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Mila
Los días siguientes son una extraña mezcla de profesionalidad y tortura silenciosa.
Nash cumple su palabra al pie de la letra.
Es cortés, profesional y mantiene una distancia respetuosa.
En las reuniones habla con claridad, propone ideas sólidas y me trata exactamente como a la consultora que soy.
Nada de miradas cargadas, nada de roces «accidentales», nada de mensajes provocadores.
Está haciendo justo lo que le pedí.
Eso debería aliviarme.
Sin embargo… no es exactamente alivio lo que siento.
Cada vez que entra en una sala y me saluda con esa sonrisa neutra y educada, algo dentro de mí se retuerce.
Echo de menos al Nash provocador, al que me hacía arder con una sola mirada.
Pero también echo de menos al Nash de San Diego: el que hablaba de su abuelo con nostalgia, el que se reía de mis listas absurdas, el que me hacía sentir vista de verdad.
Esta versión correcta y contenida es peor que cualquiera de las anteriores, porque me demuestra que puede controlarse…
y yo, en cambio, estoy fallando estrepitosamente en hacerlo.
Lo peor es que cuanto más se aleja, más quiero acercarme.
Hoy jueves me despierto con el sonido de la vibración de mi móvil sobre la mesita. Son las seis de la mañana. Aún está oscuro fuera. Al desbloquear la pantalla veo que son varios mensajes de Nash, enviados hace apenas unos minutos.
NASH
Mila, nos están atacando fuerte por redes sociales. Fotos falsas. Cucarachas en las habitaciones, supuestos restos de comida en los platos, baños sucios… Está muy coordinado. Ya hay varios perfiles grandes compartiéndolo. Avísame cuando despiertes.
Me incorporo de golpe, el sueño desaparece al instante. Abro Instagram y Twitter primero. El golpe es brutal.
Docenas de publicaciones nuevas. Fotos que parecen tomadas dentro del Golden Dolphin pero que claramente no lo son: cucarachas en las sábanas, moho en las duchas, platos con insectos.
Los textos son demoledores: «Nunca más volveré a este sitio», «Eviten este resort a toda costa», «Lujo falso y sucio».
Los hashtags están perfectamente elegidos y los perfiles que los comparten parecen reales, con historial.
Es un ataque sistemático. Profesional. Alguien está invirtiendo dinero y tiempo serio en hundirnos.
Me levanto de la cama rápidamente, me pongo una bata y abro el portátil sobre la mesa del salón. Mientras espero a que cargue, respondo:
MILA
Ya estoy despierta. Lo estoy viendo ahora. Es grave. ¿Reunión en tu despacho en 30 minutos?
NASH
Te espero. Gracias, Mila.
Me ducho en tiempo récord, me pongo unos pantalones y una blusa sencilla y salgo hacia el edificio administrativo mientras el sol empieza a asomar sobre el Pacífico. El resort sigue precioso, tranquilo, pero siento que una tormenta se está formando justo encima de nosotros.
Cuando entro en el despacho de Nash, él y Kai ya están allí. Nash tiene el pelo húmedo de la ducha y cara de haber dormido poco. Nuestras miradas se cruzan un segundo y, por primera vez en días, veo un destello del Nash real debajo de la fachada profesional.
—Esto ya no es solo dañar la reputación —digo nada más cerrar la puerta—. Esto es un intento de destruir el Golden Dolphin. Y quien esté detrás sabe exactamente lo que hace.
Nash asiente, serio.
—Necesitamos contraatacar ya. ¿Qué propones?
Me siento a la mesa y abro mi portátil.
—Primero, identificación y denuncia masiva. Segundo, contenido real y verificable de huéspedes actuales. Tercero… vamos a necesitar ser más agresivos.
Kai se pasa una mano por la cara.
—¿En qué estás pensando?
Me muerdo el labio, pensativa. Tengo ideas, pero necesito un poco de tiempo para comprobar que sean viables.
—¿Os parece si nos reunimos en un par de horas con el equipo de Marketing y os propongo un plan de acción completo?
Ambos asienten.
—Perfecto —dice Nash—. Yo me encargo de reunir a todo el mundo. ¿En la sala grande?
—Sí.
Kai se marcha primero para empezar a mover hilos con el equipo legal. Nash y yo nos quedamos solos un momento más. Recojo mis cosas en silencio, pero siento su mirada sobre mí.
—Mila —dice en voz baja cuando ya estoy en la puerta.
