Más que una noche con el jefe (Mucho más que jefes 1) 18
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Mila

El sábado amanece con un cielo despejado y una brisa suave que agita las palmeras.

El resort está en alerta máxima. Los tres influencers llegan al mediodía, y yo llevo desde las seis de la mañana coordinando cada detalle: las habitaciones preparadas, los itinerarios revisados, los equipos de producción listos para grabar los directos.

A las once, estoy en recepción con Chloe y el equipo de Marketing, repasando los últimos ajustes. Nash aparece unos minutos después, con una camisa blanca impecable y el pelo ligeramente despeinado. Nuestras miradas se encuentran y, por un segundo, el ruido del vestíbulo parece desvanecerse.

—¿Todo listo? —pregunta, acercándose.

—Todo listo —respondo, forzando una sonrisa profesional.

Al mediodía llegan los influencers siguiendo el planning inicial.

Los recibo personalmente junto a Chloe. Son profesionales, amables y están claramente impresionados por el resort.

Les enseño sus villas, les explicamos el plan y les damos total libertad para los directos.

Nash se une un rato y su carisma natural ayuda a que se sientan cómodos.

Mientras les muestro la playa privada, siento su mirada sobre mí. No dice nada, pero la tensión entre nosotros es palpable.

El primer directo es al atardecer, desde la playa. El influencer principal, Erik, (un chico con más de ochocientos mil seguidores) empieza a grabar. Yo estoy un poco apartada, coordinando con el equipo, cuando Nash se acerca por detrás.

—Está funcionando —murmura él, mirando el móvil donde el número de espectadores no para de subir—. Ya van por los veinte mil.

—Solo es el principio —respondo, sin apartar la vista de Erik—. Espera a que haga el directo desde la villa esta noche. Las vistas del acantilado con la luna son imbatibles.

Nash se gira hacia mí. Por un momento, el ruido de las olas y las voces del equipo parecen desaparecer.

—Eres increíble, Mila. De verdad. Haces que todo parezca fácil.

El cumplido me pilla desprevenida.

—Solo estoy haciendo mi trabajo —digo, bajando la mirada.

El atardecer tiñe todo de naranja y dorado. Por un instante, solo existimos él y yo. El directo sigue detrás, pero el mundo parece reducirse a nosotros dos.

—¡Mila! —la voz de Chloe nos interrumpe—. Erik quiere saber si puede grabar también el spa.

—Ahora mismo voy —respondo, apartándome de Nash con un nudo en la garganta.

***

El resto de la tarde es un torbellino. Los otros dos directos salen igual de bien. Los comentarios en redes empiezan a cambiar. La gente ve la belleza real del resort, las instalaciones impecables, el personal atento. Las menciones positivas crecen exponencialmente.

Estoy exhausta pero eufórica.

Al final del día, cuando los influencers se retiran a sus villas y el equipo de Marketing se va a descansar, me encierro en mi despacho para revisar las métricas. Estoy agotada, pero el resultado merece la pena.

No sé cuánto tiempo llevo así cuando oigo pasos en la entrada.

—¿Sabes que son casi las once? —la voz de Nash me sobresalta.

Me giro. Está apoyado contra el marco de la puerta, con las mangas de la camisa remangadas y el primer botón desabrochado. Parece tan cansado como yo, pero sus ojos brillan con satisfacción.

Sin decir nada, entra en el despacho y deja sobre mi escritorio una bolsa de papel y un vaso de cartón.

Frunzo el ceño.

—¿Qué es eso?

—Un sándwich y un café.

Lo miro confundida.

—¿Cómo sabías que no había cenado?

Se encoge de hombros con total naturalidad.

—Porque llevo viéndote correr de un lado para otro desde las seis de la mañana y no te he visto parar ni cinco minutos.

Bajo la vista hacia la bolsa.

En ese momento me doy cuenta de que tiene razón.

No solo no he cenado.

Ni siquiera recuerdo cuándo fue la última vez que bebí agua.

Una sonrisa involuntaria se dibuja en mis labios.

