Más que una noche con el jefe (Mucho más que jefes 1) 23
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Mila

Estoy reunida en el despacho de Nash junto a Kai.

Hemos decidido tratar esto primero entre nosotros tres.

Si el culpable realmente está operando cerca de Golden Cove, podría ser cualquiera: un empleado, un ex-empleado, un proveedor…

incluso alguien cercano. No podemos arriesgarnos a filtrar la información hasta que tengamos algo más sólido.

El ambiente en la habitación es tenso. Nash está apoyado contra el borde de su escritorio con los brazos cruzados, Kai camina de un lado a otro frente al ventanal, y yo estoy sentada en una de las sillas, con el portátil abierto sobre mis rodillas.

—¿Estás segura de que tu contacto no se equivoca? —pregunta Kai, deteniéndose de golpe—. ¿El ataque viene realmente de esta zona de California?

Asiento con firmeza.

—Totalmente segura. Mi informático es uno de los mejores con los que trabajo.

Usaron proxis en cadena, VPNs y servidores en la dark web para ocultar su rastro.

Pero mi chico es bueno. Consiguió infiltrarse en uno de los servidores intermedios a través de una vulnerabilidad que dejaron abierta en una actualización reciente.

Logró rastrear el origen real: una conexión fija aquí en la zona.

No tenemos la dirección exacta todavía, pero sí la confirmación de que está operando desde California.

Nash exhala con fuerza y se pasa una mano por el pelo.

—Joder… Eso significa que podría ser cualquiera.

—Exacto —respondo—. Por eso es importante no involucrar todavía al resto del equipo. Si filtramos esta información y el culpable está dentro, se pondrá en alerta y borrará todo rastro.

Kai se detiene frente a nosotros, con el ceño fruncido.

—¿Tenemos alguna idea de quién podría ser? ¿Algún empleado descontento? ¿Algún competidor local?

—Estamos revisando eso ahora mismo —digo—. Mi equipo está cruzando datos de empleados que han sido despedidos en los últimos dos años, proveedores con los que hemos tenido problemas y huéspedes que dejaron reseñas especialmente virulentas. Pero hasta ahora no hay nada concluyente.

Nash me mira directamente. Hay preocupación en sus ojos, pero también esa determinación que tanto me gusta.

—¿Qué necesitas de nosotros, Mila?

—Acceso total a los registros internos: horarios de empleados, logs de acceso a los sistemas, correos electrónicos… Todo. Y quiero que empecemos a revisar discretamente a las personas con más acceso al resort. Gerentes, personal de mantenimiento, incluso los del departamento de IT.

Kai asiente lentamente.

—Podemos hacerlo. Pero tenemos que ser extremadamente cuidadosos. Si el culpable se entera de que estamos tras él…

—No se enterará —interviene Nash con voz firme—. Lo haremos en paralelo a las acciones normales de crisis. Nadie sospechará.

Me recuesto en la silla, sintiendo el peso de la responsabilidad.

—Esto cambia todo. Ya no es solo un ataque externo. Es personal.

El silencio cae sobre los tres durante unos segundos. Nash y Kai se miran, y luego ambos me miran a mí.

—Entonces lo destruiremos primero —dice Nash con una sonrisa dura—. Juntos.

Kai asiente.

—Juntos.

Respiro hondo y abro mi portátil.

—Empecemos. Tenemos mucho trabajo por delante.

A pesar de la gravedad de la situación, no puedo evitar sentir una extraña sensación contradictoria en el pecho. Hace unas horas estaba en la cama con Nash, y ahora estamos los tres aquí, unidos contra una amenaza real.

El resto del día se convierte en una jornada matadora.

Desde las nueve de la mañana no salgo prácticamente de mi despacho.

Tengo tres pantallas abiertas: una con los logs de acceso al sistema del resort, otra con los registros de empleados y la tercera con los informes de mi equipo en Nueva York.

Cruzo datos, busco patrones, comparo horarios de conexión con turnos de personal, reviso correos sospechosos y analizo patrones de comportamiento en redes sociales de posibles sospechosos.

A media mañana, Nash aparece con un café grande y un sándwich.

—Come algo —dice, dejando todo sobre el escritorio.

—No tengo hambre.

—Llevas cuatro horas sin parar. Come.

A mediodía vuelve con agua y fruta.

A las tres de la tarde trae un plato de pasta y una botella de agua con gas.

Cada vez que entra, me mira como si no se fiara de mi capacidad para detectar sed o hambre cuando estoy concentrada. Y tiene razón. Cuando estoy en modo crisis, me olvido de todo lo que no sea el problema.

A las diez de la noche, la puerta se abre de nuevo. Nash entra, cierra detrás de él y se queda apoyado contra la madera.

—Mila, ya basta. Mañana sigues.

Levanto la vista, con los ojos cansados y la cabeza latiéndome.

—Siempre trabajo así cuando estoy en una crisis compleja —respondo, frotándome los ojos—. Si paro ahora, pierdo el hilo. Necesito seguir un poco más.

Nash se acerca, rodea el escritorio y se agacha a mi lado. Pone una mano en mi rodilla y me mira con esa mezcla de preocupación y ternura que me desarma.

—Llevas catorce horas encerrada aquí. Has comido porque te he traído la comida yo, has bebido porque te he dejado botellas al lado… Necesitas descansar. El culpable no va a desaparecer esta noche, y tú no vas a resolverlo todo en un solo día.

Suspiro, sabiendo que tiene razón.

—Es que… si el ataque viene de dentro, cada hora cuenta. Podría estar borrando pruebas ahora mismo.

Nash aprieta suavemente mi rodilla.

—Y si te desmayas de agotamiento mañana, no vas a servir de nada. Vamos. Te acompaño a la villa.

Cierro el portátil con resignación. Nash me ayuda a levantarme y, por un segundo, me sostiene contra él. Me da un beso suave en la sien.

—Estás haciendo un trabajo increíble —murmura—. Pero no a costa de ti misma. No lo voy a permitir.

Salimos del edificio administrativo en silencio. El resort está tranquilo, iluminado por las luces suaves de los senderos. Mientras caminamos, no puedo evitar pensar que, aunque la situación es grave, tener a Nash a mi lado hace que todo parezca un poco menos imposible.

Llegamos a mi villa. Antes de entrar, me giro hacia él.

—Gracias por cuidarme hoy.

Nash sonríe y me acaricia la mejilla.

—Siempre. Ahora descansa. Mañana seguimos.

—¿No vas a quedarte? —pregunto, mirándolo a los ojos.

Él me mira con una mezcla de deseo y contención.

—Ojalá pudiera, pero si me quedo no vas a descansar, y te necesito descansada mañana —responde con voz baja y ronca—. Y no es porque no quiera quedarme, que conste.

Sonrío con cansancio y algo de decepción. Sé que tiene razón, pero eso no evita que desee que se quede.

—Lo sé —murmuro—. Descansa tú también.

Nash se inclina, me da un beso lento y profundo, y se aparta con evidente esfuerzo.

—Buenas noches, Mila.

—Buenas noches, Nash.

Cierro la puerta y me apoyo contra ella un momento, exhausta pero con una extraña sensación de calma.

Me meto en la cama con el cuerpo agotado y la cabeza hecha un caos.

Y, aun así, no puedo evitar sonreír al recordar una sola palabra.

Juntos.