20
Mila
Bailamos despacio, muy cerca. Su mano en mi espalda desnuda me quema de la forma más deliciosa.
Su perfume, su calor, la forma en que me mira…
Todo es demasiado. Por unos segundos consigo olvidarme de todo: del trabajo, de las reglas, de las consecuencias.
Solo existimos nosotros dos y esta melodía lenta que nos envuelve.
—No sabía que bailabas tan bien —susurro, levantando la cabeza para mirarlo.
Nash sonríe, esa sonrisa torcida que me desarma.
—Mi abuelo decía que un caballero debía saber defenderse en una pista de baile.
Me río bajito.
—Tu abuelo era un hombre muy sabio.
—Lo era.
Nuestros pasos siguen el ritmo. Su mano sube un poco más por mi espalda y un escalofrío me recorre. Estoy a punto de cerrar los ojos y apoyar la cabeza en su pecho cuando una voz femenina, suave pero cortante, rompe el momento.
—Hola, Nash.
Siento cómo todo su cuerpo se tensa al instante. Su mano se detiene en mi espalda. Me aparto apenas unos centímetros y giro la cabeza.
Una mujer rubia espectacular está a escasos metros de nosotros.
Lleva un vestido rojo intenso que se ajusta a su figura como una segunda piel, el cabello recogido en un moño elegante y una copa de champán en la mano.
Es guapa de una forma casi intimidante. Y la forma en que mira a Nash…
como si lo conociera muy bien… me pone en alerta inmediatamente.
—Cuánto tiempo.
Nash respira hondo y su brazo se aprieta un poco más alrededor de mi cintura, protector.
—Jewel —dice con voz neutra, pero noto la tensión en su cuerpo—. No esperaba verte aquí.
Ella sonríe, pero la sonrisa no llega a sus ojos.
—He venido contigo todos los años. ¿Por qué este iba a ser diferente? Al fin y al cabo, sigue siendo por una buena causa.
Sus ojos se deslizan lentamente hacia mí.
Me observa de arriba abajo con una calma que me resulta mucho más abrumador que cualquier gesto de desprecio.
Después vuelve a mirar a Nash.
—¿No vas a presentarnos?
Nash tarda apenas un segundo en responder.
—Claro. Jewel, ella es Mila Maddox, la consultora que está ayudándonos con la crisis de reputación del resort. Mila... ella es Jewel.
La forma en que pronuncia su nombre basta para que todas las piezas encajen de golpe.
Jewel.
La mujer con la que estuvo casi diez años.
La mujer de la que Kai me habló.
La mujer que, hasta hace unos meses, probablemente ocupaba el lugar donde ahora estoy yo.
Ella me tiende la mano.
—Encantada de conocerte.
Le estrecho la mano, esbozando una sonrisa forzada.
—Igualmente.
—El otro día me encontré a Kai y me habló de la crisis de reputación que estáis atravesando. Me dijo que habíais encontrado a una consultora brillante para ayudar con todo este lío.
Asiento.
—Eso intento.
—Y por lo que he oído, lo estás consiguiendo.
Su tono es sincero. O, al menos, lo parece. Después vuelve a mirar a Nash.
—No quiero entreteneros más. Solo quería saludar.
Se da la vuelta con elegancia y se aleja entre la gente, dejando tras de sí un rastro de perfume caro y una tensión que se me pega a la piel.
Nash exhala con fuerza y me acerca más contra él, como si quisiera borrar lo que acaba de pasar.
—Lo siento —murmura contra mi pelo—. No esperaba que estuviera aquí.
Me aparto lo suficiente para mirarlo a los ojos. Su mandíbula está tensa, y en su mirada hay una mezcla de fastidio y algo más que no consigo identificar.
—Ella es tu ex, ¿verdad? Con la que estuviste diez años.
Mi pregunta le pilla desprevenido.
—¿Cómo sabes tú eso?
—Kai me habló de ella hace unos días. Estábamos en la playa con Imogen y... salió el tema.
Nash deja escapar el aire despacio, como si acabara de soltar una tensión que ni siquiera sabía que estaba acumulando.
—Sí. Jewel es mi ex. Rompimos hace seis meses.
El silencio que sigue es pesado. La música sigue sonando a nuestro alrededor, pero ya no me parece tan romántica. Ahora solo es un fondo para esta conversación que no esperaba tener esta noche.
—¿Por qué rompisteis? —pregunto en voz baja.
Nash tarda unos segundos en responder. Su pulgar acaricia distraídamente mi espalda desnuda.
—Porque ella quería una vida que yo ya no quería.
Viajes constantes, eventos, vivir entre Nueva York, Londres y París...
Yo, en cambio, quería quedarme en el resort.
—Hace una breve pausa antes de continuar—-.
En nuestra última discusión me dijo que llevaba años sintiendo que competía contra el Golden Dolphin por mi atención.
Que siempre había una reunión más importante, una reforma urgente o un problema que resolver.
Y, si soy sincero... creo que tenía bastante razón.
—Entiendo.
Sonríe con tristeza.