Es un gesto pequeño.

Probablemente para él no signifique gran cosa.

Pero no puedo evitar pensar que, aunque haya dejado de insistir, Nash sigue encontrando formas de cuidar de mí.

—Gracias.

Él me dedica una pequeña sonrisa.

—Ahora sí puedes seguir salvando el resort.

Me río por lo bajo antes de desenvolver el sándwich.

—Los números son buenos. Muy buenos —le digo, señalando la pantalla.

Nash se acerca y se sitúa detrás de mí, mirando la pantalla por encima de mi hombro. Está tan cerca que puedo sentir el calor de su cuerpo y su olor.

—Más de cien mil espectadores acumulados en los tres directos —dice, silbando bajito—. Es impresionante.

Asiento, incapaz de apartar la vista de la pantalla.

—Y eso que todavía falta que se publiquen los resúmenes de mañana. Si todo sigue así, las búsquedas del resort deberían dispararse durante la semana.

Nash guarda silencio unos segundos, observando las cifras.

—¿Sabes cuál es la mejor parte?

Giro ligeramente la silla para mirarlo.

—¿Cuál?

Una sonrisa satisfecha se dibuja en sus labios.

—Que por primera vez en semanas no tengo la sensación de que estamos perdiendo esta guerra.

Bajo la vista hacia el ordenador.

Tiene razón.

Durante los últimos días hemos estado apagando incendios constantemente, reaccionando a cada nuevo ataque, intentando contener una crisis que parecía no tener fin.

Esta noche, somos nosotros quienes llevamos la iniciativa.

No puedo evitar sonreír.

—Todavía es pronto para cantar victoria.

—Lo sé. Pero déjame disfrutar de este momento durante cinco minutos.

Una risa se me escapa sin querer.

—Cinco minutos. Ni uno más.

Nash mira el reloj y niega con la cabeza.

—En realidad, yo diría que ni cinco.

Frunzo el ceño.

—¿Perdón?

—Llevas despierta desde las seis de la mañana y tienes unas ojeras bastante más grandes de lo que te gustaría admitir. Es hora de irte a descansar.

Sonrío con resignación.

—Qué mandón eres.

Nash se ríe bajito y me ofrece su mano para ayudarme a levantarme. Cuando nuestros dedos se tocan, siento esa corriente familiar que siempre hay entre nosotros.

—Vamos. Te acompaño a tu villa.

Salimos juntos del edificio administrativo. El resort está en silencio, solo iluminado por las luces suaves de los senderos. Caminamos sin prisa, y el silencio entre nosotros no es incómodo. Es… cómodo.

Cuando llegamos a la puerta de mi villa, Nash se detiene.

—Descansa, Mila —murmura—. Mañana nos espera Santa Barbara.

Asiento, con el corazón latiéndome fuerte.

—Buenas noches, Nash.

—Buenas noches, Mila.

Se queda ahí un segundo, como si quisiera decir algo más. Al final solo sonríe y se da la vuelta.

Lo veo alejarse por el sendero y cierro la puerta con un suspiro largo. El día ha sido un éxito, pero mi cuerpo y mi mente están al límite. Me quito los zapatos, me dejo caer en el sofá y cojo el móvil. Llamo a Wendy por videollamada. Necesito una voz amiga que me devuelva a la tierra.

Responde al tercer tono. Aparece con el pelo recogido en un moño desordenado y una camiseta vieja, sentada en su sofá de Manhattan.

—¡Por fin! —exclama nada más verme—. Llevo todo el día esperando tu resumen. ¿Cómo ha ido?

Me froto la cara con una mano y sonrío, agotada.

—Ha ido bien. Muy bien, la verdad. Los tres directos han sido un éxito. Más de cien mil espectadores acumulados y los comentarios están cambiando radicalmente. La gente está empezando a defender el resort.

Wendy silba.

—Joder, Mila. Eres una máquina. ¿Y Nash? ¿Cómo se ha portado?

Dudo un segundo. Wendy arquea una ceja, sospechando inmediatamente.

