28
Mila
El vuelo a Nueva York ya ha empezado a embarcar. Mi teléfono vibra con un mensaje de Alice recordándome que me esperan mañana en la oficina. Todo está listo. El ascenso. La vida que tanto he luchado por construir. Todo lo que siempre quise.
Y sin embargo, me siento vacía.
Doy un paso hacia el mostrador.
Y entonces lo oigo.
—¡Mila!
Me giro.
Nash corre hacia mí entre la gente, con la camisa arrugada, el pelo revuelto y la respiración agitada. Parece que ha venido corriendo desde Golden Cove.
Se detiene frente a mí, jadeando. Sus ojos azules me miran con una intensidad que me deja sin aire.
—¿Qué haces aquí? ¿Cómo has pasado el control de seguridad?
Nash levanta el papel arrugado que lleva en la mano.
—He comprado un billete a Phoenix.
Parpadeo.
—¿A Phoenix?
—Era el vuelo más barato que salía esta mañana. No tengo intención de subir. —Hace una breve pausa para coger aire y suelta, sin preámbulos—. No te vayas, Mila. Por favor, no te vayas.
El mundo a nuestro alrededor parece desaparecer. Solo estamos él y yo.
—Nash…
—Te quiero, Mila. Me he enamorado de ti. Estos días contigo han sido los mejores de mi vida. No quiero que esto termine. No quiero una aventura. Quiero intentarlo de verdad. Contigo.
Me quedo mirándolo, con el corazón latiéndome tan fuerte que creo que va a salírseme del pecho.
—Nash… tengo el ascenso. Me están esperando en Nueva York. Llevo años luchando por esto.
—Lo sé —responde—. Y no quiero que renuncies a nada por mí. Pero… ¿y si no tienes que elegir? Podemos encontrar la manera. Teletrabajo, proyectos desde California, viajes… lo que haga falta. Solo… no te vayas sin intentarlo.
Las lágrimas se arremolinan tras mis pestañas. Intento contenerlas, pero una se me escapa.
—Pero apenas nos conocemos… —susurro.
—Lo sé. Y sé que es una locura pedirte esto. Pero también sé que lo que siento por ti no es algo que vaya a encontrar dos veces en la vida. —Da otro paso y me coge la mano—. Quédate. O al menos… piénsalo. Dame una oportunidad para demostrarte que podemos hacerlo.
Lo miro a los ojos. Esos ojos azules que me han vuelto loca desde la primera noche en la playa. Veo miedo, esperanza y amor. Mucho amor.
Y de repente todo encaja.
Yo, que siempre he necesitado planes, listas y control… me doy cuenta de que lo más bonito que me ha pasado en la vida ha sido precisamente lo imprevisible.
Nash.
Él.
Cierro los ojos un segundo, respiro hondo y tomo la decisión más loca y más correcta de toda mi vida.
—No me voy —digo, con la voz temblorosa pero segura—. Me quedo.
Nash parpadea, como si no pudiera creerlo.
—¿De verdad?
—De verdad —sonrío entre lágrimas—. Porque yo también te quiero. Y porque por primera vez en mi vida… quiero elegir lo que me hace feliz, aunque no venga con un plan perfecto.
Nash suelta una risa entrecortada, casi de alivio, y me abraza con fuerza, levantándome del suelo. Me besa como si el mundo se fuera a acabar, con desesperación, con amor, con todo.
Cuando nos separamos, apoya su frente contra la mía.
—Te prometo que no te arrepentirás —susurra.
—Lo sé —respondo, sonriendo—. Porque contigo… todo es imprevisible. Y me encanta.
Nos besamos otra vez, sin importarnos la gente que nos mira, los anuncios del aeropuerto ni nada más.
Por primera vez en mi vida, no tengo un plan.
Y nunca me había sentido tan feliz.