21
Mila
El beso me consume por completo.
Nash inclina la cabeza y sus labios rozan los míos con una dulzura que me hace temblar. Al principio es suave, casi reverente. Sus labios son cálidos y firmes, explorando los míos con lentitud deliberada. Pero cuando entreabro la boca y mi lengua roza tímidamente la suya, algo se desata en él.
Un gruñido bajo vibra en su pecho. Su mano se hunde en mi nuca, sujetándome con posesión mientras profundiza el beso. Su lengua invade mi boca con hambre, acariciando, enredándose, saboreándome como si estuviera sediento.
El interior del coche se llena de sonidos húmedos: el roce de nuestras lenguas, nuestras respiraciones agitadas, los pequeños gemidos que escapan de mi garganta sin que pueda contenerlos.
Siento el calor de su cuerpo presionando contra el mío. El vestido se ha subido por mis muslos y el cuero frío del asiento contrasta con el fuego que recorre mi piel.
Nash se inclina más sobre la consola central, su pecho ancho aplasta mis pechos. Una de sus manos baja por mi espalda desnuda, trazando la línea de mi columna con los dedos, provocándome escalofríos.
Lo beso con más desesperación.
Tiro de su pelo castaño, mordisqueo su labio inferior y él responde con un mordisco que me hace gemir. Nuestras lenguas bailan de forma salvaje, húmeda, casi obscena.
Siento su erección dura presionando contra mi muslo a través de la tela del pantalón. Estoy empapada. Ardiendo. Cada caricia de su lengua entre mis labios me hace imaginar cómo se sentiría esa misma lengua entre mis piernas. Como la otra vez.
—Nash… —jadeo contra su boca, casi sin aliento.
Él no responde con palabras. Solo gruñe y me besa con más intensidad, devorándome.
Su mano aprieta mi cintura, atrayéndome contra él como si quisiera fundirnos.
El beso se vuelve más profundo, más sucio.
Nuestros dientes chocan. Nuestros alientos se mezclan.
El mundo fuera del coche deja de existir.
Solo estamos él, yo y este deseo que llevamos reprimiendo durante semanas.
Cuando por fin nos separamos, los dos jadeamos con fuerza. Mis labios están hinchados y sensibles. Los suyos también. Tiene el pelo revuelto por mis dedos y los ojos azules completamente oscurecidos por el deseo.
—Nash… —susurro, con la voz ronca—. Entra conmigo.
Él cierra los ojos un segundo, respirando con dificultad, claramente luchando por controlarse.
—Mila, no tenemos que hacer nada que no quieras —murmura, apoyando su frente contra la mía—. Podemos parar aquí. Puedo acompañarte a la puerta y despedirme como un caballero…
—No —lo interrumpo, besándolo otra vez con suavidad pero firmeza—. Quiero esto. Te quiero a ti. Entra. Por favor.
Nash me mira fijamente durante un largo segundo. Luego asiente, despacio.
—De acuerdo.
Sale del coche, rodea el vehículo y me abre la puerta con caballerosidad. Me toma de la mano mientras caminamos hacia la villa. Mis tacones resuenan en el sendero iluminado. El corazón me late tan fuerte que creo que él puede oírlo.
Nada más cerrar la puerta detrás de nosotros, Nash me empuja suavemente contra la madera y vuelve a besarme.
Esta vez no hay contención alguna. Sus manos recorren mi cuerpo con avidez: bajan por mis costados, aprietan mi cintura, suben hasta mis pechos por encima del vestido.
Gimo en su boca cuando sus pulgares rozan mis pezones ya duros como piedras.
—Llevo días intentando convencerme de que podía conformarme con ser tu amigo... y creo que nunca me lo he creído del todo.
Lo beso con más fuerza y tiro de su pajarita hasta deshacer el nudo.
Mis dedos tiemblan de anticipación mientras desabrocho los botones de su camisa.
Cuando por fin consigo abrirla, paso las manos por su pecho desnudo, sintiendo cada músculo tenso, el calor de su piel, el latido acelerado de su corazón.
Nash gruñe y me levanta en brazos como si no pesara nada. Mis piernas rodean su cintura de forma instintiva. Me lleva hasta el dormitorio sin dejar de besarme, devorando mi boca con urgencia.
Me deposita sobre la enorme cama y se queda de pie un momento, mirándome como si fuera un sueño.
Se quita la camisa del todo y la tira al suelo.
Su torso es perfecto: hombros anchos, abdominales marcados, esa V profunda que desaparece bajo el pantalón.
