24
Nash
Han pasado tres días desde que descubrimos que el ataque al resort se estaba orquestando desde algún punto cerca de Golden Cove.
Tres días de tensión constante, reuniones discretas, revisiones exhaustivas de registros y una sensación permanente de que alguien cercano nos estaba traicionando.
No hemos avanzado tanto como queríamos. Seguimos sin un nombre concreto, pero cada día que pasa la presión aumenta.
Mila apenas duerme. Yo apenas consigo concentrarme en otra cosa que no sea ella y esta maldita situación.
Voy de camino a su despacho con un plato de ensalada de salmón y quinoa que le pedí al chef que preparara especialmente. Sé que si no le llevo comida, probablemente se saltará el almuerzo otra vez.
Al doblar el sendero que lleva al edificio administrativo, me cruzo con Imogen y María. La niña lleva un dibujo enrollado en las manos y camina dando saltitos.
—Eh, peque, ¿qué haces aquí? —pregunto, agachándome un poco para estar a su altura.
Imogen levanta la vista con una gran sonrisa.
—Tengo esto para Mila —me enseña el dibujo—. Salimos nosotras dos bailando la noche de la gala en Santa Bárbara. Parecemos dos princesas. Quiero dárselo.
—Es precioso —digo, sonriendo al ver los colores brillantes y las dos figuras con vestidos de gala—. Pues vayamos juntos, yo también iba a verla.
Imogen asiente emocionada y me coge de la mano. María nos sigue con una sonrisa divertida.
Cuando entramos en el despacho de Mila, ella levanta la vista de las pantallas. Tiene ojeras marcadas y los hombros visiblemente tensos, pero su expresión se suaviza al ver a la niña.
—¡Imogen! —exclama con una sonrisa sincera.
La pequeña corre hacia ella y le entrega el dibujo con orgullo.
—Es para ti. Salimos tú y yo bailando en la gala.
Mila desenrolla el papel y lo observa con atención. Su rostro se ilumina de verdad.
—Me encanta, princesa. Es precioso. Mira qué vestidos más bonitos tenemos. Muchas gracias.
Imogen se lanza a abrazarla y Mila la aprieta con cariño. Después de unos minutos de charla y risas, María se lleva a la niña para que no interrumpa más.
Cuando nos quedamos solos, cierro la puerta y me acerco al escritorio.
—Te traje esto —digo, dejando el plato delante de ella—. Comes poco últimamente.
Mila suspira y se frota el cuello con una mano.
—Gracias —murmura, abriendo el envase sin mucho entusiasmo.
Me siento en el borde del escritorio, observándola.
—Pareces tensa.
Ella suelta una risa corta y cansada.
—Lo parezco porque lo estoy.
El silencio se instala entre nosotros. Han pasado tres días desde que nos acostamos (la noche del domingo) y desde entonces apenas hemos tenido un momento a solas.
Mila está completamente absorbida por el trabajo.
Apenas duerme, apenas come si no se lo llevo yo, y se pasa el día encerrada aquí revisando datos.
Me acerco más y pongo mis manos sobre sus hombros, empezando a masajearlos suavemente.
—Necesitas descansar, Mila.
—Lo sé —responde, cerrando los ojos un momento bajo mis manos—. Pero cada vez que cierro los ojos pienso que el culpable podría estar borrando pruebas o preparando el siguiente golpe. No puedo parar ahora.
Continúo masajeando su cuello y hombros, sintiendo los nudos de tensión bajo mis dedos.
—Intenta relajarte, Mila. O acabarás enfermando.
Ella cierra los ojos un momento, disfrutando del masaje.
—Soy incapaz de relajarme en estas circunstancias.
—¿Seguro? —pregunto en voz baja, con un tono ligeramente provocador.
Bajo las manos lentamente por su espalda, presionando los músculos tensos, y luego las deslizo hacia delante, rodeando su cuerpo hasta rozar sus pechos. Mis pulgares pasan deliberadamente sobre sus pezones, que se endurecen al instante bajo la blusa.
Mila jadea y se tensa.
—Nash… cualquiera podría entrar —susurra, aunque su voz ya suena más ronca.
Me inclino sobre ella, pegando mi boca a su oído mientras sigo acariciando sus pezones con los pulgares en círculos lentos y firmes.
—Voy a conseguir que te relajes —murmuro contra su piel—. Aunque tenga que follarte aquí mismo, sobre este escritorio.
Ella suelta un gemido bajito y echa la cabeza hacia atrás, apoyándola contra mi pecho.
No pierdo el tiempo. Me arrodillo frente a su silla, giro el asiento hacia mí y le subo la falda del traje hasta la cintura. Mila separa ligeramente las piernas, casi sin pensarlo. Engancho los dedos en los laterales de sus bragas negras de encaje y se las bajo despacio por los muslos.
—Genial. Unas bragas más para mi colección.
Me las llevo a la nariz e inhalo profundamente su aroma. Huelo su excitación, ese olor dulce y caliente que me vuelve loco.
—Las otras que tengo ya me las conozco de memoria —confieso con voz ronca, mirándola a los ojos—. Pero nunca me canso de olerte.
Mila suelta un gemido avergonzado y excitado al mismo tiempo. Le abro más las piernas, colocándolas sobre los reposabrazos de la silla, y me inclino hacia delante.
La devoro.
