Más que una noche con el jefe (Mucho más que jefes 1) 19
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Nash

El domingo termina siendo casi tan intenso como el sábado. Los influencers pasan el día recorriendo el resort con total libertad, grabando vídeos espontáneos, respondiendo preguntas de sus seguidores y enseñando rincones que ni siquiera se nos había ocurrido destacar en la campaña.

Mila no para ni un segundo. La veo ir de un lado para otro coordinando al equipo, resolviendo imprevistos y asegurándose de que todo salga según lo previsto. Y, como siempre, consigue que lo imposible parezca sencillo.

Cuando los despedimos a primera hora de la tarde, las cifras hablan por sí solas.

Las publicaciones positivas ya superan con creces a las negativas, las reservas vuelven a entrar con normalidad y el teléfono de recepción no deja de sonar.

Todavía queda trabajo por hacer, pero todos respiramos un poco más tranquilos.

Con la crisis, al menos de momento, bajo control, solo nos queda un compromiso antes de dar por terminado el fin de semana: la gala anual de la Fundación Ocean Hearts.

***

Llego a recepción cinco minutos antes de la hora acordada.

Kai e Imogen salieron hace un rato. Él quería pasar por Santa Bárbara con calma y enseñarle un par de sitios antes de la gala. Yo preferí quedarme terminando unas llamadas pendientes y aprovechar para recoger a Mila.

Estoy apoyado contra el capó del Range Rover, revisando el móvil sin prestarle mucha atención, cuando la veo salir por la puerta principal.

Y el mundo se detiene.

Mila camina hacia mí con un vestido negro largo que se ajusta a su cuerpo como si estuviera hecho exclusivamente para ella.

La tela cae con elegancia, dejando la espalda completamente descubierta hasta la base de la columna.

Lleva el pelo suelto en ondas suaves, un maquillaje sutil que resalta sus ojos y unos tacones que hacen que sus piernas parezcan infinitas.

Está espectacular. Elegante, sexy y absolutamente arrebatadora.

Trago saliva. Por un segundo olvido cómo se respira.

Ella se detiene a unos metros, claramente nerviosa, y me mira de arriba abajo. Llevo un esmoquin negro clásico, camisa blanca impecable y pajarita. Nada demasiado extravagante, pero sé que me queda bien.

—Guau… —murmuro sin poder contenerme.

Mila sonríe, algo tímida, y se acerca.

—Tú tampoco estás nada mal.

Le abro la puerta del copiloto y espero a que entre. Cuando pasa a mi lado, su perfume me envuelve: algo floral y cálido que me golpea directamente en el pecho. Cierro la puerta con cuidado y rodeo el coche, intentando recuperar el control.

En cuanto arranco y salimos del resort, el silencio dentro del coche es denso, pero no incómodo. La carretera hacia Santa Barbara serpentea junto al océano, con el sol poniéndose a nuestra izquierda.

—Estás muy guapa —digo al fin, mirándola de reojo—. De verdad. Ese vestido… joder, Mila.

Ella se ríe bajito y se alisa la falda sobre los muslos.

—Gracias. Tú también estás muy elegante. El esmoquin te queda… peligrosamente bien.

Sonrío y aprieto el volante. Pienso en lo que llevo: la camisa blanca, los gemelos que fueron de mi abuelo, el reloj que me regaló cuando cumplí dieciocho. Esta noche todo parece tener más peso.

Mila se queda callada unos segundos, mirando el paisaje.

—Tengo curiosidad... ¿Cómo empezó vuestra relación con la fundación?  —pregunta finalmente.

Respiro hondo.

—Mi abuelo empezó a colaborar con ella hace muchos años.

Cuando era niño estuve hospitalizado varias veces por problemas respiratorios graves.

Neumonías recurrentes… Pasé mucho tiempo entrando y saliendo de hospitales.

La fundación ayuda al ala pediátrica del hospital de Santa Barbara.

La gala anual es su evento más importante.

Yo solo participo. Intento seguir el legado de mi abuelo y aportar lo que puedo.

Mila me mira con ternura.

—Es bonito —dice ella, con la voz suave—. Que sigas haciéndolo, quiero decir. Podrías simplemente firmar un cheque y ya.

