Más que una noche con el jefe (Mucho más que jefes 1) 17
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Nash

A la mañana siguiente estamos en la sala de reuniones. El sol entra por los ventanales y baña la mesa larga donde estamos sentados. Escucho a Mila hablar con esa voz clara y segura que tiene cuando está en modo profesional, y no puedo dejar de mirarla.

—Los tres influencers principales han confirmado —dice, repasando sus notas—.

Llegan mañana por la tarde. Ya tenemos preparado el itinerario de directos: uno desde la playa al atardecer, otro desde el restaurante principal y el tercero desde una de las villas.

Todo en vivo, sin edición. Eso debería contrarrestar las fotos falsas de forma bastante efectiva.

Chloe y el equipo de Marketing asienten, impresionados. Kai también. Yo solo puedo pensar en una cosa.

Dios… cómo la admiro.

Es la primera vez que admiro tanto a una mujer por su profesionalidad.

No es solo que sea guapa, inteligente o que me vuelva loco en la cama.

Es la forma en que se levanta después de casi desmayarse anoche, cómo se pone al frente de una crisis que no es suya, cómo toma decisiones rápidas y valientes sin perder la calma.

Nunca había sentido esto por nadie. Ni siquiera por Jewel, con quien estuve casi diez años.

Mila termina su exposición y me mira un segundo. Le sostengo la mirada un poco más de lo necesario. Ella aparta la vista primero, con las mejillas ligeramente sonrosadas.

La reunión termina y salimos juntos de la sala. Apenas damos unos pasos por el pasillo cuando oímos una vocecita familiar.

—¡Tío Nash!

Imogen viene corriendo hacia nosotros, pero su cara no tiene la alegría de siempre. Está malhumorada, con el ceño fruncido y los ojos un poco rojos. María camina detrás de ella con expresión comprensiva. Kai y yo cruzamos una mirada rápida. Ya se lo ha dicho. Lo de Olivia.

Imogen se detiene delante de nosotros… y entonces ve a Mila. Sin pensarlo dos veces, corre hacia ella y la abraza fuerte por la cintura.

—¡Mila! —exclama, hundiendo la cara en su blusa.

Mila, sorprendida, le devuelve el abrazo y le acaricia el pelo.

—Hola, princesa —dice con voz suave.

Imogen levanta la cabeza, todavía abrazada a ella.

—Vamos a comer todos juntos ahora. ¡Tienes que venir! Porfi, porfi…

Miro a Kai, que suspira resignado. Intento intervenir.

—Imogen, no insistas, cariño. Mila tiene mucho trabajo…

Pero Mila ya está sonriendo, acariciando la mejilla de la niña.

—Claro que me apunto —responde, mirándome de reojo un segundo—. Me vendrá bien desconectar un rato.

Imogen suelta un grito de alegría que sustituye la anterior de enfado y la coge de la mano, tirando de ella hacia el restaurante más cercano. Kai y yo las seguimos. María se disculpa con una sonrisa y se marcha a hacer otras cosas.

Nos sentamos en una mesa apartada de la terraza, con vistas al acantilado. Imogen se pega a Mila como si fuera su nueva mejor amiga y empieza a contarle todo lo que ha hecho esa mañana. Mila la escucha con atención, riendo en los momentos adecuados y haciéndole preguntas.

Yo me quedo callado la mayor parte del tiempo, observándolas. Ver a Mila con Imogen hace algo raro en mi pecho. Se ve natural. Cálida. Como si encajara aquí, con nosotros.

Y eso me aterra y me encanta al mismo tiempo.

—…y entonces pinté un unicornio rosa con alas doradas —le explica Imogen con seriedad, como si estuviera contando el secreto mejor guardado del mundo—. Pero papá dice que los unicornios no existen. ¿Tú crees que existen, Mila?

Mila sonríe.

—Yo creo que sí existen —responde, bajando la voz como si compartiera un secreto—. Pero solo se dejan ver por las personas que creen en ellos. Como tú.

Imogen abre mucho los ojos, encantada, y se abraza de nuevo a su brazo.

Kai me lanza una mirada divertida por encima de la mesa, pero yo apenas puedo apartar los ojos de Mila.

Verla así, paciente, cariñosa y natural con Imogen, hace que algo se me remueva por dentro.

No es solo atracción. Es más profundo. Más… peligroso.

El camarero trae los platos: ensalada de mariscos para Mila, pescado a la plancha para Kai y para mí, y macarrones con queso para Imogen (su petición innegociable). Durante unos minutos comemos en relativo silencio, roto solo por las anécdotas de Imogen.

Pero entonces la niña se pone más seria. Pincha un macarrón con el tenedor y murmura:

—Mamá no me quiere.

El silencio cae pesado sobre la mesa. Kai se tensa visiblemente, con la mandíbula apretada. Yo miro a mi amigo con empatía. Mila parece desconcertada un segundo.

—Cariño, eso no es verdad —dice con voz suave—. Mamá te quiere mucho. Lo que pasa es que su trabajo es muy complicado y viaja todo el tiempo. A veces eso hace que no pueda estar tanto como querría.

Imogen levanta la vista, con los ojos brillantes.

—Pero siempre dice que va a venir y luego no viene…

Kai asiente, con expresión dolida.