Se arrodilla entre mis piernas y sube el vestido lentamente por mis muslos, dejando besos calientes en cada centímetro de piel que descubre.
—Quiero saborearte —murmura contra el interior de mi muslo—. ¿Puedo?
—Sí —jadeo, abriendo más las piernas para él—. Por favor, Nash.
Baja la cabeza. Sus labios rozan el borde de mis bragas de encaje. Las desliza por mis piernas con una lentitud tortuosa y luego su boca está ahí, caliente y hambrienta.
Su lengua lame mi hendidura de abajo arriba en un lametón largo y lento que me arranca un grito ahogado.
Succiona mi clítoris hinchado entre sus labios y yo arqueo la espalda, clavando los dedos en las sábanas.
Introduce dos dedos gruesos dentro de mí, follándome con ellos mientras su lengua no da tregua.
—Tan mojada… —gruñe contra mi sexo—. Joder, Mila, estás empapada para mí.
Me retuerzo contra su cara. Gimo su nombre una y otra vez.
Muevo las caderas buscando más fricción.
El orgasmo me golpea como una ola gigantesca.
Me corro con un grito largo, temblando violentamente alrededor de sus dedos y su lengua.
Nash sigue lamiendo suavemente, alargando el placer hasta que quedo sensible y jadeante.
Solo entonces sube por mi cuerpo y me besa en la boca. Siento mi propio sabor dulce y salado en sus labios.
Ahora quiero ser yo quien lo vuelva loco.
Le bajo los pantalones y los bóxers de un tirón. Su polla salta libre, gruesa, venosa y completamente dura. La cabeza brilla con líquido preseminal. La agarro por la base y lamo desde los testículos hasta la punta en un lametón lento y provocador. Nash suelta un gruñido gutural.
Me la meto en la boca despacio, bajando centímetro a centímetro hasta que toca el fondo de mi garganta.
Chupo con fuerza, moviendo la cabeza arriba y abajo, usando la mano para masturbar la parte que no me cabe.
Lo hago más húmedo, más profundo, gimiendo alrededor de su grosor.
Sus caderas se mueven suavemente, follándome la boca.
—Hostia, Mila… Qué boca tienes —gruñe, enredando los dedos en mi pelo.
Cuando noto que está a punto de correrse, me aparto. Abro el cajón de la mesita y saco un condón. Se lo paso. Nash lo abre con los dientes y se lo coloca rápidamente sobre su polla gruesa y palpitante.
Me gira con facilidad y me pone a cuatro patas. Me sube el vestido hasta la cintura y acaricia mi culo con ambas manos, apretando la carne.
—Así… Joder, qué vista más perfecta —gruñe.
Siento la cabeza gruesa de su polla presionando contra mi entrada empapada.
Entra de un solo empujón profundo, llenándome por completo.
Grito de placer. Está tan grueso, tan duro.
Empieza a follarme con embestidas largas y potentes.
Cada golpe hace que mis tetas se balanceen y que un gemido se me escape.
Dios… esto es otra cosa. El sexo con Louis siempre fue correcto, ordenado, casi clínico.
Rápido, predecible y nunca realmente satisfactorio.
Con Nash es salvaje, intenso, animal. Cada embestida me llena de una forma que nunca creí posible.
Ser imprevisible con él tiene todo el sentido del mundo.
Por primera vez, entiendo que la locura puede ser maravillosa.
Nash cambia el ángulo y toca ese punto perfecto dentro de mí. Me vuelve loca. Entonces me tumba boca abajo, levanta mis caderas y me abre bien las piernas. Me folla así, profundamente, con su pecho pegado a mi espalda, mordiendo mi hombro mientras su polla entra y sale con fuerza brutal.
Es obsceno. Salvaje. Perfecto.
—Córrete para mí, Mila —me ordena al oído con voz ronca—. Quiero sentir cómo me aprietas la polla.
Y lo hago. Me corro con un grito ahogado, temblando violentamente alrededor de él. Nash gruñe, acelera el ritmo y se corre con fuerza dentro del condón, empujando hasta el fondo mientras su cuerpo se tensa contra el mío.
Caemos exhaustos sobre la cama, sudorosos y jadeando. Nash se deshace del condón con rapidez, me atrae contra su pecho y besa mi sien con una ternura que contrasta con la intensidad de hace unos minutos.
Me acurruco un poco más contra su pecho mientras escucho el latido tranquilo de su corazón.
Y, por primera vez desde que llegué a California, dejo de pensar en todo lo que podría salir mal y simplemente disfruto de estar exactamente donde quiero estar.