Epílogo
Mila
El sol se pone sobre el Pacífico tiñendo el cielo de tonos naranjas y rosados. La playa privada del Golden Dolphin está casi desierta, a excepción de nosotros cuatro: Kai, Imogen, Nash y yo.
Imogen corre por la orilla con un cubo lleno de conchas, riendo mientras las olas le mojan los pies. Kai la sigue de cerca, sonriendo con esa expresión de padre orgulloso que siempre tiene cuando está con ella.
Nash y yo caminamos un poco más atrás, cogidos de la mano.
Han pasado casi dos meses desde que decidí quedarme. Dos meses en los que todo ha cambiado… y al mismo tiempo ha encajado perfectamente.
Sigo trabajando para Harper & Brooks, pero ahora desde California.
Tengo un despacho en el resort y viajo a Nueva York solo cuando es realmente necesario.
El ascenso llegó, pero también llegó algo mucho mejor: equilibrio.
Libertad. Una vida que no había imaginado, pero que ahora no cambiaría por nada.
—¡Mila, mira! —grita Imogen, corriendo hacia mí con una concha grande y brillante en la mano—. ¡Es para ti! Para que te acuerdes de nosotras cuando viajes.
Me agacho y la cojo con una sonrisa enorme.
—Es preciosa. Gracias, princesa.
Imogen me abraza con fuerza y luego corre de nuevo hacia su padre. Kai me guiña un ojo desde lejos antes de seguirla.
Nash me rodea la cintura por detrás y apoya la barbilla en mi hombro.
—Se te da bien esto de ser tía honorífica —murmura contra mi cuello.
—Se me da bien quererla —respondo, entrelazando mis dedos con los suyos.
Nos quedamos en silencio, mirando cómo el sol se hunde en el horizonte. Las olas rompen suavemente contra la arena. El aire huele a sal y a verano.
—Nunca pensé que acabaría aquí —digo en voz baja—. Yo, que odiaba improvisar… ahora vivo en California, trabajo a distancia y estoy locamente enamorada del dueño de un resort.
Nash se ríe bajito y me gira entre sus brazos para mirarme.
—Y yo nunca pensé que una mujer que se bañó desnuda en el océano acabaría siendo el amor de mi vida.
Sonrío, rodeándole el cuello con los brazos.
—Imprevisible, ¿verdad?
—Totalmente imprevisible —responde, y me besa con esa lentitud que todavía me hace temblar las rodillas.
Cuando nos separamos, su mirada y la mía quedan conectadas.
—Te quiero, Mila Maddox.
—Y yo a ti, Nash Langford.
A lo lejos, Imogen grita algo sobre una estrella de mar y Kai se ríe. El sonido de sus risas se mezcla con el rumor de las olas.
Miro a Nash a los ojos y siento una paz profunda, completa.
El verano está terminando.
Pero lo nuestro… lo nuestro apenas acaba de empezar.