—Podría. Pero no sería lo mismo.

La carretera se abre en una curva y, por un instante, las luces de Santa Bárbara aparecen a lo lejos, parpadeando contra el cielo que empieza a teñirse de naranja y morado.

La gala se celebra en la mansión histórica de los Harrington, una imponente residencia de estilo mediterráneo construida sobre un acantilado con vistas directas al océano.

Es uno de los lugares más emblemáticos de la zona, con jardines iluminados, fuentes y una gran terraza que se abre al mar.

Cada año, la fundación la alquila para esta noche especial.

Cuando llegamos, el valet toma el coche y entramos juntos. Nada más cruzar la entrada principal, nos encontramos con Kai e Imogen. La niña lleva un vestido rosa con brillos y una diadema a juego. En cuanto nos ve, su cara se ilumina.

—¡Mila! —exclama, corriendo hacia ella.

Imogen coge a Mila de la mano y tira de ella con entusiasmo.

—¡Ven! Está a punto de empezar el espectáculo de magia. Te he guardado un sitio, casi te lo pierdes.

Mila se ríe, sorprendida pero encantada, y se deja llevar.

—Voy, voy. No quiero perdérmelo.

Kai se acerca a mí con una sonrisa divertida mientras las vemos alejarse.

—Esa niña te ha robado a tu acompañante en menos de diez segundos.

Me encojo de hombros, sin poder borrar la sonrisa de mi cara.

—No me importa. Verlas juntas vale la pena.

Kai me da una palmada en la espalda.

—Estás perdido, hermano.

No respondo. No hace falta. Kai me conoce demasiado bien como para necesitar que se lo confirme.

Nos adentramos en el jardín principal, donde ya se ha reunido buena parte de los invitados.

Camareros con bandejas de champán se mueven entre los grupos, la orquesta toca algo suave desde una esquina de la terraza, y las luces cálidas cuelgan de los árboles como si fueran estrellas atrapadas.

Al fondo, un pequeño escenario improvisado reúne a un corro de niños y adultos alrededor de un mago.

Entre ellos, distingo a Imogen tirando de Mila hacia primera fila, y a Mila dejándose llevar, riendo.

Me quedo observándolas un momento. Mila se agacha ligeramente para escuchar algo que Imogen le susurra al oído y luego suelta una carcajada que llega hasta donde estoy. Ese sonido me golpea en el pecho de una forma que no esperaba.

Kai me pasa una copa de champán y bebe de la suya.

—¿Sabes qué es lo más curioso de todo esto?

Aparto la vista de Mila para mirarlo.

—¿El qué?

Señala discretamente hacia el escenario con la copa.

—Que Imogen no hace eso con cualquiera.

Frunzo ligeramente el ceño.

—¿El qué?

—Encariñarse tan deprisa. Es una niña muy sociable, pero cuando alguien le gusta de verdad... se pega a esa persona como una lapa.

Vuelvo la vista hacia ellas.

Imogen sigue completamente absorta en el espectáculo, aunque no deja de buscar la mano de Mila cada pocos segundos, como si necesitara asegurarse de que sigue ahí.

—Creo que hace mucho que no la veía conectar así con alguien —continúa Kai.

—Supongo que a Mila se le dan bien los niños.

Kai sonríe.

—No. A Mila se le da bien Imogen. Hay diferencia.

No respondo.

Porque, por mucho que me fastidie admitirlo, también la veo.

Mila no la trata como si fuera una niña pequeña. Le habla de verdad. La escucha. Se ríe con ella en lugar de reírse de ella.

Y eso Imogen lo nota.

—¿Sabes qué me preocupa? —dice Kai de repente.

Lo miro.

—¿Qué?

—Que, si esto sigue así, dentro de una semana mi hija te va a pedir que te cases con ella.

No puedo evitar soltar una carcajada.

—No seas idiota.

—No lo digo en broma. La conozco.

Vuelvo a mirar hacia el escenario.

Mila se inclina para susurrarle algo a Imogen. La niña rompe a reír y termina abrazándose a su brazo.

