el helicóptero».

—Imposible, dame una hora.

—Te estaré esperando entonces.

No sé si cuelga él o yo. Mi relación con Robert es complicada, así que cuando se pone muy pesado nunca sé qué esperar.

Prefiero mantener las distancias, no solo con él, pero especialmente con él y con Steven.

Todo el mundo habla sobre lo podrida que está la industria, pero el olor solo llega una vez que estás dentro de ella.

En el camino me preparo mentalmente para la reunión: lo más probable es que me ofrezcan dirigir algún proyecto que no me interese lo más mínimo. Así que empiezo a enumerar en mi cabeza las razones y los argumentos que utilizaré para rechazarlo.

Al entrar en el rascacielos de treinta y siete plantas paso mi credencial habitual sin pararme a mirar a nadie.

Es un edificio rectangular completamente acristalado que acoge a la mayoría de los ejecutivos del estudio Banks, cuyo dueño es Steven Banks.

Sí, mi mentor y mi jefe. Y sí, el padre de Harper.

El despacho de Robert se encuentra en la planta treinta y cinco, así que subo en el ascensor, intentando huir del aroma a cítricos que siempre tiene la recepción.

Todo el mundo que sube y baja va en traje y yo no soy la excepción.

Me he puesto uno de mis característicos trajes negros con una camiseta blanca de tirantes debajo y el único maquillaje que tengo son mis labios granates.

Recorro los pasillos hasta el despacho de Robert.

Tomo una gran bocanada de aire antes de llamar a la puerta.

Escucho la voz de mi agente dentro, pero también la de alguien más.

Frunzo el ceño. No me había dicho que habría alguien más.

Decido abrir la puerta antes de aporrearla.

Robert dice algo sobre que por fin estoy aquí, pero mi vista está fija en el chico que ocupa el que normalmente es mi asiento.

Me gustaría saber qué coño hace Zander Shay en este despacho.

—No esperaba que estuvieras tan sorprendida al verme. —La voz de Zander es tan aterciopelada en persona como por televisión. «¿Lo podemos tirar por la ventana?».

—Todavía no se lo he dicho. —La voz de Robert me distrae.

—Decirme el qué.

—En la entrevista con Joe Donnell dijiste que la única manera de que trabajaras con Zander sería que consiguiéramos que Harper y Nolan trabajaran juntos.

Bueno, nos ha costado casi una semana de llamadas, pero lo hemos conseguido: serán los protagonistas de vuestra nueva película.

Así que he pensado que era momento de que conocieras personalmente a tu codirector y coguionista.

«Me corrijo. ¿Nos podemos tirar por la ventana?».