—Supongo que ninguno de los dos era feliz viviendo la vida del otro.
Ella acabó sintiendo que este lugar me importaba más que nuestra relación y yo terminé sintiendo que, cada vez que me alejaba unos días, el resort se caía a pedazos.
Intentamos encontrar un punto intermedio durante mucho tiempo, pero llegó un momento en el que los dos estábamos renunciando a cosas demasiado importantes.
Al final entendimos que seguir juntos significaba pedirle al otro que dejara de ser quien era. Y eso nunca me habría parecido justo.
Asiento despacio. La canción cambia y nos alejamos de la pista de baile. Estoy un poco abrumada ahora mismo. No es que conocer a la ex de Nash cambie nada, pero oírlo hablar de ella con esa mezcla de nostalgia y alivio me remueve.
Justo entonces aparece Imogen corriendo hacia nosotros, con la cara iluminada de emoción.
—¡Mila! ¡Ven! Hay una actividad de hacer pulseras de flores y quiero que hagamos una juntas. ¡Por favor!
Me coge de la mano y tira de mí con esa energía imparable que tiene. Miro a Nash por encima del hombro. Él sonríe, resignado pero divertido.
—Ve —dice—. Yo te espero aquí.
Agradezco la interrupción más de lo que estoy dispuesta a admitir. Dejo que Imogen me arrastre hacia la zona de actividades infantiles, agradeciendo el respiro. Necesito unos minutos para procesar todo lo que acaba de pasar.
Pero mientras hago pulseras con Imogen y la oigo reír, no puedo dejar de pensar en Nash… y en la sombra de Jewel que, de repente, parece mucho más presente de lo que me gustaría.
No sé cuánto rato pasamos en la zona infantil.
Después de las pulseras, Imogen insiste en hacer coronas de flores, luego pintamos pequeños cuadros con acuarelas y, finalmente, participamos en un taller de hacer pompas de jabón gigantes.
La niña está en su elemento, riendo y manchándose las manos, y su alegría es contagiosa.
Por unos minutos consigo desconectar de todo.
Cuando terminamos, Imogen se une a un grupo de niñas que están jugando a las escondidas y yo voy en busca de Nash.
Ahora me siento más tranquila. Pero entonces lo veo hablando con Jewel.
Están un poco apartados, cerca de una de las fuentes iluminadas. Jewel gesticula con elegancia mientras habla y Nash tiene las manos en los bolsillos, escuchándola con expresión seria. No parecen discutir, pero la cercanía entre ellos me produce un nudo incómodo en el estómago.
Me detengo a unos metros y decido cambiar de rumbo. Me dirijo hacia la barra y pido una copa de vino blanco. Necesito algo suave que me ayude a calmar los nervios.
Estoy dando el primer sorbo cuando el anfitrión de la gala sube al pequeño escenario. Las luces se atenúan ligeramente y la orquesta deja de tocar. Todos los invitados se giran hacia él.
El hombre, un señor mayor de aspecto distinguido, da un discurso emotivo sobre la importancia de la fundación, los niños a los que ayudan y el legado de su familia. La gente aplaude con calidez al final.
Cuando el discurso termina y la música vuelve a sonar, siento una presencia a mi lado.
Nash.
Se coloca junto a mí en la barra, tan cerca que su brazo roza el mío.
—¿Cómo han ido las pulseras? —pregunta con una sonrisa suave, claramente divertido.
Me río bajito y levanto la muñeca para enseñarle la pulsera de flores que Imogen y yo hemos hecho.
—Bastante bien, aunque creo que tengo purpurina hasta en el pelo. Imogen es una artista muy exigente.
Nash coge mi muñeca con delicadeza y observa la pulsera con una ternura que me derrite.
—Es preciosa. Te queda perfecta.
Su pulgar acaricia suavemente el interior de mi muñeca y un escalofrío me recorre. Estamos a punto de decir algo más cuando una vocecita familiar nos interrumpe.
—¡Tío Nash!
Imogen aparece corriendo, con el vestido rosa lleno de brillos y una sonrisa enorme. Sin dar tiempo a nada, coge la mano de Nash y tira de él hacia la pista de baile.
—¡Tienes que bailar conmigo! ¡Es la tradición!
Nash se ríe y me mira con resignación divertida.
—Parece que me reclaman.
—Ve —digo, sonriendo—. No puedes negarte a la tradición.
Imogen no pierde el tiempo. Lleva a Nash al centro de la pista y, con toda la naturalidad del mundo, se sube encima de sus zapatos para que él la sostenga mientras bailan.
Nash la sujeta con cuidado, riendo, y empieza a moverse con ella al ritmo de la música.
Imogen está en la gloria, riendo a carcajadas cada vez que Nash da una vuelta exagerada.
Los observo desde la barra, con el corazón calentito. Ver a Nash bailando con Imogen, paciente y cariñoso, hace que algo dentro de mí se derrita un poco más.
Pero también hace que me pregunte cómo sería tener algo real… con él.
Nash levanta la vista en un momento y nuestras miradas se encuentran. Me sonríe, y yo le devuelvo la sonrisa.
