Más que una noche con el jefe (Mucho más que jefes 1) 27
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Nash

El sol de mediodía cae con fuerza sobre el camino de entrada del resort. Todos estamos aquí, reunidos frente al edificio principal, despidiendo a Mila.

Y yo me siento como una mierda.

Intento mantener la compostura, pero cada vez que la miro, algo dentro de mí se rompe un poco más. Lleva un vestido ligero color crema, el pelo suelto y gafas de sol. Parece preparada para volver a su vida en Nueva York. A su ascenso. A todo lo que se merece.

Pero yo no quiero que se vaya.

Imogen es la primera en romperse. Corre hacia Mila y la abraza con fuerza, escondiendo la cara en su cuello.

—No te vayas… —llora la niña—. Por favor…

Mila se agacha y la abraza con ternura, acariciándole el pelo.

—Volveré, princesa. Te lo prometo. No sé cuándo, pero volveré. Y cuando lo haga, haremos más pulseras de flores y bailaremos otra vez.

Imogen la observa con desconfianza.

—¿Promesa de meñique?

Mila sonríe y extiende el dedo pequeño.

—Promesa de meñique.

Imogen enlaza el suyo con el de ella y, cuando terminan, se lanza otra vez a sus brazos.

Solloza más fuerte. María se acerca con suavidad, la separa con cariño y se la lleva hacia la playa, murmurándole algo al oído para distraerla. La niña se va mirando hacia atrás, con los ojos llenos de lágrimas.

Me duele el pecho.

Kai se acerca a Mila y le da un abrazo breve pero sincero.

—Gracias por todo —le dice él—. No sé qué habría pasado con el Golden Dolphin si no hubieras venido.

—Lo habríais solucionado.

—No. Yo habría intentado solucionarlo y Nash habría pasado otros dos meses diciendo que no necesitábamos ayuda.

Mila se ríe y yo le lanzo una mirada asesina.

—Gracias por confiar en mí —responde ella—. Desde el principio.

Kai la estrecha un poco más antes de apartarse.

—Aquí siempre tendrás un sitio, Mila. No lo olvides.

Ella asiente, emocionada.

—No lo haré.

Y entonces llega mi turno.

Soy el último.

Nos miramos un segundo que parece eterno. Quiero decirle mil cosas. Quiero pedirle que se quede. Quiero confesarle que estos días con ella han sido los mejores de mi vida. Pero no puedo. No tengo derecho a joderle el futuro que tanto se ha ganado.

Solo nos abrazamos. Un abrazo correcto, profesional, de cliente y consultora. Pero mis brazos la aprietan un poco más de lo necesario. Y los suyos también.

—Cuídate —susurro contra su pelo.

—Tú también —responde ella, con la voz temblorosa.

Se separa. Me mira una última vez. Sus ojos brillan detrás de las gafas de sol.

Luego sube al taxi que la espera.

La veo alejarse por el camino de palmeras hasta que el coche desaparece tras la curva.

Y me quedo allí, vacío.

Kai me pone una mano en el hombro.

—Vamos. Te invito a un café.

No respondo. Solo lo sigo como un autómata hasta su despacho.

Cierro la puerta detrás de nosotros. Kai sirve dos cafés y me pasa uno. Me siento en el sillón, mirando la taza sin verla realmente.

—¿Eres gilipollas? —pregunta de pronto.

Levanto la cabeza, sorprendido.

—¿Perdón?

Kai se sienta frente a mí con cara de incredulidad.

—¿Por qué cojones no has intentado que se quedara?

Suspiro y me paso una mano por la cara.

—Porque no podía hacerlo.

—¿Por qué no?

—Porque acaba de conseguir el ascenso por el que lleva años trabajando. Tiene una vida en Nueva York, Kai. Una carrera. Un futuro que ha construido sin ayuda de nadie. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Pedirle que tirara todo eso por la borda por un hombre al que conoce desde hace unas semanas?

Kai me sostiene la mirada.

—No.

—Entonces ¿qué coño estás diciendo?

—Que podrías haberle contado cómo te sientes y dejar que ella decidiera qué quería hacer con esa información.

Niego con la cabeza.

—Habría sido injusto. Estaba feliz por el ascenso.

—No parecía feliz.

Lo miro.

—¿Qué?