Me giro. Su expresión es seria, pero hay algo más suave debajo.
—Gracias por levantarte tan temprano. Sé que esto no es fácil.
—Forma parte del trabajo.
Él asiente lentamente, como si quisiera decir algo más, pero al final solo añade:
—Te veo en un par de horas.
***
La reunión con el equipo de Marketing es intensa. Expongo la estrategia con claridad y, cuando llego a la parte más arriesgada, me inclino ligeramente hacia delante.
—Además del comunicado oficial y la recopilación de testimonios reales, propongo contactar con influencers de viajes de tamaño medio a grande.
Gente con credibilidad, no los más comerciales.
Les ofreceremos una estancia de cortesía este fin de semana a cambio de que hagan directos desde el resort: recorriendo habitaciones, restaurantes, la playa, el spa…
En vivo. Sin guion. Eso demostraría de forma contundente que las acusaciones son falsas.
Chloe abre mucho los ojos, pero asiente con entusiasmo. El resto del equipo murmura, sopesando la idea.
Nash me mira directamente. Hay un brillo de aprobación en sus ojos.
—Es arriesgado —dice—, pero inteligente. Si elegimos bien a los influencers, puede generar mucha credibilidad rápida.
Kai se frota la barbilla, pensativo.
—Puede salirnos caro si no funciona, pero entiendo la lógica. Las fotos falsas se desmontan con imágenes reales en tiempo real.
La reunión termina con tareas repartidas: Chloe se encarga de hacer la lista corta de influencers, yo revisaré los contratos y mensajes personalizados, y Nash se ocupará de coordinar la logística del evento del fin de semana.
Todos abandonan la sala hablando del plan para el fin de semana. Nash es el último en salir.
Al llegar a la puerta, se gira un instante.
—No te quedes hasta muy tarde.
Esbozo una sonrisa.
—Lo intentaré.
Él asiente y desaparece por el pasillo.
Yo vuelvo a abrir el portátil.
Alguien tiene que asegurarse de que todo esté listo para el sábado.
***
No sé cuántas horas llevo encerrada en este despacho. Solo sé que fuera ya es noche cerrada, que el océano se ve como un manto negro brillante bajo la luna y que mi estómago acaba de rugir de forma vergonzosa, recordándome que no he comido nada decente en todo el día.
Me froto los ojos, agotada. El escritorio es un desastre de papeles, capturas de pantalla, contratos a medio revisar y tazas de café vacías.
Llevo desde primera hora trabajando sin parar: coordinando con influencers, redactando comunicados, revisando perfiles falsos y tratando de anticipar el siguiente golpe.
Ni siquiera recuerdo la última vez que bebí agua.
Me levanto con la intención de ir hasta la máquina expendedora del pasillo. En cuanto me pongo de pie, todo da vueltas. Un mareo fuerte me golpea de repente. La visión se me nubla y las piernas me flaquean.
—Dios… —murmuro, apoyándome en el borde del escritorio.
Doy dos pasos tambaleantes hacia la puerta. El suelo parece moverse bajo mis pies. Siento que voy a desmayarme. El corazón me late demasiado rápido y un sudor frío me recorre la espalda.
Justo cuando las rodillas me fallan del todo, unos brazos fuertes me sujetan por la cintura y me sostienen contra un pecho sólido y caliente.
—Mila —La voz de Nash suena alarmada, baja y ronca—. ¿Qué coño haces aquí todavía?
Parpadeo, intentando enfocar su cara. Es él. Sudado, con una camiseta negra pegada al cuerpo y pantalones de correr. Debía haber pasado por el edificio de casualidad al volver de su ruta nocturna.
—Nash… —susurro, todavía mareada, apoyada contra él—. Solo iba… a por algo de agua.
Él maldice entre dientes. Sin decir nada más, me levanta en brazos como si no pesara nada y me lleva de vuelta al interior del despacho, sentándome con cuidado en el sofá.
Se arrodilla frente a mí, con una mano en mi rodilla y la otra sujetándome suavemente la cara para mirarme a los ojos.
—¿Cuánto tiempo llevas sin comer ni beber? —pregunta, con una mezcla de preocupación y enfado.
—No lo sé… —admito en voz baja, avergonzada—. Desde esta mañana.
Nash suspira con fuerza y se pasa una mano por el pelo despeinado. Se levanta un segundo, desaparece por el pasillo y regresa con una botella de agua fría y una barrita de cereales.