***
La fiesta termina poco a poco. La gente se va despidiendo y los jardines se van quedando más tranquilos. Kai aparece con Imogen dormida en sus brazos, la cabeza apoyada en su hombro y el vestido rosa arrugado.
—Se ha quedado frita —dice Kai en voz baja, sonriendo—. Ha sido un día muy largo para ella.
Nash se acerca y acaricia suavemente el pelo de la niña.
—Se lo ha pasado en grande.
Kai asiente y se despide de mí con una sonrisa cansada.
—Gracias por todo, Mila. De verdad.
—Ha sido un placer.
Nos despedimos y Nash y yo caminamos juntos hacia el aparcamiento. El aire de la noche es fresco y el sonido del mar se oye de fondo. Cuando llegamos al Range Rover, Nash me abre la puerta del copiloto como siempre.
Subo y, mientras él rodea el coche, me permito cerrar los ojos un segundo. Ha sido una noche intensa. La gala, Jewel, el baile, Imogen… todo se mezcla en mi cabeza.
Nash entra y arranca el motor. Me mira un momento antes de salir del aparcamiento.
—¿Estás bien? —pregunta en voz baja.
Asiento, aunque no estoy del todo segura.
—Solo cansada. Ha sido un día muy largo.
—Cierra los ojos un rato. Cuando lleguemos te aviso.
Obedezco, aunque no me quedo dormida. El viaje de vuelta al resort transcurre en un silencio cómodo. Cuando llegamos al resort y aparca frente a mi villa, abro los ojos, desperezándome, pero no me muevo inmediatamente.
Nash se gira hacia mí.
—Gracias por venir conmigo esta noche.
Sonrío.
—Gracias a ti por invitarme.
Nos miramos en silencio. El deseo sigue ahí, latente, pero ninguno de los dos da el siguiente paso.
El silencio vuelve a instalarse entre los dos.
Apoyo la mano en el tirador de la puerta, pero no llego a abrirla.
Hay algo que no deja de darme vueltas en la cabeza.
Respiro hondo.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
Él asiente sin apartar la vista de mí.
—Claro.
Bajo la mirada un instante.
—¿Todavía quieres a Jewel?
El silencio se alarga.
Nash no responde enseguida. Se queda mirando el parabrisas, con los dedos tamborileando una vez sobre el volante.
—No lo sé... —admite al fin—. Hasta esta noche estaba convencido de que sí.
—¿Y ahora?
Esboza una sonrisa cansada.
—Ahora creo que llevaba demasiado tiempo confundiendo el cariño con el amor. Diez años son muchos años, Mila. Pensaba que al verla volvería a sentir algo. Pero cuando hoy la he tenido delante... me he dado cuenta de una cosa.
—¿De cuál?
Gira la cabeza hacia mí.
—Que mientras hablaba conmigo no dejaba de buscarte a ti con la mirada.
Noto un vuelco en el estómago.
Él baja la vista unos segundos y deja escapar una pequeña risa, casi avergonzado.
—Quería saber dónde estabas, si seguías con Imogen o si te habías cansado de esperarme. Y entonces entendí que mis sentimientos por Jewel habían cambiado. Porque ahora siento algo por ti.
No sé qué responder.
Mi corazón late demasiado deprisa.
—No te estoy diciendo esto para presionarte —añade enseguida—. Ni espero que cambies de opinión respecto a lo que acordamos. Te prometí que respetaría tus límites y pienso hacerlo. Solo... me has preguntado si seguía sintiendo algo por ella y he preferido ser sincero.
Lo observo en silencio. No hay segundas intenciones en su mirada, ni esa chispa traviesa con la que solía provocarme. Solo encuentro sinceridad. Una sinceridad tan desarmante que, por primera vez desde que lo conocí, deja de darme miedo.
Me acaba de decir que ya no quiere a la mujer con la que compartió casi diez años de su vida. Y no me lo ha dicho para convencerme de nada. Simplemente ha contestado a una pregunta que yo misma le he hecho.
Él espera que diga algo con una paciencia infinita, sin decir una sola palabra. Y esa paciencia termina de romper la última barrera que todavía seguía levantando entre nosotros.
Me acerco despacio.
Veo cómo contiene la respiración, pero no hace el menor intento por acortar la distancia. Me deja elegir. Me deja decidir. Como lleva haciendo desde aquella conversación en el Ocean Bar.
Sonrío muy levemente.
—¿Sabes una cosa? —murmuro casi sin voz.
Frunce ligeramente el ceño.
—¿Qué?
—Creo que Wendy tenía razón.
No le doy tiempo a preguntar a qué me refiero ni quién es Wendy.
Apoyo una mano en su mejilla, noto el calor de su piel bajo mis dedos y termino de inclinarme hacia él.
Esta vez no hay dudas.
Esta vez no huyo.
Esta vez soy yo quien toma la decisión.
Y, cuando por fin nos besamos, todas las razones por las que llevaba semanas intentando mantenerme alejada dejan de importar.