—Lo sé. Y duele. Pero eso no significa que no te quiera. Yo estoy aquí siempre, y el tío Nash también. Y Mila está aquí ahora con nosotros. ¿Verdad?

Mila sonríe con calidez y asiente.

—Claro que sí.

Imogen se queda callada un momento.

—Prometió llevarme a Legoland este fin de semana. No es justo que me quede sin ir.

Kai asiente, con expresión dolida.

—Lo sé. Y es normal que eso te ponga triste.

Mila interviene con suavidad, mirando a la niña con cariño.

—Este fin de semana también va a ser muy chulo aquí en el resort, ¿sabes? Va a haber música, luces bonitas, muchas actividades y un montón de gente. Yo voy a estar trabajando, pero seguro que nos vemos por ahí. Podemos hacer muchas cosas todos juntos. Te lo vas a pasar genial, ya verás.

Imogen la mira con los ojos muy abiertos, claramente interesada.

—¿De verdad? ¿Habrá fuegos artificiales?

Mila se ríe suavemente.

—Todavía no lo sé, pero si no los hay, le pediré al tío Nash que los ponga solo para ti.

La niña suelta una risita y se abraza de nuevo a Mila, mucho más animada. Yo observo la escena sin poder evitar sonreír.

—Además —añado, inclinándome un poco hacia Imogen—, este domingo tenemos la gala anual de la Fundación Ocean Hearts. Al final no vas a perdértela.

Mila frunce ligeramente el ceño.

—¿La gala de la Fundación Ocean Hearts?

Asiento.

—Es un evento benéfico que se organiza todos los veranos para recaudar fondos para niños hospitalizados.

Cada año cambia de anfitrión, pero esta vez se celebra en una mansión histórica de Santa Bárbara.

Acude bastante gente conocida de California: empresarios, deportistas, artistas...

y todo el dinero que se recauda va destinado a financiar tratamientos, investigación y programas para las familias.

Imogen levanta la cabeza inmediatamente.

—¡Es mi fiesta favorita!

Mila sonríe.

—¿Sí? ¿Y por qué?

—¡Porque puedo ponerme mi vestido de princesa! —responde sin dudarlo—. Y bailamos. Hay música, un jardín enorme lleno de luces, un montón de postres y siempre organizan juegos para los niños.

Kai se ríe.

—Lo de recaudar fondos parece importarle bastante menos.

—¡Porque eso es cosa de mayores! —protesta Imogen con toda la lógica del mundo.

No puedo evitar sonreír.

—Y además este año va a haber un espectáculo de magia antes de la cena. Seguro que te encanta —informo yo.

La niña se gira hacia Mila con cara de súplica absoluta.

—Oh, ¿puede acompañarnos Mila? ¡Por favor! ¡Por favor! Puedes ponerte un vestido muy bonito y bailar con nosotros.

Mila parpadea, sorprendida, y me mira un segundo. Yo me encojo de hombros con una sonrisa, aunque por dentro la idea de verla vestida de gala en Santa Barbara me golpea con fuerza.

—Si Mila quiere y no tiene demasiado trabajo… —digo, sin presionarla.

Kai me mira un instante antes de responder.

—Por mí no hay ningún problema. La fundación siempre vende entradas para invitados y todavía quedan unos días.

Mila niega con una pequeña risa.

—No creo que pinte mucho en una gala benéfica llena de empresarios.

—¿Por qué no? —pregunta Kai encogiéndose de hombros—. Además, este año prácticamente formas parte del equipo. Has hecho más por este resort en dos semanas que mucha gente en años.

Mila duda.

La conozco lo suficiente para saber qué está pasando por su cabeza. No quiere sentirse comprometida.

Espero unos segundos antes de intervenir.

—No te sientas obligada —digo con calma—. Si te apetece venir, genial. Y si prefieres descansar, nadie va a tomárselo mal.

Mila sostiene mi mirada unos instantes.

Después baja la vista hacia Imogen.

La niña la observa con esos ojos enormes, llenos de ilusión, como si de aquella respuesta dependiera el resto de su verano.

Mila suspira con una pequeña sonrisa.

—Está bien... iré.

—¡¡Sí!! —grita Imogen, levantándose de la silla para abrazarla por enésima vez.

Mila se ríe mientras le devuelve el abrazo.

—Pero con una condición.

Imogen se aparta lo justo para mirarla.

—¿Cuál?

—Que me prometas que bailaremos al menos una canción juntas.

La niña asiente con tanta fuerza que las coletas le rebotan sobre los hombros.

—¡Prometido! ¡Y luego también tienes que bailar con el tío Nash!

Mila suelta una risa y me dedica una mirada fugaz.

—Veo que ya tienes todo el plan organizado.

—¡Claro! —responde Imogen con total naturalidad—. Así nadie se queda solo.

Kai resopla entre risas.

—No le hagas mucho caso. Lleva semanas intentando emparejar a todo el mundo.

—¡Es mentira!

—La semana pasada quería casar al jardinero con la socorrista.

—¡Porque hacían buena pareja!

Las carcajadas llenan la mesa.

Yo también me río, aunque apenas puedo concentrarme en la conversación.

Mila acaba de aceptar venir.

Y, por primera vez desde que empezó todo este caos, el domingo deja de ser solo una gala benéfica.

Se convierte en algo que espero con ganas.