—Bebe despacio —murmura, acercándome la botella a los labios.
Obedezco. El agua fría baja por mi garganta y me sienta como un bálsamo. Mientras bebo, Nash no aparta la mirada de mí. Su mano vuelve a mi rodilla, caliente, pesada. La cercanía de su cuerpo, su olor a sudor y piel, me golpea con fuerza.
—Joder, Mila… —dice en voz baja, casi para sí mismo—. Por muy importante que sea lo que haces, no puedes olvidarte de ti. ¿Qué habría pasado si no te hubiera visto desde fuera?
Lo miro. Tenerlo arrodillado frente a mí, tan cerca, con esa expresión protectora y frustrada… hace que algo dentro de mí se derrita. Mi cuerpo, traicionero, reacciona a su tacto. Siento calor subiendo por los muslos.
Nash parece notarlo también. Su respiración se vuelve más pesada. Su pulgar acaricia lentamente el lateral de mi rodilla, en un gesto casi inconsciente.
Durante unos segundos eternos, ninguno de los dos habla. Solo nos miramos. El deseo flota entre nosotros, denso, familiar, peligroso.
Nash traga saliva y, con visible esfuerzo, retira la mano.
—Come algo —dice tendiéndome la barrita, poniéndose de pie—. Y luego te acompaño a tu villa. No voy a dejarte volver sola así.
Asiento, mordiéndome el labio.
Mientras mordisqueo la barrita, no puedo dejar de pensar en lo fácil que sería tirar de él hacia mí y besarlo. Olvidarme de todo por una noche más.
Y por la forma en que Nash me mira, sé que él está pensando exactamente lo mismo.
Nash no me deja discutir. En cuanto termino la barrita y bebo un poco más de agua, se levanta y me ofrece su mano para ayudarme a ponerme en pie.
—Vamos. Te acompaño.
No protesto. Todavía me siento débil y, aunque me cueste admitirlo, tenerlo cerca es exactamente lo que necesito ahora.
Salimos del edificio administrativo en silencio. El resort está completamente en calma, solo se oye el rumor constante de las olas y el crujido suave de la grava bajo nuestros pasos.
Nash camina a mi lado, cerca pero sin tocarme.
De vez en cuando me lanza una mirada de reojo, como si quisiera asegurarse de que no voy a desmayarme otra vez.
Siento su presencia con cada célula de mi cuerpo: el calor que desprende, su respiración, esa tensión silenciosa que siempre flota entre nosotros.
Cuando llegamos a mi villa, saco la tarjeta con dedos torpes. Nash me la quita suavemente y abre la puerta. Entra primero, enciende las luces suaves del salón y mira alrededor, como si necesitara comprobar que todo está bien.
—Gracias —murmuro, cerrando la puerta detrás de nosotros—. De verdad. No hacía falta que…
—Sí hacía falta —me interrumpe, girándose hacia mí.
Estamos en medio del salón, con la enorme ventana muestra el océano iluminado por la luna. Nash me mira de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en mis labios. La distancia que ha mantenido estos días parece resquebrajarse por momentos.
—Mila… —dice en voz baja, ronca—. No vuelvas a hacer una tontería como esta. Sé que es importante. Pero tú también lo eres.
Nash levanta una mano y, casi con timidez, me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja. El roce de sus dedos en mi piel me provoca un escalofrío.
El silencio que sigue es denso, cargado. Nos miramos sin decir nada. Puedo sentir su deseo, el mismo que yo llevo reprimiendo desde San Diego. Su mirada baja a mis labios. Se inclina ligeramente… y se detiene.
Exhala con fuerza y da un paso atrás, como si le costara esfuerzo físico.
—Deberías descansar —dice, con la voz tensa—. Come algo más antes de dormir. Mañana será un día largo.
Asiento, tragando saliva. La decepción y el alivio se mezclan en mi pecho de forma extraña.
—Buenas noches, Nash.
—Buenas noches, Mila.
Se dirige hacia la puerta, pero antes de abrirla se gira una última vez. Sus ojos azules brillan con algo intenso.
—Si necesitas cualquier cosa… lo que sea… llámame. A cualquier hora.
Y con eso, sale.
Me quedo sola en la villa, con el corazón acelerado y el cuerpo todavía temblando por su cercanía. Me dejo caer en el sofá y cierro los ojos.
Esto ya no es solo deseo.
Estoy perdida.