—Cuando volvió al pub después de hablar con su jefa, parecía que le acababan de ofrecer exactamente lo que siempre había querido y, al mismo tiempo, le hubieran quitado algo importante.

—No sabes eso.

—No, claro. Debía de estar triste porque la copa de vino blanco no estaba lo bastante fría.

Resoplo y me paso una mano por la cara.

—No voy a pedirle que renuncie a su futuro por mí.

—Sigues repitiendo eso porque es una excusa estupenda —dice Kai, inclinándose hacia delante—.

Nadie te ha pedido que la obligues a renunciar a nada.

Podrías haberle dicho que querías intentarlo.

Podríais viajar, hacer una relación a distancia, buscar una solución dentro de unos meses.

Tú tienes recursos para subirte a un avión cuando te dé la gana y ella acaba de conseguir un puesto con suficiente poder como para negociar cómo organiza su trabajo.

—No es tan sencillo.

—No. Las cosas importantes rara vez lo son.

Permanezco en silencio.

Kai me observa un momento antes de continuar.

—¿Le has hablado de tus sentimientos?

—Sabe que me gusta.

—No te he preguntado eso. ¿Le has dicho lo que sientes de verdad?

No respondo.

—Nash.

—No.

—¿Le has dicho que te estás enamorando de ella?

Levanto la mirada de golpe.

—Yo no he dicho que esté enamorado.

Kai arquea una ceja.

—Perfecto. Entonces mírame a los ojos y dime que no lo estás.

Abro la boca.

No sale nada.

Porque en cuanto intento formular la frase, vuelvo a verla riendo en San Diego, bailando con Imogen, trabajando hasta quedarse sin fuerzas y dormida sobre mi pecho. Recuerdo la sensación de verla subir a aquel taxi y cómo algo dentro de mí se ha roto cuando ha desaparecido.

Suelto el aire lentamente.

—Estoy enamorado de ella.

La confesión me golpea con más fuerza de la que esperaba.

Kai no parece sorprendido.

—Ya era hora de que lo admitieras.

—Eso no cambia nada.

—Lo cambia todo.

—No para ella. Mila tiene su vida allí.

—Y tú has decidido que no podría querer una vida contigo sin preguntárselo.

—No quería presionarla.

—¿Y no crees que dejarla marcharse creyendo que para ti todo esto podía terminar sin más también es una forma de tomar la decisión por ella?

Frunzo el ceño.

Kai deja la taza sobre la mesa.

—Te estás escondiendo detrás de su ascenso porque tienes miedo.

—No tengo miedo.

—Estás aterrorizado. Porque si le dices que la quieres y aun así elige Nueva York, ya no podrás convencerte de que la dejaste marchar por nobleza. Tendrás que aceptar que no te eligió.

Sus palabras me golpean de lleno.

—Que te jodan.

—Cuando quieras, pero eso no hace que deje de tener razón.

Me levanto de la silla y camino hasta el ventanal. Desde allí puedo ver parte del sendero por el que el taxi se marchó hace apenas unos minutos.

—Llevamos juntos muy poco tiempo —murmuro—. Todo ha ocurrido demasiado deprisa.

Kai se coloca detrás de mí.

—Yo pasé años convenciéndome de que Olivia y yo teníamos que funcionar porque llevábamos mucho tiempo juntos.

Mira cómo terminó. Lo mismo entre tú y Jewel.

El tiempo no convierte una relación equivocada en la correcta, Nash.

Y conocer a alguien durante unas semanas no hace que lo que sientes sea menos real.

—¿Qué quieres que haga? ¿Que vaya al aeropuerto y le suplique que rechace el trabajo de sus sueños?

—Quiero que dejes de dramatizar y le digas la verdad.

Después, ella decidirá. Puede que se vaya igualmente.

Puede que quiera intentarlo desde Nueva York.

Puede que se quede unos días más o que encontréis otra solución.

Pero al menos sabrá que no fue una aventura de verano que terminó en cuanto se solucionó la crisis.

Me giro hacia él.

—¿Y si ya es demasiado tarde?

Kai mira el reloj que hay sobre la pared.

—Su avión todavía no ha despegado.

Siento que el corazón me da un golpe contra las costillas.

Kai me observa con una mezcla de impaciencia y diversión.

—¿A qué coño esperas para intentar convencer al puto amor de tu vida de que se quede?

No respondo.

No hace falta.

La taza de café se queda intacta sobre la mesa cuando echo a correr.