—Ha sido… profesional —digo al final—. Pero también… atento. Me trajo comida esta noche porque se dio cuenta de que no había cenado. Y me acompañó a la villa.

—Entonces ¿no ha vuelto a intentar nada?

Niego con la cabeza. Y el gesto me sale extrañamente contradictorio, porque, si soy completamente sincera conmigo misma, una parte de mí se siente aliviada... y otra echa de menos que lo haga.

—No. Está siendo todo un caballero.

Wendy me observa unos segundos en silencio.

—¿Y por qué no pareces contenta? ¿No era exactamente eso lo que querías?

Bajo la mirada hacia mi regazo..

—Sí… pero, no sé, estos días… he conocido a otra versión de Nash.

Y me encanta como es. Es paciente, se preocupa de verdad, admira mi trabajo, es cariñoso, divertido, atento, protector sin ser asfixiante.

Y si a eso le sumas el sexo perfecto que tuvimos aquella primera noche…

es el pack completo. Me está volviendo loca, Wendy.

Porque cuanto más lo conozco, más me gusta.

Vamos, que el universo ha decidido ponerme delante al hombre perfecto justo cuando menos me conviene.

Wendy se queda callada durante unos segundos, observándome con una expresión que conozco demasiado bien.

—¿Y si le hicieras caso?

Frunzo el ceño.

—¿A qué te refieres?

—A lo que lleva diciéndote desde el principio. Nadie tiene por qué enterarse. Podríais ser discretos mientras estés allí.

Niego inmediatamente con la cabeza.

—No puedo hacer eso.

—¿Por qué?

La miro como si la respuesta fuera evidente.

—Porque es mi cliente. Y porque no soy el tipo de persona que se deja llevar sin un plan.

Wendy me sostiene la mirada unos segundos antes de arquear una ceja.

—¿Perdona? ¿Estamos hablando de la misma mujer que hace dos semanas se bañó desnuda en el océano Pacífico y, media hora después, se acostó con un completo desconocido?

Abro la boca para protestar, pero, mierda, tiene razón.

Wendy sonríe con dulzura.

—No te estoy diciendo que tires tu carrera por la borda, Mila. Solo que lo pienses. Después de todo lo que pasaste con Louis, te mereces volver a sentirte feliz. Aunque al final no salga bien. Aunque solo sea una aventura de verano que recuerdes con una sonrisa cuando vuelvas a Nueva York.

Bajo la mirada hacia el sofá.

Ni siquiera debería planteármelo.

Sin embargo, las palabras de Wendy no me parecen una locura. No porque haya decidido hacerle caso, sino porque una parte de mí agradece que alguien me diga que no estoy siendo una irresponsable por sentir todo esto.

Decido que ya he pensado suficiente en Nash por hoy.

—Bueno, cambiando de tema... —digo, apoyando la espalda en el sofá—. ¿Y tú qué? ¿Cómo siguen las cosas con Ray?

La sonrisa de Wendy desaparece al instante.

—Mal.

Frunzo el ceño.

—¿Tan mal?

Suspira mientras se recoge un mechón de pelo detrás de la oreja.

—Sigue rarísimo. Apenas hablamos. Llega tarde casi todos los días, está distante y cada vez que intento preguntarle qué le pasa me dice que está cansado o cambia de tema. No sé... tengo un presentimiento horrible.

Intento convencerla de que está equivocada. Que Ray lleva años loco por ella, que seguramente solo está pasando una mala racha en el trabajo y que, si hay una pareja que siempre he visto sólida, esa es la suya.

Pero, mientras hablo, ni yo misma termino de creerme mis propias palabras.

Después de lo de Louis, he dejado de pensar que el amor, por sí solo, basta para que una relación funcione.

Nos despedimos y cuelgo la llamada.

Me quedo un rato más en el sofá, mirando al techo. Las palabras de Wendy dan vueltas en mi cabeza.

Quizá tenga razón.

Quizá, por una vez, merezca la pena dejarme llevar.