Paso la lengua por toda su hendidura empapada, saboreándola con hambre. Succiono su clítoris hinchado y lo rodeo con la punta de la lengua. Mila ahoga un gemido y clava los dedos en mi pelo.
—Nash… Dios… —jadea.
La chupo con fuerza, lamiendo rápido y profundo. Su sabor me inunda la boca, dulce y adictivo. Sus caderas se mueven contra mi cara, buscando más fricción.
En un momento dado, levanto la vista sin dejar de lamerla.
—Nunca me había alegrado tanto de no haber puesto paredes de cristal en estos despachos —gruño contra su coño.
Mila gime más alto, apretando mi cabeza contra ella. Sus muslos tiemblan alrededor de mis orejas. Succiono su clítoris con fuerza.
—Nash… —jadea, casi sin aliento—. Fóllame. Por favor… fóllame ya.
Me levanto de golpe, con la polla tan dura que duele. La miro a los ojos mientras me desabrocho el pantalón con prisa.
—No tengo condones aquí —digo con la voz ronca.
Mila me mira con los ojos vidriosos de deseo y se muerde el labio.
—Tomo la píldora —susurra—. Y estoy limpia. Me hice pruebas hace poco.
—Yo también estoy limpio —respondo sin dudar.
—Entonces fóllame. Ahora.
No necesito más. La agarro por las caderas, la acerco al borde del escritorio y, de un solo empujón profundo, me entierro completamente en ella.
—Joder, Mila… —gruño contra su cuello.
Está caliente, mojada y apretada. Empiezo a follarla con embestidas fuertes y rápidas. El escritorio se mueve ligeramente con cada golpe. Mila ahoga sus gemidos contra mi hombro, clavándome las uñas en la espalda.
—Más fuerte… —suplica en un susurro entrecortado.
La levanto un poco, sujetándola por el culo, y la follo más profundo, más salvaje. El sonido húmedo de mi polla entrando y saliendo de ella llena el despacho. Sus tetas se mueven contra mi pecho con cada embestida.
—Estás tan mojada… tan apretada —gruño en su oído—. Me vuelves loco.
Mila gime más alto y aprieta sus paredes alrededor de mi polla. Siento que está cerca.
—Córrete para mí —le ordeno, follándola sin piedad—. Quiero sentirte.
Su orgasmo la golpea con fuerza. Tiemblo alrededor de mi polla, apretándome con espasmos mientras ahoga un grito contra mi cuello. Dos embestidas más y me corro dentro de ella con un gruñido gutural, llenándola por completo.
Nos quedamos así unos segundos, jadeando, pegados el uno al otro.
—Joder… Este no era el plan.
Mila suelta una risa débil y agotada, aún temblando.
—Definitivamente estoy más relajada ahora.
La beso despacio, todavía dentro de ella, y susurro contra sus labios:
—Ahora come algo. Y esta noche, en tu villa, seguimos relajándote como Dios manda.
Ella sonríe contra mi boca.
—Trato hecho.
Me separo con cuidado de ella, aún jadeando. Me subo los pantalones y me abrocho el cinturón mientras Mila se baja la falda del traje con manos temblorosas. Se queda sentada en la silla, sonrojada y con la respiración agitada, intentando recomponerse.
Durante unos segundos solo nos miramos. Le acaricio la mejilla con el pulgar y ella cierra los ojos, apoyándose en mi mano.
—Come algo —murmuro suavemente, acercándole el plato de ensalada que había dejado sobre el escritorio.
Mila asiente, todavía con las mejillas encendidas, y coge el tenedor.
Me siento frente a ella en una de las sillas, observándola en silencio mientras empieza a comer.
Me encanta verla así: despeinada, con los labios hinchados por mis besos, la mirada aún vidriosa de placer y esa expresión de satisfacción que solo yo consigo provocarle.
Estamos en un silencio cómodo cuando suena su teléfono. Mila mira la pantalla y frunce el ceño.
—Es Alex —dice. Pulsa el botón del manos libres y contesta—: Alex, te he puesto en altavoz. Estoy con Nash.
—Hola, Nash —saluda la voz del informático al otro lado—. Tengo novedades importantes.
—Dime —responde Mila, dejando el tenedor.
—He tirado del hilo como me pediste. Después de mucho cruzar datos y rastrear servidores, encontré la empresa que está gestionando toda esta campaña negativa. Se llama Shadow Reputation y está en San Diego. Es una agencia pequeña, pero muy efectiva en operaciones sucias.
Mila y yo nos miramos. San Diego. Demasiado cerca.
—¿Y has podido llegar a la persona que está detrás? —pregunta ella.
Alex hace una pausa antes de responder.
—Sí. Conseguí el nombre del cliente que contrató el servicio. —Un breve silencio—. Es Jewel Sinclair.
El nombre cae como un balde de agua fría.
Jewel.
Mi ex.
Mila se queda congelada, mirándome. Yo siento que la sangre se me hiela en las venas.
—¿Estás completamente seguro? —pregunto con voz tensa.
—Al noventa y nueve por ciento —responde Alex—. El pago se hizo desde una cuenta vinculada a ella. No hay duda.
El silencio que sigue es denso.
Porque, por primera vez desde que empezó esta pesadilla, el enemigo tiene nombre. Y ese nombre es el de la mujer a la que una vez amé.