Una sonrisa se instala en mi cara sin que pueda evitarlo.

—Estás sonriendo como un imbécil —murmura Kai.

Bajo la vista hacia la copa de champán.

Mierda.

Ni siquiera me había dado cuenta.

El resto de la velada transcurre entre saludos a gente conocida: inversores, socios de la fundación, familias de la zona.

Hablo con varios de ellos, pero mi atención siempre vuelve al escenario.

Cuando termina el espectáculo de magia, Imogen se va corriendo con otros niños a una zona de actividades infantiles que han preparado.

Mila se despide de ella con un abrazo y camina de vuelta hacia nosotros.

Cuando llega a mi lado, tiene las mejillas ligeramente sonrosadas y una sonrisa que no le cabe en la cara.

—Esa niña es un torbellino —dice, riendo.

—Bienvenida al club —responde Kai, divertido.

Mila me mira. Yo le sostengo la mirada un segundo más de lo necesario.

Hoy está tan guapa que es difícil mantener los pensamientos indebidos a raya.

No dejo de imaginar cómo sería llevarla a algún rincón más oscuro de esta mansión, subirle esa falda elegante y follármela contra la pared mientras la orquesta sigue tocando a lo lejos.

La idea es tan vívida que tengo que apretar la copa de champán con más fuerza para no hacer ninguna estupidez.

Kai parece notar la tensión y carraspea.

—Voy a ver cómo está Imogen. Os dejo un rato.

Se marcha con una sonrisa cómplice. Nos quedamos solos.

Mila da un pequeño sorbo a su copa y me mira por encima del borde.

—Esto es precioso —dice, señalando los jardines iluminados y el mar al fondo—. Gracias por traerme.

—No hay nadie más con quien preferiría estar aquí.

El aire entre nosotros se carga. Ella se muerde el labio inferior y yo tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no besarla aquí mismo, delante de todo el mundo.

La orquesta empieza a tocar una melodía más lenta, más íntima. Varias parejas se dirigen hacia la pista de baile improvisada en la terraza.

Mila me mira, con un brillo travieso en los ojos.

—¿Bailas conmigo?

Le ofrezco mi mano sin dudar.

—Sería un honor.

Cuando sus dedos se entrelazan con los míos, siento esa corriente familiar que siempre hay entre nosotros. La llevo hacia la pista y, al rodearle la cintura, mi mano se posa en su espalda desnuda. Su piel está caliente. Suave. Perfecta.

Bailamos despacio, muy cerca. Su perfume me envuelve. Su aliento roza mi cuello.

Durante unos segundos consigo olvidarme de todo.

Del resort.

De la gala.

De la gente que nos rodea.

Solo existe ella.

Solo existe la forma en que su mano descansa sobre mi hombro y cómo encaja entre mis brazos con una naturalidad que me resulta peligrosamente adictiva.

Levanta la cabeza para mirarme.

—No sabía que bailabas tan bien.

Sonrío.

—Mi abuelo decía que un caballero debía saber defenderse en una pista de baile.

Ella suelta una risa baja.

—Tu abuelo era un hombre muy sabio.

—Lo era.

Nuestros pasos siguen el ritmo lento de la orquesta. Por primera vez en toda la noche siento que nada puede estropear este momento.

Hasta que una voz femenina rompe la burbuja.

—Hola, Nash.

Mi cuerpo se queda completamente rígido.

Reconocería esa voz entre un millón.

Mila también lo nota. Se aparta apenas unos centímetros y gira la cabeza.

Yo hago lo mismo.

Jewel está a escasos metros de nosotros.

Lleva un vestido rojo de corte sirena que atrae todas las miradas de la terraza, el cabello rubio recogido en un elegante moño y una copa de champán en la mano. Sonríe, pero conozco demasiado bien esa sonrisa.

No tiene absolutamente nada de amable.

Sus ojos pasan de mí a Mila con una calma inquietante, evaluándola de arriba abajo sin el menor disimulo.

Después vuelve a mirarme.

—Cuánto tiempo.

El corazón me da un vuelco.

Porque de todas las personas que podían aparecer esta noche… Jewel era, probablemente, la última que esperaba encontrar aquí.